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LAS VIOLETAS
CUMPLE 120 AÑOS



La tradicional confitería de Almagro abrió sus puertas el 21 de septiembre de 1884.
En 1998, fue declarada Sitio de Interés Cultural y durante 2001, se restauraron la
fantástica colección de vitraux, sus caireles y los revestimientos de madera de caoba.


 

En la esquina tradicional
de un Almagro sin fatiga,
está de más que yo te diga
que sos patrimonio barrial.
Te veo radiante y coqueta
confitería ‘Las Violetas’,
tu fama se hizo cartel
con la cita: Contursi-Gardel”.

Así de arrabalera. Tan nuestra como el colectivo, la birome y el dulce de leche; brillante y orgullosa, como la pinta Omar Pedro Granelli en los primeros versos de su tango Sueño de vitró, con música de Tito Ferrari. Desde hace casi 120 años la confitería Las Violetas es sinónimo indiscutido del cruce de las avenidas Medrano y Rivadavia, una de las arterias más latentes de la Ciudad de Buenos Aires. Son casi 120, porque recién pasado mañana, el martes 21, festejará un nuevo cumpleaños. Ella sigue ahí, radiante, cual niña mimada desafiando al paso del tiempo. Y cualquiera que se anime a poner en duda su vigencia, no tiene más que asomarse a través de los ventanales, para comprobar que sus delicias siguen siendo las más solicitadas a la hora de la merienda.
Cuenta la historia que un Día de la Primavera, allá por el año 1884, las familias Felman y Rodríguez Ancal inauguraron este lujoso salón en lo que prometía ser una esquina transitada, a apenas cuatro kilómetros de la Plaza de Mayo. Como dato curioso agrega que ese día, el mismísimo Carlos Pellegrini –entonces ministro– llegó al evento en un tranvía especial. Aunque no existen muchos registros de la época, algunas fotos acreditan que el barrio era zona de quintas. “No se sabe exactamente cómo nació, pero podemos describir esos tiempos. El tranvía a caballo pasaba por la puerta de lo que ahora es Rivadavia, entonces Camino Real y Preciso. Y el primer ferrocarril de la República Argentina, La Porteña, por el pasaje Angel Peluffo”, ilustra Granelli (79), un bancario devenido poeta, escritor e historiador, que tras editar dos libros en honor a ‘su’ barrio, Almagro, decidió homenajear a Las Violetas en una publicación que presentará el día del aniversario junto a un CD con tangos clásicos e inéditos en los que aparece la confitería.
‘Abrazada’ por dos de los caminos más importantes de la época, Las Violetas fue creciendo a la par del barrio, manteniendo siempre ese clima que combina lujo y romanticismo. “Vine por primera vez alrededor de 1946. Y más adelante, cada vez que tenía una reunión y quería pasar por fino”, recuerda Granelli entre risas. Aunque ya no pide el chocolate caliente con churros o medialunas “porque patea el hígado”, sigue fiel a la merienda “con té o café con leche”. Entusiasmado, explica: “Las Violetas abarca las dos acepciones ‘confitería’: un local en el que te venden confituras o, según nuestro argot, un lugar en el que la gente se reúne a tomar café, y ahora han agregado a su servicio almuerzos y cenas. Antes los cafés eran machistas. De mujeres ni hablar, sólo la orquesta de señoritas, que tocaba ‘música ligera’. Y las confiterías, en cierta manera, vinieron a permitir el paso de las damas, que se juntaban a tomar el té. En aquellas épocas había una división, una mampara de cristal y de ese lado se sentaban las señoras con su marido o novio, algo que se mantuvo hasta la década del ’60. En la actualidad ellas son mayoría, de eso no hay duda”.

“Sueño de vitró
dulce de fantasías pastelera,
tus mármoles y espejos
vienen de antaño, de muy lejos.
Trazos de amor
medialunas iluminadas
y copetines confidentes
de parejas enamoradas.
Retazos de flor
una violeta te bautizó
en una lejana primavera
y entre tu regreso y la espera
mi Almagro a tu fama se entregó”.


Granelli cuenta que por esas mesas “traídas de París”, y bajo el suave reflejo que filtraba la excepcional colección de vitraux también francesa, desfilaron personalidades como Alfonsina Storni “vivía en Potosí y Bulnes y era docente en el Normal 7”; Roberto Arlt; José María Contursi –hijo de Pascual–, “mantuvo acá una reunión con Gardel”; Arturo Frondizi; Ariel Ramírez y Juan Carlos Pérez Loizeau “dos vecinos del barrio”; Alberto Migré; Félix Luna; e Irineo Leguisamo “que tiene un postre con su nombre” (ver Con firma…) ‘¿Y por qué le habrán puesto Z?’, se preguntará usted. Antes de dar el toque final a su magnífica creación, el maestro pastelero tomó de la barra una botella de aperitivo ‘Legui’ para ver cómo se escribía el nombre del jockey, y allí figuraba con Z. A pesar de los comentarios de los clientes, decidieron dejarle ‘Leguizamo’.
El 30 de junio de 1998, Las Violetas cerró sus puertas. “Los vecinos juntamos diez mil firmas y logramos que el 6 de agosto de 1998 la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires la declare Sitio de Interés Cultural”, agrega Granelli, orgulloso. Y en enero de 2001, un grupo de empresarios gastronómicos comenzó con las obras de restauración. “Queríamos respetar hasta el último detalle de la arquitectura original. Lo más difícil fue recuperar el vitraux, las arañas de bronce y caireles de cristal y el revestimiento de madera de caoba”, cuenta Rafael Pereira Aragón, uno de los socios. “Reabrió el 21 de julio de 2001, y en qué forma”, continúa Granelli señalando a su alrededor. “Está tal cual, pero mejorada, porque había sufrido muchos deterioros. La primera semana había cola para entrar”, apunta.
Granelli se niega a anticipar detalles “para que la gente se sorprenda cuando lo lea”. Pero a último momento, desliza una pista: “Lo dedico ‘A los cultivadores de las placenteras violetas confitadas’, es decir, a todos los que vienen a Las Violetas”. Sonríe, saluda y se pierde entre las mesas, para salir con paso firme a recorrer alguna de las 499 calles de Almagro. Probablemente vuelva mañana, y pasado, y la semana que viene también.