Tan antiguo como las culturas prehispánicas
y tan autóctono como el tango, el consumo aumenta
al ritmo de la población. En los últimos
años, los bares más modernos de Buenos
Aires lo agregaron a sus cartas. Además, ya llegó
a manos de jóvenes diseñadores. Algunos
hablan de moda, otros de revalorización. Como
sea, después del agua, sigue siendo la bebida
más consumida de nuestro país.
La casualidad y amigos en común los reunieron
alrededor del mismo fogón, la misma noche. El
era un pibe sociable y ella, una morocha misteriosa.
A causa de una distracción (o acaso de una atracción),
el muchacho entregó a la chica el mate por error.
Ella, mirándolo a los ojos, alzó la calabaza
y la besó en la base. La chica cumplió
con el rito obligado: en el saber popular “mate
repetido trae plata consigo”, y esto se cumple
besando al recipiente. Pero ante tanta sensualidad,
aquel ritual hizo que el varón se sintiera dueño
del cielo con todas sus estrellas.
Qué pasó después entre ambos no
lo sabemos. Pero si de algo hay certeza es que, históricamente,
la costumbre de matear siempre dijo mucho más
que un simple hábito: de ahí que afirmar
que esta conducta repetida a diario por 9 de cada 10
argentinos está de moda, es casi peligroso. Sin
embargo, cabe preguntarse por qué desde hace
un tiempo, los bares de Buenos Aires lo están
incluyendo en sus cartas como oferta vanguardista. O
por qué algo tan tradicional ha llegado a las
modernas ferias de diseño. O por qué las
empresas yerberas están lanzando productos relacionados
cada vez más novedosos. Veamos.
Tanto historiadores, organismos oficiales como productores
aseguran que el consumo de yerba mate crece año
a año en la Argentina. “Aunque no contamos
con estadísticas de períodos anteriores,
se sabe que su uso aumenta al ritmo del crecimiento
vegetativo del país, es decir, en un 1%. Y eventualmente,
con campañas de promoción, hasta un 15%”,
afirma Héctor Manso, del Instituto Nacional de
la Yerba Mate (INYM). Esto no significa, sin embargo,
que se hayan sumado nuevas franjas de consumidores:
“La transversalidad del consumo es un fenómeno
histórico, desde siempre fue una bebida de todas
las clases sociales”, aclaran desde el establecimiento
correntino Las Marías. “En los ’90
había una ingesta de 5,8 kilos per cápita
anuales, mientras que hoy se calcula que es de alrededor
de 6,4. Notamos que los jóvenes están
incorporando el hábito a edades más tempranas.
Por otro lado, la gente ya no tiene inconvenientes en
exhibirse en la vía pública”, sostiene
Miguel Angel Sniechowesky, presidente de la Cámara
de Molineros de Yerba Mate y vicepresidente de La Cachuera,
el establecimiento yerbatero en actividad más
antiguo de Misiones. Sniechowesky agrega: “Además,
últimamente no sólo se le reconocieron
sus propiedades saludables sino que en muchos casos
la yerba fue sustituto de otras infusiones e incluso
de alimentos durante la crisis”.
Sentimiento nacional
Fueron los guaraníes, primeros dueños
de las tierras coloradas del noroeste del país
y habitantes nativos del Sur del Brasil, Paraguay y
Uruguay, los que expandieron el hábito de tomar
de una calabacita ahuecada (o mate) las hojas del Caá
(árbol de yerba mate en guaraní) embebidas
en agua. Y fueron los jesuitas quienes intentaron, en
un principio, sustituir esta costumbre por creerla de
origen demoníaco. Finalmente, resignados ante
el fracaso, los padres de la Compañía
de Jesús terminaron difundiendo un nuevo uso
de esa hierba (en forma de infusión teiforme,
hoy mate cocido) e impulsando el cultivo y comercio
de la Ilex paraguariensis, el arbolito proveedor de
las hojas. Pero ni la conquista ni las misiones religiosas
ni las gaseosas lograron restarle presencia al mate.
