La
actriz vuelve a escena luego de un largo período
de ausencia.
Y lo hace con el estreno de una película y una
pieza teatral que protagoniza junto a Fabián
Vena, su pareja desde hace seis años. Satisfecha
con su trabajo actual, dice que en algún futuro,
tal vez, dirija una obra de teatro.
Es el bar, es la
esquina, es la hora. Pero Inés Estévez
no llega. Y encima la confitería está
cerrada. ¿Será que se olvidó? ¿Será
que la actriz que se consagró con su actuación
en la película Matar al abuelito (1992) es de
las que se compromete y luego cambia de opinión?
¿De las que decide, al tun tun, cambiar rotundamente
de programa sin avisar? Por suerte no. Por suerte Inés,
la actriz que volvió a escena luego de más
de dos años de ausencia, llega. Unos minutos
tarde, pero llega.
Estévez, que apareció hace poco más
de treinta días con un papel estelar en la película
Ay Juancito y en Loca, la obra de teatro que protagoniza
junto a su pareja Fabián Vena, aparece caminando
de lejos. Lo hace con un andar como cualquier otro,
adentro de unos jeans como cualquier otros. Mientras
termina una barrita de cereal, la rubia avanza, atraviesa
una reunión de amigos que matean en la puerta
de lo que parece un taller mecánico y finalmente,
saluda. Tiene una sonrisa amable. Parece franca Inés,
cuando dice “un placer conocerte”.
“Uy... ¿está cerrado? ¿Buscamos
otro barcito por acá?”, dice y le pone
entusiasmo a una tarde de invierno que ya casi termina.
Transita dos o tres calles del Palermo Hollywood porteño
e invita: “¿Nos sentamos acá, en
estos silloncitos? Así nos sentimos como en un
living. ¿Podés creer? Esto antes era un
bar de taxistas...”. Se acomoda en el sofá
y entonces, se dispone a encarar una charla extensa,
tranquila, una charla en la que se hablará, casi
por completo, en términos de metáforas,
de abstracción. Arranca diciendo que cuando arribó
desde Dolores, provincia de Buenos Aires, a la Capital
Federal, tenía 17 años y algo adentro
que estaba por estallar: “Si no venía a
formar mi vocación, me moría de una enfermedad
grave”. Nada de frivolidad y mucho de introspección
en el discurso de Inés, quien además de
mencionar la satisfacción por sus trabajos más
recientes, la pasión incontenible y eterna por
la actuación y el equilibrio con su pareja, vuelve
sobre un mismo tema: la necesidad constante “de
tener más vida, de desarrollar la espiritualidad
a la par de la profesión y los afectos, porque
si no, nada tiene sentido”.
Inés viene
atravesando la alegría y el vértigo del
hijo recién nacido: los últimos cuarenta
días fueron para ella una seguidilla inusual
de presentaciones. El 9 de junio se subió a las
tablas del Multiteatro de Capital Federal encarnando
el personaje central de Loca, la pieza teatral dirigida
por Luis Agustoni. Al día siguiente, se la vio
en las pantallas de los cines en Ay Juancito, el filme
de Héctor Olivera que cuenta la vida de Juan
Ramón Duarte. La obra de teatro (de Tom Topor,
estrenada en Nueva York con éxito hacia los años
’80) la pone bajo la piel de Claudia Foster, una
norteamericana acusada de homicidio a la que quieren
hacer pasar por insana. Allí, la figura del fiscal
es quien intenta defenderla. Ese personaje lo representa,
ni más ni menos, que Fabián Vena, su pareja
en la vida real y reciente ganador del Martín
Fierro al Mejor Actor por su protagónico en la
telenovela Resistiré. La película, en
cambio, la muestra como Alicia Dupont, actriz, diva
y amante indondicional del hermano de Evita.
–¿Cómo experimentaste este
período tan intenso?
–Fue interesante. Pero me costó. El estreno
de Ay Juancito fue un trabajo de prensa y el placer
de haber concretado un proyecto de tres años.
Pero todo se vio opacado por el estreno de la obra,
que involucró toda mi energía: es una
situación de examinación en donde estás
mostrando algo que no sabés si va a funcionar.
Pero justamente traté de disfrutar el día
del estreno, hasta que en un momento me olvidé
que había gente y que era el primer día.
El desgaste estuvo compensadísimo por la respuesta
del público y el premio de Fabi. Raro, pero fuerte.
–¿Y ahora que decantó un
poco?
–Ahora a gozar. Volver a la vida y, sobre todo,
disfrutar el hecho de que sea la primera vez que encabezo
una obra de teatro de una manera bastante excluyente.
Fabi y yo tenemos la responsabilidad sobre nuestras
espaldas, somos las caras visibles.
–En tu trabajo habitual, ¿tratás
de identificarte con los personajes o más bien
de alejarte de ellos?
–No busco identificarme. Pero no puedo evitar
hacer papeles con los que dealguna manera me identifique.
Trato de despegarme lo más posible de mí,
me gusta mucho la transformación física,
encarnar personalidades y tipologías físicas
que disten mucho de lo que percibo de mí misma.
Pero es imposible no sentir en algún punto una
identificación para poder hacer veraz a un personaje,
incluso los que son injustificables.
