La sonrisa cómplice, es la misma que esbozaba
en la década del ’80 cuando su personaje
conquistaba adolescentes desde Clave de Sol, sin embargo
ahora se esconde detrás de un rostro más
adulto, la de un hombre que se sabe guapo y lo asume,
que se estimula con una dedicación de tiempo
completo a mejorar cada día su oficio de actor.
El que con un puñado de películas conquistó
a los españoles. Aunque en esencia es el mismo.
El que se compromete con un personaje, con la vida;
el que se involucra con el alma en las novedades sociales
del país. El mismo que no duda en elegir a Buenos
Aires como el centro de su mundo.
Está feliz, su sonrisa contagia. Largas sesiones
de fotografías, innumerables reportajes, no lo
causan. La adrenalina por un nuevo estreno pasa a un
segundo plano, aunque reconozca que una producción
nacional siempre genere más cosquilleos en el
cuerpo que otro estreno en cualquier parte de mundo.
La energía de Leonardo Sbaraglia, un actor con
luz propia en España y en la Argentina, que a
sus jóvenes 33 años ha despertado la admiración
y respeto de sus pares, está puesta en algo tan
cotidiano y terrenal como una mudanza. Es que no para
de hablar de su nueva casa en el barrio de San Telmo,
ese hogar que se transformó en su lugar en el
mundo por estos días, enclavado en el corazón
de Buenos Aires, el sitio donde siempre quiere volver.
“Tengo ganas de tomarme una semana de vacaciones,
pero en mi nueva casa”, no deja de repetir Leo
que sabe lo difícil que puede ser materializar
ese deseo frente a una agenda completa de compromisos
aquí y en Europa; el precio que debe pagar tras
su consagración en el cine español.
El reciente estreno en Buenos Aires de su última
película La Puta y la Ballena, que también
significó el regreso al largometraje tras 12
años del director Luis Puenzo, el inminente viaje
a España para exhibirla allí (se estrenará
el 5 de mayo); un nuevo trabajo a partir de junio en
tierras europeas, son algunos ejemplos de la vida del
actor que logró un objetivo que en algún
momento se lo propuso, trazar un puente imaginario entre
Buenos Aires y Madrid, que lo transita con pasaje siempre
de regreso.
–Me siento más completo viviendo en Buenos
Aires, son épocas, en algún momento estuve
más en Madrid, tuve que priorizar la vida allá.
Ahora que tengo la posibilidad de optar y que ya tengo
instalado el trabajo en España, sin dudas elijo
estar acá.
–Sin embargo, en Madrid también construiste
un hogar.
–Tengo un departamento alquilado hace tres años,
lo acondicionamos con mi mujer como un hogar para estar
allá, en realidad la vida de hotel no me gusta
para nada. Es una casa que me encontró la producción
de mi primera película, no es un hogar buscado
y soñado como el que tenemos aquí en Buenos
Aires. Es un espacio para tener el alma, soy de estar
en mi casa, porque debo reconocer que soy muy hogareño.
–Un espacio en un mundo nuevo para afrontar un
gran desafío. ¿Cómo fue la decisión
de irte?
–Después del estreno de Caballos Salvajes
en España en 1995, tenías ganas de ir,
pero nunca terminaba de dar ese paso. Surgían
posibilidades de trabajo en la Argentina y todo se demoraba.
La decisión era apostar fuerte, era intentar
ingresar a un mercado en el cual el cine es una industria,
y además sentía que en España podía
encontrar más diversidad para mi trabajo. También
aquí vivir del cine se hacía realmente
difícil. Pero, no fue una decisión de
irme de la Argentina, sino sumar otro espacio de trabajo.
–Para llevarlo a cabo elegiste un camino muy exigente.
–Cuando llegué en el 2000 me encontré
con situaciones diferentes a como yo me sentía.
Asumí el reto de hablar otro idioma, que no me
contrataran como argentino para hacer de argentino.
La alternativa de trabajo que buscaba era que me vieran
como un actor español. Me puse a estudiar el
idioma con muchos nervios, porque el problema no sólo
es aprender a hablarlo, eso se puede imitar, el tema
es que cuando lo digas también sea una cuestión
orgánica, que lo estés expresando con
las palabras y con el cuerpo, que sea visceral el sentimiento.
Fue lo más difícil, como acercarse a una
nueva identidad.
–El esfuerzo valió la pena, en tu primera
película llegó la consagración
y el premio Goya en 2002 por tu papel en Intacto.
–Es cierto, de todas formas las cinco experiencias
en España fueron todas muy ricas y me sirvieron
para crecer un poco más. Con Intacto, la primera
película que filmé allá, se dieron
un montón de situaciones a favor: una buena historia,
un buen guión, una dirección muy firme,
y creo que una buena actuación. Los premios siempre
son difíciles de clasificar, a veces no premian
sólo el trabajo de un actor como en este caso.
Me parece que el reconocimiento vino por Caballos Salvajes,
por Plata Quemada, por Intacto y además sentí
que decían “está bien, te aceptamos”.
Fue muy importante.
–¿ Y, después de tanta vorágine,
cambios y novedades en tu vida profesional, como es
volver a filmar en la Argentina?
–Fantástico. De esa nueva etapa fueron
todas experiencias muy diferentes, quizás unas
mejores que otras, generalmente todas muy buenas, pero
volver a filmar en la Argentina fue como cerrar un ciclo.
