Es
entrerriana y directora de cine. Con su primera película
Ana y los otros recorre los festivales internacionales
de cine y cosecha aplausos. El largometraje, que todavía
no se estrenó a nivel nacional, narra la vuelta de una chica a su ciudad
natal luego de varios años. Una realizadora que
promete.
Espera sentada en un bar de Palermo, pasando las páginas
de un diario y tomando un café, justo en el lugar
por donde el sol de la mañana invade con fuerza.
No se resiste a que la inviten con el desayuno, tampoco
a salir a patear el barrio en busca del mejor rincón
para hacer las fotos. Una vez encontrado, pregunta: “Esa
luz es muy pareja, ¿no?”. Celina Murga, 30
años, entrerriana, no deja ni por un segundo los
gajes del oficio. Aunque desde el sillón de entrevistada,
esta joven directora de cine, mientras no posa para las
fotos (sólo se sienta y sonríe espontáneamente)
estudia, con el ojo de quién sabe del tema, cada
objeto que usa el fotógrafo. Y sigue: “Eso
que tenés ahí, ¿es un gran angular?”.
Una vez lista la sesión y así como al pasar,
dirá que para ella, las mejores, “son las
de planos cortos”. Suena a sugerencia su comentario,
y por qué no hacerle caso a esta argentina que en
apenas siete meses ya fue invitada a presentar su ópera
prima Ana y los otros en ocho festivales de cine del mundo
y va, por lo pronto, por ocho más. ¿La cosecha?
Bueno, en el Buenos Aires Festival Internacional de Cine
Independiente (abril de 2003) obtuvo el Premio Especial
del Jurado, del de Venecia (septiembre de 2003) se llevó una
Mención Especial y la Federación Internacional
de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI) la consagró,
en el de Río de Janeiro (octubre de 2003), como
la Mejor Película Latinoamericana del año.
Hasta ahora, sólo el público que asistió al Buenos Aires
Festival de Cine Independiente, al de Cine Argentino Independiente, y los que
asistieron a la proyección que se dio en el Museo de Arte Latinoamericano
de Buenos Aires, fueron los únicos argentinos que tuvieron el privilegio
de verla. También, sus coterráneos de Paraná, único
lugar donde se rodó el film, además de la cercana ciudad de Victoria. “No
era justo que siguiera dando vueltas por el mundo y no fuera vista en su lugar
de pertenencia”, asegura Murga.
Segundo cortado de la mañana de por medio y Celina cuenta que vive en
Buenos Aires desde los 17 años, cuando terminó el secundario y
se mudó a Capital Federal, junto a un grupo de amigas para estudiar. Primero,
un año de Comunicación Social. Después, el séptimo
arte, claro: “Siempre había tenido la fantasía de hacer Cine,
pero al principio como que no me animaba...”. No intentar preguntarle a
Celina si su primer largometraje tiene algún paralelismo con su vida,
teniendo en cuenta que Ana y los otros es la historia de una chica de veintipico,
que vuelve al lugar de sus raíces luego de varios años para buscar
un antiguo amor, hablaría de una interlocutora poco despierta. Sucede
que la entrevistada se adelanta y, ante lo inevitable de querer saber primero
cuánto costó el cambio de ciudad, contesta las dos en una: “La
verdad es que en ese momento no. Enseguida me adapté. Igual, indudablemente,
cuando hoy veo que diez años después hago una película sobre
la vuelta, me doy cuenta de que por ahí cierra cuestiones poco evidentes
que estaban dando vueltas. Siempre me preguntan si es autobiográfica:
no, no lo es en cuanto que yo nunca volví a buscar a un ex novio. Sí,
en cambio, durante mucho tiempo viví la sensación ambigua que tiene
Ana cuando vuelve al lugar: eso de sentirlo propio pero no tanto, y reconocerse
pero no tanto. De todas maneras, yo tengo una relación más fluida,
y voy cada un mes o dos como mucho”.
–¿
Y qué vas a buscar cada vez que volvés?
–
Voy a encontrarme con una cosa de más contención, eso de lo más
próximo, que es mi familia. Me gusta mucho ir en el verano: no es casual
que la película transcurra en esa estación, cuando la ciudad se
transforma y todo el mundo vive en función del río. Eso es alucinante.
Esa “cosa de más contención” de la que habla, se la
dan mamá Rosa y sus amigas, “las sin calle”, como cuenta que
le decían los vecinos a su grupo de cuatro o cinco inseparables: “Vivíamos
en la calle, andábamos todo el tiempo juntas y nos escapábamos
de la escuela… Mi sensación es que después de la adolescencia
uno no hace amigos como los de ese momento. Y no sé qué es crecer
en Buenos Aires, pero lo bueno de Paraná, al menos, en ese momento, era
la posibilidad de tener mucha libertad”.
