| Está
ocurriendo ahora. Representantes de grandes empresas visitan
universidades, preguntan quiénes son los mejores
alumnos, los diez mejores, por ejemplo, y los invitan a
Estados Unidos –por caso– con todos los gastos
pagos. Los entrevistan durante cuatro o cinco días
y luego les dan una semana de vacaciones. Esas vacaciones
incluyen hoteles de lujo, las mejores comidas, pasajes,
todo lo que necesiten. Luego, contratan a los más
destacados. A ese método algunos los llaman “fuga
de cerebros”; otros, más duros, hablan de “robo
de cerebros”. Como sea, está ocurriendo ahora,
cuando usted está leyendo este informe.
Con otras palabras, lo dijo recientemente en la Argentina
un mexicano, el doctor Juan Enríquez- Cabot, quien
pronunció una conferencia titulada “Los imperios
del futuro serán los imperios de la mente”,
idea que, añadió, tomó de uno de los
grandes genios del Siglo XX, el alemán Albert Einstein,
quien en los años ’40 dijo: “Todos los
imperios del futuro van a ser imperios del conocimiento,
y sólo los pueblos que entienden cómo generar
conocimientos y cómo protegerlos, cómo buscar
a los jóvenes que tengan capacidad y asegurarse de
que se queden en el país, serán los países
exitosos. Las otras naciones se quedarán con litorales
hermosos, con una historia fantástica (...), pero
jamás con un éxito económico”.
Ratones casi humanos. Cabot señala
que algunos países que no crecen pueden desaparecer:
“Tres de cada cuatro himnos nacionales, tres de cada
cuatro banderas no existían hace medio siglo”.
Ocurrió en Africa, Asia, Europa y en Oceanía.
América del Sur se viene salvando, pero no se sabe
hasta cuándo. La diferencia, afirma, está
en el fomento del conocimiento. Menciona fechas capitales
que cambiaron al mundo: el 12 de octubre de 1492, cuando
se descubrió a América, y el 12 de febrero
del 2001, cuando apareció el mapa más importante
en toda la Historia de la Humanidad: el mapa de la secuencia
genética del ser humano. “Ese mapita cambia
todo”, dice. Da ejemplos que seguramente nos harán
más humildes, tales como que un ser humano –Susana
Giménez, Kirchner, Maradona, usted, nosotros–
tiene 30.000 genes. Y un ratón también. Desde
luego, un hombre o una mujer –blancos, mestizos, chinos,
negros, tanto da– son genéticamente casi idénticos.
Entonces, ¿por qué algunos (humanos, dejemos
a los ratones en paz) fracasan y otros triunfan. O, ¿por
qué algunos países son “centrales”
o dominantes, y otros andan como almas en pena pidiendo
créditos, sin poder progresar de una buena vez? Lo
explica así:
La otra revolución. Un buen día
se inventó el alfabeto digital. Cabot añade
que los países que no venden computadoras, teléfonos
digitales, fotografías digitales, entretenimientos
digitales, se vuelven cada día más pobres,
porque “en términos netos, son analfabetos
en el idioma que domina la economía del planeta”.
¿Exagera? No tanto. Un norteamericano llamado Bill
Gates desarrolló el lenguaje de las computadoras
y hoy tiene más fondos en su cuenta bancaria que
el presupuesto de muchos países del mundo, y no nos
referimos a los países sumergidos. Ahora, añade
Cabot, se viene el alfabeto genético, “y los
pueblos que no lo hablen”, los pueblos cuyos niños
no entiendan la ciencia y hablen ese idioma van a ser “los
dominados del mundo”. ¿Es para tanto?
El científico da un ejemplo que nos pega directamente:
“En 1900 la Argentina era uno de los países
más ricos. En 1960 lo seguía siendo, porque
en ese momento la tercera parte de la economía mundial
era la agricultura, otra tercera parte era la industria,
y la restante, servicios”. Por servicios entiende
personas que sacan patentes de invención, consultores,
seguros, hacedores de leyes, investigadores tecnológicos,
creadores de CD’s y de programas de computación,
entre otros.
En 1988, informa Cabot, la agricultura pasó de aquel
33 por ciento a ser el sólo 4 por ciento de la economía
mundial. Y los servicios son el 66 por ciento de la economía
mundial. Y los servicios, aclara, se manejan en un idioma,
el digital.
La nueva economía, entonces, es la del conocimiento.
Más que la de los combustibles. Por eso, a pesar
del valor del petróleo, los países petroleros
–Nigeria, Irak, Irán, Venezuela, México–
no son grandes potencias, no son países dominantes.
A su vez, sí son dominantes los que manejan conocimientos.
El hombre que el 12 de febrero del 2001 descubrió
el mapa genético, ahora tiene una industria que se
llama la genómica y que ha dado lugar a empresas
que tienen un valor de mercado similar a lo que produce
la Argentina en un año. La genómica permitirá
detectar enfermedades, combatirlas y vencerlas, entre otras
utilidades. “Todo eso –añade Cabot–
va a cambiar la manera de cómo vemos y entendemos
la vida en este planeta”.
Mirar la vida de ese modo permitió a Singapur, país
que era más pobre que la Argentina, tener hoy un
ingreso per cápita similar al de los Estados Unidos,
lo cual equivale a decir que su población disfruta
de una calidad de vida de las más altas que hay en
el mundo. Y nada de deuda externa.
¿Es posible progresar así? Por supuesto. La
receta es sencilla: conocimiento.
Lo demás vendrá por añadidura.
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