Falta
de energía y el precio del combustible por el
cielo… Dos temas candentes en la vida actual ¿Pero
en lugar de esto qué? En esta nota, encontrarán
historias de gente y de pueblos que en las energías
alternativas, encontraron la solución a varios
de estos problemas.
Historias donde la creatividad y el esfuerzo fueron
la base del triunfo.
Suenan y hacen ruido en todos lados. El creciente costo
y desabastecimiento de combustibles para generar energía
y el calentamiento global –producido por la quema
de esos mismos combustibles–, son una dupla que
asusta. Aunque parecería que no tienen nada que
ver, ambos temas ocupan desde hace un tiempo la agenda
periodística. El primero preocupa a economistas
y a políticos y el segundo, a agrupaciones ambientalistas.
Es que a menos combustible menos energía, a menos
energía menos calidad de vida y a menos calidad
de vida, más enojo. Por otro lado, a más
emisión de gases nocivos mayor peligro de catástrofe
ecológica y así sucesivamente... El asunto
es que las dos cuestiones aunque por distintos caminos,
repercuten directa y negativamente en las personas y
confluyen en un mismo interrogante: ¿Y en lugar
de esto qué? Lo que sigue son historias de gente
y pueblos que, en las energías alternativas,
encontraron la solución a más de un problema.
“Desde la Revolución Industrial a esta
parte se vienen utilizando el carbón, el gas,
el petróleo, las represas hidroeléctricas
y la energía nuclear”, explica Horacio
Corti, doctor en Química de la Comisión
Nacional de Energía Atómica. “En
nuestro país se utiliza en un 5 por ciento la
nuclear y el resto se reparte en partes iguales entre
el combustible fósil (gas y petróleo)
y la hidroeléctrica”, estima el especialista.
Y sólo un dos por ciento corresponde al uso de
energías no convencionales o alternativas: la
solar, la eólica, la generada a partir del aprovechamiento
de biomasa y del hidrógeno y otras menos comunes
como la geotérmica (utiliza las temperaturas
que están por debajo de la corteza terrestre)
y la mareomotriz (aprovecha la diferencia de las alturas
de las mareas). Entre ellas existen algunas desigualdades
y dependiendo de las condiciones en que sean usadas,
también son conocidas como energías renovables
y limpias.
La Pampa tiene el molino...
Corría 1998 y COSEGA, la Cooperativa de Servicios
Públicos encargada de abastecer agua y energía
a la ciudad pampeana de General Acha, se las vio cada
vez más fea a la hora de cumplir con la demanda
de agua y energía de los pobladores. “Buscábamos
abaratar los costos de los usuarios. Para eso hicimos
un estudio de vientos: resultó que corrían
a un promedio de 7 metros por segundo lo que, utilizando
molinos, podía generar kilovats más baratos
de los que la Cooperativa le compraba a la Provincia”,
relata Mario Tami, ingeniero achense. Más que
nunca, para esta gente, crisis fue sinónimo de
oportunidad. Sudaron la gota gorda y finalmente compraron
dos aerogeneradores a una empresa dinamarquesa.
Y sí: aunque tuvieron que sortear corralitos,
trabas aduaneras y un laberinto minado de obstáculos
burocráticos, los gigantes molinos ya se imponen
en el paisaje árido del Valle Argentino. El Pampero
y El Huracán fueron instalados entre diciembre
de 2002 y febrero de este año. Ubicados a 15
kilómetros de la ciudad, son tan grandotes que
ni el más loco de los Quijotes se animaría
a desafiarlos: miden 76 metros de alto y pesan 100 toneladas.
Cualidades ambas que convierten a los gemelos en los
aerogeneradores de mayor tamaño de Sudamérica.
El viento es el que se encarga de empujar las palas
de los molinos y el rotor de la máquina, de transmitir
los giros a una caja multiplicadora. Así se genera
la energía, que se incorpora directamente al
transformador de la Administración Provincial
de Energía. De esta manera, y por la Ley Eólica
25.019, la Cooperativa se beneficia con una bonificación
(de menos de un centavo) por cada kilovatio/hora que
generan los aparatos y puede abastecer a su gente: un
25 por ciento del consumo eléctrico de la ciudad
proviene de su propio parque eólico.
Lo tenían a mano y lo aprovecharon. En el país
existen unos diez emprendimientos de este tipo, y el
80 por ciento de ellos es propiedad de cooperativas
solidarias como COSEGA. Ellos se muestran orgullosos,
y no es para menos: ya están entre los que usan
“una fuente energética competitiva, limpia
y parte de un recurso renovable, gratuito y no contaminante”.
La sartén por el
mango
No es por insistir, pero una vez más y en temas
de energías alternativas, la crisis sirvió
como disparador. La Escuela Agropecuaria de Tres Arroyos
tenía cinco bocas a las que debía darles
de comer: dos tractores, dos colectivos y un grupo electrógeno
pedían a gritos un poco de combustible. Pero
el recorte presupuestario les hacía el asunto
cada vez más difícil y, de no mover las
máquinas, las tareas educativas básicas
de la escuela resultarían imposibles de llevar
adelante.
