Creció
en Caballito, actuó en las Operas más
importantes del mundo, hoy canta en Illinois, Estados
Unidos y acaba de lanzar su tercer disco. Fue la "Mejor
cantante de ópera" en San Remo y la mejor
del mundo en el Tercer Festival de la Lírica
en Italia. En el 2001 abrió el Festival de Cosquín
y en el 2002 cantó junto con el grupo Ráfaga.
Su sueño es ganar un Grammy y un Oscar.
De chiquita quería
cantar como Julie Andrews o Barbra Streisand. Ser alguna
vez la versión local de Mary Poppins no era puro
capricho. Acá la cuestión era más
simple: la chica había nacido con un don, y a
eso no había con qué darle. Pero quién
sabe cuántas vueltas dio el destino para que
Gabriela Pochinki, la pequeña de guardapolvo
blanco que se destacaba por su voz en el coro del Normal
4 de Caballito, se convirtiera en una reconocida cantante
de ópera a nivel mundial, la misma que acaba
de lanzar su tercer disco y que hoy, exactamente hoy,
se está presentando en la Opera de Illinois,
Estados Unidos.
"Señora, su hija tiene oído absoluto",
le dijo un vendedor de pianos a la madre de Gabriela,
recomendándole que impulsara a la chiquita a
potenciar sus capacidades para la canción. Enseguida
Gabriela empezó a aprender canto, baile, teatro
y expresión corporal. Más tarde llegaron
las clases de cultura clásica y técnica
de voz, una carrera universitaria -Fonoaudiología-
y los cursos en el Instituto del Teatro Colón.
Ahí fue donde le aconsejaron ir a estudiar a
la Manhattan School of Music de Nueva York, una de las
mejores y más prestigiosas escuelas del mundo.
Y quedó... entre los diez mejores. Así,
después de tantísimos años de esfuerzo,
la jovencita que dejó Argentina en 1989 "cargando
solamente dos valijas", ya lleva más de
40 actuaciones en distintos teatros como la Opera de
Queens, la de Bonn, la de Tel Aviv y la Volksopera de
Viena, entre otros, sumado a sus presentaciones en salas
locales como la del Colón o la del Nacional Argentino
de La Plata. Y además, si hay algo que tiene
esta libriana de edad desconocida (prefiere mantener
la magia de la edad de los roles que interpreta) es
reconocimiento: en diez años de carrera, cosechó
premios importantes: fue la "Mejor cantante de
ópera" en San Remo (1997) y la "Mejor
cantante del mundo" en el Tercer Festival de la
Lírica en Italia. Pochinki, debió aprender
a estudiar, hablar y cantar nada menos que en cinco
idiomas.
"Yo quería ser una estrella en este mundo,
ser Gabriela Pochinki en este Planeta Tierra. Y cuando
decidí ser alguien, opté por dar lo mejor
de mí, hacerlo de la mejor manera. Ese fue mi
sueño, y lo cumplí", dice Gabriela
en un hablar rápido desde la casa rodeada de
montañas y nieve del matrimonio norteamericano
en Illinois que la hospeda momentáneamente. "Desde
el día que me metí en esto, lo hice dando
el 100 por 100 de mí, sacrificándolo todo:
me fui de mi país, estuve lejos de mi familia,
pasé horas y horas entrenando en una búsqueda
dura para una carrera difícil como la operística".
La soprano
del pueblo
¿Quién diría que esta soprano que
interpretó personajes de óperas de Verdi,
Humperdinck, Mozart y Strauss, entre otros grandes,
visita la platea del Nuevo Gasómetro de Almagro
cada vez que vuelve a la Argentina. Y que es fanática
del mate? Sí, Gabriela es amante de la popularidad:
en 2001 abrió el Festival de Cosquín con
el Himno Nacional y al año siguiente compartió
escenario con el grupo bailantero Ráfaga. "Estar
con la gente es lo que más me gusta. Yo sé
que a la elite llego, porque estoy preparada para las
tres mil personas que vengan al Colón o a la
Scalla. Pero a mí me gusta llegar al gran público,
sin discriminación." dice, y cuenta que
lo que más disfruta es recibir a su audiencia
en el camarín una vez que los telones bajaron.
"Esta profesión es muy solitaria: pasás
muchos momentos en soledad antes de subir al escenario
y cuando bajás, es muy difícil volver
a tu casa sola. Por eso necesitás el cariño
del público". No por casualidad, en los
Estados Unidos la llamaban The people's soprano (la
soprano del pueblo).
-Sorprende saber que nunca soñaste con ser cantante
de ópera y que querías ser como Julie
Andrews, Barbra Streisand o Liza Minnelli...
-Sí, es verdad. A mí me gusta cantar,
me gusta ser popular. Lo que pasa es que cuando fui
a la escuela de Manhattan, me vieron condiciones y me
derivaron al Departamento de Opera, y la voz me dio
para cantarla. Pero si me das a elegir estar en el Colón
o en Luna Park, elijo el Luna Park. Si me preguntan
'¿el Metropolitan Opera o el Madison Square Garden?',
digo el Madison Square Garden. Me encanta la masividad
y la televisión, que me permite entrar en cada
hogar y que me escuche el que no puede pagar una entrada.
Al cantar algo tan popular como el Ave María,
apreciado por todos, llegás al alma de la gente
de una manera distinta. Y esa gente que se sensibilizó
al escucharme cantar primero eso, dice '¡Gua!',
y así me la traigo conmigo a la ópera.
