¿Vacaciones en Marte? ¿Una utopía
o un sueño que puede convertirse en realidad? Los
científicos argentinos que trabajan en la NASA nos
cuentan la inside story de la carrera al espacio. Y en
el país, ¿cómo nos preparamos?
Diez minutos. El tiempo que usted tarda en cocinar un huevo
duro. O en hacer la cola para pagar la factura del gas.
O en escuchar sus tres canciones favoritas. Tan solo –o
tanto– como diez minutos. Eso es lo que demora
una transmisión entre la Tierra y Marte, viajando
a 300 mil kilómetros por segundo, que es la velocidad
de la luz. Y pensar que hasta hace apenas quince años,
para establecer cualquier comunicación telefónica
internacional había que llamar a una operadora
y esperar cerca de una hora para poder hablar... Sin
embargo, el dato se vuelve pequeño si pensamos
que para llegar al planeta rojo, la sonda Spirit recorrió unos
500 millones de kilómetros, viajecito que le deparó nada
más y nada menos que siete meses. ¿Qué hizo
usted durante los últimos 200 días?
Las cifras impactan. Basta con pensar que en el proyecto
de exploración de Marte (Mars Exploration Rover
o simplemente MER), que lleva adelante el Laboratorio de
Propulsión a Chorro de California (JPL) para la
oficina de Ciencias Espaciales de la NASA, trabajan 600
personas y costó la friolera de 800 millones de
dólares. Al momento del lanzamiento, la nave pesaba
1.062 kilogramos que incluyen los 198 kgs. de la cubierta
y el paracaídas, y los 52 de combustible, entre
otras cosas. Además, tiene un panel de energía
solar que le permite desplazarse 40 metros por día
marciano, que dura 40 minutos más que el terrícola.
Lo que se dice, una pavada.
¿Por qué Marte?
Es la pregunta obligada. ¿Por qué la necesidad
de explorar ese rincón del universo? “Marte
siempre ha cautivado la imaginación del hombre.
Era el dios de la guerra para los griegos y el de la agricultura
para los romanos”, asegura el doctor Fernando Raúl
Colomb, miembro del directorio de la Comisión Nacional
de Actividades Espaciales (véase 100 % argentino).
Y agrega: “Cobró mucha popularidad cuando,
a principios del siglo pasado, un astrónomo creyó ver
surcos en la superficie del planeta. Claro que estamos
hablando de simples observaciones, porque no existían
las fotografías ni nada por el estilo. Entonces
ya se tenía conciencia de la existencia de los casquetes
polares. Se suponía que era agua congelada y que
esos canales permitían transportarla. También
hay que tener en cuenta la influencia de lo que sucedía
en la Tierra: en ese momento, las principales potencias
mundiales desarrollaban las grandes obras de ingeniería,
como los canales de Panamá y Suez. Y por supuesto,
de la literatura, con el caso puntual de la novela La guerra
de los mundos y la polémica que despertó Orson
Welles desde su emisión radiofónica. De todos
modos, el fenómeno tiene mucho que ver con las características
del hombre, con la necesidad de explorar todos los confines
de la tierra. Es lógico que ahora que conoce cada
uno de los rincones, se lance al universo”.
Haciendo memoria, Colomb continúa con la historia. “A
principios de los ’60 empieza la época espacial
y se mandan las primeras misiones rusas y norteamericanas.
Los robots Viking se posaron sobre la superficie y enviaron
algunas imágenes, pero no lograron detectar indicios
de vida. La exploración se reavivó hace unos
años, cuando analizando un meteorito proveniente
del planeta rojo, se descubrió la posibilidad de
que existiera algún tipo de vida similar a la que
conocemos”, concluye. Este nuevo interés llevó a
la gente de la NASA a renovar sus investigaciones con un único
objetivo: enviar una misión para investigar la posible
presencia de agua debajo de la superficie marciana. “La
presunción es que podría haber vida en forma
muy elemental, microorganismos o ese tipo de cosas”,
aclara Colomb. Una vez que obtengan todos estos datos y
mirando a largo plazo, los científicos se animan
a soñar con la posibilidad de realizar una misión
tripulada. Y más ahora, que el presidente de los
Estados Unidos, George W. Bush, acaba de anunciar un plan
que prevé enviar una misión tripulada a la
luna en el año 2015 y establecer una base que luego
sirva como punto intermedio en el viaje a Marte (véase
Vacaciones marcianas).
