Favorecidos
por el cambio monetario y tentados por conocer un país
exótico con una naturaleza inigualable, cada vez
llega al país una mayor cantidad de turistas. Por
ejemplo, en el año 2002 entraron 1.918.052 visitantes,
y en 2003 más de dos millones y medio de extranjeros.
Para el verano, las reservas están en plena ocupación.
Gracias a este fenómeno, el turismo se
ha convertido en uno de
los rubros más redituables
de la Argentina.
Los extranjeros, aún los más desinformados,
ya no creen que la Argentina sea una llanura desolada por
donde galopan los caballos salvajes y el viento, sino un
país con tantos atractivos que visitarlo es imprescindible.
Favorecidos por el cambio monetario, cada vez recala en
Argentina mayor cantidad de turistas, a tal punto que la
actividad se ha convertido en una de las más redituables,
en una región que hasta hace poco tiempo se caracterizaba
más, por los gastos que sus ciudadanos hacían
por el mundo que por recibir visitantes.
Las cifras son explícitas: en el año 2002
llegaron a la capital argentina 1.918.052 turistas extranjeros,
y en el 2003 el cálculo estimativo supera los dos
millones y medio de almas, evaluación prudente si
hay que aceptar el optimismo del actual vicepresidente
de la Nación y ex secretario de Turismo Daniel Scioli,
para quien “van a venir más de tres millones
de personas, y en el 2004, todavía más”.
Scioli fundamenta su exaltación con otros números: “Se
espera que en el 2003 amarren en Buenos Aires por lo menos
sesenta barcos, que luego anclarán en Madryn y en
Tierra del Fuego. Si se consideran lugares de arribo diferentes
a Buenos Aires, en el 2002 llegaron 2.870.581 turistas.
Dejaron 2.247 millones de dólares”. Y concluye: “Los
argentinos que viajaron al exterior en ese lapso gastaron
1.676 millones de dólares, lo cual deja un saldo
favorable de más de 570 millones”.
Buenos Aires, la Reina del Plata (por lo menos para los
visitantes), no es destino final, sino sólo la puerta
de acceso, a otros lugares, como Puerto Iguazú,
Bariloche y la Patagonia en general que con Lago Argentino
y Tierra del Fuego en particular, atraen tanta cantidad
de extasiados viajeros como la capital Argentina. Ushuaia
es uno de los destinos más codiciados y se entiende:
uno de los programas culturales de la televisión
francesa (que también se ve en el resto de Europa
y en los Estados Unidos) se llama así, porque para
ellos es sinónimo de confín inalcanzable,
y ejerce tanta fascinación como la idea de que el
mundo concluía en una cascada desaforada, por donde
se despeñaban los océanos y las naves, aceptada
como verdad revelada por los navegantes anteriores a Colón.
Por supuesto, cuando los lujosos cruceros turísticos
ingresan al Beagle y atracan en el puerto de Ushuaia, se
encuentran con uno de los paisajes más bellos del
mundo y con sus platos con centollas increíbles
por su tamaño, por su sabor y por su bajo costo.
El Centro de Estudio para el Desarrollo Metropolitano de
la Ciudad Autónoma de Buenos Aires añade
otras cifras: el 52 por ciento de los visitantes procede
de los países limítrofes. El 22 por ciento,
de Europa: el 11 por ciento, de países latinoamericanos
no limítrofes; el 10 por ciento, de los Estados
Unidos y de Canadá, y el 5 por ciento restante de
países asiáticos o africanos. La estada habitual
es de ocho noches, y el promedio de gasto diario, de 62
dólares por persona.
“
Creemos que la expectativa de turistas es cada vez mayor,
las cifras indican que la Argentina es mundialmente uno
de los destinos preferidos de los extranjeros y esto genera
una industria muy importante para el país. A pesar
de que no estamos en alta temporada, los lugares tradicionales
de veraneo están con plena ocupación. Se
prevee una temporada exitosa”–asegura Daniel
Aguilera, sub-secretario de Política y Gestión
Turística de La Nación.
¿Por qué vienen?
¿
Qué razones esgrimen los turistas para explicar
por qué dejan de lado la costa del Mediterráneo
azul, las doradas Seychelles o el exótico Marruecos
para venir a la Argentina? A cada cual su propia primavera:
solteros jóvenes como Renzo, procendente de Venecia
(son más frecuentes los grupos de célibes
masculinos que los femeninos), elogian: la belleza de las
mujeres argentinas y el tango, que aprení a bailar,
porque es la danza más erótica que existe”.
La otoñal norteamericana Sarah Jane, de Virginia
(admite 59 años), acompañada por su marido
Jack, encuentra que “los artículos de cuero,
zapatos, camperas, son de muy buena calidad y cuestan nada.
Son very very chip. Y las joyas también son chip”.
La edad condiciona los intereses, ya se sabe.
