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mayor parte de las calles arboladas llevan los apellidos
de los marinos (y aún de los marineros) que
libraron batallas junto al irlandés William
Brown, y es razonable que así sea: en 1872,
cuando fue fundado y llegó el Ferrocarril Sud
por primera vez, el pueblo fue llamado Almirante Brown.
Estaba –está– a 19 kilómetros
de la Capital Federal, pero a mediados del siglo XIX
era un descampado de chacras en donde crecían
los eucaliptus que el sanjuanino Sarmiento acababa
de importar de Australia y los plátanos europeos
que llegaron en esos mismos días junto con
los gorriones, también europeos.
¿Qué lo hace diferente, entonces, a
otros pueblos de cualquier lugar del país?
Muchas cosas. Una, que creció gracias a la
epidemia de fiebre amarilla de 1872, cuando quienes
podían huían de San Telmo y de Barracas,
por entonces, los barrios aristocráticos de
Buenos Aires. La segunda, es que la fundación
vino con pelea, porque un pueblo ya existente, Monte
Chingolo (en 1870, una posta para las diligencias
que tomaban el Camino Real hacia el Azul, último
reducto civilizado) hoy llamado Ministro Rivadavia,
quería para sí las vías y el
progreso. ¿Por qué el presidente Sarmiento,
a quienes sus enemigos llamaban El Loco, aprobó
el todavía actual trazado del ferrocarril?
¿Lo convenció el inglés Edward
Banfield, gerente ferroviario y enamoradísimo
de una de las hijas de Esteban Adrogué, quien
a su vez era amigo de Bartolomé Mitre, de Adolfo
Alsina y de Carlos El Gringo Pellegrini?
Jamás se sabrá. Esteban Adrogué
donó las tierras para que pasara el tren y
la estación para que se detuviera (con lo cual
se valorizaron enormemente sus propiedades), y el
pueblo, que concluyó por llamarse Adrogué,
a secas, tuvo una primicia deportiva (la afirmación
es de Jorge Luis Borges) “un grupo de ingleses
ferroviarios, cuando no trabajaban en los rieles,
vestían pantalones que les llegaban a la rodilla,
y practicaban por primera vez en la Argentina un juego
abominable que llamaban football”. Pero eso
fue en 1872. Luego, el pueblo tuvo un esplendor inusitado
que perduró por lo menos hasta 1950, cuando
el loteo indiscriminado concluyó con el paisaje
bucólico de la zona. Con todo, también
exhibe rarezas que lo hacen único y visitable.
Fantasmas
y cuchilleros
Se sabe que Esteban Adrogué persuadió
a un arquitecto genovés, Giuseppe Canale, para
que hiciera el trazado urbano de “su”
pueblo. Canale tenía prestigio: obras suyas
son el Hospital Italiano, la Iglesia de la Piedad
y la Basílica de la Inmaculada Concepción,
en Buenos Aires. Hizo algo insólito; un damero
de cuadrados atravesados por diagonales que convergen
en plazas redondas, algo que tres décadas después
imitaría el urbanista que dibujó La
Plata. Hizo otra cosa aún más singular:
eligió para sí un par de hectáreas
y levantó un castillo –Castelforte–
idéntico a otro en donde había vivido
en Venecia, un edificio del siglo XIII. Castillo,
capilla y casa del guadabosques se comunicaban por
túneles abovedados de centenares de metros
de longitud, que llegaban hasta la casa de Esteban
Adrogué (donde luego se instaló el Hotel
La Delicia; allí Borges intentó suicidarse;
ver recuadro), hasta la casa del Gringo Pellegrini
(hoy escuela número 16, en calle Bynnon), a
La Cucaracha (la casa de las hijas de Esteban Adrogué,
edificada en 1872) y a otros lugares más.
¿Y para qué quería Canale esos
túneles? ¿Qué le impedía
visitar a sus amigos o amigas caminando por la superficie?
Nunca lo explicó ni lo dejó escrito,
lo cual da pie a conjeturas –más bien
a sospechas– de amantes secretos, sectas esotéricas
que se reunían en donde confluían
las galerías subterráneas y vaya a saber
uno qué cosas más. Los túneles
existen todavía hoy y pueden ser visitados,
por lo menos un sector de ellos. Los rodean leyendas
que algunos consideran realidades: que hacia el 900
fueron usados como mazmorras de castigo; que el fantasma
de un cuchillero que despenó a media docena
de rivales, por lo cual fue encerrado en los túneles
hasta morir, suele caminar por los adoquines las noches
de Luna, silencioso él: los fantasmas de los
malevos orilleros, ya se sabe, suelen ser de pocas
palabras.
Como los Ibarra, que asolaron Adrogué y Turdera,
a quienes Borges conoció:“Hombres de
amor y de guerra/ en el peligro primeros/ la flor
de los cuchilleros/ y ahora los tapa la tierra”,
según los describió en 1940.
Tiempo,
sangre y agonía
En la actualidad, Adrogué es una ciudad que
forma un solo grupo urbano junto a José Mármol
y Turdera, con más de 250 mil habitantes. Las
quintas ya son nostalgia, pero perduran el Castelforte
de Canale, La Cucaracha de los Adrogué, la
casa de Pellegrini y la vieja Municipalidad rosada,
de 1870, frente a la Plaza Brown. Del hotel La Delicia,
que albergó a toda la aristocracia argentina
durante largos veranos, sólo queda una estatua
lánguida y afrancesada, en el pasaje que lleva,
obviamente, el nombre que alguna vez tuvo el hotel.
Siguen en pie los plátanos y los eucaliptus
de Sarmiento. Si se mira el pueblo desde un avión,
parece un bosque habitado.
Tal vez por eso, lo eligieron como hogar permanente
personalidades como el violinista Antonio Agri, quien
tocó en el Colón y con Piazzolla; Alejandro
Barletta, concertista de bandoneón en todos
los grandes teatros europeos y del mundo; los hermanos
Narosky, Adelino (escritor y humorista) y José,
autor de aforismos y el escritor más divulgado
de la Argentina, con más de un millón
de libros vendidos, aunque en estos días la
celebridad mayor (la televisión tiene esas
consecuencias) es el galán Joaquín Furriel,
el mismo de Gitano y Jesús, el heredero, hijo
de un martillero que trabaja en una inmobiliaria de
la zona. Joaquín suele caminar por la diagonal
quebrada Esteban Adrogué, una especie de paseo
comercial que los viernes y los sábados por
la noche está atestado de jóvenes que
buscan lo que buscan todos los y las jóvenes
del mundo, a pocos pasos de la estatua de La Delicia
y del edificio del hotel que ya no existe, al cual
Borges le escribió:
“El antiguo estupor de
la elegía/
Me abruma cuando pienso en esa casa.
/ Y no comprendo como el tiempo pasa./
Yo, que soy tiempo y sangre y agonía”.
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