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| 1. Marina Umaschi Bers en su casa. 2. Marina, premio en mano (firmado por George Bush) rodeada del Dr. Arden L. Bement, Jr., director de NSF (National Science Foundation), y John Marburger, director de la Dirección de Política Científica y Tecnológica de la Casa Blanca. 3. De izquierda a derecha: su esposo Josh, Marina, sus hijos Alan (4), Nico (2) y Tali (6), y su mamá, Lydia Umaschi, celebrando el día que recibió el premio. |
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Tecnología: ¿sí o no?
“La pregunta no es si la tecnología sí o la tecnología no”, afirma Umaschi Bers acerca de la controversia sobre los beneficios o perjuicios del desarrollo tecnológico. Y continúa: “Es como los libros: hay libros buenos y libros malos. El problema es que los adultos no estamos informados en qué tipo de software darles a los chicos. La tecnología no es ni buena ni mala. Es neutral”. Marina asegura que, programas como el Paint, muy básicos y simples, pueden fomentar la creatividad en los niños. “Con eso –opina– no necesitás comprar ningún jueguito. Pueden estar horas”. Y dice que el problema muchas veces se origina por mantener una actitud tecnocéntrica: “Se piensa que tal vez poniendo una PC en un aula se mejora. ¡No sirve para nada! Hay que cambiar el sistema, entrenar a los maestros y educar a los padres para que sepan qué hacen sus hijos a las 12 de la noche en Internet. La tecnología no es la solución por sí misma, es la tecnología en un contexto, en un ecosistema. La tecnología amplifica: la pornografía en una revista es consumida por una persona, pero en Internet lo ven millones. Por eso amplifica: algo positivo o algo negativo. En un hospital, donde no tienen otra manera de conectarse, lo hace positivamente”.
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No llores por mí...
Cuando se fue a estudiar a los Estados Unidos, en sus planes no estaba la idea de quedarse para siempre allá hasta que... conoció a Josh. Pero su amor por la Argentina hizo que, por ejemplo, Marina se casara aquí y volviera a visitar amigos y familia una vez por año. “Mis chicos son bilingües perfectos. Y nosotros acá bailamos el tango”, cuenta. ¿Por qué volver, siempre volver? “Es mi lugar. Es mi lugar –repite–. Quiero que mis hijos, aunque no es el sitio de ellos... –hace una pausa y piensa– hay algo en la manera de ser argentina que si no estás ahí es muy difícil de explicar. Hay algo que quiero que tengan”, afirma. A la distancia, Marina evoca con el mejor de los recuerdos a la Universidad de Buenos Aires, de donde egresó como una de las primeras Licenciadas en Ciencias de la Comunicación: “Lo que me dio la UBA no me lo dio nadie en Estados Unidos. Los profesores argentinos no ganaban un peso, pero tenían pasión por el trabajo y para ayudar al mundo. La UBA te da la idea de rebuscártelas, aprendés a pelear por lo que necesitás”, opina. |
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“Todos dicen que soy muy exigente. En realidad, soy muy de acción, tengo una idea para un proyecto y la implemento en poco tiempo. Consigo la plata y lo hago.” |
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Con apenas 36 años, el gobierno de los Estados Unidos ya la premió por sus investigaciones relacionadas con las nuevas tecnologías y los niños. Diseñó, entre otras cosas, una ciudad virtual para que los chicos internados pudieran comunicarse
entre ellos y con sus médicos. Una historia de sacrificios... y
mucho talento.. |
Ni apliques porque no te van a aceptar”, le dijo uno de sus profesores a Marina Umaschi Bers, hace poco más 12 años, cuando su exalumna y entonces compañera de trabajo le comentó su interés por ingresar a una de las instituciones tecnológicas más importantes del mundo: el Massachussets Institute of Technology, más conocido como MIT.
No por nada su maestro, el académico Alejandro Piscitelli no se equivocaba. Marina fracasó en su primer intento de estudiar en los Estados Unidos, pero su tenacidad y pasión no la amedrentaron.
Tanto, que tras un máster en la Universidad de Boston y el siguiente doctorado en el MIT, aquella joven argentina criada en Palermo y licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires obtuvo, una docena de años después y de parte del mismísimo presidente de los Estados Unidos, el mayor premio otorgado por el gobierno norteamericano a los científicos jóvenes. En el caso de Marina, quien actualmente tiene 36 años y vive en Boston junto a su esposo Josh y a sus tres hijos Tali (6), Alan (4) y Nico (2), la distinción recibida se debe a sus investigaciones relacionadas con las nuevas tecnologías y el desarrollo de niños hospitalizados.
Pero como todo premio, el Presidential Early Career Award for Scientists and Engineers –tal su nombre en inglés–, no llegó sólo a manos de Marina. El camino recorrido por Umaschi Bers antes de su condecoración en la Casa Blanca es acorde con la magnitud de los resultados: largo, sacrificado pero finalmente fructífero.
Una carrera de ingenio
Todo comenzó cuando Marina, a los 21 años, todavía en la Argentina y en su rol de periodista de una revista, entrevistó vía e-mail al investigador norteamericano Seymour Papert, miembro del Laboratorio de Medios del MIT (el Media Lab) y pionero en el estudio de las relaciones entre tecnología e infancia.
Resulta que el entrevistado le dijo a Marina que sus preguntas eran muy interesantes; el elogio para ella fue clave: pensó que le gustaría trabajar con él, y entonces empezó la aventura.
