En
la Argentina y en el mundo las consultas por problemas
de infertilidad van en aumento. Las causas de este crecimiento
responden, en parte, a que los protagonistas deciden
embarazarse más tarde. El dolor de saber que
no se puede concebir un hijo es similar al de la muerte
de un padre, sin embargo, afirman, los vínculos
de la pareja se fortalecen.
Es
tan sólo un instante. Ovulo y espermatozoide
se buscan, se encuentran, y se unen en danza amorosa
para hacer de la vida un milagro, que al cabo de unos
meses la pareja llamará Tomás, María
o tal vez Nicolás... Pero a veces sucede que
esa instancia en el devenir de los matrimonios se hace
esperar, o aún peor: parece imposible.
En los últimos años y en todo el mundo
las consultas por problemas de fertilidad han ido en
aumento. “Esto responde en parte a que hoy ya
no es todo tan secreto. Se tiene mucha información
y existen más posibilidades de tratamiento y
de que una pareja logre un embarazo”, explica
Eduardo González Fabbrizzi, presidente de la
Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva.
Además, se suma la tendencia creciente de dejar
la paternidad para más adelante, lo que reduce
las posibilidades de procrear: a mayor edad, menor fertilidad.
“Otro fenómeno social son los segundos
matrimonios, donde nos encontramos con mujeres menopáusicas
que tal vez ya tienen hijos, pero con su nueva pareja
quieren tener más. Y entonces consultan por tratamientos
de fertilidad”, agrega Darío Fernández,
psicólogo del CEGYR (Centro de Estudios en Ginecología
y Reproducción).
Según González Fabbrizzi, de la población
entre 25 y 40 años con deseos de concebir un
hijo, una de cada diez parejas fracasará en el
intento. Antes de seguir, el médico advierte
sobre la diferencia entre esterilidad e infertilidad:
“La primera está relacionada con las parejas
que quieren quedar embarazadas y no quedan. La segunda,
cuando la mujer no logra embarazarse luego de 12 meses
de mantener relaciones sin protección anticonceptiva,
o bien logra el embarazo, pero lo pierde en forma consecutiva
y más de dos veces”.
Las causas
de la infertilidad
Mariana Rodríguez (28) y Diego Waingortin (30)
se casaron en 1999. Siempre planearon multiplicarse:
“Queríamos ser una familia numerosa, conformar
una tribu”, cuenta Mariana desde su casa de La
Plata. Tenían todo a su favor: título
universitario, casa propia y mucho amor. Pero un problema
de hipotiroidismo hacía que el organismo de Mariana
no produjera óvulos. Estudios de acá,
tratamientos de allá, y nada. Diego también
empezó con análisis, y resultó
que él también presentaba dificultades:
como resultado de una varicocele, sus espermatozoides
caminaban lento.
Como en el caso de los Waingortin, un 20 por ciento
de los problemas de fertilidad responde a causas compartidas,
es decir, dependen tanto del hombre como de la mujer.
El resto, se reparte en igual proporción: un
40 por ciento se atribuye a causas exclusivamente femeninas
y el otro 40, a masculinas. Muchas veces, en cambio,
existen matrimonios en que los factores son más
difíciles de detectar o quizás nunca se
llegan a descubrir.
“En la mujer, pueden ser afecciones en la ovulación,
los niveles circulantes de hormonas, alteraciones en
el endometrio o en las trompas de Falopio. También,
enfermedades como la endometriosis o problemas en el
cuello del útero, como las infecciones”.
Por su parte, la causa más importante entre los
hombres suele ser el varicocele, una enfermedad que
al dilatar las venas que irrigan los testículos
hace que produzcan menos espermatozoides. El resto de
las causas es atribuida a cuestiones hormonales, genéticas
o traumatismos. “Tal es el caso de los camioneros,
que pasan larguísimas jornadas trabajando y la
temperatura de sus testículos aumenta significativamente,
lo que influye en la fabricación de espermas.
Además de los orgánicos, existe una serie
de factores ambientales y culturales que hacen que la
gente tenga más posibilidades de ser infértil”,
añade González Fabbrizzi. Otro problema
ambiental es el grado de toxicidad presente en la atmósfera:
el PCB, compuesto químico utilizado en los transformadores
eléctricos, por ejemplo, es nocivo para la fertilidad.
Que mucho trabajo, que tiempos que a veces no corren
parejos, que los impuestos... A la hora de concebir,
el aspecto emocional y psicológico de las personas
influye sobre la fertilidad. “Aunque no tanto
como la gente piensa. No se podría establecer
una relación directa causa-efecto porque en el
medio entra en juego la reacción individual.
Así, por ejemplo, en la guerra hay mujeres que
dejan de menstruar y otras que se embarazan. La influencia
es relativa y depende mucho de características
personales”, explica el psicólogo Darío
Fernández. Los especialistas aseguran que el
estrés es, aunque temporal, un factor psicológico
importante: actúa a nivel del sistema nervioso
central disminuyendo la producción de hormonas
femeninas y masculinas. Además, la persona estresada
tiene menos ganas y menos tiempo de mantener relaciones
sexuales con su pareja, lo que se opone a la ecuación
lógica de “a mayor frecuencia, mayores
posibilidades de embarazo”. Una anorexia en estado
grave también puede ser causa de esterilidad,
así como las dificultades en el coito. Para estos
casos, la ayuda psicológica de un terapeuta puede
ser la solución. “Hay trastornos sexuales
que los médicos los detectamos hablando con la
pareja, y se solucionan de la misma forma: conversando
e informando”, dice González Fabbrizzi.
