|
En
lo que al mundo de la gastronomía respecta, las mujeres
argentinas saltaron la valla. Al igual que lo hicieron en
muchas profesiones, nuestras chicas lograron, en los últimos
diez años, superar las fronteras de la cocina hogareña
para ubicarse –con éxito– en altos puestos
de mando.
Tomaron la sartén por el mango y salieron a un campo
de batalla que, desde tiempos históricos y como tantos
otros, había estado dominado por hombres. Y enseguida
ganaron terreno: hoy están al frente de los mejores
restaurantes del país, ocupan cargos directivos en
las escuelas del rubro, llevan la batuta de grandes empresas
de catering y son la cara de varios programas de televisión
especializados.
“La nuestra es una profesión que ha cambiado
y evolucionado muchísimo. La cocina antes era estrictamente
de dominio masculino y, como en un montón de cosas
y con toda la justicia del mundo, la mujer se fue metiendo
e intercalando”, apunta Myette Ferrecio (52), la dama
que hace 23 años se animó a encarar una empresa
de catering cuando en el país no había más
de tres (hoy rondan las 40 sólo en Capital Federal).
Myette, que cada año viaja a París para hacer
un stage o entrenamiento de cocina, sostiene que la suya,
es una profesión sacrificada y estresante: “Exige
estar cerca de 16 horas de pie, al calor y levantando cacerolas.
Siempre todo es para ayer y tiene que estar perfecto: la
comida para la fiesta de bodas de la novia no puede fallar”.
Por todo eso, afirma, las mujeres que eligen dedicarse a
la alta cocina lo hacen por pura vocación: “En
mi empresa las mujeres trabajan a la par de los varones.
No entiendo cómo siguen firmes a pesar de las várices,
la artrosis del cuello y el dolor de las cervicales”.
Otra precursora en asuntos de ollas y sartenes es Alicia
Berger: en 1988, la señora que durante mucho tiempo
cocinó para canales de TV, fue la primera en abrir
una institución dedicada a la enseñanza de
la gastronomía. Por eso, hoy, Berger se autodefine
como transgresora. “Cuando trasladé las hornallas
al aula, hasta mis hijos me decían ‘mamá,
vos estás loca’”.
En una oficina grande y luminosa de su Escuela Superior
de Cocina (ESCAB), Alicia analiza la cuestión actual
con un bagaje de años y años de experiencia:
“En los ’90 y con la convertibilidad, la gente
salió del país y tuvo acceso a muchas cocinas
del mundo. Entonces, se abrieron escuelas y los jóvenes
empezaron a llegar, buscando hacer una carrera. Antes las
mujeres cocinaban para conquistar a sus novios y hoy lo
hacen, como una profesión. Estoy feliz, siempre quise
hacer de esto algo serio”, se enorgullece. Un dato
respalda lo que dice: hasta hace dos años, en el
país había unos 10 mil alumnos que seguían
esta carrera y ahora suman unos 16 mil. Entre Capital Federal
y Gran Buenos Aires, las academias del rubro ya superan
las 150.
“Antes era malo ser cocinera: a mí, en los
años ’80, no me dejaban subir al ascensor de
mi casa con el uniforme de trabajo”, recuerda Alicia,
y deja en claro que el título de chef (“jefe”,
en francés), no se obtiene al salir de una escuela
sino que se gana trabajando. Y transpirando, claro.
Jóvenes
y talentosas
Cuando Sabrina Bortolin (32) ingresó como estudiante
al Gato Dumas Colegio de Cocineros, en 1998, el aula estaba
poblada de varones y las mujeres eran minoría: había
sólo cuatro chicas entre tanta testosterona. Egresada
con medalla de oro, la joven se quedó en la escuela
a pedido del mismísimo Guillermo Calabrese, Director
Académico y Máster Instructor del Colegio.
Hoy, desde su lugar de Directora Académica de la
sede de Capital Federal, Sabrina afirma que, aunque no podría
precisarlo con exactitud, el volumen de mujeres en la matrícula
aumentó considerablemente con los años.
