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[Entrevista]

SIMPLEMENTE
QUINO

El miércoles 29 se
cumplen 40 años de la
primera publicación de
Mafalda. Mientras la
muestra, en la que se
repasa medio siglo de la
carrera de Joaquín
Salvador Lavado,
recorre el país, el genial
artista mendocino hace
una pausa y se toma un
tiempo para recordar su
infancia y contar
algunos de sus secretos.

Es el mismo gesto. La mirada risueña y los ojos brillosos, a modo de anticipo de la carcajada; el entrecejo fruncido, cómplice de la ironía; y la sonrisa de medio lado, esa que se nos sale de la cara cuando sabemos que tenemos muy en claro de lo que nos están hablando. Despacito, como queriendo estirar cada momento, cientos de personas circulan en dirección del reloj. Tras algunos metros se detienen ante una nueva imagen, para volver a repetir el ritual de gestos que apenas se altera en función de la edad de los espectadores. De vez en cuando, la voz de la guía que recorre con un grupo de turistas la muestra itinerante Quino 50 años (ver De gira), se impone. Y dan ganas de saltear algunos cuadros para no perder detalle de su relato. Pero no. Tienta más el suspenso y la sorpresa que da descubrir –o redescubrir– de a poco a Joaquín Salvador Lavado, este maravilloso artista mendocino que desde 1954 nos regala pequeñas porciones de su genialidad en formato de viñeta.
¿Cómo presentarlo? El título de historietista le queda chico a Quino. Y no es cuestión de reducir lo suyo a una mera expresión humorística. Algunos dicen que tampoco le gusta demasiado que lo tilden de filósofo, historiador y por qué no, analista social. Lo cierto es que con esa mezcla de gracia e ironía ha logrado trascender todas las fronteras. Basta con tomar como ejemplo a Mafalda, la entrañable jovencita que el miércoles cumpliría 40 años y que, con su mirada crítica sobre la realidad, supo cosechar miles de fanáticos en países como Taiwán, China, Grecia y, por supuesto, la Argentina. De hecho, sus libros siguen editándose en distintos idiomas a pesar de que Quino publicó la historia de la niña y su gente sólo entre 1964 y 1974.

Fue en la calle 12 de Octubre
Cuenta la historia que Joaquín Salvador Lavado nació un 17 de julio de 1932, en la ciudad de Mendoza. Para distinguirlo de su tío Joaquín Tejón, pintor y dibujante de quién heredó la vocación, siempre lo llamaron Quino. Y recién en la escuela primaria descubrió que su verdadero nombre era Joaquín. “Tengo muchos recuerdos de la infancia. De salir a cazar lagartijas a la hora de la siesta con mis primos y con mis hermanos y caernos un montón de veces a la acequia. Nosotros vivíamos en la calle 12 de Octubre que, como todas, era de tierra. Siempre pasaban los regadores, que tomaban agua de la acequia para regar. Y luego los vendedores. Un carro con mulas que llevaban leña, el pescadero, un sirio libanés que ofrecía maquillaje para las mujeres y unos señores vestidos de exploradores vendiendo telas que decían que eran inglesas… Todos eran inmigrantes, como mi familia”, cuenta y divertido, imita la tonada del verdulero andaluz que siempre recitaba “tengo el sol y la luna de los tomates”, antes de zambullirse en una carcajada contagiosa al recordar las comidas quemadas por la cocina a kerosene. Las hormigas eran otro tema. “En casa teníamos un fondo de tierra con un arbolito y había tres o cuatro clases de hormigas, que cada tanto iban a la cocina y se metían en el tarro de los fideos. Mi mamá no se daba cuenta y terminaba sirviendo la sopa con hormigas, así que uno comía un poco como para probar qué gusto tenían”, continúa. Se hace inevitable asociar sus anécdotas con las eternas peleas de Mafalda con su madre a la hora de tomar la sopa; o esas tiras a página entera en las que la salida a un bar o restaurante deparaba espeluznantes sorpresas a más de un comensal. Y claro, el cine. “A eso de los ocho años empecé a ir al cine solo. O íbamos con mis amigos y mirábamos de a tres películas seguidas, muchas de grandísimos directores como John Houston, John Ford o Fritz Lang, sin saber lo que estábamos viendo –agrega Quino con una sonrisa amplia y los ojos entrecerrados, como si estuviera reviviendo cada una de las escenas–. Además, pasaban varios noticieros donde uno iba viendo el desarrollo de la guerra en Europa, los bombardeos, los discursos de Hitler y Mussolini, era una paliza dura”.

El ojo crítico
Reconoce que tanto cine le dejó una buena base cultural y que siempre supo que quería ser dibujante. “Creo que desde los tres años, cuando me quedé una noche al cuidado de mi tío Joaquín, que se puso a dibujar para entretenerme y me di cuenta de todo lo que podía salir de un lápiz”, dice. Tal fue el impacto, que para convencerlo de que tenía que ir al colegio, su madre argumentó que era la única manera de poder escribir los textos de las historietas. Sin embargo, los cuadros que empezó a publicar en 1954 en revistas como Rico Tipo, Dr. Merengue y Tía Vicenta eran mudos. Hasta que en 1964 llegó Mafalda, creada para promocionar el lanzamiento de una línea de electrodomésticos llamada Mansfield. La publicidad nunca salió a la calle y Quino siguió desarrollando el mundo de la pequeña morocha que, a través de pocas palabras y una increíble pureza de gestos, contó –y marcó– la historia de varias generaciones, para la revista Primera Plana primero, y para el diario El Mundo después. En 1973 dejó de dibujarla y asegura que después volvió a hacerla “sólo por pedido especial de algunos amigos o para campañas de salud y bien público”.
Con el paso de los años fue acumulando publicaciones, premios y reconocimiento. Y hasta el día de hoy sus creaciones se mantienen sobre esa delgada línea que divide la angustia del entretenimiento. “Prefiero hablar de mis dibujos, porque ‘chiste’ da la idea de que siempre es gracioso, y yo no creo que mi trabajo sea gracioso”, afirma categórico.
Quino permanece poco tiempo en un lugar fijo. “Argentina, Italia, España y Francia, es un lío, un ir y venir constante. Cuando estoy acá aprovecho para visitar a mis hermanos y a mis sobrinos, en San Rafael y en Mendoza”, cuenta. Sigue fiel al dibujo ‘a mano alzada’ y tiene ‘un escritorio en cada puerto’ desde los que prepara su tira semanal. “La computadora me daña la vista. Además, me gusta tocar el papel cuando trabajo, mancharme con la tinta”, dice. ¿Su fuente de inspiración? “Los periódicos, las cartas de los lectores, las canciones que se escuchan en cada momento, me interesa saber qué dicen las canciones que elige la gente. De alguna manera, siempre estoy trabajando porque subo a un avión, y me fijo cada uno de los detalles, por si alguna vez tengo que dibujar alguna situación que transcurra en ese escenario: qué hay, cómo se mueven las azafatas, qué hacen. Voy tomando notas o hago bocetos. Y siempre el cine, mucho”, agrega este fanático de la pantalla grande. Aunque confiesa que a veces, tiene miedo de volverse pesimista, dice que siempre trabaja con la ilusión de que su tarea sirva para cambiar algo, aunque sea un poco.