Claro que para que esto suceda habrá que sortear
muchos obstáculos. Marte es conocido como el ‘planeta
rojo’, debido al color rojizo que otorga a su superficie
la presencia de óxido de hierro. Su atmósfera
no es propicia para la vida ya que no hay oxígeno,
tampoco protección de la radiación solar
y las temperaturas pueden llegar a alcanzar los 150 grados
centígrados durante la noche. “No es lo mismo
que cuando Colón salió a descubrir América,
que encontró todo más o menos en las mismas
condiciones. Por eso lo más importante es saber
si hay agua, porque transportarla sería muy complicado”,
explica Colomb. Y aunque la estadística indique
que la mayoría de los viajes al planeta rojo fracasaron,
asegura que siempre significan un avance en las investigaciones.
Tres argentinos en Marte
Parece el nombre de una película, pero en este caso
se trata de la pura realidad. O casi. Sucede que en la
misión al planeta rojo trabajan tres ingenieros
aeroespaciales nacidos en la Argentina: Miguel San Martín
(45), oriundo de Villa Regina, Río Negro; Martín
Greco (32), de Capital Federal; y el rosarino Raúl
Romero (47).
Vía mail, Romero cuenta que trabaja en la NASA desde
1984 y que ésta es la quinta misión en la
que participa. “Soy el encargado del mástil
del Rover (los robots que exploran el territorio marciano).
Fue diseñado para permitir que, entre otras cosas,
las cámaras puedan ver el panorama de Marte en 360
grados y desde la superficie hasta el cielo”, explica
el esposo de la ingeniera salvadoreña Ana Romero
y papá de Gabriel, de 13 años. Pero además,
se encargó de la coordinación de las actividades
referidas a la integración mecánica de la
nave y en el futuro será jefe de ingenieros del
programa Phoenix, el próximo proyecto a Marte. A
la hora de hablar de su mayor desafío, es tajante: “El
tiempo. Aquí tenés los mejores científicos
e ingenieros. Su innovación y creatividad es fenomenal.
Han enfrentado con un gran profesionalismo cada uno de
los obstáculos que se pusieron en nuestro camino.
Pero el mayor problema fue el tiempo. En menos de tres
años diseñamos, fabricamos, probamos e integramos
dos naves. Eso es increíble”. Desde algún
otro rincón del JPL, Greco también responde.
Es el más joven de los tres y trabajó en
el diseño y las pruebas de los sistemas de lanzamiento,
crucero y despegues críticos de MER, su primera
misión. En su experiencia, uno de los momentos claves
sucedió cuando en menos de una semana tuvo que crear
una manera de apagar y prender las naves en el medio de
la travesía. “No esperábamos hacerlo
y nunca lo habíamos probado”, reconoce.
Los dos se entusiasman a la hora de pensar en el futuro. “Si
hubiera una misión tripulada sería el primero
en ir. Pero pienso que más bien la oportunidad la
va a tener mi hijo. Creo que en nuestra vida todavía
vamos a ver algunas cosas magníficas en cambios
tecnológicos”, vaticina Romero. Y quizá recordando
su infancia en nuestro país, continúa: “Me
gustaría ver a la Argentina participando en los
proyectos espaciales y sé que están trabajando
en uno”.
Volver al futuro
Dos décadas atrás soñábamos
con el nuevo siglo. Las revistas infantiles vaticinaban
un año 2000 con autos voladores y máquinas
del tiempo. Lo cierto es que desde que John F. Kennedy
anunciara la conquista del espacio, allá por los ’60,
se avanzó, y mucho. Lejos quedó la imagen
de Neil Armstrong dando su pequeño gran paso sobre
la superficie lunar. La humanidad toda va por más.
