Ante
situaciones adversas, hay quienes tienen la capacidad
no sólo de escapar ilesos sino, además,
la de salir fortalecidos. Estas personas se caracterizan
sobre todo por tener un alto nivel de optimismo. Aunque
estudiado por especialistas, ellos afirman que el concepto
se da en los hechos más cotidianos de la vida
y que todos, son capaces de potenciar sus fortalezas.
Toda su vida Enrica había querido escribir prosa,
pero nunca lograba pasar de algunos versos sueltos.
Anciana ya, a esta española llegada a la Argentina
con las marcas de la Guerra Civil, el médico
le diagnosticó metástasis ósea
y un pronóstico de vida menor a los seis meses.
¿Darse por vencida? ¿Entregarse? Ni loca:
la mujer, de 78 años, no bien se enteró
de su enfermedad pidió a sus hijos una PC y algunas
clases de computación básica. Aunque costó,
Enrica le ganó a la tecnología: a los
pocos meses ya había escrito un libro de 300
páginas sobre el conflicto de su país
y una obra de teatro sobre la tercera edad de otras
200 páginas. En contra de todos los pronósticos,
Enrica también le ganó al destino: vivió
tres años más. A esa “capacidad
humana para enfrentar, sobreponerse y ser fortalecido
o transformado por experiencias de adversidad”
es a la que llaman Resiliencia. Un concepto que, si
bien está siendo cada vez más utilizado
por médicos, psicólogos, sociólogos
y antropólogos, no está fuera del alcance
de los que no lo somos. En el libro “Resiliencia,
descubriendo las propias fortalezas”, (de Aldo
Melillo y Elbio Suárez Ojeda, Editorial Paidos),
la estadounidense especialista en Salud Pública
Edith Henderson Grotberg habla de esta capacidad como
“efectiva no sólo para enfrentar adversidades
sino también para la promoción de la salud
mental y emocional” de las personas. Ahora bien,
¿qué entendemos por adversidad? En la
misma publicación, la psicóloga chilena
Francisca Infante explica que el término “puede
designar una constelación de muchos factores
de riesgo (tales como vivir en la pobreza), o una situación
de vida específica (como la muerte de un familiar).
Puede ser definida objetivamente, o bien subjetivamente,
a través de la percepción de cada individuo”.
Terremotos, abusos sexuales, secuestros, robos o enfermedades
terminales son otros ejemplos. Pero también,
existen aquellas situaciones cotidianas que ciertas
personas las viven con mayor liviandad, y otras como
el auténtico fin del mundo: “La adversidad
es subjetiva. Lo que tal vez para algunos es una pavada,
a otros los hace sentir que todo se les viene abajo”,
explica Viviana Kelmanowicz, coordinadora del Equipo
de Psicopedagogía Estratégico Interaccional
del Hospital Ramos Mejía. “La adversidad
es cualquier situación de pesar, en la que entrás
como en una especie de crisis, y cuando surge la pregunta:
‘¿Qué hago ahora?’. Ante eso
tenés opciones: si te peleaste con tu novio,
podés hacer un duelo durante cuatro años.
Si no, extrañarlo durante tres meses, sufrir
el tiempo necesario y salir”, agrega.
Lo que no te mata te fortalece
Frase cotidiana si las hay, pero que ilustra a la perfección
el concepto de resiliencia: “El término
es tomado de la física, que designa la capacidad
de resistencia elástica de algunos materiales
para soportar un choque y volver a recuperar la forma
inicial o aún superior”, describe Diana
Zabalo, tisioneumonóloga y presidente de la Asociación
Argentina de Psiconeuroinmunoendocrinología (AAPNIE).
La doctora explica que el estudio de esta capacidad
humana surge de preguntarse por qué algunas personas
expuestas a la adversidad perecen mientras otras, en
cambio, crecen. Bueno, sucede que “existe un bagaje
genético que lleva cada uno, un modo de respuesta
que se construye en la relación con el entorno
y un factor X impredecible que hace que cada individuo
reaccione de distinto modo ante los eventos estresantes”
–aclara.
Cómo identificar a un resiliente
“Hay características que marcan a estos
sujetos, y son las que le van a permitir superar los
problemas. En medicina, esas características
son las que intentamos fortalecer. De ellas, la más
importante es el optimismo: en general son sujetos difíciles
de quebrar, que tienden a ver la parte del vaso medio
llena. El optimismo del resiliente, vinculado con la
esperanza, tiene que ver con no estar demasiado inmersos
en la realidad: el hiperrealismo, tener los pies demasiados
puestos sobre la tierra, te impide volar y pasar por
encima de la adversidad”. Así, afirma Zabalo,
el hecho de estar empapados en exceso de los aspectos
trágicos de la sociedad en que vivimos impide
poder creer que somos capaces de superar los problemas.
“Resilir, en realidad, viene del latín,
que es pasar por encima de, saltar. Por eso, la inocencia
y la ignorancia, en determinada medida, te puede permitir
luchar contra un enemigo muy grande y hasta salir vencedor
del mismo”. Otras características comunes
a las personas resilientes son la autoestima –al
juzgarse a ellos mismos, se sienten valiosos y merecedores
de atención–, la exoestima (ponen esfuerzo
en la construcción de redes sociales que funcionarán
como sostén ante la adversidad), la autoconfianza
(cuentan con la convicción de que sus acciones
pueden cambiar las cosas), la introspección (reconocen
tanto sus propios errores como sus aciertos), la independencia,
el sentido del humor (a través de éste
y riéndose de ellos mismos, logran desdramatizar
hasta las peores situaciones), la creatividad, la curiosidad,
las aptitudes resolutivas y sociales, la moralidad (participan
de ONG), el compromiso en las tareas que emprenden y
la flexibilidad ante los cambios. Por último,
remarca la presencia de un ser humano que actuó
como referente: un asistente social, un agente de salud
o un familiar, “alguien que le marcó ciertas
pautas y creyó en sus capacidades de superación”,
concluye.
