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CON ALMA DE
SAXOFON
–El tango dice que 20 años no es
nada…
–Claro, porque él estaba del lado de acá de la reja
(interrumpe con una carcajada contagiosa).
–¿Qué pasa con los 50?
–Cincuenta años de carrera… Se dice fácil, eh?
Yo me di cuenta el año pasado, porque estaba mirando unos álbumes
que tenía mi mamá Maura y llegué a una foto en la
que aparezco en mi primer concierto, que fue con el Quinteto de Saxofones
de la Orquesta Cosmopolita, un grupo muy popular de La Habana en aquel
tiempo. Era el fin de curso de la escuelita “Emilia Azárate”,
en la que yo estudiaba arte e hicimos una presentación ahí.
Estaba fechada en 1954 y yo soy malísimo para las cuentas, entonces
pregunté: “1954-2004…¿No me van a decir que
son 50 años?”. Por las dudas fui a chequearlo en la calculadora
y pensé “¡Mi madre, esto hay que festejarlo!”.
Sin dudarlo, llamó a su amigo Francisco Yobino, organizador del
Festival Internacional de Jazz de Lapataia en Punta del Este que Paquito
dirige todos los años. Y así empezaron los festejos. “La
primera celebración fue el 10 de enero de 2004. Entonces vino el
pintor uruguayo Carlos Páez Vilaró, al que admiro mucho,
que me regaló dos obras muy lindas. También llevaron un
grupo de candombe y estuvo muy bonito. Después celebré en
España, con el lanzamiento de mi novela Oh, La Habana. Y en distintos
lugares hasta llegar aquí, al Colón”, rememora con
esa tonada tan alegre y cálida que caracteriza a los de su tierra.
Aunque no es la primera vez que el cubano se sube al escenario de la “gran
sala” porteña. “He tocado en otras oportunidades, pero
nunca dos presentaciones seguidas con la Filarmónica y toda esta
gente –aclara enseguida–. Traje a Alon Yavnai, mi pianista
israelí, que es extraordinario; a Brenda Feliciano, mi esposa,
que es soprano; y aproveché para tocar con mis amigos. El primer
concierto fue muy emocional, y el segundo algo diferente. Le pusimos ‘Un
viaje por América’ y tiene música de Ellington, Gershwin,
Piazzolla, Ernesto Lecuona, y los jóvenes compositores argentinos
Mario Herrerías y Pablo Ziegler. Y seguimos hasta enero de 2005”,
(ver Un año…).
A Paquito le sobran halagos a la hora
de hablar del Colón. “Es una cosa espectacular. Los instrumentos
suenan solos. Qué increíble el carisma que tiene. Es un
encanto de teatro. Y mira que yo he trabajado en teatros…”,
dice con cara de quien ya perdió la cuenta de los escenarios transitados.
Y si de nuestro país se trata, agrega: “Me pone feliz estar
acá, ¡aunque no como carne! Tengo muchísimos amigos
aquí. Cuando estaba con mi libro Mi vida saxual, el compositor
argentino Carlos Franzetti, que vive en Nueva York como yo, me dijo: ‘En
vez de ese capítulo que todo el mundo escribe sobre las mujeres
de su vida, tu tendrías que hablar sobre los argentinos en tu vida’.
¡Es verdad que sí, mi carrera está llena de argentinos!”.
En tono de confesión, desliza que esta semana alternó mucho
ensayo con fiestas y amigos. “Es una combinación dura…
¡Mi madre!”, sonríe antes de tomar otro sorbo de ese
vaso de cerveza helado “bien grande, si total tenemos pa’
conversar”. Con apenas 56 años, se nota que a este cubano
que posee la particular habilidad de dominar a la perfección cualquier
estilo musical, no son energías lo que le faltan. Además
de salir de gira, encuentra tiempo para seguir componiendo y claro, también
para la literatura. “No sé ni cómo me sale. Siempre
tengo un poco de temor de que algo pueda llegar a fallar, pero hasta ahora…”,
sonríe. Ahora, por ejemplo, está escribiendo dos obras.
“Una pieza para quinteto de vientos y piano y otra que me tiene
muy ilusionado y se llama The rice and bean suite (La suite del arroz
y los frijoles), para presentar con Yo-Yo Ma (el brillante violoncelista
nacido en Francia de ascendencia china, radicado en su infancia en los
Estados Unidos)”, enumera. Y hace hincapié en el hecho de
que comparte todas las tareas con Alón. “Trabajamos juntos
desde hace dos años, pero creo que ese muchacho es como una droga:
ya no podría tocar con otro pianista porque te facilita mucho la
vida. Es una muy buena persona y un gran músico clásico,
de jazz, entiende los tangos perfectamente, toca samba como si hubiera
nacido en una favela de Río y no siempre se encuentran talentos
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así”, explica.
