Creció
en un pueblo de Mendoza, donde los directores del
Ballet
de la Universidad de Cuyo
la vieron ensayar y la convocaron. En 2000 ganó
una beca de la Fundación Julio Bocca y cuando
terminó, entró a la Compañía
Tangokinesis. Desde entonces, la artista cuyana se
luce bailando una fusión de tango y danza contemporánea
por el país y el mundo. Todo a puro talento
y esfuerzo.
Para llegar hasta ella habrá
que hacer una parada en cada una de las oficinas de
informes del Centro Cultural Borges.
Y preguntar si alguien la vio, si alguien sabe en
qué lugar del edificio porteño está
ubicada la Fundación Julio Bocca. Primero,
segundo, tercer piso hasta que, por fin, la encontramos.
Imposible confundirla: algo en el cuerpo o quizás
en la pose que adoptó para sentarse, dice que
la chica que lee y toma un café mientras espera,
es Mercedes Appugliese. Y sí, la bailarina
mendocina es esa chica de bucles largos y ojos rasgados
que sostiene en sus manos el último libro de
Laura Restrepo, Delirio. Es la chica que disculpa
la impuntualidad de quien la entrevista y la que espera
con paciencia la solución a un problema del
grabador, que cometió una traición haciendo
de la cinta una maraña irresoluble.
“Mirá que hablo mucho eh”, advierte
Mercedes, la artista de 24 años que sumó
experiencia y prestigio tras ganar una beca de la
Fundación Julio Bocca en 2000 y que, desde
fines de 2001, integra la compañía de
tango moderno Tangokinesis. Varias vueltas dio la joven
–en la vida y sobre los escenarios– para
llegar adonde
Fue entonces cuando, otra vez una amiga, le avisó
que llegaría a Mendoza la Fundación Julio
Bocca. Iban a abrir una audición para quienes aspiraran
a ganar la beca Un año en Buenos Aires y ella no
podía faltar. “Aunque de entrada dije que
no, que para esas becas siempre pedían nenas chiquitas
y yo ya era grande, al otro día me levanté
y fui. Creía que no iba a ser la elegida y entonces
me relajé.‘¡Má sí! –dije–
si no voy a quedar, por lo menos me divierto’”.
Cuánto se equivocaba Mercedes, que al poco tiempo,
cuando se enteró que la beca era suya, tuvo que
convencer una vez más a su familia de que irse
a estudiar un año a Buenos Aires no sería
tirar por la borda lo logrado hasta el momento en Mendoza.
Sino todo lo contrario: para ella eso implicaba crecer.
Y se fue nomás a estudiar a la Capital porteña.
Nuevas caras, nuevo desafío. La joven estudió
el año que le otorgaba la Fundación, pero
con eso no le alcanzó. Y fue por más. Se
enteró que la compañía de Ana Stekelman
estaba tomando pruebas y se anotó. Total, una vez
más, nada por perder, todo por ganar.
La nena, entonces de 16 años, todavía iba
al secundario: “Llegué a mi casa y dije:
‘¡Entré para bailar en el ballet de
la Universidad!’ Y mi madre me dijo que no, que
qué iba a pasar con la escuela, porque entonces
iba a tener que dedicarle mucho tiempo a los ensayos”.
Pero bastó que el director del Ballet apelara a
mamá Fanny y le dijera: “Señora, su
hija tiene talento.
“Al
llegar a la mitad de la beca estaba tan agotada que me
preguntaba si iba a poder seguir con esto. Sabia que iba
a tener que trabajar el doble. Pero segui.”
llegó, que es bastante
lejos: con el grupo, ya estuvo en Grecia, Italia, Estados
Unidos y Colombia, entre otros países. Y por
estos días, es el público alemán
el que la aplaude en las funciones de la Opera Tango
Mon amour, dirigida por la coreógrafa Ana María
Stekelman. Ella describe estas experiencias así:
“Pueblito, pleno campo, y de repente... ¡¡¡Guau!!!
1.600 personas en un teatro griego. Arriba de esos escenarios
una se siente un poroto”. Es que Mercedes creció
en Lavalle, una pequeña localidad de chacras
a una hora de la capital mendocina. Ahí dio sus
primeros pasos en... gimnasia deportiva. Inquieta, la
pequeña Meme –así la llaman–
no cumplía con las tareas de la escuela porque
prefería las paralelas y
las colchonetas a las bibliotecas y los claustros.
Sumergida en un minucioso relato cronológico
y con un canto inconfundiblemente cuyano, cuenta que
a la Mercedes pre adolescente poco le atraía
la danza clásica. Es más: “Las bailarinas
de clásico me parecían ridículas.
Cuando salía de gimnasia veía a esas nenas
y decía: ‘Qué ridículas son,
todas de rosado, con el rodetito, la pollerita...’”
Pero vaya si es curioso el destino que, tras la propuesta
de una amiga de sumarse a las clases de danzas jazz
que estaban por empezar en Lavalle, la chica –que
para entonces terminaba su séptimo grado, finalmente
dijo que sí. No sin antes, claro, responder:
“¿A bailar? Naaaaaa... Si son todas
unas cursis!”
