Ha dicho, por
ejemplo, que la felicidad es posible y está al alcance de todos.
Pero, cuidado. El doctor Enrique Rojas se refiere a “una felicidad
razonable”. ¿Y qué es una felicidad razonable? “Es
el equilibrio entre lo que uno ha deseado o desea, y lo que uno ha conseguido
o puede conseguir”, afirma. A la otra felicidad, la no razonable,
ese estado de exaltación permanente, de éxtasis perpetuo,
ni siquiera la considera. Opina, con todo, que alcanzar esa felicidad
moderada no es tan sencillo, y que, en estos tiempos, “vivimos en
una sociedad psicológicamente enferma: está perdida, no
tiene referentes, no sabe adónde va. Busca vivir bien el momento
y parece interesarse solamente en el día a día, en una ética
light, inconsistente e irrelevante”.
Su último libro, Los lenguajes del deseo-Claves para orientarse
en el laberinto de las pasiones, disfruta de un éxito considerable
en España y seguramente repita la circunstancia en la Argentina,
y se entiende: analiza en profundidad las relaciones amorosas, proporciona
consejos para que al lector le vaya bien en esos menesteres, y hasta incluye
conceptos que a muchos pueden resultar molestos, como el Síndrome
del penúltimo tren. ¿De qué se trata? Del ya conocido
viejazo, es decir, la actitud de un hombre, o de una mujer, maduros, que
en el otoño de sus vidas, rompen con su pareja de siempre e inician
una relación con un partenaire tan joven, que podría ser
su hija o su hijo. La inician ahora, antes de que el andén quede
vacío y ya no haya más trenes que los lleven a... ¿La
felicidad o a la ilusión incierta?
Crisis matrimoniales. La cuestión del penúltimo tren, (penúltimo
porque para algunos tal vez haya otra oportunidad, aunque no la aguarden)
en rigor, no es nueva. El Fausto de Goethe –el hombre maduro que
vende su alma al Diablo a cambio del amor de la adolescente Margarita–,
se sigue leyendo, representando y filmando con diferentes disfraces, porque
la cuestión es tan antigua como el ser humano y a veces suele manifestarse
como inevitable, por lo menos para muchas personas. Sorprendente, Rojas
dice que “El matrimonio no está en crisis. Lo que está
en crisis es la persona. Las parejas se rompen, porque muchos no entienden
que el amor requiere de un alto grado de sacrificio”, y que ignorar
esa verdad sencilla lleva a ejercer “relaciones sin amor, algo anónimo,
sin compromiso afectivo ni formal ni de ningún otro tipo, una relación
en la cual cada uno usa el cuerpo del otro como algo que da placer, pero
es un cuerpo desechable. Ese tipo de relaciones y el dinero se convierten,
para algunas personas, en objetivos principales”.
La alternativa preferible, sugiere, es “una relación de
persona a persona, no sólo física sino también psicológica,
espiritual, una relación íntegra, que será como una
sinfonía perfecta”, porque “las relaciones con el amor
son hermosas, es un encuentro profundo con la persona amada”.
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Consejos
para no perder el tren. Según el doctor Rojas,
a quienes sus colegas, y también sus pacientes, definen como “médico
de almas”, que alguien se enamore de otro/a mucho más joven
“se da en el 90% de los varones mayores de 40 años”,
porque, no duda, “el amor es el principal argumento de la vida”.
Ocurre y empiezan las explicaciones o las excusas para quien hasta ese
momento, ha sido su compañera, y tal vez la madre o el padre de
sus hijos. “Todo arranca con la vivencia del enamoramiento, hay
una primera etapa, muy interesante psicológicamente, que consiste
en dos experiencias notables: tener hipotecada la cabeza y querer a alguien
con exclusividad”.
Rojas hace una observación: “El hombre se enamora sobre todo
por la vista, y la mujer por el oído”. Lo explica: “En
el hombre, la belleza de la mujer actúa como un reclamo. En la
mujer, la calidad humana y la belleza interior suelen tener un tirón
más fuerte”. Hace siglos, Ruiz de Alarcón versificó
un concepto similar: “En el hombre no has de ver/ hermosura o gentileza./
Su hermosura es la nobleza,/ su gentileza el saber”. Pero Ruiz era
tan feo que mirarlo causaba dolor. Rojas no es un galán, pero puede
concedérsele cierta apostura. Puntualiza sobre lo que se denomina
errores básicos acerca del amor: “Equivocarse en las expectativas,
divinizar al amor, hacer de la otra persona un absoluto, pensar que para
que una relación funcione es suficiente con estar enamorado e ignorar
que antes o después vendrán crisis a las que habrá
que hacer frente”, y añade que conviene estar informado de
que “no hay amor eterno”, y que para que sea perdurable, “se
trabaja día a día, superando crisis, es una tarea de orfebrería
psicológica. El amor maduro es alquimia y magia y códigos
secretos y complicidad”.
Les da duro a quienes abordan el penúltimo tren: “La nueva
conquista afectiva debe tener muchos años menos y es presentada
a los demás como un trofeo y un gol convertido en tiempo de descuento”,
porque “las consideraciones éticas han desaparecido y la
pareja es pasto de las llamas”.
¿Hay alternativas? Rojas cree que las hay: “A mí me
parece que la mejor fórmula es buscar un amor inteligente, que
decida integrar sentimientos y razones. Hay muchos tipos de amor, pero
todos están hilvanados por el mismo hilo que los enlaza”.
Para que esos hilvanes se transformen en costuras consolidadas, conviene
reconocer diferentes etapas, informa: “Enamoramiento, amor ya establecido,
y convivencia”. Y se pasa de “sentirse absorbido, estar encantado,
a dudar, a tener celos, a decepcionarse, y a volver a entusiasmarse. El
hombre es un animal en permanente descontento”. Aún así,
concluye, “el amor es lo más importante en la vida. Todos
necesitamos a alguien para compartir la existencia. Alguien a quien conozcamos:
no se puede amar lo que no se conoce. A medida que uno se adentra en el
interior de otra persona y la va descubriendo, se produce la atracción.
La intimidad es un campo de atracción magnética, que empuja
al enamoramiento”.
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