A Paquito le fascina esta posibilidad de conjugar diferentes ritmos. “Creo
que eso empezó con la música brasilera. Aunque de mucho
antes había escuchado tango, pero de niño no me atraía
como para tocarlo. Lo veía en las películas de Libertad
Lamarque, y para mí era eso, música de películas.
Después vino la influencia venezolana, los valses de Antonio Lauro
y Piazzolla… Qué tipo tan original”, reflexiona, y
resalta que uno de los grandes honores de su carrera fue haber podido
grabar un disco –entre los más de 40 que lleva editados–
con el Maestro Astor.
Resulta difícil repasar la infancia de Paquito sin mencionar su
Cuba natal (dejó La Habana en 1980 para instalarse en los Estados
Unidos). “Es increíble que yo esté festejando por
el mundo entero menos en mi propio país. Es muy triste. Tengo un
sueño y pienso que se va a realizar algún día, y
es volver a tocar ahí. A lo mejor festejo mis próximos 50
años en un teatro de La Habana”, dice entre risas a modo
de consuelo. Pero no pierde mucho tiempo hablando de temas “a los
que ya les dedicamos demasiado tiempo de la entrevista” y la alegría
vuelve al recordar la tarde de tango en la casa de Horacio Salgán.
“Por esas cosas vale la pena vivir. Fue una de las tardes más
evocadoras que he tenido. Estuvimos varias horas tocando y eso que había
pasado un año desde la última vez que él abrió
el piano. Creo que le llevó apenas cinco minutos ‘ponerse
a tono’. Después ya era Horacio Salgán nuevamente.
¡Qué perlita! ¡Y qué maestro!”, exclama.
–Volviendo a sus comienzos, la culpa de todo la tuvo su papá…
–Mi papá Tito, que era saxofonista clásico y agente
de la empresa Selmer, fabricantes de saxos. Y cuando era pequeño
me regaló un saxo a medida. Aunque yo siempre digo que el mejor
regalo que me hizo en la vida no fue ese instrumento sino a mi mamá.
Ella es diseñadora de ropa femenina, una mujer muy coqueta que
ya está retiradísima, pero odia estar jubilada. ‘Podría
valerme por mí misma’, protesta todo el tiempo.
Paquito contagia ‘ritmo y sabor’. Cuando ríe, cuando
habla, cuando hace comentarios sobre cada una de las cosas que ve a su
alrededor (“¿Pero qué es ese estéreo con la
música tan alta? Yo pensé que esto sólo sucedía
en el Bronx”, bromea desconcertado por el auto que está esperando
la luz verde del semáforo y destila cumbia a todo volumen. E inmediatamente
se pone serio al ver pasar a una nenita pidiendo monedas y susurra: “Estas
cosas no deberían pasar en ningún lado”). Cualquiera
que lo haya escuchado –en disco o en vivo– pensará
que su vida gira alrededor de la música. Pero, aunque usted no
lo crea, el hombre también tiene tiempo para hobbies. “Colecciono
autos antiguos. Tengo en mi camarín las últimas ediciones
de la revista ‘Coches de época’. Pero no hay como mi
Chevrolet ‘57”, afirma divertido.
Es tiempo de partir. Lo esperan un almuerzo –casi merienda–
en el Café Tortoni y otra vez su público. “Hago cosas
tan diversas que se me hace difícil tener una rutina de trabajo.
Voy por partes, y cuando termino en una cosa, pienso en lo que sigue inmediatamente.
No puedo pensar a largo plazo”, comenta.
–¿Después de 50 años, se sigue poniendo nervioso
antes de salir a tocar?
–Siempre. Es una angustia tremenda pero al mismo tiempo, la felicidad
de ver el teatro lleno. Mira, yo lo comparo con otra de las cosas que
me fascinan además de los autos antiguos, que son las montañas
rusas. Me encantan, pero me dan un miedo… Uno llega entusiasmado
y paga su entrada y cuando el carrito empieza a subir piensa, ‘quién
me habrá mandado a subirme en esto, ¡mi madre! Si yo podría
estar haciendo cualquier otra cosa’. Y cuando baja de golpe se siente
rico… Con la música es lo mismo. Ahora no estoy nervioso.
Pero ni bien llego al teatro comienzo a pensar que algo va a pasar, cualquier
cosa… Hasta ahora nunca pasó nada, pero el miedo no me lo
quita nadie.
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