Filmar La Puta y la Ballena fue el contraste, la necesidad
de volver a mis fuentes. En España, a partir
de la segunda película me sentí muy a
gusto, pero regresar fue como que recuperase algo que
no estaba sintiendo, allá me sentía cómodo
y muy respetado, pero la diferencia es que aquí
me siento como pez en el agua. Acá llegas y no
hay que explicar nada, hay un código, una cultura
de toda la vida.
–¿Te imaginás algún día
a vos en ese lugar, detrás de una cámara?
–Es probable, debo reconocer que me gusta mucho
la posibilidad de filmar algún día. Hoy
es como un hobby, pienso en muchas historias, y cuando
puedo me dedico a montar películas familiares,
me puedo pasar 12 horas editándolas. Quizás
algún día me anime y haga un corto, pero
eso será más adelante, por ahora siento
demasiado estímulos como actor como para dedicar
la energía en otra cosa.
–Tenés fama de ser muy perfeccionista en
tu trabajo...
–No lo llamaría perfeccionismo, me gusta
tomarme el tiempo que necesito para involucrarme con
el trabajo. Es necesario sentirse bien acompañado,
entrar en el lenguaje y la lógica que propone
el director. Si algo no está bien contado es
muy difícil, en el cine, que una historia pueda
cobrar sentido. Creo en el entrenamiento del actor,
en la experimentación, estoy preocupado en evolucionar
cada día un poco más, en que mi expresión
esté cada vez más al servicio de mi imaginación.
–Una cualidad que ya estaba en juego en aquellos
primeros años, los de la película La Noche
de los Lápices (1986) o en Clave de Sol (1987).
–Siempre fue un entrenamiento que traigo desde
el teatro, un lugar donde me reconozco plenamente y
donde me imagino que terminaré mis días.
Aunque en la época de Clave de Sol eso no era
muy útil, mis tiempos nada tenían que
ver con los de la televisión...¡Era muy
lenteja!, además para todos los chicos que estábamos
allí, excepto Pablo Rago, creo, era nuestra primera
experiencia y nos ganamos por parte de los técnicos
los mejores apodos de “maderas”, a mí
me tocó ser Leo, el roble...
–¿Quién te gustaría que te
llame por teléfono para filmar ya?
–(No duda) Almodóvar, es un sueño.
Después (Bernardo) Bertolucci, soñando
más lejos Francis Coppola.
–¿Casarte también fue parte de un
sueño cristalizado?
(Estando en España Leo decidió formalizar
su relación con la artista plástica Guadalupe
Martín con quien convivía desde hace seis
años).
–Para mí el matrimonio no es una figura
social en particular, ya me sentía casado, desde
las dos semanas de conocernos nos fuimos a vivir juntos,
ya estábamos casados, fue nada más que
un gesto más de amor. Cuando lo hicimos nos dimos
cuenta que nos gustaba.
–¿Qué pinceladas le da esta historia
a tu vida?
–Mucho, día a día. Ella es muy buena,
es tan generosa, simplemente tengo que aprender a estar
a su altura.
–Estás muy enamorado.
–¿Se nota, no?...
Atocha
Cuando Leonardo Sbaraglia regrese a Madrid, una de sus
primeras acciones será ir a la terminal de trenes
de Atocha y tratar de encontrar en las huellas del atentado
del 11 de marzo una respuesta a lo inexplicable. Ese
lugar emblemático para los españoles ya
no será el mismo y tampoco para este argentino
que lo transitó ya decenas de veces.
“Seré consciente más que nunca de
la barbarie, de lo inhumano que se convierte este mundo.
Mi relación con este brutal atentado es muy fuerte,
no sólo por los hechos en sí que me conmueven,
sino porque en unos de los trenes murió gente
que conocía. Técnicos que trabajaron conmigo
en varias películas y que ese día como
todos iniciaban una nueva jornada de tareas”.
“Todo ese fin de semana nos mantuvimos con mi
mujer comunicados con nuestros amigos en Madrid, estábamos
muy golpeados. La bomba les explotó a ellos en
sus cuerpos, pero las esquirlas nos rebotaron a todos.”
El actor argentino no dudó en señalar
como detonante de este hecho terrorista la actitud deshumanizada
de las políticas económicas de los países
“dominantes” y al cínismo de la guerra.
“Es increíble, en España cerca del
90 por ciento de los ciudadanos se manifestó
en contra de la guerra y el gobierno igual participó
en ella. Es parte del cinismo que despierta el poder.”
El último estreno
La Puta y la Ballena significó un esperado encuentro
profesional entre Sbaraglia y su director Luis Puenzo.
Luego de dos intentos fallidos, pudo estar en la Patagonia
argentina para completar el exquisito elenco que también
integran la actriz Aitana Sánchez Gijón
y Miguel Angel Solá. “Teníamos pendiente
la idea de hacer una película juntos. Primero
se cayó el proyecto de la vida del “Che”
Guevara, luego la de Severino de Giovanni, y en ésta,
estuvo a punto de fracasar mi presencia. Un cambio de
fechas de otra película en Europa me dio la posibilidad
de cumplir con este deseo. Trabajar con Luis es maravilloso,
es un tipo que comparte el juego con vos, reparte muy
bien la pelota para que todos podamos jugar lo mejor
posible. Me conmovió su entrega cotidiana, vuelca
toda su energía en cada toma”.