Diego Torres está contento. Su disco
Diego Torres MTV Unplugged es un éxito y ahora
se prepara para mostrarlo en un recital que dará
en el estadio Luna Park el 4 de junio. Una charla íntima
con el menor de los hijos de la entrañable Lolita,
uno de los cantantes más populares y queridos
del país y de Latinoamérica.
Saber que se puede, querer
que se pueda. La frase da vueltas en el aire. Quitarse
los miedos, sacarlos afuera. Esa que inundó los
estéreos cuando una Argentina convulsionada y
golpeada por la crisis intentaba levantar vuelo aparece
una y otra vez. Verdades inmensas y tantas veces olvidadas,
que sin embargo, lograron animar el corazón de
tantísimos argentinos que se animaron a pintarse
la cara color esperanza. En eso pienso cuando voy al
encuentro con Diego Torres (33). En eso, y en el camino
desandado por el entonces pelilargo de sonrisa pícara,
que supo brillar en la mítica Banda del Golden
Rocket. Fijar sus comienzos en ese momento podría
hasta reflejar el resultado de una caprichosa convención
exitista. “Hay una historia de cuando yo era muy
chiquito y mamá cantaba con Jaime Torres. El
venía a ensayar a casa y yo agarraba el charango
porque me parecía una cosa rara, peluda, con
un sonido particular. Se ve que él me había
marcado una posición de dedos porque yo rasqueteaba
y le daba, y le daba... Y una vez salí al escenario
y me puse a tocar con ellos”, recordará
Diego entre emocionado y contento cuando llegue el turno
de las anécdotas. Luego vendrían programas
de tevé, películas y una vertiginosa carrera
como cantautor que lo llevaría a convertirse
en número uno en nuestro país y en todos
los países de habla hispana. Y él, que
de tentar al futuro sabe, va por más. Acaba de
convertirse en el primer artista latino en grabar un
concierto unplugged para la cadena MTV fuera de los
Estados Unidos, que el 4 de junio presentará
en el Luna Park.
Aparece de imprevisto
y saluda con un cálido abrazo. “¿Nos
sentamos en el patio?”, la tarde invita y, café
negro con un poquito de azúcar de por medio,
Diego se entrega a la charla. “Estoy bien, tranquilo,
muy contento. Es increíble cuando el tiempo pasa,
los discos salen y se convierten en un hecho. Para mí
es un sueño cumplido, porque desde hace años
quería grabar en vivo. La gente de MTV venía
gestando una idea similar y ahí fue que nos encontramos
y concentramos la energía en un mismo lugar”,
dice entre sorbo y sorbo. Diego se toma el tiempo necesario
para responder. Se entusiasma al hablar de los detalles
del disco (ver Desenchufado) y un brillo especial asoma
en sus ojos marrones cada vez que encuentra un recuerdo
que lo divierte. Es un tipo sencillo y verdaderamente
da gusto conversar con él.
–Fuiste construyendo un estilo que en este disco
queda muy consolidado...
–Lo que sentí a nivel personal y como artista,
es que ésta era una oportunidad de tomar las
canciones importantes de mi carrera para darles un sentido
actual, más depurado. Por eso digo que es un
disco que reúne el pasado con las versiones de
hoy, o sea presente, y el comienzo del futuro, con los
temas nuevos. Pero creo que también tuvo que
ver el ensamble y la maduración que hicimos durante
los casi dos meses de ensayo con la banda.
Diego emana pasión
por lo que hace. Cuando habla con admiración
y afecto de cada una de las personas que componen su
equipo o cuando gesticula para explicar con lujo de
detalles la diferencia entre lo que significa producir
y mezclar un disco tradicional y uno, que como éste,
incluye un especial para televisión y un DVD
con el concierto, backstage, ensayos, entrevistas y
otras joyitas que saldrá a la venta en breve.
“Me pone muy contento que a través de este
trabajo podamos mostrar el talento que existe en la
Argentina. La calidad de músicos que tenemos,
la disposición, las ganas... Todo se transmite
en el disco”, enfatiza.
–Además te generó la posibilidad
de tener un muy buen contacto con el público...
–Sííííííííííí.
Para mí el éxito más grande, si
se puede hablar de éxito, es la relación
que tengo con la gente. Me costó entenderlo,
porque al principio la pasaba mal. Mi público
estaba más bien compuesto por chicas jóvenes
que gritaban mucho y sentía que no conectaba
con ellas. Con el paso del tiempo, el público
se amplió y ahora disfruto porque puedo sentarme
a tocar un tema al piano y sentir que verdaderamente
no vuela una mosca. Y creo que eso es algo que no logran
los cantantes de mi generación. Por supuesto
que hay una euforia lógica y temas en los que
la gente baila y canta, y es bárbaro porque logramos
diferentes climas.
