A pesar de su corta edad, la actriz que acaba de despedirse
de su personaje en Soy Gitano, lleva varias participaciones
en programas, películas y obras de teatro exitosos.
Sin embargo, mantiene el perfil bajo y dice “no
estar subida al caballo”. En pocos días
comienza a grabar su primer protagónico televisivo.
“No es que no conteste de colgada, eh, es que no
tengo una respuesta: yo no tengo horarios”, se disculpa
Malena Solda por teléfono. A la actriz, que se acaba
de despedir de Maite Heredia, el personaje sufrido que
encarnó durante 2003 en la tira Soy Gitano, es difícil
ubicarla. En su departamento de Colegiales casi siempre
atiende el contestador automático.“Vivo a
merced de las grabaciones”, sigue, e interrumpe la
charla con un rezongo: “¡Gato b...!” La
descarga es contra Arturo, el siamés que le acaba
de tirar una lámpara y único ser con quien
comparte techo. Pasado el enojo con la mascota, Malena
propone el lugar para la entrevista, y vuelve a pedir disculpas.
La voz que llega a través del tubo deja intuir a
una Malena espontánea, amable. A una Malena anti-diva.
Una chica como cualquiera
Desparramada en un sillón de un bar y dándose
una panzada de torta de chocolate y licuado de frutas,
la joven actriz cuenta que en unos quince días y
después de un 2003 “intenso” retomará la
rutina laboral para grabar Jesús, el heredero, la
telenovela que en marzo se convertirá en su primer
protagónico televisivo. Joaquín Furriel,
el morocho de los ojazos verdes que en la tira de los gitanos
con su personaje de Niño Amaya sufrió horrores
a la par de su amada Maite, será nuevamente la pareja
de Malena en la ficción. “Estoy contenta con
el proyecto, y eso me genera un poco de ansiedad. El elenco
es un lujo. Con Joaquín me llevo muy bien, nos divertimos
mucho y nos entendemos. Trabajar con actores que comparten
la visión que yo tengo de la profesión, de
mucha entrega y mucho respeto, será un placer”,
dice. Esos actores de los que habla serán, entre
otros, Lidia Lamaison y Jorge Marrale.
Malena viste unos jeans, un suéter verde y unas
zapatillas de puntas gastadas. La acompaña su amigo
Mariano, un absoluto anónimo que enchufado a los
auriculares de la palm de su amiga, se dispone a esperarla
pacientemente mientras transcurre la nota.
–Eso de no tener cierta rutina horaria, ¿cuesta?
–
Sí. Pero con el tiempo aprendí a que cada
vez me cueste menos, a enojarme menos cuando no puedo hacer
cosas. Pero también depende del momento: a fin de
año me harto y me pongo más intolerante:
muchas reuniones, gente que te pide notas... Y uno no puede
estar en todos lados. Eso sumado a la complicación
que tus horarios no son tuyos, se hace difícil.
Antes me costaba mucho.
–¿Por qué?
–
Porque no soy de esas personas que trabajan y nada más.
Yo tengo otras cosas que me gusta hacer: estudiar teatro,
inglés, ir a gimnasia, ver a mis sobrinos, estar
con mis amigos. Tengo un universo más amplio que
el trabajo. Entonces eso es complicado de manejar.
Malena porta, y no por mera casualidad, el nombre de un
tango. Pero con la Malena de la canción sólo
comparte sus “ojos oscuros como el olvido”,
pero sin olvido, y no tiene la misma “pena de bandoneón”.
Nuestra Malena es alegre y fresca, pero cuando habla lo
hace muy seria. Se la ve bien plantada. Tiene perfil bajo
esta chica, a pesar de su abultado currículum: éste
incluye participaciones en varios programas, todos tan
populares como exitosos (Montaña Rusa, Carola Casini,
Verdad Consecuencia, Gasoleros, Buenos Vecinos, Tiempo
Final y Los Simuladores, entre otros) más varias
películas y otras tantas obras de teatro. Dice: “Soy
difícil de encontrar pero no diva –se ríe.
No me interesa eso, no me sale. Hay veces que digo ‘pero
por qué no la mando a c...’. Pero soy educada
y creo en ser respetuosa y en que sean respetuosos conmigo.
Y además pienso que mi trabajo es un trabajo como
cualquier otro, con algunas peculiaridades: de repente
estoy muchísimo más expuesta y por eso exijo
que sean más cuidadosos, y me exijo a mí ser
cuidadosa y meticulosa en lo que hago. De verdad, yo tengo
muy incorporado esto del respeto. No me gusta, me pone
de muy mal humor que me traten mal. Y eso en general: desde
que un taxista te hable mal o que lleguen tarde y no te
avisen, por ejemplo. La atención con el otro no
cuesta nada, y estamos muy acostumbrados a los descuidos,
hay mucha agresividad y mucha cosa de ‘como tengo
el poder, hago lo que quiero’. No me gusta que lo
hagan conmigo y ‘por eso no lo haría con nadie.
Podría decir llego tarde porque se me canta, y que
me esperen’. Pero no me va. Si a mí me va
bien en algo, no me la creo. Cuando transito por algún éxito,
influye en mí pero no en el sentido de ‘ahora
me la creo’, sino de ‘ahora estoy muy contenta”.
Escuchar, de eso se trata
Pero... ¿cómo? ¿El ego no aumenta
a la par de los logros? Dice que sí, que obvio, “que
uno tampoco es... Pero no pasa por subirse al caballo.
