Siente
que nació con un talento para la narrativa y
que las matemáticas vinieron después,
pero Guillermo Martínez supo armonizar el mundo
de las letras con el riguroso lenguaje de las matemáticas.
Y su libro Crímenes Imperceptibles ya lleva 5
meses en la lista de los mejores vendidos.
Guillermo Martínez escribe de temas complejos
con una claridad increíble. Luego de leer Crímenes
Imperceptibles, novela que le valió el Premio
Planeta 2003, uno se aventura en un mundo mágico
y misterioso. Y, entre teoremas y paradojas se vuelven
a descubrir las matemáticas.
Acaba de mudarse a una casa antigua en el barrio porteño
de Colegiales, a 15 minutos de la Facultad de Ciencias
Exactas en donde es profesor de Lógica para computadores.
Y aunque todavía no terminó de desembalar
sus cosas, ya tiene totalmente instalada su biblioteca
y los libros organizados por autor. Confiesa que recién
está empezando a conocer el barrio y que aún
no tuvo tiempo de buscar un lindo bar a donde ir a leer
el diario, escribir reseñas y corregir exámenes,
una costumbre que adoptó en Buenos Aires y que
ya se hizo hábito.
Martínez nació hace 41 años en
Bahía Blanca, en donde tuvo una infancia normal,
signada por el juego, el ingenio y la narración.
De esos días recuerda la Escuela Normal, los
partidos de tenis en el Club Universitario, los campeonatos
de ajedrez en el Club Olimpo y las escapadas al campo
de su padre en Algarrobo. También, la gran biblioteca
de su casa, en donde convivían los grandes de
la literatura argentina y universal, y el estímulo
de su padre a conocer y exponerse a descubrir cosas
nuevas... Un consejo que siguió a pies juntillas
y que recomienda a los más jóvenes “en
este momento tan fascinante del conocimiento”.
–¿Cómo
empezaste a escribir?
–Mi madre es profesora de letras y mi padre escribió
más de 300 cuentos, además de novelas
y obras de teatro. La literatura siempre estuvo como
una constante en mi vida. Empecé a escribir mis
primeros cuentos desde muy chico y a los 19 años
gané el certamen Roberto Arlt, que era un certamen
nacional de cuentos con La jungla sin bestias, un libro
que fui armando entre los 14 y los 19 años.
–¿Para ese entonces ya tenías claro
que querías ser escritor?
–Digamos que sucedió cuando vine a Buenos
Aires, en el año ’84. Por esa época
pasé por el taller literario de Liliana Hecker
y allí terminé mi primer cuento, que fue
mi primer libro publicado: Infierno Grande.
–Y entonces vino un nuevo reconocimiento, el 1º
premio del Fondo Nacional de las Artes...
–Sí, pero mucho más importante aún
fue la posibilidad de publicar, porque de alguna manera
esa es la gran frontera.
–¿Se podría decir que tuviste suerte?
–Sí, tengo que aceptar que tuve suerte
porque el camino puede ser muy duro. Hay que reconocer
que acá las cosas no son fáciles. En Estados
Unidos un colega mío escribió su primera
novela –un best seller nacional– y ganó
el dinero suficiente para dedicarse el resto de su vida
a la literatura. Pero también mi caso es distinto
porque yo estudié Matemáticas, hice el
doctorado y me fui con una beca al exterior. Esto me
llevó mucho tiempo, pero en ningún momento
dejé de escribir.
–En 1993 apareció su primera novela, Acerca
de Roderer, que también fue publicada en España,
Estados Unidos, Noruega y Serbia. Siguieron La mujer
del maestro y finalmente, con Crímenes Imperceptibles
el Premio Planeta...
–Para mí fue una gran sorpresa y la posibilidad
de que mucha gente descubriera mis libros después
de 20 años de dedicarme a escribir.
–Con los premios llega el reconocimiento, pero
¿cómo se hace para introducirse en el
circuito literario?
–No conozco otra manera que no sea largarse y
arriesgarse. Escribir es como aprender a nadar, hay
que zambullirse y experimentar en el agua.
–¿Y qué pasa con la inspiración?
–Escribir es una vigilia y los momentos de inspiración
aparecen cuando uno está concentrado frente la
computadora. Por eso los escritores más o menos
profesionales tratan de organizarse de alguna manera.
–Como aquello que decía Picasso, La inspiración
existe, pero tiene que encontrarte trabajando.
–La inspiración es parte de una aproximación.
Cuando estás en el entorno la inspiración
termina de resolver la situación. Pero hay que
estar ahí.
–¿Cómo concebís una novela?
–De una forma mas o menos lineal. Trato de mantener
una cierta atmósfera, una cadencia, una música
y dejo que eso marque cómo siguen los acontecimientos.
Cuando empiezo una novela tengo planeado los momentos
fundamentales, pero también creo en una cierta
lentitud para que la narración muestre otras
posibilidades.
–¿Estás abierto a eso?
–Sí totalmente, porque es aquí en
donde sucede lo mismo que con las matemáticas.
