Carismático
como pocos, el actor que se hizo famoso con los MiDaChi dice
que no todo en su carrera fueron éxitos y que a veces,
trabajar desde el humor es forzoso. Se considera un “laburante”
y asegura que para poder sobrevivir en Buenos Aires, tuvo
que “operarse” la “nostalgia” de Santa
Fe, la provincia donde vivió siestas tranquilas, tardes
de pesca y noches de peñas.
El sol por fin decidió aparecer y se vengó
de una racha de días que transcurrieron pasados por
agua. Villa Pueyrredón, un barrio tranquilo de la Capital
Federal, aprovecha ese calorcito del mediodía y deja
secar la humedad acumulada: en la plaza Martín Rodríguez,
los vecinos pasean perros, se besan arriba de los bancos,
dan la vuelta en bici o hacen jugar a los chicos en el arenero.
El cotorrerío de la palmera compite con el grito del
bicho feo que, aunque no se ve, anda por ahí dando
vueltas. Todo normal en el barrio, hasta la llegada de un
extraño conocido que estaciona su camioneta de vidrios
polarizados en la esquina del parque. Campera de cuero negra,
pantalones también negros y celular pegado a la oreja,
el hombre en cuestión que baja acompañado de
una rubia muy mona, es Rubén Enrique Brieva. El Dady,
para los amigos.
La rubia que lo acompaña es Romina Gaetani, que no
bien baja del móvil del actor enfila para la motorhome
estacionada en una de las calles de la plaza. Dady (47), en
cambio, habla unos minutos más por celular hasta que
finalmente se zambulle en el vehículo, que está
para hacer las veces de camarín. Minutos más
tarde, y despojado de la ropa de Dady, el actor deja el móvil
y como superhéroe sale convertido...
en fabricante de pastas. Lleva el uniforme de Rubén
Jilguero, el personaje que encarna en Los Secretos de Papá,
la nueva tira de Canal 13 que desde agosto lo tiene como protagonista.
Igual que la plaza Martín Rodríguez, que si
tuviera calesita, ésta también giraría
alrededor del actor. Y es lógico: hace más de
20 años que Brieva derrocha carisma. Primero, de la
mano del trío cómico MiDaChi (el cual, de forma
intermitente, sigue llenando teatros). Más adelante,
con apariciones en TV, donde fue Tucho, el amigo tierno y
rústico de Panigassi en Gasoleros (1999), y después
Alberto Muzzoppapa, el tipo de barrio que intentó enamorar
a Andrea Del Boca en El Sodero de mi vida (2001). Como conductor,
debutó en Agrandaditos y siguió con Dadyvertido.
La sesión de fotos comienza arriba del tobogán
y sigue debajo de un árbol. Dady sonríe a la
cámara y pregunta: “No tengo lechuga entre los
dientes, ¿no?”. Dady posa. Dady es descubierto
en el arenero por dos colegialas que pasan en bici y desde
arriba de la playera le gritan “¡Dady!”.
Y Dady responde: exacerba los gestos, se hace el que no las
ve, y pone cara de no oírlas. Las chicas se matan de
la risa, levantan una mano y siguen viaje. Dady devuelve el
gesto. Parece un tipo cariñoso, Dady, que pasa el brazo
por arriba de los hombros de la cronista y dice: “Bueno
Mami, ¿vas a grabar?”
Play
–Dicen que Los Secretos de Papá vino
a levantar la franja de las 21 de Canal 13...
–Yo lo vivo sin tal presión, porque esa es una
moción del canal. Yo hago lo mío, lo que creo
que tiene que salir bien y le doy para adelante. Soy un tipo
competitivo, pero vine a hacer mi trabajo, no a levantar nada.
–¿Y cómo vivís a este nuevo
personaje después de tres años de no hacer tira?
–Lo transito así, en la cotidianeidad... Hacer
tira es todo un ejercicio: grabás 10, 15, 20 escenas
diarias, es como una máquina de hacer chorizos y se
convierte en una costumbre. Te calzás esto –dice
y se agarra el delantal de cocina que lleva puesto–
y ya te podría hacer la nota en personaje...
“Ensayando y... ¡Acción!”, grita
un técnico de Pol-ka y se roba a Dady por un rato.
El y la joven Gaetani repasan la letra de una escena en la
que sus personajes se pelean. Transcurre en la vereda y, desde
un balcón, dos vecinas observan la prueba. “Juan,
quiero que me tomes acá –dice el actor y se señala
los bíceps que quedan al descubierto debajo de la manga
arremangada de la camisa–. Si hacés plano acá,
tenés un cien”, bromea. “Grabando y...
¡Acción!”, vuelve a gritar el técnico.
Eugenia (Gaetani) le grita a Rubén (Brieva), pega media
vuelta y desaparece de cuadro con cara de enojada. Rubén
sube los ojos y fija la mirada hacia arriba... “Se las
dediqué a ustedes”, les dice –Dady–
a las chicas del balcón.
Termina la primera parte de la grabación y Brieva elige
sentarse en un banco de la plaza. Ahí responde, entre
otras, a preguntas sobre su infancia. “Era un chico
normal, nací en Villa María Selva, Santa Fe.