¿Por
qué a mí?
A los seis meses de estar casados, José y Graciela
Prieto comenzaron con los estudios: ella sabía
que tenía problemas hormonales para concebir.
“Al saber que no podía tener hijos, me
sentí muy frustrada y angustiada. Pero nunca
me resigné a una vida sin ellos”, cuenta
Graciela. “Fueron años muy difíciles.
Después del nacimiento de Facundo me di cuenta
cuánto había afectado mi vida el hecho
de no poder embarazarme: me encerré, dejé
de ver a mis amigas que tenían hijos, me costaba
relacionarme con parejas con chicos. Parece muy egoísta,
pero me planteaba siempre la pregunta: ‘porqué
yo no?’”, recuerda.
El psicólogo de CEGYR afirma que el golpe emocional
que produce enterarse de que se padece un problema de
fertilidad es muy grande: “Llega sorpresivamente.
Uno se casa planificando la familia y de repente se
encuentra con que no puede concretarla”. El impacto
es comparado con el de la muerte de un padre o el enterarse
de que se padece una enfermedad terminal.
“Llegado cierto momento de la existencia, el querer
tener un hijo constituye una parte central del desarrollo
de una persona. Se siente que es el próximo paso
en la vida. Y para ser padres hay muchísimas
motivaciones”, dice el psicólogo. Motivaciones
que devienen en frustraciones al no poder lograr un
embarazo, y por las cuales las parejas experimentan
rabia, tristeza, culpa, enojo, envidia o celos.
Estos sentimientos influyen sobre la pareja: “Cada
uno lo sufre a su manera. Mientras que yo siempre tuve
Fe que en algún momento íbamos a poder,
Graciela lo vivía con mucha angustia”,
relata José, y ella agrega: “Es una situación
muy difícil de atravesar, tuvimos momentos de
esperanza, después de desilusión…
una montaña rusa de sentimientos que no siempre
coincidieron entre los dos. Todo esto afectó
nuestra relación en todos los aspectos”.
Pero así como es uno de los dolores más
grandes que hay, “la fuerza para luchar por tener
un hijo también es de las más grandes.
Significa una gran exigencia sobre la capacidad de comunicación,
de entender lo que le pasa al otro, de tolerar las diferencias
de tiempos. Así, a la larga, las parejas se fortalecen
mucho”, sostiene Fernández.
Otra de las áreas que se ve afectada temporariamente
es la sexualidad. “Va perdiendo calidad, y prácticamente
desaparece. Se deteriora porque las parejas planean
el momento de la relación sexual para el día
ovulatorio. Entonces se convierte en un trabajo: de
hacer el amor se pasa a hacer bebés”. Sin
embargo, alienta, la química de los amantes vuelve
en la mayoría de los casos, “cuando ellos
logran entender que este efecto sobre la sexualidad
es consecuencia de la situación y no de que ya
no hay más amor entre ellos”.
Los posibles tratamientos
Los problemas de fertilidad se revierten con tratamientos
de baja y alta complejidad, pero antes de comenzar alguno
de ellos, los especialistas aconsejan asegurarse el
diagnóstico tanto del hombre como de la mujer.
Ellos son las terapias con drogas e inyecciones que
estimulan la producción de óvulos, la
inseminación artificial, inseminación
intrauterina, fertilización in vitro (en el laboratorio),
transferencia intratubárica de gametos (GIFT)
o fertilización por inyección (ICSI).
Esta última técnica se utiliza para casos
muy difíciles de esterilidad masculina, y consiste
en la inyección de un esperma en un óvulo.
"Los procedimientos de fertilización in
vitro realizados por año en la Argentina son
cerca de 3.000. El número es muy pequeño
si nos comparamos con Francia, que realiza alrededor
de 60.000 anualmente. En relación con otras naciones
latinoamericanas, nuestro país tiene el porcentaje
más alto”, detalla el doctor Carlos Carrere,
especialista en Medicina Reproductiva y Andrología
y Director médico de Procrearte, la red nacional
que en el último año asistió 590
casos de fertilización in vitro.
Los bebés tucumanos que ya no son ningunos
bebés
“Dos futuros arquitectos”, dice con la voz
cargada de emoción Eliana desde Tucumán.
La definición podría pasar por la de cualquier
mamá orgullosa si no fuera porque Eliana y Pablo,
los mellizos en cuestión, son los primeros bebés
nacidos por fertilización in vitro en el país.
Cuenta Eliana, la madre, que no lograba quedar embarazada
y que con su marido Pablo, estuvieron durante años
haciendo tratamientos y averiguaciones para revertir
la situación. En 1984 leyó en el diario
que el doctor Roberto Nicholson iba a realizar fertilización
in vitro y no dudó un instante en viajar a Buenos
Aires. “Tenía tanta ansiedad que quería
el turno ya”, recuerda. Pronto el esfuerzo dio
sus frutos: a través del método para entonces
novedoso, los doctores habían logrado seis embriones,
tres de los cuales anidaron en el útero de Eliana.
“Nunca tuve miedo”, agrega. El 7 de febrero
de 1986 nacieron Pablo (2.500 gramos) y Eliana (2.350).
Al año siguiente, Eliana logró quedar
embarazada en forma natural. Así nació
Luciano (17) y más tarde, Agustina (15). Ahora
son cuatro.