Empezó su
carrera a los 17 años en Jugate conmigo dirigida
por su mamá, Cris Morena. Hoy, con 29 años
y dos hijos vuelve a la pantalla para actuar “de
ciega” en la novela Abre tus ojos producida por
el papá Gustavo Yankelevich y es la primera vez
que elige trabajar con él. Relajada, simpática
y vital; una charla desestructurada con una de las jóvenes
destacadas de la tevé.
Es la media mañana de un jueves brillante y en los
estudios de televisión Central Park, de Martínez,
un grupo de personas concentradas cada una en lo suyo,
comienza a poner a punto un mundo hecho a base de fantasía.
Circulan esquivando paredes que no son paredes, pasan la
aspiradora por la alfombra de un living que no es tal,
abren puertas que de un lado relucen y del otro parecen
haber sufrido el olvido del pintor, acarician con una franela
teléfonos sin tono y cierran ventas que, lógicamente,
tampoco son ventanas. Entre un laberinto de paneles de
telgopor y mucha utilería, aparece Romina Yan, quien
con un suave “hola” y cargando un rulero en
la cabeza, le pone el toque de realidad a ese universo
de ficción.
“
Pido disculpas porque no estoy en mi mejor día” se
excusa, luego de un bostezo en medio de la sesión
de fotos, la hija de la dupla Cris Morena-Gustavo Yankelevich
y flamante protagonista de la telenovela “Abre tus
ojos”. Y agrega: “Ayer tuve un día fatal,
estoy dormida. Hoy no tengo actitud”. No es para
menos, teniendo en cuenta que la Belén de la exitosa
Chiquititas (desde 1995 a 1998) ahora pasa diez horas diarias
grabando el nuevo culebrón de las tardes-noches
argentinas, después de dos años de ausencia
televisiva. “Cuelgo para que no nos interrumpan”,
dice ya sentada en la oficina de su productor ejecutivo
mientras apoya el tubo del teléfono (éste
sí tiene tono) sobre la mesa. Un gesto nada menor,
viniendo de alguien que dice tener ¿poca actitud?
–
¿Cómo fue la vuelta a la tele después
de dos años?
–
Fue raro... tenía ganas de volver y cuando arranqué dije: ‘Ay
no...me quiero quedar en mi casa’. Pero es hasta
que te acostumbrás al ritmo del laburo. Ese cambio
es raro, aparte a mí me cuesta adaptarme a los mismos;
me lleva un tiempo. Pero fue bueno: me encanta la novela,
la estoy pasando bárbaro y la disfruto un montón,
a pesar de que es un trabajo muy pesado y el elenco, al
ser pequeño, está repartido entre poca gente.
Estamos todo el tiempo actuando. Pero llego feliz a mi
casa y los chicos me ven bien. Y bueno, yo los aprovecho
el fin de semana, ¡qué sé yo!, lo que
me queda...
Los chicos, sus hijos Franco (tres años y medio) y Valentín (nueve
meses) son el eje y referente temporal durante toda la charla. Cada comentario
de Romina confluirá, siempre e indefectiblemente, en ellos.
–¿
Qué expectativas tenías con la novela?
–
Tuvimos mucha respuesta de la gente: al día siguiente de salir la novela,
todo el mundo me dijo ‘está buenísima, me re- enganché’,
muchos hombres también me comentaron eso. Y creo que se colmaron mis expectativas,
sobre todo, por cómo es el personaje y cómo lo preparé;
lo que vi me impresionó bien. A pesar de que soy muy crítica conmigo
y hay muchas cosas que no me gustan de mí, me pareció que había
estado bastante aceptable.
–¿
Cuáles son esas cosas que no te gustan de vos?
–
Siempre me critico todo y le encuentro algo a la escena que no me cierra. Cuando
la veo, pienso que la pude haber hecho mejor, o no sé.... Si no es algo
puntual de la actuación, digo ‘mirá cómo tenía
el pelo, o la cara, o cómo puse la mano, ¡qué estúpida!’ ”.
Siempre algo me encuentro.
–
Y cuando ves algo que te sale muy bien, ¿te felicitás?
–
No soy de ver algo que diga ‘¡uy, me encantó, me salió bárbaro!’ Soy
súper crítica. Entonces me cuesta bastante verme en algo bien.
Si me evalúo específicamente a mí misma, me encuentro diez
mil errores.
Serena, Romina habla sin problemas de cada cosa que se le pregunta. Sólo
se exalta para contar, divertida, que aunque no sepa hacer un ruedo y le aburra
limpiar, es buena ama de casa y una fanática del orden: “No me gusta
que nada esté fuera de lugar. Me saca. Y con hijos es terrible, porque
con los chicos el living pasa a ser un kinder. Tenés juguetes por todos
lados, yo los voy juntando y mientras mi hijo mayor sigue tirando, y yo atrás
juntando, y así... Mi marido me pregunta ¿para qué?, si
los va a volver a desparramar. ¡No importa! –se ríe—.
No puedo ver un juguete fuera de lugar. Así me paso la vida...”,
dirá, con un tono de feliz —muy feliz— resignación.
Y, ya más seria, asegura que como mamá se reconoce “exigente
y preocupada porque sean felices”, y que en el intento por darles lo mejor,
se equivoca “millones de veces, pero... bueno, lo hago desde el amor”,
enfatiza. En cuanto a la tele, dice que lo que más le cuesta es someterse
a las notas y a las fotos: “No es que no me gusten, pero es una parte en
la me siento insegura, porque pienso que no soy interesante. A veces digo ‘¿a
quién le puede importar qué hago de mi vida?’. Tengo ese
prejuicio conmigo”, confiesa.
