Una
periodista que a los 41 años decidió trasladar
su vida a Tilcara. Un matrimonio de contadores que, luego
de 30 años, concretó el sueño de vivir
en San Martín de los Andes. Un banquero que cambió abruptamente
la corbata por las zapatillas de aventura. En esta nota,
cuatro historias de gente que decidió dejar Buenos
Aires y hacer de su vida borrón y cuenta nueva.
Una tendencia que va en ascenso.
Vaciar la heladera, revisar
que debajo de la cama no quede nada, chequear el gas
y guardar el cepillo de dientes en
el bolso de mano. Por último cortar la luz y con
pasitos cortos pero acelerados, cuestión de no arrepentirse,
correr hasta la puerta y cerrarla con llave, que una vida
nueva está por empezar... Las cifras oficiales indican
que en las últimas décadas la concentración
demográfica del Area Metropolitana (Capital Federal
y partidos del Gran Buenos Aires) viene atravesando por
un proceso de desaceleración en su ritmo de crecimiento.
Además, que otras regiones del país parecen
recuperar población. En esta nota, gente que, tras
repasar la lista de “últimas tareas antes
de re escribir su propia historia (o escribir el segundo
capítulo)”, cuenta qué la motivó a
cambiar Buenos Aires por ciudades o pueblos más
pequeños, por qué decidió dejar atrás
un trabajo de años, cómo hizo para alejarse,
al menos físicamente, de sus afectos más
cercanos y cuánto costó la decisión
de patear el tablero.
Una periodista en la Quebrada
“
Nací y pasé toda mi vida en la Capital Federal.
Me gustaba mi casa, tenía un patio enorme donde
solía juntarme con los amigos y pasar el tiempo
cuidando las plantas. Estoy divorciada y vivo sola hace
muchos años, y sin pareja desde unos pocos. Soy
periodista, y mi último trabajo en Buenos Aires
fue en un diario de circulación nacional. También
daba clases de periodismo, algo que me gustaba y gratificaba
enormemente”. La que habla es Gabriela Tijman, una
periodista de 41 años a la que, bien arriba en la
Argentina, allá por la Quebrada de Humahuaca, unas
vacaciones le cambiaron, literalemente, la vida. PC de
por medio y rodeada de valles, desde Tilcara, el lugar
donde eligió instalarse en agosto de este año
relata su experiencia. “Hacía ya algunos años
que apareció en mí la idea de irme de Buenos
Aires. Necesitaba un cambio, formar parte de una comunidad
más humana, si puede decirse así. Yo siempre
fui una mujer urbana, y nunca me imaginé que podría
vivir en un lugar chico”, cuenta. Ahora, ¿por
qué dejar Buenos Aires? “De pronto descubrí que
su enorme oferta de posibilidades no estaba tan disponible,
como indicaba el pensamiento común. En los últimos
años, yo tenía un buen trabajo y no sufría
limitaciones económicas graves. La plata no sobraba,
pero aun así estaba tranquila. En el trabajo había
logrado ese equilibrio por el cual uno es capaz de disfrutar
de lo que hace. Pero al mismo tiempo tenía la certeza
de que había una cantidad de cosas que podía
hacer (por ganas, experiencia y capacidad), pero que tendría
que hacerlas en otro lado”. Así, la idea de
generar algo propio fue cobrando importancia en Gabriela.
Días tranquilos, sin conflictos serios. De esta
manera, cuenta, llevaba su vida: se encontraba con amigos,
no tenía problemas de sueño y ni tampoco
stress. “Simplemente, sentía que estaba en
un lugar al que ya no pertenecía y circular por
Buenos Aires se fue tornando para mí en un incordio”.
Llegaron las vacaciones y en marzo de 2002 la devaluación
no le permitió concretar un viaje que tendría
como destino Madrid. Ahora la brújula indicaba ir
hacia el Norte. En Tilcara, la base técnica del
paseo, la idea de instalarse aún no había
aparecido. Es más: fue de vuelta en Buenos Aires
cuando “de pronto, mi fantasía le dio lugar
a este pueblo y esta gente, y me vi claramente viviendo
en Tilcara. ¿Haciendo qué? No sabía.
Cuando hablaba del tema y me preguntaban, respondía: ‘No
sé, no importa; si puedo hacer periodismo, haré periodismo.