Hoy, año 2004, lejos de los cuencos de alfarería
en que se calentaba el agua en la América prehispánica
y abandonada la costumbre colonial de contar con sirvientes
dedicados exclusivamente a cebar, el 95% de los hogares
argentinos consume yerba mate. En casa, en la oficina,
de campamento, el Día de la Primavera, cuando
nos levantamos, a media mañana, después
de almorzar, antes y después de cenar, arriba
del camión o la canoa, en la facultad... Desde
La Quiaca hasta la Antártida, nunca falta. Las
cifras lo confirman: en 2003 la producción de
yerba mate molida rondó los 240 millones de kilos,
de los cuales 36 millones fueron vendidos al exterior.
No conformes con esto, esta expresión popular
que despierta interés y curiosidad entre los
extranjeros, llegó a los bares modernos de Buenos
Aires. O mejor dicho, volvió. O... ¿acaso
creían que es nuevo esto de que el mozo lleve
el termo a la mesa? Nada de eso: “Hasta mediados
del siglo XIX, en casi todos los cafés del país
se acostumbraba a servir mate a los clientes...”,
dice Amaro Villanueva en su libro El mate: arte de cebar.
A lo que, desde Paraná, el historiador Francisco
Scutellá agrega: “Las materías siempre
funcionaron, aunque abriendo algunas y cerrando otras”.
¿Onda chic? ¿Snobismo? “Dentro del
cambio de valores que ha experimentado la sociedad luego
de la crisis de 2001, el consumo de yerba mate representa
un volver a las fuentes, a lo cercano, al círculo
íntimo, a lo verdaderamente genuino. Ninguna
otra infusión simboliza el compartir de la manera
que lo hace el mate, ninguna otra forma parte tan arraigada
de nuestra identidad nacional”, arriesgan desde
Las Marías para explicar este ¿boom matero?
Desde febrero de este año, y aunque bajo el mote
de “bar-centro cultural”, La Casa del Mate
nació en San Telmo como un reducto de estética
campesina dedicado exclusivamente a esta infusión:
allí el plato de la casa es el combo termo +
mate + bombilla + canasta con bizcochos de grasa y alfajores
de maicena artesanales. Todo a menos de $ 4. “El
mate está presente en todos los encuentros de
los argentinos”, dice Elisa Otero, miembro de
esta sociedad compuesta por chicos de entre 20 y 25
años. Allí se acercan diariamente y sobre
todo los domingos turistas y gente de todas las edades.
Pero fundamentalmente hay una fuerte presencia de jóvenes
que, entre apuntes repletos de fórmulas matemáticas
y reflexiones filosóficas, pasan la tarde estudiando.
“Las empresas, a partir de lo que va determinando
el mercado, van orientando sus campañas de promoción,
y en este momento están apuntando a la familia,
y más aún al segmento joven”, afirman
desde La Cachuera. “Es el público que más
consume. De hecho, hace poco lanzamos una yerba especial
para tereré, muy usado entre ellos”, explica
Juan Carlos Bopp, de la Cooperativa Agrícola
de Montecarlo, Misiones.
De la calabaza
al design
Originalmente el recipiente de esta infusión
fue la calabaza, proveniente de la planta Lagenaria
vulgaris. Entre los rioplatenses, las variedades de
estos frutos salvajes convertidos en contenedores de
yerba y agua fueron llamados, según su tamaño,
“mate” y “porongo”. Con los
años, el ingenio y la industria dieron origen
a nuevas formas: el asta de vaca entre los gauchos o
el mate de plata entre las familias coloniales acomodadas.
Luego vinieron la loza, la porcelana, el hierro, la
madera, el vidrio y el plástico. En fin, mutaciones
todas que dependieron de la época, hasta llegar
a, por ejemplo, el moderno kit matero que lanzó
la empresa de diseño MinimadeMalis. Se trata
de un set de mate, bombilla y termo de aluminio anodizado
que luego de un baño electrolítico devuelve
colores vivos y brillantes. Más moderno, imposible.
Emprendimiento familiar de cuatro hermanos (los rionegrinos
Martínez Cavallo) comprobó su éxito
en la reciente Feria del Dorrego: allí vendieron
unas 700 piezas en sólo dos fines de semana.
