La
Organización Mundial de la Salud la considera
la epidemia del siglo XXI. ¿Mala alimentación?
¿Vida sedentaria? ¿Cuáles son las
causas? Un informe para entender por qué es tan
importante prevenirla. Y las últimas novedades
de la comunidad científica internacional.
La que sigue es
una pregunta que definitivamente nada tiene que ver
con lo científico, pero ¿quién
no recuerda con cariño al famoso gordito de la
clase? El mismo al que las maestras pellizcaban los
cachetes hasta el cansancio mientras repetían
una y otra vez “¡Qué cosita tan simpática!”
y que llenaba de orgullo a las abuelas por eso de que
“se lo ve tan radiante y rozagante…”.
Más allá de las apreciaciones estéticas,
lo cierto es que la obesidad es un mal que crece día
a día en todo el mundo, al punto de haber sido
considerada la epidemia del siglo por la Organización
Mundial de la Salud (OMS), debido a que la cantidad
de casos que se registran supera la media esperada o
prevista por la entidad. Según estiman los especialistas
de la OMS, unas mil doscientas millones de personas
en el mundo pesan más de lo que deberían
y aproximadamente un 25% de este grupo son considerados
clínicamente obesos. Y probablemente los chicos
sean los más perjudicados por este trastorno
que tiene diversos orígenes y que puede provocar
un sinfín de enfermedades, sin mencionar los
trastornos psicoemocionales, claro. Aunque todavía
no existe una cura mágica, la comunidad científica
trabaja para develar la base física de este problema:
en las últimas semanas, anunciaron el descubrimiento
de una proteína cuya ausencia haría que
las células quemen más energía;
y de una hormona que sería la encargada de regular
el apetito (véase Ultimas novedades).
Noticias locales
“En la Argentina no tenemos muchos datos para
la comparación del aumento de este trastorno
en los chicos. Pero si uno se refiere a la práctica
cotidiana y a los estudios científicos que diferentes
grupos de investigadores han realizado, aun siendo parciales,
vemos un considerable aumento de la obesidad y del sobrepeso”,
manifiesta la doctora Norma Piazza, Secretaria del Comité
de Nutrición de la Sociedad Argentina de Pediatría
(SAP). Y agrega: “En 1995, el Ministerio de Salud
de la Nación hizo un relevamiento del estado
nutricional de los niños menores de cinco años
que consultaron para la atención en diversos
centros de salud. Para esa franja etaria, la OMS prevé
un 2,3% de obesidad, sin embargo, detectamos un 5,5%
de casos. Ese mismo año, la provincia de Buenos
Aires realizó un relevamiento con la misma metodología
y detectó un 6,7% de casos, que treparon hasta
el 7,5% en 2002. Pero es importante aclarar que siempre
se trata de muestras sesgadas, ya que consideramos a
los chicos que asistieron a consulta y no tenemos acceso
a la información correspondiente al resto de
la población”.
En estos tiempos que corren y teniendo en cuenta el
modelo de belleza que se impone, vale la pena aclarar
la diferencia entre los que lucen ‘unos kilitos
de más’ y las personas que son clínicamente
obesas. “La obesidad es el incremento en el porcentaje
de grasa corporal cuyo monto y distribución condicionan
la salud del individuo. Cabe destacar que no todo aumento
de peso es considerado obesidad, puesto que puede estar
producido por la suba de otro elemento o tejido corporal
(agua o masa muscular). Son obesas aquellas personas
adultas con un índice de Masa Corporal (IMC=peso/talla
al cuadrado) superior al 25 o 30%”, define el
médico nutricionista Daniel De Girolami. En el
caso de los chicos, los indicadores son diferentes y
cambian con el sexo y la edad: el porcentaje del peso
en relación a la talla. Entre el 110% y 120%
es sobrepeso y más de esa cifra, obesidad.
Los profesionales agregan que existen distintos tipos.
“Según su origen, se distingue entre primaria
y secundaria. La primera, que es la más frecuente
y la que está creciendo en forma alarmante, tiene
que ver con el medio ambiente y el factor más
fuerte de influencia son el estilo de vida y la alimentación.
La segunda surge como consecuencia de trastornos genéticos
o glandulares y el porcentaje de estos casos es muy
bajo”, apunta Piazza. Además, se llama
visceral o central a aquella en la que la grasa se acumula
en el abdomen; generalizada, cuando está en todo
el cuerpo; y periférica, en los miembros como
glúteos y muslos.
¿Por
qué?
Frente a la pregunta, todos los ojos apuntan al mismo
frente. “Exceso de calorías y el sedentarismo
propio de la vida en las ciudades”, sentencia
De Girolami. Pero hay nuevos factores que influyen en
este proceso. “Un aspecto que está apareciendo
en los países latinoamericanos y en zonas carenciadas
de los países desarrollados es lo que llamamos
‘obesidad de la pobreza’. Si durante el
embarazo la madre sufrió una severa desnutrición,
el niño nace con bajo peso y tiene más
riesgo de ser obeso. Las personas que tuvieron mala
alimentación durante la infancia crecen con menor
altura y presentan riesgo de ser obesos porque disminuye
la oxidación de las grasas. Del mismo modo, la
alimentación en base a hidratos de carbono es
más accesible económicamente, por lo que
se da la paradoja de que la misma causa en la infancia
produce desnutrición y en la madurez obesidad.