Pero si no, haría dulces caseros’.
Gabriela hizo dos visitas más, pero esta vez para
consultar precios de alquileres y evaluar posibilidades.
Para el 1° de junio tenía una casa alquilada
y había renunciado al trabajo. En agosto, ya se
había mudado: “Traje todas mis cosas, mis
muebles, mi archivo, mi vida entera en un camión
de mudanzas que despertó los comentarios del pueblo. ‘Ah,
vos sos la del camión’, me decían los
días posteriores. Desde entonces, me siento en mi
casa”.
Actualmente Gabriela trabaja con un grupo de gente del
lugar que, a partir de Destino Tilcara, un programa de
radio turístico y cultural, se juntan para hacer
cosas como organizar la Primera Feria Regional del Turismo
y emitir el programa una vez por mes desde la plaza central.
Su labor, cuenta, consiste en llevar adelante la parte
gráfica de la Feria y ya está armando otro
emisión radial que saldrá los sábados
al mediodía.
“
Mis días son tranquilos. Aunque toda esta movida
me tiene bastante ocupada, es una clase de ocupación
que no contiene tensiones ni ‘estreses’ ni
ninguna cosa parecida”, relata. Dice sentirse cómoda
y en sintonía con la gente, a pesar de haberla conocido
hace menos de un año. “Extraño, sí,
a mis amigos más cercanos. Tal vez es lo que me
falta: esa red de complicidad y códigos construidos
a fuerza de compartir cosas. De Capital, estrictamente,
no extraño nada. Es más: a veces tengo que
ir a la ciudad de Jujuy (a tres horas de aquí) y
me resisto, no tengo ganas. Seguramente eso cambiará con
el tiempo, pero por ahora estoy muy bien aquí”.
El sur existe,
y más
que nunca
A tres kilómetros de la ciudad del Bolsón,
provincia de Río Negro, en el faldeo del Cerro Piltriquitrón
y justo donde la belleza crece salvaje, viven Amilcar Andreassi
(51) y su esposa Marta. Igual que Gabriela, llegaron hasta
ahí desde el Gran Buenos Aires para pasar unas vacaciones.
Era 1983 y sus tres hijos tenían entre tres y nueve
años. “Para ellos queríamos un lugar
distinto, mejor, donde poder criarlos y educarlos”,
cuenta Amilcar. Así fue como tras tres meses de
campamento en la casa de un hermano floricultor ya instalado
en el lugar, los Andreassi tomaron la decisión.
En Buenos Aires dejaban una empresita de mantenimiento
integral de hogares, las clases de Historia que daba Marta
y un pilón de familiares y amigos que, según
cuentan, no entendían el porqué del exilio. “Nuestra
expectativa era un cambio de vida. En Buenos Aires se vive
un ritmo agresivo y esto era lo más parecido a lo
que soñábamos: estar en un lugar con montañas,
bosques, ríos y lagos”.
Empezaron a trabajar en familia. “Mi hermano me enseñó todo
lo que sé de plantas, y yo a él la parte
de la construcción y mecánica”, relata
Amilcar. Actualmente el matrimonio junto al menor de sus
hijos, viven en la casa que levantaron en medio de una
hectárea y donde tienen su fuente de trabajo: vivero,
invernáculos, plantación de flores secas
y huerta. “Con la tecnología a disposición –asegu-
ran—estamos informados de lo que pasa en el mundo,
por eso valoramos más el estar aquí. Después
de 20 años, el balance que hacemos es positivo:
nuestros hijos tuvieron una posibilidad diferente. Este
mes cumplimos 30 años de casados y puedo decir que
los más felices de mi vida, potenciados por el lugar
que elegimos para vivir”.
Un sueño de más de 30 años...
Nora (53) conoció San Martín de los Andes
en su luna de miel, a los 22 años. Jorge, su marido,
ya había estado en este pueblo de Neuquén.
Enseguida, el joven matrimonio Casas supo que instalaría
su vida ahí, aunque la decisión se concretara...
30 años después.