Los años
1999 y 2000 fueron para Inés los de mayor popularidad
y reconocimiento: durante ese período, la actriz
llevó a cuestas a Jimena Soria en el exitoso
Vulnerables. Por el papel de la joven de vida atormentada,
Estévez se llevó dos Martín Fierro
consecutivos. Pero ya se la había visto en programas
como Verdad/Consecuencia, en más de diez películas
(entre ellas La Nave de los locos y Matar al abuelito)
y en obras teatrales como Ha llegado el inspector y
Cyrano. Té de hierbas de por medio, Inés
dice que, en general, la empatía con sus personajes
tiene que ver con las “buenas causas”. Y
que con Jimena le ocurrió algo particular: “Sufrí
un accidente maravilloso: las características
que me dio Adrián (Suar) eran las de un personaje
muy negativo. Y yo me preparé para lo que él
quería. Pero sobre todo eso sobrevoló
la ternura. Fue algo que no me propuse, salió
solo”, afirma. Después vino la tira Cuatro
Amigas y apariciones en Tiempo Final, el unitario de
los hermanos Borenstein. “Ya para el segundo año
de Vulnerables estaba muy agotada. Me levantaba a las
seis de la mañana y a las ocho estaba contando
un drama y llorando. Cuando terminé Cuatro Amigas
dije ‘termino esto y paro’”. Así
fue como, en un proceso “subjetivo, en un mirarse
desde afuera”, Inés se dio cuenta de que
las horas invertidas de manera tozuda en su trabajo
no terminaban de tener el rédito necesario. Y
cuando la actriz dice esto, no habla en términos
económicos: “Había mucha gente que
corría detrás de una zanahoria desesperada
y ávidamente, y que eso no tenía nada
que ver con mi esencia”.
–¿Y cuál es tu esencia?
–Es muy difícil de definir. Alguna vez
me preguntaron algo parecido y dije que la única
forma de definirme era como de “incatalogable”:
eso es lo que me define. No entro en ningún casillero
por completo. Puedo, camaleónicamente, adecuarme
para encajar en alguno, eventualmente. No respondo a
una forma, a un molde. Todo lo que yo puedo decirte
o saber a esta altura del partido, que no es mucho –aclara–
no parte de ningún manual, parte de la experiencia
y de la observación. Intento parecerme a algo
que socialmente se pueda digerir, pero en el fondo no
me siento una persona domesticada. (Inés piensa
un rato, se queda mirando fijamente el grabador y pregunta:
“¿Me fui al carajo?”. Y enseguida
deja escapar una carcajada).
La tarde terminó
de caer del todo y, curiosamente, el bar que alguna
vez fue sitio de taxistas y ahora derrocha modernidad
baja sus persianas. Hay que irse. Inés no quiere
interrumpir la charla y, como llegó la hora de
hablar del amor, la mujer que se reconoce como hiperactiva
y a la que le gusta cambiar los muebles de lugar con
frecuencia, invita a seguirla en otro café, con
otro té digestivo de por medio. Habla de Fabi,
esta vez en clave más intimista: “Siempre
cuento lo mismo y mucha gente no me lo cree, pero lo
inusual de esta relación y lo que para mí
fue salvador, es que nos conocimos trabajando y nos
hicimos amigos exentos de histeria, amigos francos.
Y eso condicionó el tipo de relación que
tenemos hoy en día: no hubo necesidad de esforzarse
para tratar de averiguar cómo el otro quiere
que seas. En nuestro caso, como fuimos amigos íntegros,
cuando nos vinculamos afectivamente no hubo nada que
dibujar, estaba todo hecho y nos tomamos como éramos.
En ningún momento ninguno quiso cambiar al otro.
Somos pares, cómplices. Los vicios del mal amor
no están presentes”.
Recuerdos
de provincia
Detrás de la luz de una vela y mientras hace
jugar entre sus dedos un barquito de papel fabricado
con servilletas, Estévez vuelve al pasado: relata,
hasta donde se acuerda, el camino transitado desde su
niñez hasta ahora. La pequeña transcurrió
su infancia y adolescencia en el interior de Buenos
Aires, dentro del marco de una familia que no tenía
televisión, pero sí muchos libros, buena
música, tres hermanos, una mamá profesora
de francés y un papá empleado de Obras
Sanitarias. De sus primeros años en la Capital
Federal, recuerda: “Tengo la sensación
de haber sido una mariposa aturdida, de atravesar una
búsqueda algo errática y a la vez con
un objetivo claro. También mucha soledad e inconsciencia,
pero a la vez con momentos gratísimos”.
A la distancia, se ve con un interior extremadamente
sensible y un exterior forzadamente rudo, “como
una chica hipersensible disfrazada de Huckleberry Finn”.
¿Y ahora? “Ahora el objetivo es parte de
la vida, y no la vida. No me muero si no trabajo de
esto. Al contrario: en algún momento quiero dejar
de hacerlo. Ya conocí de qué se trataba,
y me fue bien. Todo lo que pueda venir de acá
en adelante, en mayor escala quizás, pueda ser
más de lo mismo. Tal vez dirija... teatro. Ahora
ya no tengo más esa ansiedad que me permite...”.