Ambas son expresiones de malnutrición”,
dice la doctora.
Y la gravedad del asunto reside en que, en contra de
lo que indica la creencia popular, las complicaciones
que trae la obesidad ya aparecen durante la infancia.
“La primera, que es la causa más frecuente
que motiva la consulta, es la psicoemocional. Los chicos
se sienten discriminados y les cuesta la integración
social. Transitan su infancia con una minusvalía
que les produce baja autoestima. Por otro lado, pueden
desarrollar problemas ortopédicos, respiratorios,
hipertensión arterial y hasta alteraciones del
colesterol. Y ahora se está empezando a ver la
diabetes tipo dos, que antes se presentaba en los adultos.
A su vez, el adulto obeso que también lo fue
en su adolescencia, tiene más riesgo de padecer
una enfermedad cardiovascular que aquel que no lo fue”,
indica Piazza.
Es
preferible...
Según desmuestran las estadísticas mundiales,
el 40% de los niños que se recupera recae durante
los primeros 12 meses. Y el 80%, al cabo de dos años.
“Por eso, lo más importante es la prevención.
Desde el nacimiento, promoviendo la lactancia materna.
Luego, cuando comienza la alimentación, cuidando
que sea dada en tiempo oportuno (desde los seis meses)
y de calidad adecuada (sin exceso de sal ni de azúcar)”,
razona Piazza. De Girolami concuerda y agrega: “Para
evitar chicos obesos los padres nunca deben usar la
comida como premio o castigo. Expresiones como ‘no
te levantás de la mesa hasta que no termines
el plato’ o ‘hay chicos que no tienen qué
comer y mirá la comida que dejas’ o la
clásica ‘no llores que mamá te va
a dar algo rico y se te pasa todo’, son nefastas
para el subconsciente. Tarde o temprano, frente a cualquier
situación que nos moviliza, brota el deseo de
ingerir aquello que en la infancia nos producía
tanto placer”.
A la hora de combatir la obesidad, resulta imprescindible
revertir las conductas que son nocivas: mejorar los
hábitos alimentarios y aumentar la actividad
física. “Para lo que se requiere el compromiso
de toda la familia, porque en definitiva, los chicos
no son los que cocinan ni los que hacen las compras.
Lo que se trata es de llevarlos a que mantengan una
alimentación normal, no restrictiva. Tampoco
se busca llegar al peso ideal sino al aceptable”,
destaca la doctora, además de hacer hincapié
en la diferencia entre lo que llamamos estilo de vida
–relacionado con el individuo– y modo de
vida –la sociedad es responsable–. “Es
preciso tomar medidas sociales. A la familia se le hace
difícil sostener ciertos hábitos cuando
en la escuela y desde los medios de comunicación
se emiten mensajes opuestos. Por otro lado, los municipios
no generan espacios apropiados para la recreación.
¿Cómo hacen los papás para fomentar
las actividades al aire libre, cuando la inseguridad
hace que no puedan quedarse tranquilos, si dejan a sus
chicos solos jugando en la calle? Y en cuanto a la alimentación,
el consumo de frutas y verduras desde etapas precoces
es importante, pero en muchas zonas de nuestro país
también resulta restrictivo por un tema de costos,
lo mismo que sucede con aquellos alimentos que tienen
menos contenido en grasa: son más caros. Se necesita
el compromiso de todos”.
Ultimas novedades
La primera noticia llegó desde Europa hace algunas
semanas, cuando un grupo de investigadores anunció
un descubrimiento que ayudaría en la lucha contra
la obesidad. Según publicó la Academia
de las Ciencias de Estados Unidos, se trata de una proteína
llamada retinoblastoma (pRB): su presencia hace que
las células adiposas acumulen energía,
pero su ausencia, logra que se transformen y quemen
energía. Las primeras forman tejido adiposo blanco
y las segundas, tejido adiposo marrón. ¿Cuál
fue el procedimiento? Tras observar su accionar en probeta,
hicieron la prueba con ratones de laboratorio. Ahora
intentarán averiguar cómo eliminarla del
organismo.
Pero no fue la única novedad relacionada con
el tema. Dos trabajos publicados en la revista Science,
de la Asociación Americana para el Avance de
las Ciencias, comenta los adelantos en la investigación
del accionar de la hormona leptina, descubierta hace
ya diez años por Jeffrey Friedman (*). Esta hormona,
que sería la encargada de regular el apetito
de las personas, actúa sobre los circuitos del
cerebro que regulan las ganas de comer. Y el nuevo dato
es que se trata de una acción temprana, es decir,
que sucede durante los primeros años de vida
de cada individuo y determina el volumen de ingesta
que tendrá durante su adultez. El tejido adiposo
es el encargado de producir esta hormona que luego viaja
al cerebro y a otros tejidos a través de la sangre.
En ambos casos, falta determinar exactamente cómo
y en qué tratamientos podrán aprovecharse
estos descubrimientos. Sin embargo, los científicos
aseguran que es un paso fundamental en la lucha contra
esta epidemia que crece día a día.
(*) Uno está comandado por el mismo Friedman,
del Instituto Médico Howard Hughes de la Universidad
de Rockefeller, Estados Unidos; y el otro por Richard
Simerly y Sebastian Bouret, del Instituto de Investigaciones
en Primates de Oregon, también en Estados Unidos.
Por Einat Rozenwasser
Fotos: Ariel Gutraich /
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