Contadores los dos, criaron a sus tres hijos en una localidad
del Noroeste del Gran Buenos Aires. Tenían dos posibilidades:
trasladarse al sur con los chicos chiquitos o esperar a
que fueran grandes y eligieran qué hacer. Distintas
circunstancias hicieron que optaran por la segunda. “En
1991 volvimos, luego de haber estado en 1974, y lo encontramos
aún más lindo”, recuerda Nora. De a
poco y con los años, compraron un terreno y fueron
construyendo nuevo hogar. “Sabíamos que vendríamos,
pero todavía sin saber a qué. Teníamos
claro que no haríamos nada relacionado con nuestra
actividad de contadores y que queríamos disfrutar
de nuestra casa, porque toda la vida, en Buenos Aires,
salíamos a trabajar a la mañana y volvíamos
a la noche”, relata. Durante años viajaron
una vez por mes. Mientras tanto, se peguntaban a qué se
dedicarían. El resultado: un complejo de tres cabañas
para alojar a turistas que abrieron en 2001, cuando se
instalaron definitivamente. Aunque Nora asegura no tener
problemas de adaptación, también reconoce: “A
nuestra edad no es tarea fácil la de introducirse
en una nueva sociedad”. Y Jorge, pegado al lado del
teléfono, apunta: “Vivimos en el medio del
bosque, rodeados de verde. Aquí logramos liberarnos
de un montón de situaciones que antes nos ahogaban:
la ciudad, la vida rápida, correr detrás
de nada. Hemos dejado cosas, sí. Es que la perfección
no existe, pero acá estamos más cerca”.
Más
zapatillas de aventura y menos corbatas
Levantarse a las 8, emprender en bici desde Palermo el
camino hacia el microcentro, trabajar de 9 a 18 en el
banco, luego ir al entrenamiento de rugby y por último,
despuntar el hobby de ir al cine. Lo mismo durante 12
años. “Mi vida en Buenos Aires consistía
en una rutina casi perfecta”, asegura Nicolás
Lanusse, 33 años y ex mandatario de bolsa que,
desde junio de 2002, vive en San Martín de los
Andes. Ahí encaró, además de una
nueva vida, claro, una empresa de turismo no convencional.
Recuerda: “Fue un cambio agresivo, inmediato, pero
muy positivo. En ese momento estaba soltero y no involucraba
a nadie, así que la decisión no me costó.
Actualmente no puedo creer haber estado ahí tantos
años”. Nicolás llegó al pueblo
atraído por la naturaleza, los deportes y la vida
al aire libre. Buscaba calidad de vida. “Quería
poder ver y sentir las pequeñas cosas que nos
suceden cotidianamente. Desde un simple saludo de buenos
días hasta la suerte de encontrarme en el medio
del lago remando en kayak”. El muchacho deja en
claro que lo suyo no fue ir a probar suerte: si de entrada
no le iba bien con el proyecto, se quedaría igual. “Pasó un
vagón que iba a San Martín y me lo tomé”.
Un vagón que, por decisión de sus pasajeros,
no tiene pensado volver.
Datos
El Noroeste y el Nordeste de nuestro país manifiestan
cierta recuperación demográfica: en 1980
la población relativa de la primera era de 8%, mientras
que en 2001, la cifra ascendió a 9,3%. En la segunda,
y durante el mismo período, de 6,7% escaló a
7,1%.
En números
El proceso de concentración demográfica del
Area Metropolitana (Capital Federal
y los 19 partidos del Gran Buenos Aires) viene atravesando,
en los últimos diez
años, por una desaceleración. Lo dicen los
números: en 1980, cerca del 34,9 % del total de
los argentinos vivía en esta región, mientras
que esa cifra, y tal como lo indica el último censo
nacional, bajó a un 31,6 % hacia 2001.
Y además
Esta reciente redistribución poblacional incluye
un mayor crecimiento demográfico de las localidades
de tamaño intermedio (aquellas que tienen entre
50.000 y 99.999 habitantes) desde 1980 a esta parte. Mientras
que, en la última década, la tendencia concentradora
de la población en las localidades de mayor tamaño
viene bajando: son las que presentan la menor tasa de crecimiento
urbano desde 1991 a 2001.
Por último
En estos últimos años se estaría manifestando
un proceso de desconcentración de la población
a nivel nacional ya iniciado hace 30 años, producto
del efecto combinado de cierto tipo de desarrollos regionales
y un simultáneo deterioro de las condiciones sociales
y económicas del Area Metropolitana de Buenos Aires.