Desde
1963, ‘La Niña
Bonita’ recorre los puertos
del mundo como embajada itinerante de la Argentina. Además
de representar a nuestro país, el viaje tiene como
finalidad completar
la formación cultural y profesional de alrededor
de cien Guardiamarinas por año. Una mirada íntima
sobre
una experiencia fascinante.
La
Niña Bonita,
ese es el apodo con el que se la conoce a lo largo y ancho
del planeta. Niña Bonita, le dicen, y ella brilla,
con el frente henchido que se impone y destila ese orgullo
tan nuestro, tan argentino. Siempre igual. Con esos aires
surca los mares y a fuerza de empeño supo ganarse
el reconocimiento de sus pares, pero por sobre todas las
cosas, el afecto de los argentinos. Desde 1963, la Fragata
Libertad recorre el mundo representando a la Argentina.
Aunque no es la primera en hacerlo, sino que continúa
una vieja tradición de amistad internacional de
la Armada Argentina, iniciada por el viaje de circunvalación
que realizara Hipólito Bouchard allá por
el año 1817. No lo hace sola. Año a año,
cerca de 350 hombres se animan a acompañarla. Entre
ellos, unos cien Guardiamarinas que con este viaje culminan
su formación profesional. A través de la
lente de la fotógrafa Marité Malaspina, nos
metemos en la intimidad de esta mini-ciudad flotante, para
compartir la experiencia de una aventura fantástica
y descubrir los secretos que se esconden entre sus enormes
velas.
En primera persona
Su llegada a bordo no es casual, aunque empezó casi
de casualidad. “Sucedió en el 2002. El proyecto
para ese viaje era llevar obras de distintos artistas y
en el rubro artes visuales dieron conmigo. Les mostré mi
material y eligieron una de mis obras, que consta de cuatro
fotografías, Los 4 elementos: fuego, tierra, aire
y agua. Como eran mis ‘bebés’ las que
viajarían, se me ocurrió organizar un relevamiento
de la partida y otro de la llegada, con el objetivo de
hacer una mega-exposición para el fin de ese año.
En el ínterin se fueron dando diferentes actividades
en la Armada, como la llegada del rompehielos Irízar
o los cien años de la Corbeta Uruguay, y seguíamos
acumulando material para la muestra. Entonces me propusieron
embarcar nueve días antes de que la Fragata llegara
a puerto, para poder fotografiar la vida a bordo”,
cuenta Malaspina. Lo curioso de la anécdota, es
que habitualmente la fotógrafa expone sus creaciones
en lo que llama una galería itinerante, es decir,
que rota por los distintos bares de la Capital Federal
y el Gran Buenos Aires. “¿Qué más
itinerante que la Fragata?”, se pregunta entre risas.
Dicho y hecho, viajó con su hija Mónica –también
fotógrafa– a Puerto Madryn, a esperar la llegada
del buque. “Nos convertimos en las primeras mujeres
en realizar una experiencia como ésta. Anteriormente,
habían viajado las esposas de algunos capitanes
y por tramos más cortos. Y resultó todo un
revuelo porque la embarcación no estaba preparada
para recibirnos. Finalmente, dormimos en la enfermería”,
cuenta divertida. Y agrega: “Fue una experiencia
maravillosa”.
Un viaje con leyenda
Cuenta la historia que la Fragata A.R.A Libertad nació como
buque de instrucción en 1963. Su misión es
completar la formación profesional de los Guardiamarinas
y contribuir a la política exterior de la Nación,
tarea por la cual fue nombrada ‘Embajadora de la
República con carácter de distinción
honorífica y con efecto exclusivamente protocolar’ por
el Decreto Presidencial Nº 727 del 30 de mayo de 2001.
En todos estos años realizó casi 40 viajes
en los que navegó alrededor de 800 mil millas, permaneció unos
siete mil días fuera del Apostadero (equivalente
a más de 17 años en el mar), lleva visitados
cerca de 500 puertos y más de 70 países.
