Durante
más de una década fue estrella en los
mejores teatros del mundo junto a Iñaki Urlezaga
o a Julio Bocca. Sorprendió a todos hace unos
años cuando decidió colgar el tutú
para protagonizar La Cassano en el Maipo. Hoy enfrenta
un nuevo desafío: encara a Evita en La Duarte.
En el escenario vuela Eleonora, tiene alas, flota y
sufre, no habla, el único sonido es el de la
música lúgubre y el del roce de sus pasos,
no dice nada, pero cada gesto suyo es de dolor, la danza
es sólo martirio y agonía, y el público
se aplasta contra las butacas y hay lágrimas
en el rostro de algunos espectadores.
Se trata de La Duarte, una biografía de Eva Perón
que transcurre desde la llegada de Evita adolescente
a Buenos Aires hasta su muerte, protagonizada por la
bailarina Eleonora Cassano, quien cuenta la historia
sin palabras, sólo con danzas, gestos y expresión
corporal. Es muy significativo que haya aceptado este
papel una bailarina clásica formada en el Teatro
Colón de la Ciudad de Buenos Aires, y que luego,
durante más de una década, fuera estrella
del ballet en todos los teatros del mundo. En Buenos
Aires, en Mar del Plata, y en otras ciudades del interior,
o en Europa y los Estados Unidos, junto a Iñaki
Urlezaga o a Julio Bocca, Eleonora brilló en
las obras más clásicas y representativas
del ballet. Es elocuente, entonces, porque para una
estrella representar a Eva Perón, tarea en la
que muchas actrices (véase Todas las Evitas)
no brillaron demasiado, implicaba un riesgo mayor. “Sé
que fue una mujer que inspiró fervores y desprecios,
amores y odios”, anticipa la Cassano, antes de
contestar la primera pregunta.
–Representar el sufrimiento en el espectáculo,
¿no le hace mal? Cuando Peter O´Toole hacía
Hamlet, se emborrachaba, porque tenía que interpretar
a un loco todas las noches y se sentía angustiado.
¿Le pasa algo similar?
–No. En todo caso, fue un desafío para
mí. Me gustan los desafíos. Por eso, en
mi carrera, no me quedé sólo con el ballet,
también hice teatro, televisión, canté,
participé en espectáculos en los cuales
hacía tap, zapateo americano, bailé tangos
en un escenario... en fin. La Duarte es ballet-teatro,
y entonces sólo se trata de interpretarla con
los medios que ese género permite.
No es casual que Eleonora Cassano hable de desafíos.
Sobre todo ella, la mujer menudita que escandalizó
al mundo del ballet clásico cuando hace apenas
unos años, decidió darle vacaciones al
tutú y a las zapatillas de punta para protagonizar
La Cassano en el Maipo en la calle Corrientes (Buenos
Aires). En ese espectáculo, que se estrenó
en octubre de 1995 y contó con la coreografía
de Ricky Pashkus, la música de Alberto Favero
y la producción de Julio Bocca y Lino Patalano,
la bailarina rompió todos los esquemas y hasta
se animó a cantar (véase Una mujer innovadora).
Todo el
amor
Más allá de su carrera, familia y maternidad
son dos puntos cruciales en la vida de Eleonora. Alguna
vez dijo que ser mamá “la cambió
completamente”. De hecho, mientras buscaba a Tomás,
su primer hijo, surgió la idea del espectáculo
La Cassano… y bailó hasta el quinto mes
de embarazo. Por suerte, y a diferencia de lo que sucede
con otras mujeres, esto no influyó en su esbelta
figura y a los pocos meses estaba nuevamente en el escenario.
Entre risas confiesa que tanto Tomás (7) como
Julieta (1) se están criando tras las tablas,
aunque por ahora, ninguno se perfila como bailarín.
–¿Hacer teatro-baile en el Maipo le cambió
algo?
–Me sirvió para bailar clásico de
otra manera, con otra cabeza. No estoy tan pendiente
de la técnica y además de disfrutarlo
como artista, trato de pensar en el impacto que va a
tener cada uno de mis pasos en la gente. Pero a nivel
personal, no lo creo. Soy una mujer afortunada en el
matrimonio y en mi familia. No soy de acero, pero trabajo
duro. Y con mis hijos tengo todo el amor del mundo:
no hay nada que yo no haría por mis hijos, no
hay nada ni nadie en el mundo a quien yo ame como a
ellos. No creo que haya que representar a la Madre Teresa
de Calcuta para aprender a amar.