Distintos satélites observan la galaxia y algunos
hasta lograron traspasar esa barrera. ¿Llegaremos
a ver humanos en Marte? Es difícil anticiparlo.
Pero aunque la realidad avance a la velocidad de la luz,
hay suficiente tiempo para pensarlo.
Vacaciones marcianas
–
Aerolíneas Espaciales, buenos días.
–
Buenos días señorita, quisiera reservar dos
pasajes a la luna.
–
Como no caballero. ¿Para qué fecha?
¿
Creía que lo había escuchado todo? Probablemente
diálogos como éste sean moneda corriente
en las próximas décadas, que anuncian al
turismo espacial como exclusivo protagonista. Por lo pronto,
hubo dos extravagantes millonarios que ya cuentan la experiencia:
Dennis Tito y Mark Shuttleworth, pagaron 20 y 38 millones
de dólares respectivamente por la aventura. Space
Adventures y Space Island son algunas de las empresas que
manejan estas propuestas. Y la rusa Rosaviakosmos, invita
a los recién casados a pasar su luna de miel en
la Estacion Espacial Internacional por 40 millones de dólares.
Una bicoca. Aquellos que tienen el bolsillo un poco más
ajustado, pueden elegir un vuelo de gravedad cero por sólo
U$S 5.400. Otra opción son los servicios funerarios
como el que utilizó Gene Rodenberry, creador de
la serie Viaje a las Estrellas, que llevan las cenizas
de la persona fallecida al espacio. Ray Bradbury, autor
de las célebres Crónicas Marcianas, ya hizo
su pedido: quiere que lleven sus cenizas a Marte.
100% argentino
La Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE)
fue creada en 1991 y es la encargada de ejecutar el Plan
Espacial Nacional, un programa a largo plazo que es revisado
y actualizado periódicamente. “Está focalizado
en observar la tierra desde el espacio. Hasta ahora hemos
puesto en órbita tres satélites: SAC-A, SAC-B
y SAC-C. El último nos envía información
diaria sobre nuestro territorio (véase 24 hs. On
line)”, explica Colomb. Mientras tanto, están
desarrollando los proyectos SAOCOM y SAC-D/Aquarius, misión
en la que Colomb es jefe científico y que se lleva
a cabo en convenio con la NASA. “La finalidad principal
es determinar la salinidad marina y la humedad del suelo
en grandes extensiones”, cuenta. Estos datos tienen
mucha importancia en todo lo que refiere a actividades
económicas, como la pesca. Y servirá para
alertar sobre posibles inundaciones o incendios. Como todos
los satélites argentinos, el SAC-D se va armar en
INVAP S.E., Bariloche, y se pondrá en órbita
en septiembre de 2008 desde NASA. “Ellos absorben
el costo del lanzamiento, que significa casi el 50 % del
valor de una misión”, dice Colomb. Desde el
Centro Espacial Teófilo Tabanera, en Falda del Carmen,
Córdoba, comandan los satélites nacionales
y reciben imágenes de otros 16 internacionales.
Allí también funciona el Instituto de Altos
Estudios Espaciales Mario Gulich, que tiene como objetivo
el desarrollo de modelos avanzados para alerta temprana
en emergencias naturales y epidemiología panorámica.
24 hs. on line
El satélite SAC-C da 16 vueltas por día a
la Tierra, a una velocidad de 27.000 kilómetros
por hora (cada una demora 90 minutos), y está ubicado
a 707 km. de la superficie. Tiene una cámara multiespectral
que prácticamente todos los días, manda imágenes
de nuestro país. “Es muy usado por organismos
como el INTA o el INA, que trabajan con cultivos o datos
climatológicos. Esta herramienta nos permite saber
cuáles son los recursos y cómo están
las cosechas en todo el país. También hay
grupos que estudian la minerología en la parte de
la cordillera, por ejemplo”, explica Colomb. Pero
no hace falta ser un gran científico para ‘pispear’ de
qué se trata. Cualquier puede ingresar en el sitio
web de la CONAE y ver ese catálogo de imágenes.
La dirección es www.conae.gov.ar