Por la teca de sus cubiertas, se han formado diez mil marinos
de nuestra Armada y recibió varios premios, entre
ellos siete veces el Boston Teapot (se otorga al velero
que recorra la máxima distancia a vela en 124 horas
de navegación tripulado por más del 50% del
personal en instrucción), el Regata America’s
Sail en 1998 y la Gran Medalla (obtenida en 1966 por su
travesía totalmente a vela en la que recorrió una
distancia de 2058,6 millas desde Cabo Race, Canadá,
hasta el cruce de la línea imaginaria entre Dublín
y Liverpool en ocho días y 12,5 horas. Récord
mundial de velocidad en el cruce del Atlántico Norte,
promediando 10,1 nudos a vela).
Actualmente, la Fragata está en Puerto Belgrano
en proceso de reparaciones. “Terminarán a
fines de abril y en mayo partiremos en el viaje de instrucción
Nº 38”, dice Pablo Vignolles, comandante del
buque desde diciembre de 2003. Enseguida explica: “El
viaje dura seis meses y contempla un equilibrio entre la
formación profesional y el bagaje cultural que deben
adquirir los estudiantes que luego se reciben de jóvenes
oficiales”. En esta oportunidad, serán 200
hombres en la tripulación, más 70 Guardiamarinas
y unos 20 invitados de otras fuerzas y marinas amigas.
Durante el viaje los marinos se encargan de absolutamente
todas las tareas cotidianas, desde el mantenimiento de
la embarcación hasta la producción de agua
y luz. Y Cancillería es la encargada de diseñar
el recorrido, en función de las necesidades protocolares
del país. “En los puertos extranjeros, entre
cuatro y cinco mil personas por día visitan el buque.
Y eso implica un desafío muy grande para todos los
tripulantes, ya que debemos representar a nuestro país.
Transmitir todo lo que implica el ser argentino”,
reconoce Vignolles.
Entre los marinos, el promedio de edad es de 25 años. “Son
muchos jóvenes con una gran energía disponible.
Por eso, lo fundamental es mantener y respetar el orden”,
razona el Comandante. Malaspina comparte la observación
y afirma: “No los ves. Es increíble como hacen
para estar en actividad las 24 horas del día sin
que uno lo note”.
Por supuesto, también hay espacio para la recreación. “Con
el fin de mantener el espíritu del buque, organizamos
juegos y actividades. Desde cinchadas hasta campeonatos
de truco o cocina”, confiesa Vignolles.
Aunque la vida a bordo es dura, aseguran que la experiencia
vale la pena y que el premio llega al final del recorrido,
cuando el buque se acerca a puerto y una fila de barcos
los sigue con carteles y frases de aliento. “La ansiedad
se respira en el aire”, resume Malaspina. Y el fuego
estalla cuando la inmensidad de agua se vuelve cada vez
más pequeña y ahí, en tierra, divisan
a sus seres queridos. Entonces todo cierra. Y se despiden,
oficiales, hasta que el deber vuelva a juntarlos.
Encuentros en alta mar
“
Fueron muchos los momentos impactantes”, recuerda
Malaspina. Pero no duda en señalar entre los más
fuertes el encuentro con una corbeta francesa. “Por
lo que me dijeron, se trata de una costumbre de camaradería
que tiene cientos de años y hasta podría
haberse heredado de los mismos piratas. Cuando en alta
mar se encuentran con otro buque, además del saludo
oficial entre capitanes se realiza una ceremonia que consiste
en ponerse a la par de esta embarcación y tirar
un cabo entre ambos barcos. Por esta vía intercambian
regalos, en general desde el local hacia el visitante.
En esta oportunidad envolvieron unas botellas de vino.
Claro que se trata de una maniobra muy riesgosa, porque
se trata de embarcaciones muy grandes que justamente no
tienen gran maniobrabilidad”, cuenta.