Es la astucia de lo real. Uno imagina en un plano abstracto
y cuando lo pasa al papel las cosas se arruinan parcialmente.
Pero por otro lado, aparece la consolación, que
es ese forcejeo para llegar a donde uno quiere y en
donde aparecen vueltas más astutas. Creo que
ésta es la razón por la que uno escribe,
si no, bastaría con imaginar.
El mundo
de las matemáticas
Guillermo Martínez siente que nació con
un talento para la narrativa mientras que a las matemáticas
llegó por accidente,“de hecho era la materia
que menos me gustaba en el secundario”, manifiesta.
Y aunque pudieran parecer saberes incompatibles, no
es el primer matemático que se dedica a las letras,
que aunque no es común hay casos como el de Bertrand
Russell (premio Nobel de Literatura en 1950), el chileno
Nicanor Parra y Lewis Carroll, –autor de Alicia
en el país de las maravillas–. Confiesa
que para él, estudiarla, “fue como abrir
con esfuerzo una ventana a otra manera de mirar”.
–Y ¿cómo es esa mirada?
–Más profunda y concreta. Las matemáticas
demuestra cosas, por eso no depende de autoridades,
criterios morales o gustos personales. Hay algo como
un fundamento sólido y democrático. Si
se hacen los pasos correctamente, nadie puede discutir
los resultados. Y esto es casi lo opuesto de lo que
ocurre en la literatura. Cuando se termina una novela
no hay modo de saber si se hizo todo bien.
–¿Pero existe una conexión entre
la literatura y las matemáticas?
–Sí, por otra parte hay una corriente que
fluye entre la literatura y las matemáticas que
yo jamás hubiera descubierto de no haberme expuesto.
Esto es lo que yo trato de transmitir en mi libro Borges
y las matemáticas, en donde hablo de las ideas
que prescinden de la técnicas matemáticas,
y que tienen más que ver con la filosofía.
–¿Entonces la mala fama de las matemáticas
se debe al desconocimiento?
–Hay una idea de que los matemáticos somos
marcianos. Pero lo cierto es que hay una unidad profunda
del conocimiento. Los primeros filósofos eran
grandes matemáticos, en la puerta de la Academia
de Platón decía No entre el que no sabe
geometría. La ética de Spinoza lleva como
subtítulo: demostrada según el orden geométrico,
él proponía una ética demostrada
como un teorema. Las matemáticas están
profundamente por debajo de las cosas. Hay un modo de
razonar, y estos son los temas sobre los que yo trato
de hablar en mi novela Crímenes Imperceptibles.
–¿Se puede revertir esto?
–Hay una idea que se transmite a los adolescentes
y es que uno debe hacer aquello para lo que siente que
ha nacido. Yo creo que es bueno exponerse, conocer las
distintas calidades del conocimiento, practicar deportes,
viajar, conocer otras culturas, leer. Hay chicos que
eligen su carrera para eludir las matemáticas.
Para mí lo correcto fue tratar de entender algo
de ese mundo para que no se transformara en una habitación
cerrada con la que no podía tener comunicación.
Crímenes Imperceptibles
La novela de Guillermo Martínez que lleva 5 meses
en la lista de best sellers, a fines del 2003, ganó
el Premio Planeta sobre un total de 273 obras –el
90 % de autores argentinos–, por un jurado conformado
por Marcos Aguinis, Federico Andahazi, Marcela Serrano,
Carmen Posadas y Ricardo Sabanes, editor general del
Grupo Planeta en Argentina. Martínez fue el primer
sorprendido con el premio, “no me esperaba que
una novela, con una serie de discusiones sobre matemáticas
tuviera esa repercusión masiva”, reconoce.
Lleva vendidos 18.000 ejemplares y va por la cuarta
edición. Fue vendido a 15 países, entre
los que se encuentran Portugal, España, Grecia,
Japón y Rusia.
Sobre el Código Da Vinci
Al igual que Crímenes Imperceptibles, El Codigo
Da Vinci es otra novela con acertijos internos, y también
un best-seller este verano, que todavía continúa
en la lista de los más vendidos. Esta primera
novela de Dan Brown, un profesor de inglés hijo
de una matemático y una compositora de música
sacra, lleva vendidos más de 5 millones de ejemplares
en todo el mundo, aunque los críticos coincidan
en que es un fenómeno sociológico que
desborda los límites de lo literario. Martínez
no lo leyó y confiesa que lo descorazonó
el hecho de enterarse que su autor, luego de leer varios
best-seller pensó que él también
podía escribir uno con sólo reunir los
elementos necesarios para un éxito fácil:
intriga, escándalos, violencia y un enigma que
cuestiona 2.000 años de tradición católica.
Con relación al tipo de libro, que contiene un
juego de claves escondidas y acertijos ingeniosos, Martínez
lo adjudica a una moda, “lo mismo que sucedió
hace unos años con la novela histórica.
Quizás ahora venga una pequeña moda de
novelas vinculada con temas científicos”.