Hace
pocos días se realizó en Buenos Aires el Segundo
Congreso Argentino de Padres. Especialistas como Guillermo
Jaim Etcheverry y Alfredo Van Gelderen, entre otros, expusieron
sus ideas ante más de mil personas preocupadas por
la formación de sus hijos. El rol de los medios de
comunicación y enseñar a transmitir valores,
fueron los temas más consultados.
Más que el ‘ser o no ser’,
la dicotomía que se plantean los padres de hoy parecería
pasar por el interrogante de cómo convertirse en mejores
padres para así formar mejores hijos. El dato, que
hace tiempo dejó de ser novedad, es que los tiempos
que corren no ayudan. La crisis generalizada arroja como resultado
un mar de dudas y temores que convierten a la crianza en un
desafío cada vez más complicado. Al menos, en
eso coinciden los más de mil mamás y papás
que hace unos días asistieron al Segundo Congreso Argentino
de Padres, organizado por la fundación Proyecto Padres
en el predio de La Rural porteña (ver En acción).
Abrigados para soportar el frío, llegaron bien temprano
con el objetivo de no perder un segundo de la jornada de debates
y conferencias. Y en cuanto se acomodaron en sus respectivos
asientos, sacaron a relucir sendos cuadernos y anotadores
en los que tomaron detallada nota de los conceptos que fueron
repasando oradores de la talla del Doctor Guillermo Jaim Etcheverry,
el profesor Alfredo Van Gelderen, entre otros. ¿Los
temas que más los preocupan? El rol de los medios de
comunicación, aprender a poner límites y transmitir
buenos valores.
Cuál
es la cuestión
El Doctor Guillermo Jaim Etcheverry, Rector de la Universidad
de Buenos Aires, es el encargado de abrir el juego. “Ser
papás y mamás es una de las mayores responsabilidades
que tenemos como seres humanos y creo que no es lo suficientemente
celebrada y recordada. Pero a esta idea, me permito agregar
la importancia del rol de maestros, que deben cumplir los
padres en su contribución a crear alumnos. Porque si
algún problema tiene la educación actual, y
no sólo en la Argentina, es precisamente la ausencia
de alumnos”, arranca antes de leer una cita de Maimónides,
quien ya en el año 1168 se refería al vínculo
entre progenitores y formadores. “La paternidad no está
relacionada con la función biológica de engendrar
un nuevo ser. Padres son quienes enseñan en un sentido
auténticamente humano”, explica inmediatamente.
Aunque en plena vorágine del siglo XXI una cita de
los tiempos medievales pueda resultar curiosa, Etcheverry
sostiene que el principal inconveniente radica en la ruptura
que se produjo entre la familia y la escuela en tanto instituciones.
“Los padres son los primeros formadores –insiste
Etcheverry–. Tenemos que dar el testimonio. Hoy se privilegia
lo nuevo, lo joven, y padres y maestros tendemos a ser los
amigos canosos de nuestros alumnos o hijos. Existe una resistencia
a aceptar la asimetría de ciertas relaciones. Resulta
alarmante la impostura que está reemplazando a la escuela
en todos sus niveles, desde el jardín de infantes hasta
la Universidad, de centrar la educación en la enseñanza
de la nada. La sociedad está sinceramente convencida
de que ya no queda nada por enseñar y por eso se empeña
en catalogar a la figura del docente como de autoritaria o
abusiva. Muchas veces, los padres se asocian a sus hijos en
contra de la institución escolar a la que encuentran
como una organización opresiva, y terminan de resquebrajar
ese pacto fundacional, que supone que su función es
en realidad, asociarse a los maestros para ayudar a sus chicos.
Los profesores parecieran ejercer la violencia simbólica
de querer enseñar algo al otro”. Casi con ironía,
relata como antes, los padres iban a la escuela a ver qué
había hecho el nene o la nena y ahora, van a ver qué
le han hecho al nene o a la nena (“no ustedes, los otros,
porque vieron que en la Argentina suceden cosas graves, pero
siempre a los otros”).
No hay dos
sin tres
El profesor Alfredo Van Gelderen, Secretario de la Academia
Nacional de Educación, retoma la idea de Etcheverry.
