Hijo
mayor de una familia de nueve hermanos, porteño,
divorciado y padre de una hija de 32 años, de chico
Nicolás García Uriburu no tenía vocación
de artista sino de arquitecto. Pero hubo un tío “que
educó a mis padres y a mí, llevándonos
a ver exposiciones de Braque y Picasso, cuando yo tenía
12 años, en 1950, y ahí empezó todo”,
dice.
En estos días, una muestra retrospectiva suya se
puede admirar en el segundo piso del Emporio Armani porteño.
–¿Cómo fue que “empezó
todo”?
–Bueno, de hecho yo dibujaba desde antes. Todos los
chicos son buenos dibujantes, porque son libres, por eso
pintan maravillas. Luego la “civilización”,
así, entre comillas, los arruina, pone freno a su
imaginación y a su creatividad. Es un poco aquello
de... ¿Era Bernard Shaw quien lo dijo? :“De
chico aprendí muchísimas cosas, hasta que
mis padres decidieron interrumpir mi educación para
mandarme a la escuela”, ¿no?
–¿Realmente cree que la educación
tradicional arruina la creatividad?
–Claro que sí. Tal vez me salvé porque
soy autodidacta, nunca fui a una escuela de arte. Dicho
sea de paso, en la Argentina sufrimos una falta de educación
tremenda, nos estamos pareciendo cada día más
a la Latinoamérica analfabeta, que convive con otra
más o menos educada. Es preocupante, muy preocupante.
Es como si a los Estados no les interesara la cultura.
–¿Conserva sus dibujos infantiles?
¿Cómo era vivir con ocho hermanos?
–Era muy divertido. En la primaria dibujaba el Cabildo
o la Casa de Tucumán, a pedido de la maestra. Pero
mis primeros dibujos los tiré, prudentemente. Incluso
los primeros cinco que expuse en una galería. Los
tiré porque eran espantosos y porque Rafael Squirru
me dijo que yo no tenía una línea, un argumento
a desarrollar, y que no expusiera hasta que no encontrara
mi propio tema.
–¿Es dificil convivir con los artistas?
–Ocurre que se trabaja de noche, o a la madrugada,
y que viajás para exponer tu obra a otros países,
y cuando se aproxima una exposición siempre tenés
cosas que corregir y trabajás día y noche,
sin dormir. No es que el arte y la vida familiar sean contrapuestos,
convivir es difícil para todos, hagan lo que hagan.
Pero sí es cierto que quienes trabajan en disciplinas
artísticas, son parejas o padres, a veces insoportables.
Un creador vive un tiempo diferente, a una velocidad diferente,
y eso, a veces, dificulta sus relaciones, ¿no?
Verde
viento, verdes ramas
–Su convicción de artista ecológico
–y su creatividad, por supuesto– le dieron fama
¿Cree que sirve de algo teñir de verde ríos
o fuentes?
–Por supuesto. Los ríos de Europa –sobre
todo el Rin– eran cloacas. Hoy se puede pescar en
ellos. No digo que sea mérito mío sino de
todos quienes protestamos por esa contaminación ambiental.
Entonces, después de que teñí el Gran
Canal de Venecia, aparecieron los Partidos Verdes europeos,
y Greenpeace, y se sancionaron leyes y ahora los ríos
están limpios y se preservan los bosques. En Europa
hay leyes contra la contaminación. Entre nosotros,
mirá el Riachuelo. Aquí nadie frena la contaminación.
Los que polucionan siempre encuentran una brecha para no
pagar multas y seguir contaminando. Es nuestra famosa “viveza
criolla”, que termina por perjudicarnos a nosotros
mismos.
A mis exposiciones vienen muchos chicos de las escuelas.
Hay que concientizarlos. Sé que luego esos chicos,
que son naturalmente amantes de la naturaleza no contaminada,
educan a sus padres. Pero no sé qué pasará
con ellos cuando crezcan y sean dueños de una empresa.
No sé si, cuando ello ocurra, el dios dinero empezará
a tallar y... Bueno...
El líquido que García Uriburu utiliza para
teñir de verde mares, ríos, fuentes (en 1983,
cuando retornó la democracia a la Argentina, Nicolás
lo celebró tiñendo de “verde Uriburu”
la fuente de la Plaza de los Dos Congresos y la fuente del
Monumento a los Españoles, en el cruce de Libertador
y Sarmiento), el líquido, decíamos, se llama
fluoresceína, fue desarrollado por la NASA y es un
sodio fluorescente absolutamente inocuo, que no daña
lo que toca. Lo arrojó por primera vez en 1968 en
Venecia, durante la pleamar, y venecianos y turistas vieron
durante doce horas, hasta que llegó la bajamar, cómo
el Gran Canal, una vía navegable de aguas pestilentes
y contaminadas, de colores indefinidos, se teñía
de un verde brillante y alegre. En 1970 decidió ampliar
esa protesta contra “el peor de los predadores y de
los contaminadores, el ser humano”, y con el mismo
verde fluorescente, tiñó un cuadrilátero
que incluía nuevamente al Gran Canal, pero al cual
se sumaban el Río de la Plata, el East River de Nueva
York, y el Sena que atraviesa París, y que en esos
días no estaba limpio y verdoso como ahora sino que
era marrón estiércol.
–¿Y nunca se encontró con alguien
que le impidiera esa forma de protesta?
–Mirá, he vivido en París durante quince
años. Vi el Mayo de 1968, cuando los estudiantes
ganaron las calles con el lema de “Prohibido prohibir”.
En Europa se respetan las protestas. No, nunca tuve problemas
con las autoridades. Por lo demás, muchos artistas
participan en las protestas y se manifiestan a favor de
la Naturaleza. Artistas y personalidades famosas.
–La idea general, Nicolás, es que la
gente de Greenpeace son cuatro loquitos que andan por el
mundo proclamando utopías. La idea general es que
el progreso no se detiene ni se detendrá.
–Esa no es una idea general sino una idea muy tonta,
y digo tonta para no utilizar una palabra más fuerte.
Hay miles, hay millones de personas que entienden que salvamos
al mundo o las nuevas generaciones vivirán muy mal.
Hay millones de personas que entienden que talar bosques
y ensuciar mares o montañas no es progreso sino una
verdadera inconsciencia. Restany habló de mi obra
como “higiene moral”. Entender al progreso como
“hago lo que quiero, total el mar es grande, y hay
muchos árboles” es “mugre moral”.
Cada año, en el Amazonas, talan una superficie comparable
a la extensión total de Suiza. Quedan, no sé,
diez o quince Suizas, por ahora. En nuestro país
–olvidate del Riachuelo, que es espantoso, pero hay
cosas peores– para plantar soja talan los pocos bosques
que nos quedan en pie. Todo porque, ya te lo dije, el dios
dinero entra a tallar.
–¿Nunca utilizó el “verde
Uriburu” no en la nauraleza ni en obras no monumentales,
en obras... obras chicas?
–Sí. En 1972, cuando nació mi hija y
comenzó a crecer, pinté una representación
de su cara y sus cabellos, sus zapatitos y sus pañales.
–¿De qué color?
–La pregunta es una broma, ¿no? De verde, por
supuesto. De verde.
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