La
primera vez que Soledad Villamil se subió a un
escenario fue a los 15 años y hoy, a los 34,
lleva acumulados solamente éxitos. Además
del unitario por televisión hace teatro independiente
con su marido, Federico Olivera. Afortunada, vive de
lo que la apasiona: la actuación.
El sol que se filtra
entre las ramas de las araucarias y los pinos del barrio
de Agronomía reivindica al otoño. En alguna
de esas cuadras vivió Julio Cortázar,
y por ahí también está Alfredo
Casero. Quién sabe qué tienen esas cuadras,
que también sedujeron a Soledad Villamil hace
muchos años, cuando fue a visitar a una amiga.
Ella espera en su casa, que es unos pisos escaleras
de mármol arriba. No hay ascensor en esta construcción
de 1930 que, como esas calles, guardan algo de misterio.
“Bueno, ahí está el mate. Si alguien
lo quiere preparar...”, dice la protagonista de
Locas de Amor, el unitario de Pol-Ka que protagoniza
junto a Leticia Brédice y Julieta Díaz
y que la trajo de vuelta luego de dos años de
ausencia televisiva. Sentada en una silla del comedor,
Soledad comenta algo acerca del gato amarillo que aparece
y desaparece por los ambientes luminosos de la casa.
Dirá que sí, que tiene cara de macho,
y que es el hijo de una gata que ella quiso mucho: “Un
día nos fuimos de viaje y cuando volvimos, ya
no quería comer. Fue rarísimo” recuerda,
y revolea sus enormes ojos verdes mientras le dan color
a sus párpados. Aunque hoy no debe convertirse
en Eva, la mujer con trastornos psicóticos y
delirios místicos que encarna en el programa,
Soledad se somete sin quejas a la metamorfosis del maquillaje
que la dejará aún más linda.
–¿Cómo
te llevás con tu personaje?
–Y... bien. En la televisión uno va ajustando
a medida que va haciendo, no es como una película
o una obra de teatro donde ya tenés la totalidad
del guión antes de empezar, y sabés cómo
empieza y cómo termina. Acá es más
bien ir como trabajándola día a día,
refinándola día a día. De entrada,
sentí mucha empatía. Ahora siento que
estoy pudiendo trabajar cada vez mejor. Es como ir encontrándole
un poco el punto, la vuelta a medida que pasa el tiempo.
–¿Cómo hacés para
desprenderte del costado problemático de Eva?
–Está relacionado con la enfermedad, pero
en el buen sentido: es un poco esa falta de conciencia
sobre ciertas cosas que nosotros, los neuróticos,
los llamados normales, podemos tener. Entonces en todas
las zonas donde ella no teme, tiene cierta ingenuidad,
liviandad y una posibilidad de conectarse con el aquí
y ahora con mucha vitalidad. Es donde más me
gusta jugar. Además, es la línea general
del programa: la idea es transmitir un mensaje esperanzador,
con toques de humor. Mi manera de transitar esa propuesta
es ligarme con ese aspecto positivo del personaje.
–¿Quiere decir que los actores
cumplen algún rol social?
–Sí, precisamente ése: ser artífices
del esparcimiento, del entretenimiento, la diversión.
Esa es la función: alguien que se mete en una
sala de teatro durante una hora y media se olvida de
su cotidianeidad, suspende el tiempo y hasta quizás
cambia de estado de ánimo, afirma.
El escenario ahora
es otro: la charla sigue en un living espacioso, lleno
de luz, libros (Eco, Kundera, Kafka, Calvino), discos,
videos y sillones coloridos. Algunas postales, un Buda
de madera y dos fotos en blanco y negro adornan la repisa
de madera. Ahora Soledad está en manos del peinador,
que con el secador a todo trapo parece sacarle vapor
a su cabeza. A lo largo del brushing, Villamil cuenta
que, por recomendación de Andrea Pietra (quien
encarna a Frida, la pareja homosexual de su personaje
en Locas...), toma todos los días un jugo de
naranjas que “evita la gripe y te hace adelgazar”.
Dice a todos que tomen nota y pasa la receta: “Tenés
que hervir la cáscara y el hollejo de 14 naranjas
exprimidas en cuatro litros de agua durante 60 minutos,
sin azúcar. Después, guardarlo en botellas
de vino tapadas con un corcho en la heladera”,
aconseja, y convida a todos con un vasito. Por tanta
amabilidad (a cada rato pregunta “¿algo
para tomar?”) habrá que hacer fondo blanco
de un tirón y no decir que, aunque saludable,
el jugo es un tanto... amargo. “¡Ah! Y me
olvidé de decirles que hasta después de
una hora no se puede tomar café”, concluye.