Un dato: cuando en 1998 Gabriela interpretó Carmina
Burana de Carl Orff en el Teatro Colón, un grupo
de cordobeses que rezaba con su versión del Ave
María llegó en camión para escucharla.
Y el Papa Juan Pablo II le hizo saber a través
de una carta del Vaticano que él despertaba con
esa canción cantada por ella.
Llegar a ser lo que hoy es Gabriela le costó.
Y mucho: "No te olvides que la ópera es
lo máximo: cuando estás cantando, técnicamente
tenés que ser brillante. Y eso no se produce
de un día para el otro. Son años y años
de entrenamiento. Y de repente un día el cuerpo
hace click y todo lo que aprendiste se integra, y después
sale solo, como los cambios de un auto".
Las mismas
ganas, el mismo espíritu
Después de casi 15 años de transitar por
diferentes países y escenarios, la cantante asegura
que cada función es como si fuese la primera:
"El público es diferente, y el dolor de
panza típico antes de salir está siempre,
pero lo espiritual fue siempre lo que me dio fuerzas".
Fuerza, eso es lo que se nota en Gabriela y es la clave
de su carrera. "Actualmente, levanté mi
base y me muevo con tres tremendas valijas. ¡Soy
nómade! -dice-. Me fui de Argentina con mis cosas
a Nueva York y con ellas estoy acá (Illinois).
Mi última base la tuve en Salzburgo en el '98
y sólo dejé mi departamento armado en
Nueva York, el resto partió a la Argentina. Eso
es difícil", asegura la soprano que un día,
cuando se presentó en un canal italiano y la
rechazaron por su nacionalidad, se enojó tanto
que tiró el casete que llevaba con sus trabajos.
Ese temperamento le sirvió para que a las tres
horas, la señal revocara su decisión.
"Siempre quise ser yo. A mi manera, sin copiar
a nadie y brindando lo que tengo", dice, y se autodefine
como un "caso especial": "Lo más
típico es casarse joven y tener hijos. No sé...
yo a veces por mi entrenamiento no puedo hacer cosas
que cualquier persona de mi edad haría".
Pero no se lamenta: "Esto es lo que elegí,
y me encanta".
Del futuro, sólo dice que piensa volver a Nueva
York, donde tiene un proyecto "top secret"
. A la Argentina tiene planeado venir cuando nazca su
sobrino: "Durante mucho tiempo me faltó
tanto mi familia que ahora no quiero perderme más
nacimientos, cumpleaños ni fiestas", remarca.
Y para más adelante, ¿cuál es su
próxima meta? "Me gustaría ganar
un Grammy y un Oscar". Y sí, Gabriela es
una mujer que vuela alto, "pero siempre pisando
tierra...", dice generando intriga. Y asegura que
siempre seguirá siendo la chica de Caballito,
la misma que al salir del teatro saluda al portero con
un beso y un abrazo.
Sus discos: Arias and Liturgical Songs (2000), Il Dolce
Suono (2001) y el reciente Queen of the night (2003).
Todos incluyen arias y canciones litúrgicas:
"Soy muy religiosa, le rezo a Dios absolutamente
todos los días, y antes de entrar a escena. Al
terminar cada función, le agradezco al cielo.
Es mi sistema de vida. Cuando me fui de Argentina, lo
espiritual fue lo que me dio fuerzas".
Adele,
su personaje
La persona que le descubrió el talento para interpretar
el rol de Adele, en la opereta El Murciélago
de Strauss (la que actualmente está presentando
en Illinois), fue la cantante Elizabeht Schwarzkopf,
con quien ella tomaba clases maestras en Suiza. "Ella
fue la que me anunció que mi rol iba a ser Adele".
Según Gabriela, que encarnó este rol por
primera vez en 1995, "esta es una mucama que le
roba el vestido a su ama para irse a una fiesta. Tiene
una virtuosidad vocal tremenda. Es dura: exige una técnica
excelente porque tiene arias demandantes, momentos de
dos o tres minutos donde el cantante está sólo
expresando lo que siente. Además, yo soy muy
comedianta. Me gusta hacer reír a la gente, pero
tengo unos minutos de drama en los cuales yo puedo con
mi alma llegar al público y hacerlo vibrar. Vocalmente
me queda perfecto porque tengo facilidad para los agudos
y me permite lucir la virtuosidad vocal". La misma
obra la hizo más adelante, en Israel. Un rol
que le queda pendiente a Gabriela es el de María,
en la Hija del regimiento de Donizetti: "Me encantaría
hacerlo en el Teatro Colón. Soy joven, y puedo
soñar ".
El
canto, un amor sin barreras
Cuando apenas empezaba a transitar el camino del éxito,
Mirtha Legrand le preguntó a Gabriela (en uno
de sus almuerzos) qué rol le gustaría
interpretar. Ella contestó: "A María
en West Side Story". Pues bien, el programa le
trajo suerte y Pochinki fue elegida, en 1998, para integrar
el elenco que interpretaría el clásico
musical de Leonard Bernstein (conocido en Argentina
como Amor sin barreras) nada menos que con el rol protagónico
de María. La trama central es una historia de
amor. La pieza se dio en el Landdes theater de Salzburgo
(Austria), junto a la Opera de Virgina (allí
fue la única latinoamericana del elenco) y luego
dos veces en la Volskopera de Viena. "María
es muy parecida a mí, a los quince años
se mudó de Puerto Rico al Upper West Side (N.Y.),
que fue exactamente el barrio donde yo viví al
principio. Tenía todos los problemas de diferencias
raciales. María es tierna y dulce, pero a su
vez tiene mucho temperamento: es una mujer latina llena
de fuego", dice.