Mi padre era policía, mi mamá ama de casa. Dormían
la siesta y a esa hora no se los molestaba. Jugábamos
en la calle, teníamos bicicletas, trompos, figuritas,
cometas, cazábamos ranas en la zanja... ¿Qué
más te podría decir?”
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–Siempre hablás de vos como un chiquito
gordo, feo y anteojudo...
–Pero es así eh... Aunque eso no va en desmedro
de que yo haya podido seducir... –dice y en medio de
una pausa cambia la mirada “normal” por una más
¿pícara? Y sigue: –Esa fue la verdad:
allá donde vivía todos caminaban con las manos,
tenían destrezas físicas y andaban por los árboles.
Yo, en cambio era gordo, sin dientes y con anteojos. En esa
época los anteojos te limitaban mucho. Eran de vidrio,
con armazón de carey y se hacían por la Asociación
Mutual de Empleados Públicos. Si les daban un pelotazo
y te lo hacían añicos, tardaban dos meses en
darte un par nuevo. El chico que por el ’65, ’68
usaba anteojos, era un discapacitado.
–Pero ahora lo contás como una anécdota
graciosa.
–Es que hablo desde otro lugar, pero en esa época
lo sufrí. Justamente, el que ha sufrido mucho es el
que puede hacer reír. Todos los humoristas tienen orígenes
muy humildes; de ahí venimos. Nadie es cómico
habiendo nacido en Mónaco. Por eso es que este canal
fue mi única forma de conseguir una aceptación
–concluye.
¿Y qué hay de su juventud? “La adolescencia
de los años ’70 en general, fue difícil
para todos. Fue una época conflictiva y convulsiva.
Yo empecé a hacer teatro desde chico, a los 16 años.
Participaba en la Unión de Estudiantes Secundarios
y ahí hacíamos peñas, tocábamos
la guitarra, trabajábamos. Había mucho folclore
y grupos vocales, viajábamos con nuestros padres, íbamos
a los bailes. Normal”, concluye. Luego vino la adultez,
y el trabajo cada vez más intenso.
–Hasta ahora, MiDaChi un exitazo, lo mismo El
Sodero e igual Agrandaditos. ¿Qué hace que todo
salga así?
–No, he tenido rotundos fracasos, no te vas a creer
eh... He tenido cosas en las que los resultados no fueron
tan positivos. Hice Dadyvertido hace dos años y no
me fue bien. Yo trato de darle mucha bola a mi interior, a
lo que siento, a ser consciente de que me aburro y a focalizar
en eso, en tratar de no aburrirme. Eso es lo que me permite
trabajar 10 u 11 horas diarias, hacer notas y estar siempre
de buen humor.
–Tu herramienta de trabajo justamente siempre
fue el humor. ¿Cómo pensás que trabajarías
sin él?
–Sí, es en lo que baso más o menos todo.
Pero bueno, específicamente en la conducción
no hay tanto, aunque sí, siempre meto algo.
–¿Estar siempre tan arriba no es forzoso?
–Y, te lleva una energía, porque por lo general,
los humoristas trabajamos con textos propios, tratando siempre
de modificar la actitud de los demás, de hacerles pasar
un buen momento, hacerlos olvidar y modificarlos a través
de la risa, y eso es bastante embromado. Se trabaja mucho
con lo de uno, se apela a mucho de lo propio.
De las puertas
de casa para adentro
Cuenta Dady que a la vuelta del trabajo se convierte en el
hombre que le gusta mirar Padre Coraje en la cama, levantarse
tempranísimo (a las siete AM), tomar un vaso de leche
fría, leer el diario entero y prestarle especial importancia
a la sección de Cumpleaños, prender la tele
en el canal de noticias para enterarse de la temperatura,
prepararle el desayuno al más grande de sus dos hijos
y llevarlo al colegio. También dice que de vez en cuando,
le gusta dedicarse un tiempo para él: “Ya sea
para mi cuerpo, mi físico o mi alma. Tomar cama solar,
hacerme las manos, estar con mis amigos, viajar por ahí
o ir al gimnasio”. Como su papá, los varones
son hinchas de Colón. ¿Y si salían de
Unión? “No, no. Eso en mi familia no podía
ser. Eso pasa en la familia de Miguel (Del Sel) nada más,
que son todos tatengues”.
Hay que interrumpir la charla. Un patrullero frena frente
al banquito de la plaza y bajan tres oficiales:
–Jefe... ¿Cómo le va? –saluda Dady.
–¿Nos podemos sacar una foto con vos? –pregunta
uno de los policías.
–Sí papi, cómo no...
Abrazo, foto y agradecimiento. Se acerca un segundo patrullero
y bajan tres oficiales más. De vuelta, abrazo, foto
y agradecimiento. Sigue la entrevista, hasta que se acerca
una señora:
–Ayyyy... Hola Dady –saluda la abuela.
–Hola má –responde él.
La mujer le pide una “firmita” para su nieto Nicolás,
y Brieva garabatea. La señora lo mira firmando. Acá
está mami, dice el actor. La mujer agradece. Suerte
mi vida, chau hasta luego, saluda –con cariño
y un beso– Rubén Enrique Brieva. El Dady, para
los amigos.
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