La chica, que creció en La Plata y se reconoce
parecida a Ingrid Bergman, empezó a estudiar
teatro a los 15 años. Al terminar el colegio
(“porque no sabía muy bien qué hacer”)
se inscribió en la Escuela Municipal de Arte
Dramático y se formó de la mano de Hugo
Midón y Ricardo Bartis. Hace sólo 12 años
que trabaja de “lo que la hace feliz”. Sin
embargo, Soledad ya pasó por el teatro, el cine
y la televisión: se la vio, por ejemplo, en la
puesta Glorias Porteñas, en la película
El mismo amor la misma lluvia y en el exitoso unitario
Culpables (Ver El camino de los éxitos). Varias
veces, incluso, lo hizo simultáneamente: ahora,
además de la tele, encara junto a su marido,
el actor y director Federico Olivera, Matar el pensamiento,
una obra teatral autogestionada que presentan desde
fines de abril en una sala del Abasto (Ver Un proyecto
compartido). Y a eso le sumará, en junio, las
actuaciones en el ciclo Teatro por la identidad. Así
es que, desde su primera presentación importante
a las los 21 años (ni más ni menos que
Hamlet y en el teatro San Martín) hasta la pieza
propia, más que tiempo corrió experiencia.
–¿Cuál es la percepción que
tenés de tu maduración profesional? ¿Y
como mujer?
–Para mí es muy grande. Ahora estoy sintiendo
una mayor diferencia. Y creo que es indisoluble lo personal
con lo laboral, sobre todo en una actividad como ésta,
en donde siempre se es todo uno. Pero sí, siento
una maduración que espero no sea la definitiva,
una cosa de más seguridad, libertad y posibilidades
de jugar, de menos miedo.
–Trabajaste siempre en piezas muy valoradas.
¿Cómo se vive no haber estado en algo
que no fuera exitoso?
–Por un lado es bueno, y por el otro lado tengo
el riesgo de no estar entrenada para el rechazo y el
fracaso. Creo que también se trata de un poco
de suerte y del hecho de haber podido elegir.
–O de buen criterio para elegir...
–Trato de aplicarlo, sí. Aunque arbitrario,
obviamente porque es el mío.
–¿Qué consiste en...?
–Lo que me interesa –responde tajante–.
Es el interés que me genera mi subjetividad,
que hasta ahora, parece haber sido una buena consejera.
–Vos te reconocés como una buena
actriz. ¿Cuál es tu parámetro para
darte cuenta que lo que estás haciendo está
bien?
–Mi disfrute, si la paso bien o no.
Mientras la silenciosa
Pao corta unas cebollas de verdeo que perfuman la cocina,
Soledad invita a pasar al estudio, el reducto de la
pareja Olivera-Villamil donde conviven todavía
más libros, videos, discos y cuadros de Woody
Allen y Federico Fellini... Será la hora de hablar
de que graba todos los días,12 horas diarias,
y de sus hábitos para relajar el ritmo de trabajo.
Ya contó del jugo de naranja y de sus sesiones
de yoga (“un buen trabajo sobre el yo, sobre los
límites”), y ahora dirá que para
alivianar la rutina, a veces hace falta nada más
que “estar en casa, sacarse el maquillaje y pegarse
un baño”. También será la
hora de hablar de la maternidad: su hija Violeta (tres
años y medio) no está en casa, pero es
mencionada más de una vez. Madre chocha, muestra
fotos de la pequeña de rulos rubios y ojos enormes.
Aunque Pao le puso su platito de Minnie en la mesa,
Soledad le dirá que no, que hoy, después
del jardín, la nena almuerza con la abuela. ¿Qué
si la cambió en algo convertirse en mamá?
“No sé, son cosas que sabré con
los años, hoy hablo por intuición. Pero
fue como un cambio de fichas. Es algo de lo que no puedo
hablar”, dice. Queda claro que Soledad se siente
más cómoda hablando de trabajo que de
cuestiones personales. Será por eso que de su
vida privada, poco se sabe: “No me cuido, pero
lo que no quisiera es convertirme en un personaje”,
afirma, custodiada desde el escritorio por el gato amarillo,
sentada a contraluz de un ventanal enorme. Detrás
de Soledad se pueden ver esas calles que, como ella,
tienen algo de misterio.