Las
exigencias en el ámbito laboral, las relaciones
sociales y el miedo a ser rechazados, hacen que muchas
veces posterguen la decisión de contraer matrimonio.
Hay estudios que indican que la Fobia Social es un factor
importante de influencia en este asunto.
Las mujeres saben de qué se trata, porque el tema
vuelve una y otra vez en cuanta reunión femenina
se presente. No importa el grado de formalidad del encuentro:
desayuno de trabajo, la visita de alguna amiga o charla
de gimnasio entre abdominales y horas de bicicleta fija. ‘Cada
vez hay menos hombres’, comenta una, indignada. ‘Están
hechos unos gansos. Ni ellos saben lo que quieren’,
asiente otra. Los varones, mientras tanto, hacen mutis
por el foro y siguen en la suya con cara de ‘a mí no
me miren’. Lejos de intentar plantear una polémica
sexista, ambas actitudes (la queja de ellas y la postura
de ellos) no hacen más que reflejar lo que parecería
ser una tendencia que va en franco aumento: a los varones
les cuesta cada vez más dar el sí.
El saber popular busca una explicación racional
para el asunto. “Por cada varón hay siete
mujeres, así que aprovechen ustedes que tienen la
posibilidad de elegir”, repiten como si fuera una
máxima las maestras del colegio primario. Magna
responsabilidad la de los varones, esa cantidad de damas
disponibles y el peso de tener que seducir a la más
bonita, inteligente, simpática, graciosa, agradable,
positiva, y más, y más, y más. Si
a esto le sumamos la necesidad de ser exitosos en el resto
de los aspectos de su vida cotidiana (véase Mundo
exigido), podemos llegar a comprender la sensación
de agobio que, muchas veces, ataca a los muchachos.
La decisión
comprometida
Es más que un juego de palabras. Además de
los factores económicos y el deseo de adquirir cierta
estabilidad antes de dar el gran paso, el matrimonio tiene
un montón de implicaciones que muchos tienen miedo –o
directamente no están dispuestos– a asumir.
Mariano cumplió 27 años y hace casi uno y
medio que vive con su novia, pero formalizar no está en
sus planes inmediatos. “Hay algo que tiene que ver
con las sociedades modernas y el ritmo con el que vivimos
día a día. Ahora está permitido que
las parejas convivan y hasta incluso tengan hijos sin casarse.
Con mi mujer estamos bien así y el matrimonio no
nos va a cambiar la vida, es una cuestión secundaria
dentro de nuestros objetivos. Antes desearía poder
procurar el techo, un trabajo estable para los dos y especialmente,
tener la certeza de que lo que construimos es a largo plazo.
No me interesa hacerlo a medias. Mis padres se separaron
cuando yo nací y no quiero repetir esa historia”,
afirma con vehemencia. Esta tendencia se repite en los
varones de su edad, aunque no es la única razón
por la que los señores le escapan al ‘sí,
quiero’.
“
No casarme fue una decisión. Me gusta mi libertad:
levantarme a cualquier hora, elegir con quién quiero
estar, salir a andar en moto con mis amigos. Tuve novias
y llegué a convivir con ellas, pero me di cuenta
de que no tenía ganas de darle explicaciones a nadie,
de que la vida se transforme en una obligación constante
por el hecho de tener una persona al lado”, reflexiona
Alejandro, un periodista de 46 años. Claro que la
profesión tuvo mucho que ver en su elección. “Fue
condicionante porque no me bancaban el ritmo. Es cierto,
durante mucho tiempo mi objetivo era muy claro: comprarme
una casa. Para eso llegué a tener cuatro trabajos
simultáneos y esa elección no conjugaba con
la idea de una familia o una pareja, que implican responsabilidad”.
Alejandro habla en pasado porque en algún momento,
tuvo la sensación de que en su decisión había
algo más que gusto por la libertad. “Lo comprobé hace
varios años, cuando finalmente había encontrado
a una mujer con la que quería casarme y fracasó la
relación. Entonces empecé a hacer terapia
y descubrí el miedo al compromiso, a compartir,
a repetir cierta imagen de los modelos de mis padres”,
reflexiona. Sin embargo, tampoco es cuestión de
salir corriendo hacia el altar. “Por casarme no voy
a agarrar a la primera que pase. Quiero que sea linda,
inteligente, buena compañera, buena persona, sagaz,
perspicaz, sensible, que sepa mirarme y comprenderme. Y
me gustaría tener hijos. Es más. Mi actual
pareja tiene dos chicos y estamos pensando en la convivencia”,
dice.
