El
auge de la industria vitivinícola trajo aparejado
un boom de nuevos cursos y carreras. Los más
elegidos son enología y sommelier que se dictan
en las universidades de Cuyo y también en academias
de todo el país. Dónde se dictan y quiénes
se anotan.
Martín Wernicke
toma una copa de vino, lo huele, con movimientos suaves
moja las paredes, prueba un sorbo y siente la textura
en su paladar. “Para beber un buen vino, hay que
seguir un ritual y disfrutarlo desde todos los sentidos:
vista, olfato, tacto y gusto”, asegura. Martín
forma parte de la generación de los degustadores,
quienes más que acompañar una comida con
una copa de vino, se abocan a la tarea de disfrutarlo,
de explorar sensaciones diferentes y descubrir nuevos
sabores. Son bebedores entendidos, para quienes palabras
como sommelier, enólogo, cepas, maridaje o terruño
perdieron su misterio. Saben porque estudian. Lo cierto
es que últimamente son más los interesados
en conocer los secretos de esta bebida tan vieja y tan
contemporánea a la vez, sea para aprender a degustarlo
de otra manera o como forma de mejorar su currículum.
Al Club del Vino, en la capital porteña, todos
los meses llegan 500 nuevos asociados, una cifra antes
impensable. La oferta de cursos y carreras relacionadas
con la cultura del vino crece de la mano de la demanda:
hace tres años, sólo se podía estudiar
enología en una universidad y hoy ya la dictan
tres. En la Facultad Don Bosco de Enología y
Ciencias de la Alimentación, de Mendoza, este
año tuvieron que dejar gente afuera porque los
interesados superaron la matrícula. Degustaciones
ciegas o guiadas, análisis sensorial, catas y
hasta licenciaturas en Enología, que duran cuatro
años, pueden estudiarse en bodegas y otras instituciones
que abren en todo el país para satisfacer a estos
curiosos con sed de saber.
La cultura
del vino
¿A qué se debe esto? “Vivimos un
momento muy particular, hay una explosión del
interés de la gente por saber de vinos. Porque
hoy en el mundo es sinónimo de sofisticación
y por suerte, la Argentina forma parte de esto”,
explica José María Cornellá, gerente
del Club del Vino.
Este auge de la cultura del vino va de la mano de la
movida gastronómica que se vive en el país
hace unos años. “A raíz de las inversiones
extranjeras y de una mayor competencia, empieza a haber
más variedad y mejor calidad de restaurantes.
Surgen las escuelas gastronómicas y el consumidor,
que ve estos cambios, quiere entender. Antes, iba a
los clásicos restaurantes y comía siempre
lo mismo. Ahora, le divierte cambiar de platos y probar
vinos nuevos”, dice Alejandra López Alfaro,
de la Escuela Argentina de Sommeliers.
Aparte, la industria vitivinícola local pudo
profesionalizarse y mejorar la elaboración gracias
a los capitales foráneos. Con una mayor oferta
y tal variedad de vinos, se necesita alguien que sepa
orientar al consumidor: el sommelier.
En realidad, se trata de un círculo vicioso donde
la proliferación de wine bars, que permiten probar
distintos vinos por copa, de revistas especializadas
y de cursos de cata, generan más interés
en la gente. Y a la vez, éstos abren porque el
cliente cada vez quiere saber más. Actualmente
la gente exige una mayor calidad en la elaboración
de las bebidas, por parte del enólogo y un sommelier
altamente capacitado, cuando va a cenar a un restaurante.
Además, las bodegas demandan personal más
calificado. “En las visitas notamos que el nivel
del consumidor argentino ha subido muchísimo.
Quieren aprender sobre los procesos y las características
propias de cada vino, preguntan más y hay que
estar a la altura“, dice Jeff Mausbach, Director
de Relaciones Públicas y Marketing de la Bodega
Catena Zapata, donde organizan recorridos para turistas
que terminan con degustaciones guiadas de sus vinos.
Aurelio Sesto, decano de la Facultad de Enología
de la Universidad Juan Agustín Mazza (UMAZA),
de Mendoza, y presidente del Centro de Licenciados en
Enología, agrega que: “Pasamos de una vitivinicultura
de cantidad, en la que lo importante era producir más
uvas y un racimo mayor, a una de calidad: se diseña
el vino desde el viñedo, se cuida la semilla,
se la trata como una fruta y se la cosecha en forma
manual. El enólogo debe saber cómo cuidar
la uva, cómo cosecharla, debe caminar y conocer
la viña y entender todo: desde el proceso de
elaboración hasta que la copa de vino llega a
manos del consumidor. Todo esto se aprende hoy en la
carrera de enología, y para actualizar a los
enólogos de antes, también dictamos posgrados”,
explica.
Quiénes
estudian y por qué
El público que se suma a los cursos y carreras
de vinos es variado, pero se pueden distinguir dos grandes
grupos. Están quienes lo ven como una herramienta
para conseguir un mejor trabajo: mozos, encargados de
restaurantes o hijos de bodegueros, por ejemplo. “Los
jóvenes buscan carreras que tengan una rápida
inserción laboral, que les permita trabajar en
sus provincias o en las provincias vecinas. Hoy por
hoy, no hay desocupados en enología”, agrega
Sesto. También están quienes estudian
por el gusto de saber, de descubrir los secretos de
un vino y quienes consideran que conocer esta cultura
sofisticada, es casi una necesidad. “En una cena
de negocios con gente extranjera, gran parte de la conversación
giró en torno a los vinos y me quedé al
margen, así que decidí anotarme en un
curso”, cuenta Rodrigo Aguirre.
Se trata
de hacer soñar
“El enólogo es quien hace el vino, el sommelier
quien lo comunica, lo sabe vender”, sintetiza
López Alfaro. Hace un tiempo, sólo un
par de restaurantes súper exclusivos tenían
sommelier. Pero entonces, en julio de 1999, Marina Beltrame
tuvo un buen ojo para descubrir lo que estaba por suceder
e inauguró la primera Escuela Argentina de Sommeliers.
“Después de estudiar en una escuelaen París
y trabajar en restaurantes pensé que nuestro
país ya estaba creciendo lo suficiente a nivel
gastronómico y hotelero y que el servicio de
las bebidas debía acompañar ese cambio.
La figura de sommelier ya existía en muchos países,
y creo que fue el momento adecuado de traerla acá”,
dice. El objetivo principal era formar gente para que
la gastronomía contara con profesionales y comunicadores
del vino. De nada sirve que haya buenos vinos, si no
se los sabe mostrar. Por eso, en los cursos, además
de aprender sobre vitivinicultura y geografía,
los estudiantes aprenden sobre gestión y servicio,
cómo armar una carta de vinos de un restaurante,
qué sugerir, cómo comunicar y cómo
servir las distintas variedades. “Al sugerir un
vino, hay que hacer entender al consumidor qué
se va a encontrar al descorcharlo.”, agrega López
Alfaro. Por suerte, dicen, el auge de los vinos no es
sólo una moda, es una cultura que llegó
para quedarse.