La
dislexia es un trastorno de aprendizaje que tiene su
origen a nivel cerebral, y es independiente de la capacidad
intelectual de los niños. Por ella se les hace
difícil aprender a leer y por lo tanto, a escribir.
En nuestro país, se calcula que lo padece aproximadamente
el 5 por ciento de la población escolar. Los
especialistas dicen que a los chicos hay que darles
herramientas que compensen esta dificultad. Claves para
detectarla cuanto antes.
A Thomas Alba Edison, de chico lo echaron de tres colegios.
Sus profesores y hasta su padre lo creían “tonto”
porque no habló hasta los cuatro años.
No obstante ello, sus inventos lo hicieron trascender:
fue el padre del fonógrafo y de la lamparita
eléctrica. Era disléxico.
“Dislexia se llama a la discapacidad por la cual
no se puede leer correctamente, y habitualmente escribir”,
explica Julio Castaño, neurólogo infantil
y director de la carrera de esta especialidad en la
Universidad de Buenos Aires. “Estas capacidades
son propias y únicas del hombre. El tema es que
para cumplir esas funciones, es necesario que ciertas
partes del cerebro estén bien desarrolladas”,
agrega, y enseguida aclara que este trastorno no está
relacionado con el nivel de inteligencia ni implica
inmadurez en otros aspectos del desarrollo del niño.
“De ahí que existan personas que han llegado
a ocupar altos cargos en empresas importantes aún
teniendo dificultades con la lectura”.
“Este trastorno específico de aprendizaje,
de base neurobiológica, se caracteriza por dificultades
en la precisión y/o fluidez en el reconocimiento
de palabras y por falta de habilidad en la escritura
y en la decodificación verbal. Estas dificultades
son el resultado de déficits en el procesamiento
fonológico del lenguaje (dificultad para asignarle
letras a un determinado sonido), situación frecuentemente
inesperada en relación con otras habilidades
cognitivas”, explica la psicopedagoga Verónica
Newton.
Si bien se ve con claridad cuando el niño debe
empezar a demostrar sus habilidades para la lectura,
la dislexia se manifiesta previamente por dificultades
para manipular los diferentes segmentos del lenguaje.
En principio se verán complicaciones o desinterés
por las rimas, las canciones infantiles, fallas en el
reconocimiento de las letras de su nombre e inconvenientes
para recordar el nombre de las letras, los días
de la semana o los números. “Se advierte
a través de fallas en la decodificación
fonema (sonido)–grafema– (grupo de letras),
es decir, en la correspondencia del sonido-letra, en
la decodificación de palabras nuevas o no familiares,
en el reconocimiento de palabras aisladas y en la ortografía
inexacta. A edades tempranas las dificultades en el
procesamiento fonológico se reflejan a través
de errores significativos en la conversión grafema-fonema,
mientras que a edades más avanzadas es frecuente
observar en la lectura una velocidad lenta y falta de
precisión, situación que compromete el
desarrollo de la memoria de trabajo (la que mantiene
la ilación de lo que se dice o lee) y el incremento
de las redes semánticas del vocabulario (su significado).
Esto no les permite sostener la información para
ser procesada, por lo que se compromete la comprensión
del texto”, explica Newton.
Una falla
en el circuito
En el complejo proceso de la lectura intervienen la
visión, la audición, la llamada memoria
de trabajo, la capacidad de secuenciación en
el tiempo y en el espacio de grafemas y fonemas y la
identificación de éstos en el cerebro
para darle el sentido que les corresponde. Con el avance
de tecnologías de scaneo cerebral, se lograron
identificar tres regiones claves en las que el cerebro
analiza la palabra impresa, reconoce los sonidos que
la componen y automatiza el proceso de la lectura. Las
tres, trabajan simultáneamente y en concierto.
Para comprenderlo mejor, la idea de una orquesta es
la más elocuente: si algunos de los músicos
o instrumentos que la componen suena mal, a destiempo
o desafinado, la pieza musical no tendrá la misma
calidad. La dislexia, entonces, se da cuando se produce
una falla en alguno de estos circuitos.
Autoestima y familia
“Tras hacer un enorme esfuerzo por entender los
símbolos que no significaban nada para él,
se deshizo en lágrimas…”. Así,
Caroline Commanville describió el sufrimiento
de su tío… el escritor Gustave Flaubert.
“La dislexia y otros trastornos de aprendizaje
no son de origen emocional, pero producen inevitablemente
efectos en la personalidad y en el aspecto emocional
del niño. Los fracasos escolares van produciendo
un creciente sentimiento de frustración”,
advierte Newton. Estas dificultades pueden acarrear
situaciones negativas como el aumento de la ansiedad
(problemas para dormir), incremento de fatiga, desinterés,
aparición de conductas regresivas (correspondientes
a etapas anteriores del desarrollo) y disminución
de la autoestima y mayor sentimiento de inseguridad.
¿Cuál debe ser la posición de la
familia frente a esto? Responde la psicopedagoga: “La
familia cumple, junto al colegio, un rol fundamental:
son ellos quienes deben apoyar al niño en sus
virtudes, para lograr mayor seguridad en sí mismos.
En ocasiones, una consulta profesional que oriente a
los padres resulta muy beneficiosa, tanto para el niño
como para su entorno”.
Tiene solución
En nuestro país, se calcula que un 5 por ciento
de la población escolar tiene dificultades con
la lectoescritura, la que puede manifestarse de diversas
maneras: “Con inversiones de letras, sustituciones
u omisiones (Ver Las alteraciones frecuentes). Este
5 por ciento es un abarcativo amplio: dentro de esos
retrasos hay algunos que son simples y evolucionan solos,
pero también están los que requieren tratamiento”,
manifiesta Castaño.