–Otros personajes que usted interpretó
en diferentes ballets –Carmen; Coppelia; la princesa-cisne
de Tchaicovsky; Giselle– ¿tienen que ver
también con el amor?
–Por supuesto, y cada una lo vive a su manera.
Carmen es una gitana libre como el viento, y muy veleidosa,
capaz de hacer enfrentar a dos hombres por su amor.
Y a su manera egoísta ama a los dos. En El lago
de los cisnes, la princesa desconoce la infidelidad,
y es capaz de morir por amor, sólo para demostrar
que el amor trasciende a la muerte. Son caracteres diferentes,
y una bailarina debe aprender a comunicar esos caracteres
–y el tipo de amor que sienten– con pasos
de baile, gestos, movimientos. No soy una actriz. Sé
que algunas actrices vinieron a ver La Duarte, y tal
vez me criticaron. Pero no me importa: estoy haciendo
lo mejor que puedo hacer. Y las críticas dicen
que no lo hago mal.
–¿Y después? ¿Qué
va a hacer después de esta puesta?
–No lo sé. Pero creo que esta obra es para
representarla mucho tiempo, y no solamente aquí,
en el Maipo de Buenos Aires. La vamos a llevar al interior
del país, y ya hay conversaciones para hacerla
en España, en Italia y en Austria.
–Con respecto a la aceptación de su trabajo
en Europa y en Estados Unidos, ¿la ayuda haber
sido pareja de ballet de Julio Bocca?
–Todo lo que hice desde que comencé mi
carrera me ayuda. Julio es uno de los mejores bailarines
del mundo, y claro que haber bailado con él también
contribuye. Pero, modestamente, creo que cuando bailamos
juntos, yo ya había hecho muchas cosas
Un día de Eleonora
Eleonora (39) y su marido Sergio Albertini, se conocieron
en Villa Gesell, hace dos décadas. Desde entonces
no se han separado y Sergio se convirtió en su
manager. Son padres de dos hijos, Tomás y Julieta,
y viven en una casa quinta en San Antonio de Padua.
Cuatro veces por semana, Eleonora viaja hasta la Capital
para representar la obra. Lo hace con pasión
y eficiencia, pero aún así no ve el momento
de regresar y estar junto a sus hijos, para quienes
no es una estrella del ballet mundial sino la mamá
que los mima y cocina para ellos. Preguntarle a Eleonora
qué es más importante, si su carrera o
su familia, es ocioso. Entre otras cosas, porque el
interrogante no admite más que una respuesta,
toda vez que es una madraza.
Una mujer innovadora
A Eleonora Cassano le gusta innovar. Cuando cumplió
los siete años empezó a estudiar danza
clásica y en 1989 bailó por primera vez
con Julio Bocca, su partenaire por naturaleza. Con él
fue que hace más de diez años se animó
a posar desnuda para la portada de una prestigiosa revista
en una producción que causó revuelo y
hasta el día de hoy es recordada por su cuidado
y belleza. Sin embargo, asegura, le molesta que le sigan
haciendo preguntas sobre el tema. Además de su
trayectoria como bailarina, fue la directora coreográfica
de los últimos espectáculos de Nito Artaza.
Todas las Evitas
En el cine, la norteamericana Faye Dunaway interpretó
a Evita, una Evita dura, corrupta y ambiciosa, una versión
injuriosa. Faye no se lució. Más bien
actuó mal.
La de Madonna, también en el cine, fue una Eva
más dulce, pero sólo una pródiga
arrepentida, sin peso político ni brillo actoral.
Entre nosotros, Esther Goris hizo una Evita politizada
y olvidable en un filme. Mucho antes, Flavia Palmiero
participó en una película no trascendente
que evocaba a Evita aún adolescente.
Los expertos dicen que la mejor de todas fue la inglesa
Julie Covington, quien interpretó a Eva en la
ópera rock que también protagonizaron
la norteamericana Patti Lupone, nuestra Nacha Guevara
y la española Paloma San Basilio. En los tres
últimos casos, fue una Evita total, sublime,
pródiga, resentida, generosa, soñadora
y luchadora.
La Duarte, con Eleonora Cassano, de algún modo
se inspira en Covington, pero con un valor agregado:
de un modo natural, sin maquillaje, la bailarina Cassano
se parece a Evita más que ninguna otra actriz
o cantante que la haya interpretado. Tiene la misma
estatura –alrededor de 1,60– la misma estructura
ósea, y un rostro similar. “Para parecerme,
sólo tuve que teñirme un poco el pelo,
para aclararlo”, confiesa Eleonora, que ignora
que Evita también tenía el pelo castaño
oscuro natural, y se teñía de rubia.