“A la pérdida de la vigencia del contrato social
entre educación y familia se suma el desencuentro con
una tercera institución: los medios de comunicación
social, que tienen un potencial enorme para transmitir la
cultura y la anticultura, el bien y el mal, lo formativo y
lo deformativo. Estas insuficiencias se han convertido en
un problema
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gravísimo, que hacen a la responsabilidad de la dirigencia
del país. Ustedes pensarán, como nos decía
Jaim, que la dirigencia son los otros. Pero no. Creo que las
madres y padres, y los dos veces madres y dos veces padres
que somos las abuelas y abuelos, tenemos responsabilidad de
dirigencia en la primera sociedad que integramos, que es la
familia. Del mismo modo, los docentes son dirigentes de un
grupo que se llama escuela. Si ninguno asume la responsabilidad
que le toca, esto no tiene posibilidad de mejora”, anuncia
al inaugurar el panel sobre ‘La responsabilidad de los
medios en la educación de nuestros hijos’. Y
ante el murmullo de aprobación de la platea, agrega:
“Desde nuestro rol de conductores, reflexionemos sobre
el tiempo que los chicos dedican a la educación escolarizada
y el que dejamos que nuestros hijos y nietos dediquen al consumo
incontrolado de la oferta de los medios. Estamos frente a
una desproporción horaria importante. Hablamos de cuatro
a siete horas por día, cinco días a la semana,
durante escasos nueve meses al año. El tiempo restante,
que debería ser para reforzar lo aprendido en la escuela
o para el goce sano, entra en una zona de descontrol conducida
solamente por la oferta. Pero no debemos bajar los brazos
frente a eso. Desde la orientación del consumo podemos
hacer mucho. Y tendríamos que exigirle lo mismo a la
escuela. Somos ciudadanos cuando cuidamos los destinos de
toda la sociedad. Si no, nos convertimos en simples pobladores
de un territorio. Como estudiante de letras que soy, rescato
una frase de Dostoievsky: ‘Todos somos responsables
de todo y de todos, ante todos, y yo más que todos
los demás’. Otro autor ruso, Tolstoi, decía
que ‘la única esperanza de conocer, es conocer
juntos’”.
Qué
hacer entonces
Por supuesto, los especialistas coinciden en que los tiempos
han cambiado. “El hecho de que el nivel educativo haya
descendido tanto se debe a que les hemos impedido a los pobres
jóvenes toda posibilidad de ser alumnos y claro, entonces
no escuchan. Puede ser que los programas sean poco ágiles
y desactualizados. También que el tiempo escolar esté
mal distribuido. Pero estamos perdiendo la idea de que educarse
es un trabajo que uno hace con esfuerzo sobre uno mismo. Cada
vez toma más fuerza, la idea de que los chicos deben
ir a la escuela a pasarla lo mejor posible. Y no estamos hablando
de un centro de entretenimientos, sino del lugar en el que
incorporarán herramientas intelectuales que les permitan
a las nuevas generaciones comprenderse a sí mismas
y comprender al mundo. Muchas veces digo que nuestra escuela,
fundamentalmente el nivel medio, es como una larga preparación
para el viaje de egresados”, expone Etcheverry. Otro
aspecto fundamental, apunta, es que en la actualidad los jóvenes
son considerados un grupo cerrado, un todo acabado y perfecto
frente al cual la función de la escuela es eliminar
los obstáculos que les impiden ser ellos mismos. Ya
no se trata de una etapa dentro del proceso de evolución
como la niñez. “Tienen una cultura propia que
los adultos respetan, porque en realidad encuentran en ellos
un mercado muy redituable y por eso los someten a la banalidad
y a la grosería”, continúa.
Como si estuvieran en clase, los padres toman nota con seriedad.
Y sus rostros se transforman en duda cuando Etcheverry busca
respuestas al qué hacer para mejorar la situación.
“La actitud de no ayudarlos se está transformando
en una política y la justificamos invocando lo que
supuestamente los jóvenes quieren, cuando conscientemente
o no, nos están pidiendo a gritos que asumamos nuestros
deberes hacia ellos. Advierten que por nuestro desinterés
están sufriendo la amputación de sus aspiraciones
más profundas. Tenemos pues, una enorme responsabilidad.
Cuando los expertos en ecología quieren impactar a
su auditorio se preguntan qué mundo le vamos a dejar
a nuestros hijos. Yo prefiero invertir la frase: ¿A
qué chicos le vamos a dejar nuestro mundo?”.
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