A punto de filmar, el destino no ahorró obstáculos: el “corralito”,
entre otras cosas, hizo que se postergara el rodaje. “Ibamos a filmar en
diciembre pero era una locura. Todo el mundo me decía ‘no filmes,
no filmes’. Por eso en algún punto siempre lo relaciono con el tener
un hijo, que no sé bien qué es exactamente, pero se siente eso
de ‘es ahora o reviento’. Despúes los resultados me demostraron
que era el momento”. Celina no esperaba el éxito de Ana…: “Uno
cuando está haciendo algo…” –se interrumpe, piensa y
cuenta la primera vez que viajó a Paraná con el equipo técnico: “Salimos
un día a las cinco de la mañana y cuando llegamos hasta el autito,
mi Fiat Spazio todo arruinado, los chicos me preguntaban: ‘¿Estás
jodiendo que vamos a ir hasta Paraná en este auto?’ ‘No, no,
vamos’, les decía yo. Hoy me acuerdo y digo: estaba como medio loca, ¿entendés?
Actualmente me parece una locura. El objetivo era tan claro que en algún
punto dejabas de ver el entorno. Ese estado de cierta cosa inconsciente a veces
hace falta para hacer una película en este país, en esas condiciones.
Pero hoy estoy feliz”.
Lo cierto es que, pese a las inclemencias financieras y climáticas (las
tormentas litoraleñas hicieron de las suyas), y de lo difícil que
es reunir dinero para una primera película, a fuerza de juntar pesito
por pesito, invertir los ahorros, sumar voluntades de técnicos, productores
y actores más el aporte del Gobierno de Entre Ríos, la Municipalidad
de Paraná, la Universidad del Cine y de una fundación holandesa,
el rodaje fue posible. ¿Qué espera Celina del público cuando
estrene Ana... en el resto del país? “¡Que vayan a verla!” dice,
y larga una carcajada. No será la primera, ni tampoco la única
risa en medio de un hablar rápido y seguro. Más seria, opina: “Con
el público argentino pasa que responde bien en los festivales y cuando
van a las salas comerciales, hay una diferencia grande. Tiene que ver, por un
lado, que para una película de bajo presupuesto es difícil hacer
prensa, y por otro, que estas realizaciones salen a competir con películas “tanque” norteamericanas.
Por eso les cuesta conseguir audiencia”. A lo largo de la charla, y mientras
se acomoda un mechón de pelo que le cruza la frente, la directora reflexiona: “Hacer
cine en el país no es fácil. La idea de lo fácil no existe.
Pero con voluntad y determinación nada es del todo difícil. En
definitiva todo lo que uno quiere lograr tiene que ver con la decisión.
Si se trabaja mucho y se propone realmente con el corazón llegar a algún
lugar, antes o después lo va a lograr”. Celina, con el sabor que
deja el sueño cumplido, sabe de qué habla. Y pensar que para ella,
el cine, era sólo una fantasía
Entre el desarraigo y la pertenencia
La película, filmada entre marzo y mayo de 2002, está centrada
en el personaje de Ana (Camila Toker), y su vuelta, luego de varios años
de vivir en Buenos Aires, a Paraná, su ciudad natal. Allí se reencontrará con
sus compañeros del secundario y emprenderá la búsqueda de
parte de su pasado: desde el comienzo de la película, Ana irá tras
los pasos de su ex novio, Mariano Garrido. Así, el desarraigo, la pertenencia,
la familia, la amistad y el amor, se enmarcan en esta historia, que no deja afuera
el río, la ruta y las calles paranaenses, ni la tranquilidad de la ciudad
de Victoria. Para el film, sus dos referentes fueron el cineasta francés
Eric Rohmer (“Cuentos de otoño”) y el iraní Abbas Kiarostami
(“El sabor de las cerezas”).
Pensar en imágenes
Antes de filmar Ana y los otros Celina, que estudió en la Universidad
del Cine, guionó y dirigió dos cortos (Una tarde feliz e Interior-noche)
y fue asistente de dirección en largometrajes como El fondo del mar, de
Damián Szifrón, Sólo por hoy, de Ariel Rotter, El descanso,
de Ulises Rosell, y Sábado, de Juan Villegas. Con él, además
de la pasión por el cine, comparte su vida.
–
Ahora que empezás a hacerte conocida, y tu nombre a circular,¿
sentís vértigo?
–
Si, es raro. Pero creo que la clave es no meterse por ahí. La idea de
dar notas, para mí es parte del trabajo y punto. Lo tomo como nada fuera
de lo común. Trato de que no me influya. Pienso que no hay que creérsela
demasiado, que la posibilidad de sobrevivir tiene que ver con creer que esto
es un momento y que todo puede cambiar en dos minutos.
–¿
Cuál es el momento que más disfrutás de un rodaje?
–
Cuando hay un guión que ya me conforma y puedo empezar a pensar cómo
filmar. Me enriquece mucho cuando lo que imaginaste
se empieza a volver más real. Otra etapa que disfruto es con los actores
y la del montaje, al ver que se hace con todo el material.