Sino por una cosa de más apertura, de escucha. Me
gusta escuchar al público a la salida del teatro
y preguntarle ‘¡Ah! ¿Te gustó? ¿Y
por qué? ¿Qué es lo que a vos te llegó?’ Porque
yo trabajo para vos, para la gente. No trabajo para mí.
Yo cuando hago una telenovela, una película, una
obra, no lo hago para mí, aunque me divierta: lo
hago para generar algo en la gente, ver qué les
sucede, tratar de percibir las distintas interpretaciones.
Eso es lo más interesante de mi trabajo”,
concluye la chica del lunar sugerente, que dice haber tenido
una infancia “muy linda y tranquila”, transcurrida
en un barrio, Florida, junto a sus dos hermanos más
grandes (“por eso soy caprichosa”), haciendo
cerámica, aprendiendo flauta, inglés y teatro,
y yendo a las clases de hockey (“¡era malísima!”).
Siempre rodeada de primos y muchas amigas.
Las mismas amigas, las del colegio y el barrio, son las
que la cargan llamándola Betty Crocker (por la marca
de repostería), “es que hago alfajorcitos
de maicena, tortas y budines”, cuenta divertida la
actriz, cuyo único ritual cotidiano, dice, es cambiarle
las piedritas a Arturo, el siamés que atraviesa,
según su dueña, por una etapa adolescente.
Mientras hace jugar entre sus dedos al lápiz labial,
Malena habla de que en un futuro le gustaría viajar,
y viajar por trabajo, “tener una linda casa, hijos
y... ¡la familia Ingalls!”, remata bromeando
la novia de Juan Manuel Gil Navarro, el actor con el que
sale desde que detrás de la escenografía
de Soy Gitano, nació el amor. “No hablo mucho
del tema... –silencio. Me da vergüenza...”,
suelta riéndose, con un leve color rosa en su cara.
Malena lleva una marca horizontal que le cruza el puente
de la nariz (perfecta), casi a la altura de las cejas.
Fruto de una travesura de chica, esa cicatriz dispara una
pregunta:
–¿
Hasta dónde te influye el tema de lo físico
para tu profesión?
–
Bastante. Es decir: por suerte no soy una esclava de eso,
y disfruto cuidándome en el sentido que le presto
atención a las cosas que me gustan, como ir a la
cosmetóloga, que me cuida y es como ir a una sesión
de mimos.
Es tiempo de terminar la entrevista.
Mariano se desenchufa los auriculares y ahora Malena
se dispone a seguir la charla,
pero con su amigo. Como cualquier otro par de amigos, salen
juntos del bar, hacen parar un taxi y se van: no sin antes
agitar las manos en medio de la calle en una suerte de
saludo y gritando “¡Gracias por el licuado!”.
De chica de barrio a actriz polirrubro
Malena no había terminado el secundario cuando después
de una muestra teatral de fin de año un productor
de Canal 13 le propuso participar del casting de Montaña
Rusa. La chica, que había estudiado teatro con Hugo
Midón desde los ocho años, aceptó.
Aún recuerda ése día: “Para
mí era todo muy raro, no tenía nada que ver
con mi vida ni era lo que yo había soñado”,
relata.
–¿ ...?
–
Yo quería ser actriz, pero me veía –me
sigo viendo- como una actriz de teatro o de cine más
que como una de televisión. Así que estar
ahí era raro para mí. No entendía
nada.
–
Y si soñabas con ser actriz de teatro, ¿por
qué hiciste tanta TV?
–
Creo que empezar en televisión me sirvió para
romper con ese prejuicio, y además me dio un entrenamiento
para resolver cuestiones rápidas. No existe eso
de actor de teatro, TV o cine. Sí creo que hay gente
que es más virtuosa en alguno de los tres. Yo donde
mejor me siento y donde más me luzco creo que es
sobre las tablas. Pero no por eso voy a ser nada más
que una actriz teatral. Soy actriz, y punto.
De profesión,
actriz comprometida
Solda debutó en las tablas en 1997 con Monelle.
A esa le siguieron otras obras, pero la ruptura llegó en
2001 con Una bestia en la luna (foto), la pieza que le
valió varios galardones: el Estrella de Mar 2001
a la Mejor Actriz, el ACE a la revelación femenina
y el premio Clarín, también a la revelación
femenina. La pieza, que cuenta la historia de dos armenios
que huyen del genocidio, duró cuatro temporadas. “Fue
un sueño hecho realidad. Era parecido a lo que imaginaba
para mí: hacer una obra de calidad, con actores
con los que te llevás bien y disfrutando del proceso.
Y que la gente la recibiera como la recibió fue
un regalo, un disfrute mutuo”, relata.
Las apariciones en piezas cargadas de compromiso social
son recurrentes en la carrera de Malena: entre otras, participó de
Teatro x la identidad, sobre los niños apropiados
durante la dictadura militar, en el documental Los fusiladitos,
acerca de los fusilamientos de José León
Suárez y en la película Nueces para el amor,
donde hizo de asistente social. ¿Por qué?
Malena responde: “Porque me hace bien sentir que
ideológicamente pertenezco a una tendencia, a una
forma de ver la vida. Y me parece que la mejor forma de
transmitir una buena causa es trabajando con mi herramienta,
sin bajar línea y siempre desde un lugar
humano”,
concluye.
Por Carolina Cattaneo
Fotos: Ariel Gutraich
Agradecemos al Bar Lele de Troya