Pero va más allá de eso. Diego reconoce
que lo que más lo entusiasma es esa situación
‘de café concert’. “No sólo
subo a un escenario porque me gusta cantar, sino porque
no hay nada que me dé más placer que entretener
a la gente”, dice. Aunque claro, entre risas,
confiesa que a veces se le va la mano. “Dany Tomas,
que era tecladista en mi primer grupo, La Marca, y después
trabajó muchos años conmigo, siempre me
decía: ‘Copate... pero no te cuelgues’”.
Y agrega: “O en River, que los músicos
desde atrás me gritaban, ‘loco, es un estadio
y la gente se está muriendo de frío’,
y yo seguía hablando”.
–Trece Luna
Parks y un estadio River repletos, tu canción
Color Esperanza considerada como el ‘segundo himno
nacional’, cantarla ante el Papa... ¿El
unplugged es como el broche de oro de una etapa?
–Es una sucesión de cosas. Tuve la suerte
de que mi primer disco, Diego Torres, funcionara bien.
Después vino Tratar de estar mejor, de alguna
manera, la hermana mayor de Color Esperanza, porque
también pegó muy fuerte, los chicos lo
cantaban en los colegios, cuando egresaban, y fue muy
grosso provocar eso en un segundo disco. Luego llegaron
Luna nueva y Tal cual es, artísticamente de gran
aprendizaje y siempre buscando dar un paso adelante.
No me quiero presionar pensando en qué vendrá
después de Color Esperanza (del disco Un mundo
diferente). No se puede vivir pendiente del éxito
porque lo importante es hacer las cosas bien. El hecho
de que mis discos trascendieran las fronteras me hizo
entender que construir una carrera internacional o regional
demanda muchísimo esfuerzo. En ese momento pretendía
instalarme en Mar del Plata, en mi casa del bosque,
y armar mi vida ahí. Me gusta la gente de los
pueblos, esa cosa de ir al almacén y que te ceben
mate. Es donde verdaderamente me sentía y me
siento Diego. Y para mí es muy importante saber
que, más allá de que soy un artista popular,
me bajo del escenario y sigo siendo yo. Pero tuve que
asumir que si quería crecer, tenía que
subirme al avión y salir. Y entender también
que desarrollar una carrera
lleva tiempo. Creo que es el momento de mi vida para
hacerlo, tengo la energía y entonces estoy ahí,
en pleno vuelo.
Diego es sincero cuando asegura que el ritmo cansa,
pero que no se queja. Que estar días y días
en un estudio de grabación para él es
placer y no trabajo, y que tiene el privilegio y el
don de poder vivir de la música. Y también
cuando reconoce en su familia un sostén fundamental.
“Mi familia es lindísima y muy buena conmigo,
porque saben que vivo de acá para allá
y tienen buena onda, nunca un reclamo. Al contrario,
me ayudan y me dan la tranquilidad de saber que si yo
no estoy, hay cuatro hermanos que se van a encargar
de que a mi viejo no le pase nada. Nos cuidamos mucho
entre nosotros, somos amigos. Con los varones siempre
fuimos los tres mosqueteros. Y las chicas son divinas,
me miman. Me llaman y me dicen, ‘voy para allá
porque hice tu torta favorita’, la de coco y dulce
de leche, que me pierde”, cuenta y como en sus
canciones, pone brillo a cada una de las palabras que
pronuncia.
Ahora es tiempo
de partir. Para él seguirá alguna entrevista,
más viajes, ensayos y otra vez entrevistas, viajes,
conciertos… En el aire queda la magia de su energía,
las ganas y la certeza de que, como reza su nueva canción,
su más puro deseo, es poder cantar hasta morir.
Dos mujeres, cuatro canciones
El lugar común dirá que detrás
de un gran hombre, hay una gran mujer. En el caso de
Diego, la ecuación da dos y están homenajeadas
en las nuevas canciones del disco: su mamá, Lolita;
y Angie Cepeda. “Son cuatro temas muy especiales
porque reflejan lo que me viene pasando. En Tal vez,
la historia de viajar con el duelo de haber perdido
a mi mamá; de ir de la euforia del escenario
a la soledad de una habitación de hotel. Déjame
estar habla de la incondicionalidad. De decir que más
allá de que estemos lejos o separados, contamos
el uno con el otro. Usted, que compusimos con Vicentico,
es un homenaje a la mujer. Y Cantar hasta morir es una
canción que quiero muchísimo y que me
encanta que sea la primera en difundirse. Cuando murió
mamá, era como inevitable que al tener la misma
profesión, el afecto de la gente se traslade
a mí. Y revisando su vida de luchadora, aparece
esta vocación de venir al mundo para cantar y
para dejar una señal. Porque en definitiva, los
artistas vivimos y pasamos, pero las canciones quedan”.
Por Einat Rozenwasser
/ Fotos: CLAUDIO DIVELLA Y GENTILEZA BMG