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[Entrevista]

"QUIERO QUE MIS PELICULAS
SEAN SOLIDARIAS CON LAS IDEAS"

Con un cine naturalista, Pablo Trapero (33) demuestra su vocación por contar historias diferentes a partir de la ficción. Después de Mundo Grúa y El Bonaerense, ambas reconocidas internacionalmente, estrenó Familia Rodante, una película que es protagonizada por su propia abuela de 85 años, en un personaje entrañable. Director y productor, Trapero apuesta a vivir respirando cine 24 horas por día.

Vértigo. Eso es lo que se palpita en el mundo del director cinematográfico Pablo Trapero. Su productora, Matanza Cine, es un centro de concentración de adrenalina y movimiento incesante. Mientras la entrevista se demora por una reunión de producción, un grupo de asistentes prepara el estreno de su última película, Familia Rodante, mientras su esposa, Martina Gusman y su socio, Hugo Castro, están abocados a la preproducción de un nuevo filme. Es que, Trapero, instaló, en el barrio porteño de Palermo, su universo que respira cine las 24 horas. “Estamos como locos, con el estreno de la película y arreglando los últimos detalles del filme de Albertina Carri (una joven directora argentina que prepara su opera prima Decir tu nombre), y apenas se estrene Familia, tengo que volver a Europa”, remarca.
Trapero se ha convertido en uno de los más promisorios directores argentinos tras los estrenos de Mundo Grúa (1999) y la premiada El Bonaerense (2001), pero también es uno de los productores más talentosos, al manejar con mucha experiencia los contactos internacionales para financiar sus atractivos proyectos.
–¿Esta actividad incesante, era lo que soñabas hace una década, cuando empezabas a estudiar cine?
–Era una ilusión que hoy se convierte en una grata realidad. Lo que más me gusta es estar en este ritmo vertiginoso que sólo el cine puede proponerte. En lo económico es una cuestión diferente, porque es una inversión a largo plazo, cada película tiene un proceso, al menos de dos años. Es una gran responsabilidad, porque cada día se agranda la estructura y hay mucha gente a cargo, pero me gusta asumir el compromiso.

–La suerte es tener a tu mujer cerca...
–Nuestra relación nació y fue creciendo a partir del cine. Ella es una excelente productora ejecutiva y uno descansa mucho cuando cumple tan bien ese rol. Pero somos una pareja y también trae momentos estresantes.
La debilidad de Trapero y su mujer pasa por Mateo, su hijo de casi tres años, que en la película de Familia Rodante, fue parte activa de la aventura de recorrer más de 1.200 kilómetros entre Buenos Aires y la localidad de San Javier en Misiones, durante 60 días de filmación.
“Mateo es parte ya del cine, en 2001 adelantó en un mes su nacimiento, y su madre casi lo tuvo en pleno set de filmación del El Bonaerense, y además tiene un récord en su haber: es el acreditado más joven –tenía sólo 55 días– del Festival de Cannes”, explica orgulloso el padre.
–Hacer Familia Rodante, tu primer guión de largometraje, ¿es cerrar el círculo sobre tu familia?
–Era una deuda pendiente, la película está dedicada a mi abuela y, sobre su historia y mis propios recuerdos de los viajes en familia, nació la idea de contar este guión que tiene mucho de otras familias, como la de cualquiera que conozcamos.
–¿Cómo fue trabajar con tu abuela como protagonista?
–Ella es una mujer (la actriz Graciana Chironi) de 85 años, muy vital que había trabajado en Mundo Grúa, donde fue la madre del protagonista y en una situación similar en El Bonaerense. Le debía esta historia y ella me demostró una capacidad conmovedora para convertir las cosas difíciles en fáciles.