Algo más
que una actitud
Crecer, casarse, tener hijos… Lo que para muchos
forma parte del ciclo natural de la vida, puede llegar
a convertirse en una odisea para aquellos que sufren Fobia
Social (véase ¿Qué es una fobia?).
Se trata de una preocupación excesiva acerca del
juicio que van a hacer los otros sobre uno mismo. La posibilidad
de ser evaluado negativamente hace que estas personas padezcan
elevados montos de ansiedad, que se manifiestan a través
de diversos síntomas. Uno de los más importantes
es el temblor, especialmente en las manos, ya que delata
el nerviosismo y el temor a que esto se note aumenta el
malestar.
“
Históricamente hemos recibido más consultas
masculinas por este tema, a diferencia de lo que sucede
con el resto de los Trastornos de Ansiedad. La proporción
es de un 65 % de varones que consultan por problemas en
el ámbito laboral o dificultades al momento de conseguir
pareja”, explica el licenciado Daniel Bogiaizian,
presidente y director del área psicológica
de la Asociación Ayuda, que se especializa en este
tipo de problemática. Pero hay más. “Hicimos
un estudio en el que comparábamos el estado civil
de 100 pacientes fóbicos con los datos del último
censo del Indec y comprobamos que este trastorno influye
más en los hombres que en las mujeres”, dice
el profesional. La proporción de solteros fóbicos
(hombres y mujeres) de entre 20 a 50 años es de
un 72%, a diferencia de la muestra poblacional general,
que es de un 49%. “Si los dividimos por género,
observamos que un 40 % de los varones argentinos de esa
franja etaria son solteros, mientras que del grupo que
padece Fobia Social, el porcentaje asciende al 78,1 %.
En el caso de las mujeres, hay un 43,1 % de solteras en
el país y entre las fóbicas, el porcentaje
es del 61 %”, ejemplifica Bogiaizian. Y enseguida
agrega: “Hay algunos datos curiosos. A diferencia
de lo que sucede con las mujeres, entre los jóvenes
fóbicos de entre 20 y 29 años, no encontramos
ni uno casado”.
–¿Es el mal de
estos tiempos?
–
En esta época hay muchas más exigencias en
cuanto al desempeño social; estamos obligados a
mostrarnos. Esto se nota incluso en el plano laboral: tenemos
que trabajar en grupo, presentar informes, hacer, coordinar
equipos y recibir o pasar directivas, entre otras cosas.
Muchas de las personas que llegan a la consulta son muy
capaces, están preparadas, pero a la hora de tener
que hablar frente a sus colegas empiezan a tartamudear,
se les pone la mente en blanco, tienen problemas para concentrarse.
Todo su conocimiento se va al tacho y tienen una pésima
performance por efecto de la ansiedad. Y lo mismo sucede
en el plano personal. El terror a ser rechazados los lleva
a evitar situaciones sociales y a recluirse, con lo que
obviamente permanecen solteros.
–
Sin embargo, muchas mujeres con el mismo padecimiento logran
concretar el matrimonio. ¿Por qué sucede?
–
Tiene que ver con lo que socialmente se espera para cada
rol. Se supone que la mujer tiene un rol más pasivo
en el cortejo. Y no cabe duda de que para nosotros, los
argentinos, es muy importante llevar la iniciativa. Entonces,
y en líneas generales, al varón con Fobia
Social le cuesta más encontrar pareja. No se trata únicamente
de conocer una persona. Una vez que se ponen de novios
tienen que mantener ese vínculo, lo que tampoco
es fácil para un individuo que evidentemente tiene
dificultades para comunicarse espontáneamente. Una
de las cosas que relatan estos pacientes es que les resulta
más sencillo encarar a una chica que no les gusta
porque se sienten menos ansiosos. Sienten que no pueden
elegir una mujer que realmente los atraiga y tratar de
conquistarla.
–¿
Son los típicos tímidos?
–
Más bien suelen pasar por antipáticos. Son
personas que arman una barrera para protegerse y mantener
la distancia con el otro. No nos imaginemos al tímido
y apocado como el estereotipo de la persona que padece
Fobia Social. Es más, no siempre hay un síntoma
externo que lo indique. Esto tiene que ver con que se trata
de un trastorno que se pone en juego en la mente, en el área
del pensamiento.
–¿
Cómo se trata?