La mención que el veneciano Renzo hace del tango
es común a la mayor parte de los recién llegados,
al punto tal que el folklore arrabalero ha desplazado a
segundo plano a los gauchos lanzadores de boleadoras, zapateadores
y domadores de reservados a las estancias. De hecho, los
visitantes no se limitan a escuchar La Cumparsita por orquestas
típicas bien afinadas, sino que admiran a los bailarines
profesionales e intentan aprender cortes y quebradas. Actores,
como el norteamericano Robert Duvall, fanático bailarín
tanguero (aunque, para decir la verdad, su danza copia
a Rodolfo Valentino en Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis
e ignora las destrezas deVirulazo o de Ricardo Güiraldes)
contribuyen al desarrollo de esa moda nada pasajera. A
los extranjeros no les sorprende que el tango haya nacido
a mediados del siglo XIX en una casa de tolerancia de los
Corrales Viejos, barrio de Nueva Pompeya: después
de todo, el jazz norteamericano y el vals parisiense reconocen
similar origen prostibulario. Como sea, revisan las bateas
de las casas de música y compran cidis casi a granel.
Los preferidos son Adriana Varela, Aníbal Troilo,
Osvaldo Pugliese (tanto por su calidad como porque se le
atribuye la cualidad de traer buena suerte) y, desde luego,
el más grande, el mejor, el único: Carlos
Gardel.
Pero precios ventajosos, atractivos femeninos y ritmos
de bandoneones no agotan el interés por la Argentina:
mesetas como las patagónicas, paisajes como los
fueguinos, cataratas como las del río Iguazú,
montañas como las mendocinas y llanuras como la
bonaerense son bellezas únicas en el Mundo. Como
decía una vieja publicidad, en Europa no se consigue.
Los que se quedan a vivir
“
Amsterdam huele a incienso y a agua estancada; Roma, a
pintura fresca; París, a perfume. Buenos Aires tiene
todo eso y el aire huele bien, a cosa limpia, very clean”,
ilustra la muy viajada señora Sarah Jane, quien
evidentemente no coincidió con la reciente huelga
de los recolectores de basura ni jamás tomó el
tren en Constitución.
Ella y su marido están de paso. Ben Jenkins, de
Royal Oak, Michigan, llegó a la Argentina a principios
del 2003 y decidió radicarse. No es el único.
Hay centenares como él.
Jenkins trabaja en una empresa de software. Contribuyó a
su decisión el hecho de estar enamorado de una porteña
a quien conoció en la Universidad de Illinois. Ben
estima que “los argentinos son realmente amigables,
excepto cuando manejan autos. La gente me parece muy sincera
y agradable”. El hombre de Michigan ama “el
barrio de Belgrano y San Isidroy San Martín de los
Andes y las Cataratas del Iguazú”.
Con todo, admite que “no me siento completamente
en casa, y creo que eso tiene mucho que ver con mi mal
manejo del idioma español”. Tampoco figura
en sus objetivos quedarse “para siempre. No siento
que podría tener una familia aquí. Planeo
quedarme algunos años, y luego retornar a mi país”.
La opinión de su novia argentina sobre la cuestión
no es relevante a los efectos del fenómeno turístico.
El mexicano Carlos Rocillio Herrera tuvo el mismo motivo
que Jenkis para radicarse en la Argentina: el amor por
la argentina Claudia Luparello. Nativo de Veracruz, estudió turismo
en su país, trabajó en Cancún y en
Quintana Roo, donde conoció a Claudia. Cuando ella
regresó, él la siguió. Se radicaron
en San Bernardo (Partido de la Costa) y finalmente escogieron
el Sur, concretamente Calafate, Santa Cruz. Hoy, los tres
(tuvieron un hijo) están en Bariloche. Carlos opina
que “lo más positivo de la Argentina es la
gente y sus valores, y lo negativo es la falta de etica
de los politicos”. Se siente integrado, y ha hecho
muchos amigos. “Estoy aprendiendo a querer a Bariloche”,
dice, y explica por qué se trata de un aprendizaje: “Es
que mi corazón se quedó en Calafate”.
Dos turistas, dos historias
De los miles de turistas de todo el mundo que visitan la
Argentina, la mayoría recorre, disfruta de los paisajes
y retorna a su lugar de origen. Para quebrar la regla,
dos extranjeros, uno nacido en México y el otro
en los Estados Unidos, decidieron instalarse en nuestros
pagos y hacer “camino al andar”.
1. Carlos Rocillio Herrera nació en Veracruz y cuando
su mamá murió, decidió buscar trabajo
en el extranjero. Conocido como el “Mexicano”,
recaló en el sur de la Argentina, después
de dar vueltas por América. “Un día
agarré mis cosas y me fui a probar suerte a Calafate;
este lugar me abrió las puertas de una forma que
nunca imaginé. Como soy el único mexicano
en la zona, todos me conocen”. Actualmente inauguró su
propia agencia de turismo, dedicada a excursiones en el
Chaltén y La Cueva de las Manos, entre otros lugares.
Asegura que se quiere quedar.
2. Benjamin Jenkins conoció a su novia Luz, argentina
ella, en enero del 2001,durante un intercambio estudiantil
en la Universidad de Illinois. Para continuar con su romance,
llegó a Buenos Aires en el 2002. “No sé si
se me dará otra oportunidad como la que tengo ahora
de vivir y trabajar en otro país. En el futuro,
seguramente, me costará mucho más poder realizar
una experiencia similar.”