| Así
de arrabalera. Tan nuestra como el colectivo, la birome
y el dulce de leche; brillante y orgullosa, como la pinta
Omar Pedro Granelli en los primeros versos de su tango Sueño
de vitró, con música de Tito Ferrari. Desde
hace casi 120 años la confitería Las Violetas
es sinónimo indiscutido del cruce de las avenidas
Medrano y Rivadavia, una de las arterias más latentes
de la Ciudad de Buenos Aires. Son casi 120, porque recién
pasado mañana, el martes 21, festejará un
nuevo cumpleaños. Ella sigue ahí, radiante,
cual niña mimada desafiando al paso del tiempo. Y
cualquiera que se anime a poner en duda su vigencia, no
tiene más que asomarse a través de los ventanales,
para comprobar que sus delicias siguen siendo las más
solicitadas a la hora de la merienda.
Cuenta la historia que un Día de la Primavera, allá
por el año 1884, las familias Felman y Rodríguez
Ancal inauguraron este lujoso salón en lo que prometía
ser una esquina transitada, a apenas cuatro kilómetros
de la Plaza de Mayo. Como dato curioso agrega que ese día,
el mismísimo Carlos Pellegrini –entonces ministro–
llegó al evento en un tranvía especial. Aunque
no existen muchos registros de la época, algunas
fotos acreditan que el barrio era zona de quintas. “No
se sabe exactamente cómo nació, pero podemos
describir esos tiempos. El tranvía a caballo pasaba
por la puerta de lo que ahora es Rivadavia, entonces Camino
Real y Preciso. Y el primer ferrocarril de la República
Argentina, La Porteña, por el pasaje Angel Peluffo”,
ilustra Granelli (79), un bancario devenido poeta, escritor
e historiador, que tras editar dos libros en honor a ‘su’
barrio, Almagro, decidió homenajear a Las Violetas
en una publicación que presentará el día
del aniversario junto a un CD con tangos clásicos
e inéditos en los que aparece la confitería.
‘Abrazada’ por dos de los caminos más
importantes de la época, Las Violetas fue creciendo
a la par del barrio, manteniendo siempre ese clima que combina
lujo y romanticismo. “Vine por primera vez alrededor
de 1946. Y más adelante, cada vez que tenía
una reunión y quería pasar por fino”,
recuerda Granelli entre risas. Aunque ya no pide el chocolate
caliente con churros o medialunas “porque patea el
hígado”, sigue fiel a la merienda “con
té o café con leche”. Entusiasmado,
explica: “Las Violetas abarca las dos acepciones ‘confitería’:
un local en el que te venden confituras o, según
nuestro argot, un lugar en el que la gente se reúne
a tomar café, y ahora han agregado a su servicio
almuerzos y cenas. Antes los cafés eran machistas.
De mujeres ni hablar, sólo la orquesta de señoritas,
que tocaba ‘música ligera’. Y las confiterías,
en cierta manera, vinieron a permitir el paso de las damas,
que se juntaban a tomar el té. En aquellas épocas
había una división, una mampara de cristal
y de ese lado se sentaban las señoras con su marido
o novio, algo que se mantuvo hasta la década del
’60. En la actualidad ellas son mayoría, de
eso no hay duda”.
“Sueño de vitró
dulce de fantasías pastelera,
tus mármoles y espejos
vienen de antaño, de muy lejos.
Trazos de amor
medialunas iluminadas
y copetines confidentes
de parejas enamoradas.
Retazos de flor
una violeta te bautizó
en una lejana primavera
y entre tu regreso y la espera
mi Almagro a tu fama se entregó”.
Granelli cuenta que por esas mesas “traídas
de París”, y bajo el suave reflejo que filtraba
la excepcional colección de vitraux también
francesa, desfilaron personalidades como Alfonsina Storni
“vivía en Potosí y Bulnes y era docente
en el Normal 7”; Roberto Arlt; José María
Contursi –hijo de Pascual–, “mantuvo acá
una reunión con Gardel”; Arturo Frondizi; Ariel
Ramírez y Juan Carlos Pérez Loizeau “dos
vecinos del barrio”; Alberto Migré; Félix
Luna; e Irineo Leguisamo “que tiene un postre con
su nombre” (ver Con firma…) ‘¿Y
por qué le habrán puesto Z?’, se preguntará
usted. Antes de dar el toque final a su magnífica
creación, el maestro pastelero tomó de la
barra una botella de aperitivo ‘Legui’ para
ver cómo se escribía el nombre del jockey,
y allí figuraba con Z. A pesar de los comentarios
de los clientes, decidieron dejarle ‘Leguizamo’.
El 30 de junio de 1998, Las Violetas cerró sus puertas.
“Los vecinos juntamos diez mil firmas y logramos que
el 6 de agosto de 1998 la Legislatura de la Ciudad de Buenos
Aires la declare Sitio de Interés Cultural”,
agrega Granelli, orgulloso. Y en enero de 2001, un grupo
de empresarios gastronómicos comenzó con las
obras de restauración. “Queríamos respetar
hasta el último detalle de la arquitectura original.
Lo más difícil fue recuperar el vitraux, las
arañas de bronce y caireles de cristal y el revestimiento
de madera de caoba”, cuenta Rafael Pereira Aragón,
uno de los socios. “Reabrió el 21 de julio
de 2001, y en qué forma”, continúa Granelli
señalando a su alrededor. “Está tal
cual, pero mejorada, porque había sufrido muchos
deterioros. La primera semana había cola para entrar”,
apunta.
Granelli se niega a anticipar detalles “para que la
gente se sorprenda cuando lo lea”. Pero a último
momento, desliza una pista: “Lo dedico ‘A los
cultivadores de las placenteras violetas confitadas’,
es decir, a todos los que vienen a Las Violetas”.
Sonríe, saluda y se pierde entre las mesas, para
salir con paso firme a recorrer alguna de las 499 calles
de Almagro. Probablemente vuelva mañana, y pasado,
y la semana que viene también.
|