“me gusta el contacto con esa gente que no la tiene facil en la vida. La gente que esta segura de si misma todo el tiempo, me aburre”


–¿Cómo se construyen estos personajes, por momentos tan marginales y desolados, de tus películas?
–Con mucha mirada personal, vengo de vivir gran parte de mi vida en un barrio popular de clase media –Ramos Mejía– en el Gran Buenos Aires, su esencia la obtengo allí. Pero también vi cómo esa clase, por las diferentes crisis, fue perdiendo objetivos que antes le eran naturales. Mi cine se apoya en tener una mirada profunda sobre los ejes de esas pérdidas que cambian profundamente tu carácter. Después es todo ficción, aunque a la gente le cueste creerlo, todavía me siguen preguntando si el Zapa (nr: personaje protagonista de El Bonaerense) o el Rulo (Mundo Grúa) eran reales, y son totalmente construcciones de ficción. También me paran para saber si la comisaría de El Bonaerense no es parte de un documental.
–En esta película volvés a crear un clima de naturalidad, que hace que tu cine se defina como neorrealismo local, ¿Coincidís con esa observación?
–Para mí es un halago, es un movimiento cinematográfico que admiro muchísimo, con directores de la talla de Roberto Rosellini, Federico Fellini, Vittorio De Sica, pero a veces siento que es una definición contradictoria, porque se pierde de vista la ficción que me fascina.
–¿Te enojan los rótulos?
–No entiendo a los que hablan de nuevo cine argentino, porque no creo en esa definición. Aquí no hubo un manifiesto cultural o una postura teórica para sostenerlo. Sí creo en un panorama construido por películas disímiles, con producciones diferentes, que nos da una identidad propia a partir de la variedad.
–¿Cine industrial o cine independiente?
–El concepto de cine independiente es falso porque es totalmente “dependiente” de un montón de cosas. Si bien no hay detrás de las películas nacionales un gran estudio que las apoye, las producciones dependen de mucha planificación, de construcciones creativas y financieras. Y es dependiente de los recursos económicos y de la gente que forma parte de una industria de “laburantes”.
Trapero sabe del tema, viene de una familia que hizo del trabajo una pasión cotidiana y que en su última película tiene un ejemplo fundamental: su padre Martín, quien como mecánico primero y luego como vendedor de repuestos de automóvil, alimentó la sed de aventuras de su gente con una casa rodante. Construida con sus manos, recorrió todo el país y hoy se transformó en el escenario móvil de Familia Rodante.
–¿Cómo recordás esas vacaciones?
–Ganas de volver a ser chico, de recorrer lugares tan fantásticos como Misiones, Península de Valdés, Mendoza. Ir a lugares donde no sabías qué ibas a encontrar. Recuerdo la sensación de subirnos a la casa rodante, mirarnos entre todos y preguntarnos ¿a dónde vamos?
–Esa construcción social de tu infancia también se refleja en tus películas, ¿qué te gusta ver en estos personajes que buscan su lugar en el mundo?
–Me gusta contar las historias de gente que busca otro lugar, otra situación económica, otra familia. En la búsqueda de sueños personales, me gusta el contacto con esa gente que no la tiene fácil en la vida. La gente que está segura de sí misma todo el tiempo, me aburre.
–La Argentina parece ser un lugar ideal para ese tipo de historias.
–Lo que me gusta de este país es que genera historias todo el tiempo donde menos te imaginás. Quiero que mi cine cuente ese choque que se produce entre cómo deberían ser las cosas y cómo finalmente son. Ese es nuestro país, el de levantarse todos los días con esa sensación de inestabilidad permanente.
–¿Y en tu cine, cómo lo reflejás?
–Intento que mis películas sean solidarias con las ideas, que entretengan y conmuevan, y que nunca se alejen del concepto de provocar algo al espectador, todos tenemos sensaciones diferentes al ver una película y me gusta esa libertad.
–¿Qué país querés para tu hijo?
–Pertenezco a la generación que desde chico vengo escuchando “nunca estuvimos peor”, sin embargo, creo que siempre se puede estar aún peor. Me parece que no perder la esperanza sería una actitud que quisiera que heredara Mateo, porque así tendría un mejor país, menos fetichista y más solidario.