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ADROGUE
EL PUEBLO QUE BORGES
ELIGIO
PARA SUICIDARSE

En esa población bonaerense vivieron el ex presidente Carlos Pellegrini, la actriz Libertad Lamarque, y hoy vive el galán de telenovelas Joaquín Furriel, entre otras celebridades. Tiene un castillo del siglo XIX, idéntico a un castel veneciano del año 1250, con túneles misteriosos y mazmorras tenebrosas. E historias tan ciertas como increíbles: fue el primer lugar en donde se jugó al fútbol en la Argentina.

La mayor parte de las calles arboladas llevan los apellidos de los marinos (y aún de los marineros) que libraron batallas junto al irlandés William Brown, y es razonable que así sea: en 1872, cuando fue fundado y llegó el Ferrocarril Sud por primera vez, el pueblo fue llamado Almirante Brown.
Estaba –está– a 19 kilómetros de la Capital Federal, pero a mediados del siglo XIX era un descampado de chacras en donde crecían los eucaliptus que el sanjuanino Sarmiento acababa de importar de Australia y los plátanos europeos que llegaron en esos mismos días junto con los gorriones, también europeos.
¿Qué lo hace diferente, entonces, a otros pueblos de cualquier lugar del país? Muchas cosas. Una, que creció gracias a la epidemia de fiebre amarilla de 1872, cuando quienes podían huían de San Telmo y de Barracas, por entonces, los barrios aristocráticos de Buenos Aires. La segunda, es que la fundación vino con pelea, porque un pueblo ya existente, Monte Chingolo (en 1870, una posta para las diligencias que tomaban el Camino Real hacia el Azul, último reducto civilizado) hoy llamado Ministro Rivadavia, quería para sí las vías y el progreso. ¿Por qué el presidente Sarmiento, a quienes sus enemigos llamaban El Loco, aprobó el todavía actual trazado del ferrocarril? ¿Lo convenció el inglés Edward Banfield, gerente ferroviario y enamoradísimo de una de las hijas de Esteban Adrogué, quien a su vez era amigo de Bartolomé Mitre, de Adolfo Alsina y de Carlos El Gringo Pellegrini?
Jamás se sabrá. Esteban Adrogué donó las tierras para que pasara el tren y la estación para que se detuviera (con lo cual se valorizaron enormemente sus propiedades), y el pueblo, que concluyó por llamarse Adrogué, a secas, tuvo una primicia deportiva (la afirmación es de Jorge Luis Borges) “un grupo de ingleses ferroviarios, cuando no trabajaban en los rieles, vestían pantalones que les llegaban a la rodilla, y practicaban por primera vez en la Argentina un juego abominable que llamaban football”. Pero eso fue en 1872. Luego, el pueblo tuvo un esplendor inusitado que perduró por lo menos hasta 1950, cuando el loteo indiscriminado concluyó con el paisaje bucólico de la zona. Con todo, también exhibe rarezas que lo hacen único y visitable.

Fantasmas y cuchilleros
Se sabe que Esteban Adrogué persuadió a un arquitecto genovés, Giuseppe Canale, para que hiciera el trazado urbano de “su” pueblo. Canale tenía prestigio: obras suyas son el Hospital Italiano, la Iglesia de la Piedad y la Basílica de la Inmaculada Concepción, en Buenos Aires. Hizo algo insólito; un damero de cuadrados atravesados por diagonales que convergen en plazas redondas, algo que tres décadas después imitaría el urbanista que dibujó La Plata. Hizo otra cosa aún más singular: eligió para sí un par de hectáreas y levantó un castillo –Castelforte– idéntico a otro en donde había vivido en Venecia, un edificio del siglo XIII. Castillo, capilla y casa del guadabosques se comunicaban por túneles abovedados de centenares de metros de longitud, que llegaban hasta la casa de Esteban Adrogué (donde luego se instaló el Hotel La Delicia; allí Borges intentó suicidarse; ver recuadro), hasta la casa del Gringo Pellegrini (hoy escuela número 16, en calle Bynnon), a La Cucaracha (la casa de las hijas de Esteban Adrogué, edificada en 1872) y a otros lugares más.
¿Y para qué quería Canale esos túneles? ¿Qué le impedía visitar a sus amigos o amigas caminando por la superficie?
Nunca lo explicó ni lo dejó escrito, lo cual da pie a conjeturas –más bien a sospechas– de amantes secretos, sectas esotéricas que se reunían en donde confluían las galerías subterráneas y vaya a saber uno qué cosas más. Los túneles existen todavía hoy y pueden ser visitados, por lo menos un sector de ellos. Los rodean leyendas que algunos consideran realidades: que hacia el 900 fueron usados como mazmorras de castigo; que el fantasma de un cuchillero que despenó a media docena de rivales, por lo cual fue encerrado en los túneles hasta morir, suele caminar por los adoquines las noches de Luna, silencioso él: los fantasmas de los malevos orilleros, ya se sabe, suelen ser de pocas palabras.
Como los Ibarra, que asolaron Adrogué y Turdera, a quienes Borges conoció:“Hombres de amor y de guerra/ en el peligro primeros/ la flor de los cuchilleros/ y ahora los tapa la tierra”, según los describió en 1940.

Tiempo, sangre y agonía
En la actualidad, Adrogué es una ciudad que forma un solo grupo urbano junto a José Mármol y Turdera, con más de 250 mil habitantes. Las quintas ya son nostalgia, pero perduran el Castelforte de Canale, La Cucaracha de los Adrogué, la casa de Pellegrini y la vieja Municipalidad rosada, de 1870, frente a la Plaza Brown. Del hotel La Delicia, que albergó a toda la aristocracia argentina durante largos veranos, sólo queda una estatua lánguida y afrancesada, en el pasaje que lleva, obviamente, el nombre que alguna vez tuvo el hotel. Siguen en pie los plátanos y los eucaliptus de Sarmiento. Si se mira el pueblo desde un avión,
parece un bosque habitado.
Tal vez por eso, lo eligieron como hogar permanente personalidades como el violinista Antonio Agri, quien tocó en el Colón y con Piazzolla; Alejandro Barletta, concertista de bandoneón en todos los grandes teatros europeos y del mundo; los hermanos Narosky, Adelino (escritor y humorista) y José, autor de aforismos y el escritor más divulgado de la Argentina, con más de un millón de libros vendidos, aunque en estos días la celebridad mayor (la televisión tiene esas consecuencias) es el galán Joaquín Furriel, el mismo de Gitano y Jesús, el heredero, hijo de un martillero que trabaja en una inmobiliaria de la zona. Joaquín suele caminar por la diagonal quebrada Esteban Adrogué, una especie de paseo comercial que los viernes y los sábados por la noche está atestado de jóvenes que buscan lo que buscan todos los y las jóvenes del mundo, a pocos pasos de la estatua de La Delicia y del edificio del hotel que ya no existe, al cual Borges le escribió:
“El antiguo estupor de la elegía/
Me abruma cuando pienso en esa casa.
/ Y no comprendo como el tiempo pasa./
Yo, que soy tiempo y sangre y agonía”.