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Vértigo. Eso es lo que se palpita
en el mundo del director cinematográfico Pablo Trapero.
Su productora, Matanza Cine, es un centro de concentración
de adrenalina y movimiento incesante. Mientras la entrevista
se demora por una reunión de producción, un
grupo de asistentes prepara el estreno de su última
película, Familia Rodante, mientras su esposa, Martina
Gusman y su socio, Hugo Castro, están abocados a
la preproducción de un nuevo filme. Es que, Trapero,
instaló, en el barrio porteño de Palermo,
su universo que respira cine las 24 horas. “Estamos
como locos, con el estreno de la película y arreglando
los últimos detalles del filme de Albertina Carri
(una joven directora argentina que prepara su opera prima
Decir tu nombre), y apenas se estrene Familia, tengo que
volver a Europa”, remarca.
Trapero se ha convertido en uno de los más promisorios
directores argentinos tras los estrenos de Mundo Grúa
(1999) y la premiada El Bonaerense (2001), pero también
es uno de los productores más talentosos, al manejar
con mucha experiencia los contactos internacionales para
financiar sus atractivos proyectos.
–¿Esta actividad incesante, era lo
que soñabas hace una década, cuando empezabas
a estudiar cine?
–Era una ilusión que hoy se convierte en una
grata realidad. Lo que más me gusta es estar en este
ritmo vertiginoso que sólo el cine puede proponerte.
En lo económico es una cuestión diferente,
porque es una inversión a largo plazo, cada película
tiene un proceso, al menos de dos años. Es una gran
responsabilidad, porque cada día se agranda la estructura
y hay mucha gente a cargo, pero me gusta asumir el compromiso.
–La suerte es tener a
tu mujer cerca...
–Nuestra relación nació y fue creciendo
a partir del cine. Ella es una excelente productora ejecutiva
y uno descansa mucho cuando cumple tan bien ese rol. Pero
somos una pareja y también trae momentos estresantes.
La debilidad de Trapero y su mujer pasa por Mateo, su hijo
de casi tres años, que en la película de Familia
Rodante, fue parte activa de la aventura de recorrer más
de 1.200 kilómetros entre Buenos Aires y la localidad
de San Javier en Misiones, durante 60 días de filmación.
“Mateo es parte ya del cine, en 2001 adelantó
en un mes su nacimiento, y su madre casi lo tuvo en pleno
set de filmación del El Bonaerense, y además
tiene un récord en su haber: es el acreditado más
joven –tenía sólo 55 días–
del Festival de Cannes”, explica orgulloso el padre.
–Hacer Familia Rodante, tu primer guión
de largometraje, ¿es cerrar el círculo sobre
tu familia?
–Era una deuda pendiente, la película está
dedicada a mi abuela y, sobre su historia y mis propios
recuerdos de los viajes en familia, nació la idea
de contar este guión que tiene mucho de otras familias,
como la de cualquiera que conozcamos.
–¿Cómo fue trabajar con tu abuela
como protagonista?
–Ella es una mujer (la actriz Graciana Chironi) de
85 años, muy vital que había trabajado en
Mundo Grúa, donde fue la madre del protagonista y
en una situación similar en El Bonaerense. Le debía
esta historia y ella me demostró una capacidad conmovedora
para convertir las cosas difíciles en fáciles.
“me gusta
el contacto con esa gente que no la tiene facil en la vida.
La gente que esta segura de si misma todo el tiempo, me
aburre”
–¿Cómo se construyen estos personajes,
por momentos tan marginales y desolados, de tus películas?
–Con mucha mirada personal, vengo de vivir gran parte
de mi vida en un barrio popular de clase media –Ramos
Mejía– en el Gran Buenos Aires, su esencia
la obtengo allí. Pero también vi cómo
esa clase, por las diferentes crisis, fue perdiendo objetivos
que antes le eran naturales. Mi cine se apoya en tener una
mirada profunda sobre los ejes de esas pérdidas que
cambian profundamente tu carácter. Después
es todo ficción, aunque a la gente le cueste creerlo,
todavía me siguen preguntando si el Zapa (nr: personaje
protagonista de El Bonaerense) o el Rulo (Mundo Grúa)
eran reales, y son totalmente construcciones de ficción.
También me paran para saber si la comisaría
de El Bonaerense no es parte de un documental.
–En esta película volvés a crear
un clima de naturalidad, que hace que tu cine se defina
como neorrealismo local, ¿Coincidís con esa
observación?
–Para mí es un halago, es un movimiento cinematográfico
que admiro muchísimo, con directores de la talla
de Roberto Rosellini, Federico Fellini, Vittorio De Sica,
pero a veces siento que es una definición contradictoria,
porque se pierde de vista la ficción que me fascina.
–¿Te enojan los rótulos?
–No entiendo a los que hablan de nuevo cine argentino,
porque no creo en esa definición. Aquí no
hubo un manifiesto cultural o una postura teórica
para sostenerlo. Sí creo en un panorama construido
por películas disímiles, con producciones
diferentes, que nos da una identidad propia a partir de
la variedad.
–¿Cine industrial o cine independiente?
–El concepto de cine independiente es falso porque
es totalmente “dependiente” de un montón
de cosas. Si bien no hay detrás de las películas
nacionales un gran estudio que las apoye, las producciones
dependen de mucha planificación, de construcciones
creativas y financieras. Y es dependiente de los recursos
económicos y de la gente que forma parte de una industria
de “laburantes”.
Trapero sabe del tema, viene de una familia que hizo del
trabajo una pasión cotidiana y que en su última
película tiene un ejemplo fundamental: su padre Martín,
quien como mecánico primero y luego como vendedor
de repuestos de automóvil, alimentó la sed
de aventuras de su gente con una casa rodante. Construida
con sus manos, recorrió todo el país y hoy
se transformó en el escenario móvil de Familia
Rodante.
–¿Cómo recordás esas
vacaciones?
–Ganas de volver a ser chico, de recorrer lugares
tan fantásticos como Misiones, Península de
Valdés, Mendoza. Ir a lugares donde no sabías
qué ibas a encontrar. Recuerdo la sensación
de subirnos a la casa rodante, mirarnos entre todos y preguntarnos
¿a dónde vamos?
–Esa construcción social de tu infancia
también se refleja en tus películas, ¿qué
te gusta ver en estos personajes que buscan su lugar en
el mundo?
–Me gusta contar las historias de gente que busca
otro lugar, otra situación económica, otra
familia. En la búsqueda de sueños personales,
me gusta el contacto con esa gente que no la tiene fácil
en la vida. La gente que está segura de sí
misma todo el tiempo, me aburre.
–La Argentina parece ser un lugar ideal para
ese tipo de historias.
–Lo que me gusta de este país es que genera
historias todo el tiempo donde menos te imaginás.
Quiero que mi cine cuente ese choque que se produce entre
cómo deberían ser las cosas y cómo
finalmente son. Ese es nuestro país, el de levantarse
todos los días con esa sensación de inestabilidad
permanente.
–¿Y en tu cine, cómo lo reflejás?
–Intento que mis películas sean solidarias
con las ideas, que entretengan y conmuevan, y que nunca
se alejen del concepto de provocar algo al espectador, todos
tenemos sensaciones diferentes al ver una película
y me gusta esa libertad.
–¿Qué país querés
para tu hijo?
–Pertenezco a la generación que desde chico
vengo escuchando “nunca estuvimos peor”, sin
embargo, creo que siempre se puede estar aún peor.
Me parece que no perder la esperanza sería una actitud
que quisiera que heredara Mateo, porque así tendría
un mejor país, menos fetichista y más solidario.
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