“Como salida a este problema construimos una planta
muy elemental de elaboración de biodiesel”,
relata Patricio Ferrario, director del secundario. ¿Qué
eso? Bueno, se trata de un combustible biodegradable
y no contaminante que se genera a partir del reciclado
de... ¡aceite comestible! Sí: los restos
de la sartén de las papas fritas sirven para
fabricar este producto. útil para motores diesel,
se lo puede combinar o reemplazar por el gasoil.
Aunque “básica”, la idea inicial
prendió (y además fueron distinguidos
por la organización Ashoka), enseguida aparecieron
tres donantes dispuestos a colaborar: una cadena local
de supermercados, una ONG y el Ministerio de Asuntos
Agrarios de la Provincia se sumaron a la causa, y en
2003 una planta de más envergadura ya era un
hecho. Enseguida tejieron las redes de abastecimiento
de materias primas (hipermercados, restaurantes y hogares
de Bahía Blanca y Necochea) y comenzaron con
una producción a mayor escala para uso interno
y para los dos municipios donantes.
“De esta manera tenemos conveniencias económicas
y ambientales: al biodiesel se lo exime de impuestos
y es más barato porque no necesita de aceites
vegetales vírgenes –explica Ferrario–.
Además, la fabricación de este combustible
impide que lo que queda de las frituras tenga como destino
final las cloacas y al usarlo, no elimina hidrocarburos”.
Por suerte y gracias al ingenio, nadie tuvo que salir
a empujar.
Ciclo sin fin
La utilización y el aprovechamiento de residuos
agrícolas y forestales para producir energía
también son una alternativa que trae beneficios
económicos (el insumo principal son los desechos)
y ecológicos (emiten menos cantidades de gases
de efecto invernadero). Bien saben de esto los 970 pobladores
del pueblo santafesino de Emilia, Santa Fe, quienes
desde octubre de 2002 separan la basura en tachitos
diferentes. “Teníamos un gran problema:
no encontrábamos lugar para ubicar los residuos”,
cuenta Aldo Fabbro, vicedirector del secundario del
pueblo. Ahora, yerba, té, café y pequeños
huesos van a parar al biodigestor de la escuela Monseñor
Zazpe, una construcción de tecnología
simple y albañilería tradicional donde
se produce la digestión de la basura orgánica.
“Al combustible, que se forma a partir de los
gases que emiten las bacterias, los usamos para fabricar
dulces caseros, conservas y escabeches”, cuenta
Fabbro.
La construcción de este gran “estómago”
estuvo coordinada por el ingeniero químico Eduardo
Gropelli, presidente de la Fundación Proteger
y director técnico del Grupo de Investigaciones
de energías no convencionales de la Universidad
del Litoral. Los Rotary Club de Santa Fe, de Emilia
y de Nueva York financiaron la obra. El equipo, hecho
principalmente a base de losa de hormigón y acero
inoxidable, es capaz de recibir y sanear los 300 kilos
de residuos diarios que producen la escuela y los pobladores
de Emilia. Además, puede devolver 25 metros cuadrados
de biogas diarios, cantidad equivalente a 12 kilos de
gas de garrafa, y abono natural para el suelo de árboles
frutales del colegio. De esta manera, cada cosa vuelve
a su lugar.
Raúl López dice ser un “fanático
de todo lo alternativo”. En su casa y huerta orgánica
de la localidad de Olmos, cerca de La Plata, tiene una
cocina solar y hace poco más de un mes terminó
de construir un biodigestor de escala hogareña.
El plan de Raúl –todavía a prueba–
es terminar de llenar los 250 centímetros que
necesita el aparato para empezar a producir biogas con
los desechos provenientes de sus cultivos. “Lleva
una parte de agua y otra de requechos”, explica
López, que llevó adelante el proyecto
con la ayuda de un ingeniero.
Le falta un tercio para llenarlo y calcula que lo terminará
de cargar en dos meses. Cuando las bacterias anaeróbicas
encargadas de la digestión empiecen a trabajar,
Raúl calcula que obtendrá de cuatro a
cinco metros cúbicos de gas metano por día
y que con eso, podrá iluminar su casa, calefaccionarla
y refrigerarla. “Es por una cuestión de
independencia: de un día para el otro, las empresas
pueden triplicar el precio de la garrafa”.
Cocinando al sol
Tuvieron suerte: las 43 familias de Santa Rosa de los
Pastos Grandes, en Salta, se hicieron de 46 cocinas
solares que fabricó y diseñó una
empresa de biotecnología por su centenario (DSM).
Ellos integran la franja de población argentina
(cerca de un cinco por ciento) que no tiene energía
eléctrica. Ni gas. Ni agua. Viven, a 4.000 metros
de altura, de la cría de animales. En marzo,
la llegada de estas cocinas de fibra de vidrio y acero
significó un corte en la tala de toga, vegetal
que constituía el único combustible de
la región. Desde entonces, este pueblo puneño
dejó de cocinar a leña, excepto los días
de lluvia, para empezar a cocinar al sol. n
Por Carolina Cattaneo / Fotos: Ariel Gutraich, Gentileza
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