“Yo quería venir a aprender con Papert. Terminé los estudios en la UBA y apliqué para estudiar en MIT. La primera vez no entré”, cuenta Marina. “Mi profesor argentino ya me había advertido que, sin saber programación informática, el MIT era un imposible”. Papert le sugirió ir a la Universidad de Boston para aprender lo que le hacía falta. Marina enseguida se inscribió en esa institución para una Maestría en Educación y Tecnología. Al año, y como en las películas, Papert le dijo: “Ya estás lista, podés venir a trabajar conmigo”.
Al recordar los primeros momentos de estudio en los Estados Unidos, sola y lejos de su familia, Marina confiesa: “El primer año fue dificilísimo, hablaba inglés pero no tan bien, estudiaba muchísimo. Encima, cuando él me dijo que ya estaba lista, tuve que terminar la Maestría en un año cuando lleva dos. Además, mis padres me estaban pagando la Universidad… fue un año terrible. Siendo estudiante conocés gente, pero no son tus amigos”. Epoca dura, la joven se hospedaba en un dormitorio universitario y cuenta que, en ese entonces, hubiera dado cualquier cosa para que alguna familia la invitara a almorzar a su casa. “Estaba cansada de comer en la cafetería de la Universidad y en restaurantes”, dice.
Prueba superada, y ya ingresada al MIT, Marina le dio un alivio a su corazón, que venía tan solitario. Allí conoció a Josh, un muchacho norteamericano que estaba a punto de egresar de la institución y que, más tarde, se convertiría ni más ni menos que en futuro esposo y padre de sus tres hijos.
Durante sus años en la Universidad de Boston y el Laboratorios de Medios del MIT, Marina desarrolló los dos trabajos más significativos para su carrera profesional: SAGE y ZORA. El primero, un programa de computación muy simple a través del cual los chicos podían crear y programar en un robot de peluche sus propios personajes y luego conversar con ellos. SAGE, su tesis de Maestría en 1995, fue usado en varios programas educativos y también testeado en forma piloto en el Hospital de Boston con niños transplantados de corazón. ZORA, por su parte, además de ser el proyecto que en 1997 le valió el Doctorado en MIT, aunque distinto, fue de alguna manera la continuación y culminación del primero. Se trata de una ciudad virtual tridimensional en la cual los niños hospitalizados por diálisis –imposibilitados de moverse y hablar durante casi 12 horas– pueden, mediante el uso de herramientas muy sencillas para ellos, crear sus propios personajes, edificios y objetos, y además comunicarse con otros chicos internados, doctores y psicólogos a través de un sistema de chat.
Egresada del MIT y habiendo realizado su sueño, Marina es actualmente docente e investigadora de la Universidad de Tufts, donde junto a sus alumnos y gracias a un subsidio federal de la National Science Foundation (NSF) estudia cómo las nuevas tecnologías (comunidades virtuales o robots) pueden ayudar a los chicos a aprender cosas nuevas y a conectarse entre ellos. “Mi premisa es que la tecnología tiene que fomentar la creatividad, no para consumir sino para producir. ZORA, lo que hace, es ayudarlos a conectarse con ellos mismos, hospitalizados o en su casa”, explica. 
Premio al esfuerzo
La distinción otorgada a Marina por la National Science Foundation –el organismo federal que, además de subsidiar sus investigaciones actuales, lleva premiados a unos 200 científicos jóvenes desde 1996–, significó un verdadero “orgullo y reconocimiento al esfuerzo”. Porque, claro, como dice, “es difícil trabajar y trabajar bien, hacer ciencia en Estados Unidos, siendo mamá de tres chicos chiquitos”.
Cuenta Marina que tanto sacrificio hasta la llevó a pensar en dejar la carrera. “Fui y vine varias veces. Quería ser mamá, y pasar mucho tiempo con mis hijos”, explica. Pero gracias al consejo de una psicóloga argentina, Marina llegó a la conclusión de que podía hacer las dos cosas. “Pensá que por unos años no vas a ser la mejor, –le dijo la terapeuta–, vas a ser la que puedas”. Gracias a estas palabras, Marina no renunció a su trabajo.
Su rutina actual consiste en trabajar toda la mañana mientras los chicos van a la escuela, al mediodía retirarlos del colegio y pasar la tarde con ellos hasta la noche. “Cuando los acuesto sigo con mi trabajo, por eso tengo días muy muy largos. Vuelvo a mis tareas laborales desde las 20 hasta las 12 de la noche. Elijo trabajar sin sacarles horas a los chicos. El resultado es que estoy muy cansada”, confiesa. Y asegura además que, si no fuera por el apoyo de su suegra y de su mamá –quien optó por dejar la Argentina y emigrar a EE.UU. para estar cerca de sus nietos–, no podría ser madre y científica exitosa a la vez: si surge una reunión por la tarde, es alguna de ellas quien se queda al cuidado de su trío. “Cuando nació el segundo –recuerda– dije que renunciaba y que por un año dejaría de enseñar. En la Universidad fueron muy flexibles, pero también porque yo puse la condición. Tenía mis prioridades y siempre fui muy clara: pedía tiempo, no más plata. Nunca peleé por dinero, sí por hacer las cosas como yo quería. Me dejaron hacer sólo investigación, y durante todo el año lo traje al bebé conmigo”. Firme, asegura que el hecho de tener claras las prioridades le permitió “pelear desde un lugar distinto”.
Los hechos demuestran que la fórmula le es óptima: desde el principio, Marina gana todas las peleas. |
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