–
Trabajamos en sesiones individuales y grupales, con grupos
homogéneos. Son como laboratorios en los que hacemos
simulaciones de la vida real: presentaciones frente a colegas,
entrenamiento de roles, o el tema de la proximidad física.
De esto sabe bastante Guillermo, un comerciante de 37 años. “Era
muy tímido. Me costaba comunicarme con mis compañeros
del colegio o estar en lugares con mucha gente. Tenía
terror de encontrarme con alguien por la calle y tener
que saludarlo. Y esto me fue llevando a evitar a mis amigos”,
recuerda. La preocupación fue creciendo y hace cinco
años, decidió buscar ayuda. “Me sentía
un poco anormal. Pero al ver al resto de las personas que
tenían el mismo problema que yo, noté que
era un prejuicio mío”, resume. Hoy en día
está en pareja y su mujer tuvo gemelas hace ocho
meses.
La prueba de que muchos varones tienen en claro lo que
quieren. Sólo que a veces no se animan a contarlo.
Mundo exigido
Alcanzar el éxito profesional, ganar dinero y estar
físicamente bien. A todas estas exigencias, los
hombres le suman la necesidad de tener un buen rendimiento
sexual. Según una investigación publicada
en The New York Times, cada vez son más los hombres
sexualmente sanos de 20 a 40 años que recurren a
vigorizantes, como consecuencia de las enormes expectativas
que se generan en torno al sexo. Muchos ganan en confidencia
o se sienten más viriles cuando consumen estas drogas.
Otros, recurren a ella para combatir la ansiedad por una
primera relación sexual con una nueva pareja o para
detener el complejo Samantha, que se refiere al miedo a
fracasar ante las mujeres modernas, consideradas sexualmente
poderosas.
La energía en otro lado
Por Sergio Sinay
Para los hombres el casamiento es una asignatura pendiente
menos fuerte que para las mujeres. Ningún hombre
será considerado un fracasado si no construye una
familia, más allá de lo que le ocurra internamente.
En cambio, será visto así si no resuelve
las cuestiones relacionadas con una profesión o
con su situación económica. Para la mujer,
por mandatos culturales, la consolidación afectiva,
la construcción de una familia, el encontrar a un
hombre con el cual realizarse es una imposición
más pesada que en el hombre. Si no lo cumple a determinada
edad o directamente no lo concreta, hay amenaza de ser
vista como fracasada. Además, la mujer tiene más
expectativas que un varón en cuanto al compromiso.
Esto hace que los deseos de ambos no confluyan en un punto.
El tiene menos urgencias puestas sobre sus proyectos en
forma de mandatos que ella: es a la mujer a quien le parece
que al hombre le cuesta el compromiso, pero porque está más
pendiente y urgida por casarse. La conclusión que
sacan las mujeres es que los varones se comprometen menos.
Sucede que ellas llevan una fuerte carga sobre el matrimonio,
y por esto sienten que el varón no está igual
de comprometido. Pero en realidad es que él no tiene
toda la intensidad de su energía puesta en ese proyecto.
¿Qué es una fobia?
Sentir temor ante ciertos objetos, determinadas circunstancias
o posibles situaciones especiales como el día de
nuestro casamiento, un viaje o un examen, es normal. Ahora,
cuando el nivel de temor nos excede y se convierte en irracional,
desproporcionado y persistente, haciendo además
que evitemos esos objetos o situaciones, podemos llegar
a estar padeciendo las llamadas fobias, que los médicos
y psicólogos incluyen dentro de la gama de los trastornos
de ansiedad. Desde sentir terror a cucarachas, ratas, arañas,
líquidos, tormentas, lugares cerrados, abiertos,
viajar en colectivo, estar solo, y hasta andar por la calle,
incluyen parte del inventario de situaciones fóbicas.
Según los especialistas, son muy frecuentes y es
posible que cuando nos enfrentamos al objeto fobígeno,
se produzcan las llamadas crisis de pánico. Estos
ataques son la aparición repentina de un miedo intenso,
acompañado de algunos síntomas como palpitaciones,
aumento de la frecuencia cardíaca, sudoración,
temblores o sacudidas musculares, sensación de ahogo
o falta de aire o náuseas, hormigueo. La clave está en
detectar el problema y decidirse a resolverlo con psicoterapia.
Aunque a veces para recuperarse es necesario recurrir a
psicofármacos, el tratamiento, aseguran, es rápido.