La buena noticia es que de los chicos que se someten
a una terapia adecuada, según el neurólogo,
mejora la gran mayoría. “La dislexia no
avanza, no es evolutiva. Se trata de una inmadurez en
un área específica que se puede beneficiar
con el entrenamiento. Es raro encontrar una dislexia
pura y total que llegue a la adultez sin haber adquirido
nada de lectoescritura –alienta–. Sin embargo,
no todos evolucionan de forma absoluta. Estos chicos
van quedando atrás con respecto a sus compañeros
en todo lo que hace a la lectura y escritura. Además,
los que no han aprendido a leer tienen una dominancia
cerebral menos marcada, y hay que tener en cuenta que
el lenguaje es imprescindible para el desarrollo del
pensamiento, sobre todo el abstracto. Entonces aquellos
que no han desarrollado lenguaje, también tienen
limitaciones en su sistema de pensamiento. Sin embargo,
pueden ser brillantes en otros aspectos, ya que estamos
hablando de chicos intelectualmente normales”.
Estas personas, afirman los especialistas, son niños
creativos y desarrollan un buen manejo de lo espacial.
Además, suelen desempeñarse muy bien en
habilidades artísticas. Y si no, echémosle
un vistazo a la vida de Leonardo Da Vinci…
Conocimientos:
la entrada es por otra puerta
Las biografías del inventor de la lamparita cuentan
que el niño Thomas Edison, excluido de todas
las escuelas, se recluía en un cuartito y desde
allí pergreñaba sus inventos. También
se dice que la actriz norteamericana Whoopie Goldberg
abandonó el secundario y que Pablo Picasso demostraba
una engorrosa orientación de las letras. También,
que el pensamiento de Walt Disney no se llevaba bien
con los símbolos sino que lo hacía en
imágenes. Y que el guapísimo Tom Cruise
se las vio feas lidiando con los libros. “No hay
razón para que un niño o adolescente disléxico
no pueda concurrir a una escuela convencional. Sin embargo,
es preciso que se adapte la currícula debido
a que se deben encontrar otros caminos alternativos
en el proceso de enseñanza-aprendizaje –explica
Verónica Newton–. La adaptación
de la currícula debe otorgar más tiempo
frente a un examen, una segunda instancia en forma oral
y el uso de la calculadora”. Utilizar la computadora
y el diccionario ortográfico para entregar trabajos
y usar un grabador para responder un cuestionario que
por escrito no podría reflejar lo que el niño
realmente sabe, son otros de los ejemplos de adaptación
que enuncia la especialista. Pero aclara: “Hay
que usarlos teniendo en cuenta cada caso en particular
y las posibilidades que brinda el colegio como institución”.
La psicopedagoga advierte que se pueden desarrollar
recursos compensatorios para esa falta de habilidad
con mucho éxito. Lo demuestra la extensa lista
de personalidades del arte, la ciencia, la política
y la cultura que lograron sobrellevarla. Una de ellas
es la gran novelista inglesa Agatha Christie, quien
alguna vez dijo: “La escritura y ortografía
fueron siempre muy difíciles para mí.
Escribía increíblemente mal y sigo haciéndolo
hasta la fecha”. Vaya paradoja que, con todo,
Christie se haya convertido en una prolífica
escritora, (llegó a publicar unos 100 libros)
y haya cautivado a billones de lectores en todo el mundo
con sus historias de misterio.
Cómo identificar la dislexia
Aparición tardía del lenguaje, vocabulario
pobre, desinterés por las letras y carteles,
dificultad para reconocer el sonido inicial y final
de las palabras y rimas, son algunas de las pistas que
indican una inmadurez en los procesos cerebrales durante
la etapa preescolar. Desde los seis años, se
ven complicaciones para la lectura de sílabas
y palabras, dificultades en el deletreo, errores al
escribir y unir palabras, y trabas para evocar lo que
desean transmitir o expresar. “La detección
e intervención temprana permitirá al niño
el desarrollo de recursos compensatorios. El pronóstico
varía significativamente si el diagnóstico
y el tratamiento se realizan en edades avanzadas”,
advierte Newton. Por lo tanto, cuanto antes nos demos
cuenta, mejor.
Cómo encarar un tratamiento
Dadas las dificultades que presenta un niño con
dislexia para la decodificación del sonido y
la letra, es preciso comenzar trabajando con las habilidades
de la conciencia fonológica (reconocer que las
palabras están compuestas por pequeños
fragmentos –fonemas–, que son las representaciones
de sonidos de las letras). Se puede comenzar con deletreos
de palabras, manipulación de los sonidos inicial,
medio y final, rimas y lectura de listas frecuentes
de palabras. Asimismo, resulta necesario estimular el
desarrrollo del vocabulario, de la memoria auditiva
verbal, y estrategias de comprensión lectora,
que se abordan en tres etapas frente a la lectura de
un texto:
l Antes, estableciendo un propósito u objetivo
de lectura, formulando hipótesis y predicciones
y activando conocimientos previos.
l Durante, distinguiendo la información relevante,
deduciendo y realizando inferencias y organizando e
integrando el contenido.
l Después, identificando y subrayando las ideas
principales y secundarias, palabras claves, cuadros
sinópticos, mapas y esquemas conceptuales.
(Por: Verónica Newton, especialista en lenguaje
y aprendizaje infantil).
Por carolina cattaneo
Fotos: imapress/dachary e ines tanoira