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Dice
que solamente cuando transcurrió buena parte de su
existencia terrenal (tiene 72 años, dos hijos, cinco
nietos y un bisnieto llamado Santino, “nombre de mafioso,
¿viste?”), la artista plástica Josefina
Robirosa empezó a comprender, “además
del lado luminoso de la vida, el miedo, la ira, la culpa,
el dolor, y la inseguridad, que se compactan hasta oscurecer
toda posibilidad de claridad en la visión”.
En estos días, Josefina acaba de montar una exhibición
con sus cuadros pintados en los últimos años.
Son obras que, extrañamente, no tienen nada que ver
con la época en que pintaba figuras humanas, o sentimientos.
Se parecen a sus primeros cuadros, como las obras no figurativas
que presentó en 1957 en la Bienal de San Pablo, Brasil.
Su silueta, la de Josefina, no la de las obras, a pesar
de los años, sigue tan esbelta y elegante como entonces,
una bisabuela con gracia como un bambú, y su voz
es fresca y joven, una voz de octubre y primavera.
–Y sí –dice, no sobre el bambú
sino acerca de su retorno a la pintura geométrica:
–Es como si estuviera de regreso en mi primera juventud
para empezar otro camino.
–¿Cuál?
–Todavía no lo sé. Estoy tratando de
librarme de mí misma y de mi pasado estético.
–Pero, Josefina, ¿no hay un arte nuevo?
¿Cuáles son las tendencias estéticas
Siglo XXI?
–No las hay. Lo último que algunos están
presentando como arte son una repetición de Duchamps,
¿te acordás de Duchamps, quien en los años
’60, en la época del Di Tella, presentó
un urinario como si fuera una obra de arte?
El lo hizo como chiste, pero muchos críticos lo tomaron
en serio y dijeron que era magnífica, imaginate,
un inodoro o un bidet, obras de arte. Entonces, hay gente
que quiere llamar la atención sobre sí misma
y sobre su obra al mejor estilo Duchamps, y no, eso no es
arte, ni novedad, ni nada. ¿De veras me querés
hacer un reportaje?
Me gusta donde
vivo, porque abro la ventana y veo
un jardín inmenso y no tengo que cortar el
pasto.
–Para eso estamos aquí.
–¿No viste el homenaje a Grippo en el Malba
(Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires)? –dice
Josefina: –Grippo fue un gran artista, pero en lugar
de sus mejores obras, pusieron una mesa llena de papas,
y parecía una verdulería.
–¿Y por casa cómo andamos? ¿Qué
actividades, además de pintar?
–Bueno, vivo frente al Parque Lezama. Vivo sola. Estoy
en una etapa en la que puedo tener muchos amigos hombres,
porque ya el erotismo no es tan importante. Y bueno, me
gusta donde vivo, porque abro la ventana y veo un jardín
inmenso, todo el parque, y no tengo que cortar el pasto,
y me llega el perfume de las magnolias y de los claveles,
es una maravilla. Veo salir el sol en el río, y veo
salir la Luna.
Nada de
horóscopos
–Vamos por partes. Olfatear magnolias y mirar
la luna no es una actividad que ocupe mucho tiempo. ¿De
veras, sola?
–Sí y no. Mi casa es grande y antigua, y si
algún nieto quiere quedarse, se queda. Quiero mucho
a mis hijos, nietos y bisnieto y a toda mi familia. Así
que si paso un par de días sin verlos, los llamo
por teléfono y les digo “voy para tu casa y
te estrujo a abrazos”. Y trabajo, trabajo mucho en
mis pinturas.
–¿Y qué más?
–Leo sobre astrología. No me entiendas mal:
no sobre astrología adivinatoria, eso no. La historia,
tu historia, mi historia, comienza siempre ahora. Hubo una
época en la que yo culpaba a mis circunstancias astrológicas.
Las culpaba de que no pudiera pintar lo que quería,
o por cualquier cosa que me pasaba. Y bueno, no, no es cierto.
Tengo un libro de Adler, La astrología como ciencia
nada oculta, nada que ver con los horóscopos, que
explica la esencia del ser humano, los signos, yo me caracterizo
por la duda. Creo que me caracterizo por la duda... ¿Será
así? Como buena geminiana nunca creo en lo que veo.
Dada una botella, miro a través del vidrio el anverso
de la etiqueta, a ver si dice algo diferente o veo algo
distinto.
De todos modos, las cosas son lo que deben ser, y las personas
también, salvo que tengan una personalidad fofa,
débil, y tampoco. Porque en realidad, y yo lo aprendí
con mi marido, el escultor Jorge Michel, aprendí
que no podés cambiar a nadie. No en lo esencial.
Eso te enseña la astrología no judiciaria,
no adivinatoria.
Es dificil tratar
con los críticos,
que se creen dueños de la verdad
y actuan como una cofradia unida,
pero equivocada.
El Di Tella
–¿Resulta fácil para una mujer-artista
competir con hombres-artistas?
–Resulta difícil tratar con los críticos,
que se creen dueños de la verdad y se comportan como
una cofradía muy unida e infinitamente equivocada.
Pero, con artistas, ¿por qué competir, si
hablando podemos trabajar juntos?
En la época del Di Tella, en los años ’60,
éramos nada más que dos mujeres, Marta Minujin
y yo. Tratábamos de sobrevivir en una selva de hombres.
Yo veía mi vida, mi vida como pintora, como un valle
de lágrimas. Pero no, la vida es un baile, una alegría.
Y no estoy dispuesta a dejar que nadie me convenza de lo
contrario. Aunque me pasen cosas no buenas. Y ya que te
hablé del Di Tella: esto que te digo, lo dije siempre.
Quien decidía todo, que se exponía y qué
no, era Romero Brest, quien creía que si una cosa
era nueva, era buena o no. Yo llegué muy pronto a
la convicción de que Romero Brest no sabía
nada de pintura. Pero nadie se animó a revelarle
esa verdad. Así fue la historia. No dejes que nadie
te engañe y te diga otra cosa.
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