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[ Noemí Carrizo ] noemiaries@hotmail.com

Placeres omitidos

Disfrutar de la plaza con los chicos pequeños es un solaz perdido; también permitirles a los más grandes, jugar al fútbol, mientras gozan del aire libre, el tobogán o el arenero. Durante nuestra niñez, tampoco hace tanto, ir a la plaza valía una excursión. La prima mayor llevaba en un bolso prestado por mamá, galletitas, bebidas, caramelos y chocolates, que repartía con economía supina. Una aventura. Un esparcimiento. Una ilusión. Hoy, las plazas se transformaron en lugares inhóspitos e intimidantes, que los adultos cruzamos de noche con suma precaución. Andar en bicicleta, deporte completo, permitía hacer mandados, ir a casa de la tía, o formar una maratón con algunos vecinos. Ahora puede ser una provocación al robo. Los paseos vespertinos mirando vidrieras se hacen con recaudo, poco dinero y suma prudencia. Vivimos en otro país, con atardeceres de cartón, que no es pintado sólo oprobioso: ante ese escenario, no es posible volver la cabeza. ¿Cuánto nos toca por resolver y garantizar? Y hasta llegamos a sospechar de todo adolescente, que se ponga la visera al revés o la gorra hasta los ojos. También los demás desconfían de nuestros propios
adolescentes que con la moda de cualquier cosa vale resultan, al menos, inquietantes. Los fabricantes de