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Placeres
omitidos
Disfrutar de la plaza con los chicos pequeños
es un solaz perdido; también permitirles a los más grandes,
jugar al fútbol, mientras gozan del aire libre, el tobogán
o el arenero. Durante nuestra niñez, tampoco hace tanto, ir a la
plaza valía una excursión. La prima mayor llevaba en un
bolso prestado por mamá, galletitas, bebidas, caramelos y chocolates,
que repartía con economía supina. Una aventura. Un esparcimiento.
Una ilusión. Hoy, las plazas se transformaron en lugares inhóspitos
e intimidantes, que los adultos cruzamos de noche con suma precaución.
Andar en bicicleta, deporte completo, permitía hacer mandados,
ir a casa de la tía, o formar una maratón con algunos vecinos.
Ahora puede ser una provocación al robo. Los paseos vespertinos
mirando vidrieras se hacen con recaudo, poco dinero y suma prudencia.
Vivimos en otro país, con atardeceres de cartón, que no
es pintado sólo oprobioso: ante ese escenario, no es posible volver
la cabeza. ¿Cuánto nos toca por resolver y garantizar? Y
hasta llegamos a sospechar de todo adolescente, que se ponga la visera
al revés o la gorra hasta los ojos. También los demás
desconfían de nuestros propios
adolescentes que con la moda de cualquier cosa
vale resultan, al menos, inquietantes. Los fabricantes de
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