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Es el mismo gesto. La mirada risueña
y los ojos brillosos, a modo de anticipo de la carcajada;
el entrecejo fruncido, cómplice de la ironía;
y la sonrisa de medio lado, esa que se nos sale de la cara
cuando sabemos que tenemos muy en claro de lo que nos están
hablando. Despacito, como queriendo estirar cada momento,
cientos de personas circulan en dirección del reloj.
Tras algunos metros se detienen ante una nueva imagen, para
volver a repetir el ritual de gestos que apenas se altera
en función de la edad de los espectadores. De vez
en cuando, la voz de la guía que recorre con un grupo
de turistas la muestra itinerante Quino 50 años (ver
De gira), se impone. Y dan ganas de saltear algunos cuadros
para no perder detalle de su relato. Pero no. Tienta más
el suspenso y la sorpresa que da descubrir –o redescubrir–
de a poco a Joaquín Salvador Lavado, este maravilloso
artista mendocino que desde 1954 nos regala pequeñas
porciones de su genialidad en formato de viñeta.
¿Cómo presentarlo? El título de historietista
le queda chico a Quino. Y no es cuestión de reducir
lo suyo a una mera expresión humorística.
Algunos dicen que tampoco le gusta demasiado que lo tilden
de filósofo, historiador y por qué no, analista
social. Lo cierto es que con esa mezcla de gracia e ironía
ha logrado trascender todas las fronteras. Basta con tomar
como ejemplo a Mafalda, la entrañable jovencita que
el miércoles cumpliría 40 años y que,
con su mirada crítica sobre la realidad, supo cosechar
miles de fanáticos en países como Taiwán,
China, Grecia y, por supuesto, la Argentina. De hecho, sus
libros siguen editándose en distintos idiomas a pesar
de que Quino publicó la historia de la niña
y su gente sólo entre 1964 y 1974.
Fue en la
calle 12 de Octubre
Cuenta la historia que Joaquín Salvador Lavado nació
un 17 de julio de 1932, en la ciudad de Mendoza. Para distinguirlo
de su tío Joaquín Tejón, pintor y dibujante
de quién heredó la vocación, siempre
lo llamaron Quino. Y recién en la escuela primaria
descubrió que su verdadero nombre era Joaquín.
“Tengo muchos recuerdos de la infancia. De salir a
cazar lagartijas a la hora de la siesta con mis primos y
con mis hermanos y caernos un montón de veces a la
acequia. Nosotros vivíamos en la calle 12 de Octubre
que, como todas, era de tierra. Siempre pasaban los regadores,
que tomaban agua de la acequia para regar. Y luego los vendedores.
Un carro con mulas que llevaban leña, el pescadero,
un sirio libanés que ofrecía maquillaje para
las mujeres y unos señores vestidos de exploradores
vendiendo telas que decían que eran inglesas…
Todos eran inmigrantes, como mi familia”, cuenta y
divertido, imita la tonada del verdulero andaluz que siempre
recitaba “tengo el sol y la luna de los tomates”,
antes de zambullirse en una carcajada contagiosa al recordar
las comidas quemadas por la cocina a kerosene. Las hormigas
eran otro tema. “En casa teníamos un fondo
de tierra con un arbolito y había tres o cuatro clases
de hormigas, que cada tanto iban a la cocina y se metían
en el tarro de los fideos. Mi mamá no se daba cuenta
y terminaba sirviendo la sopa con hormigas, así que
uno comía un poco como para probar qué gusto
tenían”, continúa. Se hace inevitable
asociar sus anécdotas con las eternas peleas de Mafalda
con su madre a la hora de tomar la sopa; o esas tiras a
página entera en las que la salida a un bar o restaurante
deparaba espeluznantes sorpresas a más de un comensal.
Y claro, el cine. “A eso de los ocho años empecé
a ir al cine solo. O íbamos con mis amigos y mirábamos
de a tres películas seguidas, muchas de grandísimos
directores como John Houston, John Ford o Fritz Lang, sin
saber lo que estábamos viendo –agrega Quino
con una sonrisa amplia y los ojos entrecerrados, como si
estuviera reviviendo cada una de las escenas–. Además,
pasaban varios noticieros donde uno iba viendo el desarrollo
de la guerra en Europa, los bombardeos, los discursos de
Hitler y Mussolini, era una paliza dura”.
El ojo crítico
Reconoce que tanto cine le dejó una buena base cultural
y que siempre supo que quería ser dibujante. “Creo
que desde los tres años, cuando me quedé una
noche al cuidado de mi tío Joaquín, que se
puso a dibujar para entretenerme y me di cuenta de todo
lo que podía salir de un lápiz”, dice.
Tal fue el impacto, que para convencerlo de que tenía
que ir al colegio, su madre argumentó que era la
única manera de poder escribir los textos de las
historietas. Sin embargo, los cuadros que empezó
a publicar en 1954 en revistas como Rico Tipo, Dr. Merengue
y Tía Vicenta eran mudos. Hasta que en 1964 llegó
Mafalda, creada para promocionar el lanzamiento de una línea
de electrodomésticos llamada Mansfield. La publicidad
nunca salió a la calle y Quino siguió desarrollando
el mundo de la pequeña morocha que, a través
de pocas palabras y una increíble pureza de gestos,
contó –y marcó– la historia de
varias generaciones, para la revista Primera Plana primero,
y para el diario El Mundo después. En 1973 dejó
de dibujarla y asegura que después volvió
a hacerla “sólo por pedido especial de algunos
amigos o para campañas de salud y bien público”.
Con el paso de los años fue acumulando publicaciones,
premios y reconocimiento. Y hasta el día de hoy sus
creaciones se mantienen sobre esa delgada línea que
divide la angustia del entretenimiento. “Prefiero
hablar de mis dibujos, porque ‘chiste’ da la
idea de que siempre es gracioso, y yo no creo que mi trabajo
sea gracioso”, afirma categórico.
Quino permanece poco tiempo en un lugar fijo. “Argentina,
Italia, España y Francia, es un lío, un ir
y venir constante. Cuando estoy acá aprovecho para
visitar a mis hermanos y a mis sobrinos, en San Rafael y
en Mendoza”, cuenta. Sigue fiel al dibujo ‘a
mano alzada’ y tiene ‘un escritorio en cada
puerto’ desde los que prepara su tira semanal. “La
computadora me daña la vista. Además, me gusta
tocar el papel cuando trabajo, mancharme con la tinta”,
dice. ¿Su fuente de inspiración? “Los
periódicos, las cartas de los lectores, las canciones
que se escuchan en cada momento, me interesa saber qué
dicen las canciones que elige la gente. De alguna manera,
siempre estoy trabajando porque subo a un avión,
y me fijo cada uno de los detalles, por si alguna vez tengo
que dibujar alguna situación que transcurra en ese
escenario: qué hay, cómo se mueven las azafatas,
qué hacen. Voy tomando notas o hago bocetos. Y siempre
el cine, mucho”, agrega este fanático de la
pantalla grande. Aunque confiesa que a veces, tiene miedo
de volverse pesimista, dice que siempre trabaja con la ilusión
de que su tarea sirva para cambiar algo, aunque sea un poco.
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