Ante la pregunta de si la resiliencia la tenemos todos,
la doctora Zabalo responde: “Creo que la tenemos
todos. Es un concepto relativamente nuevo y no hay mucha
cátedra al respecto. Hay un componente genético
como en todo lo que involucra al ser humano. Es evidente
que existen familias de resilientes, donde hay características
de mayor capacidad de resistencia ante un trauma importante.
Pero hay una etapa de absorción de éstas
habilidades que es a través de la interacción
social, y esto es adquirido”. Pero entonces, ¿podemos
aprender a ser resilientes? “Sin dudas. Aprender
a serlo es como una militancia, una forma de empezar
a ver la vida desde otro ángulo, apreciar la
parte positiva de ella y las capacidades que uno tiene,
tejiendo las redes sociales. Cuando a un paciente le
pronostican un cáncer, el mundo que tenía
se le viene abajo, deja de existir: ahora está
en otra dimensión de su vida. Esa situación
tan cruel y tan puntual, le hace hacer borrón
y cuenta nueva: no puede estar toda la vida lamentándose
por el tiempo que fue sano. Viendo qué queda,
tal vez lo último sea la esperanza. Esa es la
última carta, y hay que jugarla”.
La resiliencia
y los chicos
“Aún habiendo vivido en un clima adverso
toda la vida, sin haber tenido un buen modelo y sin
llevar los componentes genéticos, al estar en
contacto con gente, por ejemplo en una colonia durante
dos meses donde le muestren al chico cosas diferentes,
puede hacerlos más resilientes”, explica
Viviana, y cuenta el caso de un papá de recursos
escasísimos que le construyó a su hijo
un juguete con lo poco que tenía a su alcance:
el hombre hizo de un CD, la tapa de un envase de mostaza
y un piolín el trompo más ingenioso del
mundo. “Esas mismas cosas que todos los chicos
tienen de la juguetería, al ver al papá
que lo hace de otra manera, también genera resiliencia.
Es un modelo: ‘no tenemos plata para esto, pero
nos arreglamos con otros cosas’”, aclara
dándole énfasis a la importancia de la
familia, y afirma que si conocemos las características
de un ser resiliente, somos capaces de potenciarlas:
“con más o menos esfuerzo, todos podemos
desarrollarlas por nosotros mismos, por ejemplo, a través
del deporte y del juego: aprendemos a ir hacia un lugar
determinado, a tolerar la pérdida, a mirar el
punto de vista del otro”.
Referentes de aprendizaje
En octubre de 1972 el avión que trasladaba a
un plantel de rugbiers desde Uruguay hacia Chile se
estrelló en un paso de la Cordillera de los Andes.
De 45 pasajeros sobrevivieron 16 que, fuertemente aferrados
a la esperanza de salvarse, pudieron enfrentar las adversidades
del clima, la falta de agua y alimentos. Los muchachos
fueron rescatados luego de 72 días. El cine ofrece
casos paradigmáticos de resiliencia, como la
película Billy Elliot. Es el relato de un chico
de 11 años que sueña con ser bailarín,
aunque las chances de llegar a la cima del ballet les
son ínfimas. Sin embargo, y a pesar de vivir
en una familia de pocos recursos y padecer la pérdida
de su madre, Billy, con la ayuda de su gran referente
la profesora de danzas y el apoyo familiar, logra convertirse
en una figura del Royal Ballet de Londres. En el film
La Vida es bella, Guido junto a su esposa Dora e hijo
es llevado a un campo de concentración. El personaje
utiliza el humor, la creatividad y el ingenio y de esta
manera logra convencer a su pequeño hijo que
el Holocausto es un juego más, convirtiéndole
la terrible situación que atraviesan en algo
menos dramático.
Resilientes
Justin Henin-Hardenne, la número 1 del tenis
mundial tiene una historia muy particular. Empezó
jugando al futbol, pero la presión familiar la
obligó a cambiarse al tenis. A los 16 años
sufrió el golpe más duro de su vida, meses
antes de ganar Roland Garros en la categoría
Juniors, su madre murió de cáncer, la
relación con su padre se rompió y ya no
se hablan. Sin embargo, Justine demostró su fortaleza
y carácter para restablecerse de los golpes sufridos
y junto con su núcleo familiar que está
compuesto por su marido y el entrenador argentino Rodríguez
logró ser la mejor. Victor Frankl es uno de los
paradigmas del resiliente: este psiquiatra y neurólogo
austríaco se vio sometido a cuatro campos de
concentración durante la Segunda Guerra Mundial.
Al salir, capitalizó su experiencia y desarrolló
una teoría psicológica basada en la espiritualidad.
De esta manera, se convirtió en un pilar de la
Psicoterapia Vienesa y con su libro "El hombre
en busca de sentido" logró llegar a 18 millones
de lectores.
POR CAROLINA CATTANEO
I lustracion: VERONICA BEHRENS
FOTOS: IMA PRESS/DACHARY