Así y todo, las clásicas calabacitas siguen
siendo furor: El patio del mate, local en pleno Gualeguaychú,
no para de expender modelos artesanales desde hace 18
años. “Se sabe que la calabaza reserva
el sabor de los mates anteriores y resalta el de la
yerba”, explica Mario Boari, quien estima que
en la zona fuerte de siembra se producen anualmente
¡7.200.000 mates! “Hoy se usa mucho regalar
mates. Es más lindo que llevar una corbata”,
concluye.
“El mate es como las botas: las más lindas
son las rotas”, dice el refrán. Villanueva,
en su libro, afirma que los mates nuevos no tienen ni
alma ni poesía. Esa poesía tan nuestra
que, a través de rituales y tradiciones, expresa
mucho más que un simple hábito cotidiano.
Al mate, lo que es del mate. Cuenta la historia que
los padres jesuitas, además de encontrarle ventajas
económicas al cultivo de yerba mate, lo usaron
como solución a un asunto que los preocupaba:
el abuso del alcohol en las reducciones. Pues bien:
aparte de este beneficio, nuestra infusión tiene
otras bondades: es diurético natural, estimulante
del sistema nervioso, circulatorio y muscular y un buen
digestivo. También, ayuda a tener un mejor rendimiento
de la memoria y alivia la fatiga cerebral.
El abc. Se sabe entre los yerbeadores que decir “gracias”
al recibir el primer mate es sinónimo de grosería,
ya que en el universo de significados que engloba este
hábito, sólo se agradece cuando ya no
se quiere más. Cebarle a alguien el segundo mate
es un modo de rendirle homenaje, ya que entre los dichos
populares el primero es el de los zonzos.
A la hora de cebar, hay dos reglas de oro: es prohibido
dejar hervir el agua y remover la yerba, porque como
dice el refrán, “al que revuelve el mate
se le tapa la bombilla”.
A cada gaucho su mate. “El mate es el gran comunicador,
el gran conciliador: todos son iguales en una rueda
matera”, dice Francisco Scutellá, artesano,
historiador y creador del museo paranaense monotemático
que reúne más de 2.000 piezas. “Es
un elemento de vinculación, de aproximación
entre personas, pasa de mano en mano y se toma de la
misma bombilla”, explica Margarita Barretto en
su libro El Mate, su historia y cultura. De ahí
que en cualquiera de las provincias argentinas sea posible
compartir la costumbre de yerbear, sea en la variantes
que sea. El Litoral, por ejemplo, es tierra del amargo
cebado en recipientes más grandes, mientras que
otras regiones prefieren los contenedores más
pequeños. “En la Mesopotamia tenemos más
tiempo que en las grandes ciudades, lo hacemos durar
más y nos sentamos especialmente para eso, a
diferencia de Buenos Aires o Córdoba, donde se
lo toma a las corridas”, arriesga Mario Boari,
del Patio del Mate. Algunos, quizás los más
tradicionalistas, dicen que se debe tomar amargo y en
una calabaza. Sin embargo, hay quienes a la yerba le
agregan cascaritas de naranja, café, jugo de
limón, cedrón, miel, canela, toronjil,
o bien –el clásico de las abuelas–
lo ceban con leche. Con o sin yuyos, más o menos
endulzado, lo cierto es que los argentinos coinciden
en que, cuando los chicos preparan su primer mate, es
que ya alcanzaron la madurez. Y todos le rinden homenaje
con celebraciones como el Matencuentro de Gualeguaychú,
Entre Ríos, (su última edición
reunió 15.000 personas), la famosa Fiesta Nacional
del Mate de Apóstoles, Misiones, los campeonatos
de cebadores o a través de Nuestra Señora
del Mate.
Para curiosos. El mate ha sido una constante tanto en
crónicas de conquistadores como en grandes obras
de la literatura nacional, como el Martín Fierro.
Además, existen libros dedicados exclusivamente
a recoger su historia, sus usos y su lenguaje, entre
otros temas. Algunos de esos textos son El mate: bebida
nacional argentina, de Francisco Scutellá (Plus
Ultra), El Mate (Editorial Maizal), El Mate, su historia
y cultura (Ediciones del Sol) –foto– y El
mate: arte de cebar, de Amaro Villanueva (Editorial
Ensayistas).
Por Carolina Cattaneo / Fotos: Ariel Gutraich, Gentileza
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