–¿
Qué cosas vas a tomar de tu mama y qué cosas no?
–
Hay cosas que son inevitables. Por ejemplo, cuando estoy con los chicos trato
de no mezclar, de pasar inadvertida para que ellos no sientan esa cosa de ‘mi
mamá le pertenece a todo el mundo’. Aunque los míos aún
mucho no entiendan, a mí me pasaba que a los siete u ocho años
no me gustaba cuando venían y le pedían autógrafos a mi
mamá, o se le tiraban encima diez chicos, y yo quedaba ahí parada
a un costado... No se puede evitar siempre, aunque lo trato. Los preservo bastante
de la exposición, por más que muera por mostrarlos porque estoy
orgullosa de mis hijos. No hago notas con los chicos, me parece que es algo que
ellos tendrán que decidir el día de mañana. La que eligió la
carrera fui yo y no es justo exponerlos por esa elección mía”.
–¿ Sos de planificar tu futuro?
–
Soy muy de planificar. A mis hijos los planifiqué totalmente. Dije: ‘Yo
quiero tener un hijo que nazca en tal fecha’ y así “casi” fue,
porque el primero me ca... un poco, por dos meses –se ríe—.
Con el segundo, no... Pensé: ‘tiene que ser sagitariano, de diciembre’ y
fue”.
Romina, quien por ningún lado acusa sus 29 años, asegura que en
un futuro le gustaría “hacer de mala, o un personaje más
llevado al límite. No siempre la chica dulce, buena e inocente”.
También, que le encantan las historias de amor. Como la de ella y su marido
Darío. Cuenta: “Es un perseverante a full. Estuvo tres años,
pobre, sufriendo detrás de mí y como yo estaba muy mal en esa época,
iba y venia con diez mil rollos en la cabeza, y la verdad es que no le daba ni
bola –recuerda, y sigue–: es un compañero increíble,
súper buena persona. Siempre comparte todo, está pendiente de mí.
Juntos nos divertimos mucho, y eso esta buenísimo. No sé qué más
decirte... estoy enamorada”, remarca, como si hiciera falta. A Romina se
la ve bien. No tiene pruritos para hablar del problema de anorexia que tuvo a
los 15 años, y se la escucha segura cuando dice que se siente “más
plantada y con mucha más fuerza y garra ante la vida”. No parece
que ese jueves brillante no sea uno de sus mejores días.
Paso a paso su trayectoria
Romina debutó en televisión en 1991, cuando
era una adolescente de 17 años. Lo hizo en el programa
Jugate conmigo, en el cual compartió pantalla con
su mamá Cris, destacada conductora de la pantalla
chica. Tuvo apariciones en la novela Quereme, que también
protagonizaba Cris Morena, y en Mi cuñado. A los
20 llegó Chiquititas, en sus tres versiones: programa
televisivo, película y teatro.
–
Después de ese ciclo tan largo, ¿cómo
hiciste para desprenderte emocionalmente?
–
En realidad nunca me desprendí de Chiquititas. Emocionalmente
nunca te desprendés de los trabajos cuando te han
marcado fuerte. Chiquititas fue algo que yo empecé de
pequeña, y que me hizo evolucionar no sólo
en mi trabajo, sino también en lo personal: cuando
terminó, me casé y después tuve mi
primer hijo. Me fue acompañando en mi vida y me
dejó muchos amigos.
Además, Romina tuvo una participación en
el unitario Tiempo final y hace dos años, un singular
personaje, que era el tercero en discordia del triángulo
conformado
por Chayanne y Araceli González, en Provócame.
–
De esos personajes, ¿cuál es el que más
cosas tiene en común con Romina?
–
Siempre se le pone algo de uno a los personajes. Creo que
Belén era demasiado parecida a mí. Cuando
empecé a trabajar era muy yo, Romina. Porque fueron
mis primeros pasos en la actuación, y a veces uno
confunde bastante, no logra sacar un montón de cosas
y le sale mucho su propia personalidad. Por eso creo que
con Belén
es con quien estuve más cerca de mí. Pero
igual, todos los personajes que se me fueron dando a lo
largo de mi carrera me acompañaron en el crecimiento
personal y artístico, de una o de otra manera.
Inmersa en una historia de amor
La telenovela cuenta la historia de amor entre Rocío
(Romina), una joven ciega de 24 años que sufre un
secuestro, y Pablo (Iván Espeche), quien durante
los primeros capítulos es confundido con su secuestrador.
Para su personaje, Romina participó de una charla
con un grupo de chicos no videntes y luego visitó varias
veces una fundación de ciegos: “Observé la
lectura en Braile y aprendí a escribirlo”,
asegura. Allí también aprendió cómo
hacen las personas que no ven para llevar adelante las
actividades cotidianas: manejar el bastón, tomar
los cubiertos, hacer la cama, servir agua y lavarse los
dientes. Además, cuenta que en su casa practicaba:
se tapaba los ojos con un pañuelo y con una cámara
manual, evaluaba cuál era la mejor manera de fijar
la mirada. “Yo venía con mucha ignorancia
respecto de los ciegos. Desde que empecé a estar
con ellos fui entendiendo lo difícil que es tener
una discapacidad. Y aprendí que si uno lo revierte
y logra decir ‘tengo que seguir viviendo, salir adelante’,
puede llegar a vivir muy bien. A menudo, uno vive un mundo
muy para uno”.
“En el futuro me gustaría hacer de mala,
o un personaje más llevado al límite. No
siempre la chica dulce, buena e inocente”