En las aulas del Gato Dumas de Rosario, también ocurrió
lo mismo: desde 2000 hasta ahora, la presencia femenina
aumentó un 25%.
Pese a su juventud, Bortolin también puede hablar
desde la experiencia: “Cuando salí a trabajar,
las cocinas de los restaurantes más antiguos estaban
repletas de hombres. Es más, he ido a trabajar a
lugares donde no había vestuario para damas y tenía
que usar el baño de las clientas. En ese momento,
a la hora de contratar personal, todavía pedían
casi exclusivamente cocineros varones”. Según
Sabrina, esto respondía en parte a una tradición
y en parte a las características mismas de la profesión:
la gastronomía, coincide con sus colegas, es un trabajo
“duro y pesado”.
“Para ser chef se necesita una actitud totalmente
estoica. Tenés que dejar todo por la cocina. Y tener
muy buen liderazgo, porque si la brigada de cocina se pone
en contra del jefe, el jefe se tiene que ir. Es quien debe
vigilar que todo esté bajo control, porque de él
es la responsabilidad de crear el plato, hacer las pruebas,
dirigir los despachos y asegurarse de que hasta el último
detalle esté como él quiere y no como quiere
el ayudante de cocina”. Sabrina, que se define como
una “ruda”, dice que ya se resignó a
usar uñas cortas y sin esmalte. “Es lo primero
que les enseño a mis alumnas. Por cuestiones de higiene,
nos tenemos que acostumbrar a usar el cabello atado y la
cara sin maquillaje”.
Como Sabrina, en las sedes del Colegio las chicas también
ocupan altos cargos: tanto en Rosario como Neuquén,
en Pastelería mandan las mujeres.
En vez de Psicología, Paula De Felipe (28) terminó
el secundario y decidió seguir la carrera de cocina.
Había empezado con cursos cortos mientras terminaba
la escuela así que, a la par de sus estudios gastronómicos,
la chica enseguida consiguió trabajo. Primero fue
ayudante de cocina de un importantísimo hotel internacional
de Buenos Aires, hizo pasantías en el restaurante
de Dolli Irigoyen, luego pasó por un local en Bariloche,
por otro en el exclusivo barrio porteño de Las Cañitas,
hasta que finalmente fue jefa de cocina del Bar Uriarte
durante dos años y medio. Actualmente, Paula ya es
dueña de su propio negocio gourmet, el Club del Maipo.
“Esto de ser mujer y trabajar en la cocina, te diría,
se puede trasladar a cualquier profesión: te miman
más, pero también te subestiman. La primera
cuestión podés aprovecharla. Ahora, a la segunda,
tenés que hacerle frente. Pero así te fogueás
y aprendés”, sostiene Paula, que dice que cuando
ejerce rango y da órdenes, aprovecha su costado femenino
y maternal para “entender mejor” a quienes trabajan
con ella.
De hombres,
mujeres y comidas
Myette dice que la cocina femenina tiene la ventaja de ser
más refinada, etérea y de buen gusto. “La
mujer es más detallista, sutil y sofisticada. A la
hora de una decoración, son mucho más finas
que los varones. El hombre, en cambio, tiene más
fuerza”. Para Alicia Berger, las chicas le aportan
a los platos tanto como ellos. Ahora: “Puede llegar
a ser más obsesiva, más creativa y hasta más
prolija. El varón, por ejemplo, reparte pimienta
a lo loco, es más audaz”. Sabrina Bortolin
dice que la delicadeza es un rasgo femenino, al igual que
los sabores suaves: “El hombre, cuando condimenta,
es más agresivo”, coincide con Alicia. Si tuviera
que encasillar a las cocineras dentro de alguna especialidad,
Paula De Felipe dice que muchas eligen la pastelería
y que la coctelería, por glamorosa, también
cierra bien para las mujeres. “Lo que no quiere decir
que no haya excelentes pasteleros y mujeres que están
al lado de una parrilla poniéndole toda la polenta
del mundo”. Armadas hasta los dientes (de cucharones
y batidores), con delicadeza, sí, y sofisticación
también, la cuestión es que las mujeres ya
libraron la batalla de la conquista.
|