La cuestión es que esa invitación fue
su primer acercamiento al arte. Su profesora advirtió
que Mercedes tenía condiciones y le aconsejó
tomar clases de clásico. Una vez más,
y también a regañadientes, la chica dio
el brazo a torcer. Y después del jazz vino la
danza contemporánea. “Estudiaba en un saloncito
de la Municipalidad. Ibamos sólo tres alumnas,
pero la maestra enseñaba muy bien”, recuerda.
Y como si estuviera relatando la trama de una película,
cuenta que un día, mientras las chicas ensayaban,
llegaron los dos directores del Ballet de la Universidad
de Cuyo a ver la sala y la vieron.... A ella.
Desde entonces la vida de Mercedes empezó a dar
nuevos giros: “Me invitaron a hacer una prueba
como aspirante a la compañía de la Universidad
y acepté”. Primer desafío para Meme
que, a pesar de saber que “no era virtuosa para
la danza” ni tener cuerpo de bailarina (sino más
bien de deportista fibrosa), accedió. Prueba
superada para Appugliese aunque, claro, nada viene solo.
Así, y hasta los 21 años, entre hermanas
de hábitos, largas horas de práctica sobre
zapatillas de baile y apuntes universitarios, pasaron
sus días en la capital
del sol y del vino.
Va a poder dar las materias
libres”, para que Meme ya tuviera una zapatilla
de punta adentro de los camarines.
A la mañana ensayos, por las noches presentaciones,
en los ratos libres a estudiar y por la tarde, a su
trabajito en una fotocopiadora del pueblo. Mientras
se hacía cargo de todo esto, Mercedes –sistemáticamente–
se presentaba en cuanta audición hubiera. Y –también
sistemáticamente– quedaba afuera. O porque
no pasaba las pruebas, o porque anulaban los concursos
o por hache o por b, Mercedes siempre se iba con la
desilusión como compañera. De ahí
que, al terminar el colegio, Meme pensó que tal
vez no iba a poder vivir toda la vida de la danza y
se anotó en la carrera de Kinesiología.
El cansancio de ir y venir todos los días de
Lavalle a la capital hizo que la chica, entre otros
esfuerzos, tuviera que hospedarse por un tiempo en un
colegio religioso de la ciudad junto a las monjas de
clausura.
De 70 bailarinas quedaron cinco y de cinco quedaron
dos: una era ella. “Chicas, entraron a la Compañía”.
Así le anunciaron la buena nueva. Y con lo último
que le quedaba en el cajero sacó pasaje Mendoza-Buenos
Aires y volvió a la Capital Federal. Siempre
todo muy difícil para Mercedes, que ya está
instalada y firme en Boedo ¿O no? “Un poco
sí, ya que las cosas nunca me llegaron, siempre
tuve que ir a buscarlas. Y eso cansa un poco. A mí
las oportunidades me aparecieron porque las he ido a
buscar. Y muchas veces me preguntaba: ‘¿Por
qué alguna vez no vienen a mí?’”.
Incansable y tan inquieta como cuando iba a la primaria,
actualmente Mercedes ensaya a diario con la compañía,
toma clases de clásico y contemporáneo,
y además enseña danza jazz. De su trabajo
en Tangokinesis, dice: “El desafío es tomar
el lenguaje del contemporáneo y utilizar movimientos
del tango. Eso es lo que me atrajo. El tango y el contemporáneo
tienen una energía muy similar. Me gusta esa
fusión”, explica, y dice que un bailarín
nunca debe cerrarse a una sola danza. “El tema
es que por ahí te rebotan de un lado, te rebotan
del otro, o quizás te estás direccionando
por el camino equivocado. Hay mucho y uno tiene que
conocer más para conocerse a sí mismo”,
concluye Mercedes, la que con la misma paciencia que
espera la tardanza de quien escribe y los infortunios
de la tecnología, logró lo que quería:
“Sólo bailar. Lo que sea, pero bailar”.
Por Carolina Cattaneo/
Fotos: Ariel Gutraich
“En
la danza, lo importante es descifrar que estilo va con uno, para
despues ser autentico arriba del escenario”.
El cuadernito de los sueños
“Yo no he cerrado ninguna
puerta. Para nada, no lo voy
a hacer nunca. Está siempre
la posibilidad de experimentar cosas nuevas”, responde Mercedes
a la pregunta
de si le gustaría incursionar
en algún otro estilo de baile.
Y a propósito del futuro, vale contar que Mercedes, siempre
y desde hace muchos años, lleva consigo un cuadernito. ¿Para
qué? Es que ahí anota pensamientos, frases que le
llaman la atención
o descripciones
de imágenes que captura
su memoria cuando viaja
en colectivo
o mientras camina por la calle. No sabe por qué ni para qué
lo hace. Sólo dice que a medida que pasa
el tiempo, se da cuenta
que muchas de esas inscripciones, por más lejanas que sean
en el tiempo, tienen algo en común. Tampoco sabe qué
es eso que las caracteriza. Sin embargo, dice que el día
que lo descifre, posiblemente
de ahí salga su propia obra.
“ En una de esas –estima– sea a los 50, o 60 años“.
En este caso, para Meme,
el tiempo es lo de menos.