| Pasan
casi ocho horas juntos y sus escritorios están
uno al lado del otro, de manera que, aún si
se susurrasen, estos tres compañeros de oficina
podrían oírse sin problemas. De hecho,
lo hacen. Digamos… “también”
lo hacen: “también”, porque además
de charlar a la vieja usanza (con la voz), se comunican
–a veces hasta simultáneamente–,
a través del correo electrónico, los
mensajes instantáneos de PC a PC o mediante
mensajes de texto vía celular.
Por estos días, pero sobre
todo a partir de abril de este año, cuando
las cuatro empresas de telefonía celular del
país dieron un paso tecnológico importante,
al lograr estar interconectadas entre sí y
facilitar el intercambio de mensajes de texto (SMS
o Short Message Service), el fenómeno se hizo
aún más nítido. Chicos y adultos
en los colectivos o en las colas de los bancos mueven
frenéticamente sus dedos sobre sus teléfonos
móviles. Chicos y adultos en los cibercafés,
oficinas y computadoras hogareñas, mueven frenéticamente
sus dedos sobre los teclados de las PCs. Sin saber
exactamente qué, pero sí que lo hacen
casi constantemente, pareciera que la gente está
comunicando –algo– a otra gente que lo
está recibiendo. Estas modalidades de comunicación,
algunas nuevas y otras no tanto, ya están incorporadas
entre los argentinos. Pregunta: ¿es posible,
con tanto elemento tecnológico de por medio,
establecer una comunicación real y efectiva?
A simple vista pareciera que sí. Pero la cuestión,
dicen algunos, es un tanto más compleja.
“Mucha gente usa Internet no para comunicarse
con el otro sino para encerrarse y para permanecer
anónima. No hay comunicación: es encierro.
Muchas personas, no todas, usan estos modos de interrelacionarse
como forma de aislar o separar, la comunicación
del afecto”. Así opina Carlos Títolo,
psicólogo y psicoanalista de la Asociación
de Psicólogos de Buenos Aires. “Si hay
algo que se pierde, es la intimidad y el compromiso
–continúa–. Un encuentro personal
no es lo mismo que uno mediatizado por la computadora
o un teléfono. Lo íntimo de un acercamiento,
todo lo paraverbal –gestos, posturas, miradas–,
se pierde. Y todo eso comunica. No obstante, no niego
sus beneficios: se gana en inmediatez y en enriquecimiento,
por ejemplo, en el intercambio científico”.
Palabras
que van y vienen
En la Argentina hay unas 5.700.000 personas que usan
Internet, según estudios de Carrier y Asociados,
la empresa de investigación y análisis
de mercados que focaliza en las tecnologías
de la información. De ese total de usuarios,
estiman que el 40% usa habitualmente los mensajeros
instantáneos como el Yahoo! Messenger, MSN
Messenger de Hotmail o el software de AOL. Los mayores
adeptos a este sistema de mensajería se concentra
en los menores de 25 años: el 55% de esta franja
recurre a ellos, mientras que el porcentaje de usuarios
mayores de 25 que los maneja es del 29%.
Aunque pequeña, existe una diferencia en el
uso del messenger entre el Area Metropolitana de Buenos
Aires (AMBA) y el resto del país: en la primera
es del 44% y en la segunda, del 36%. “Esta desigualdad
responde a que en el AMBA hay mucha más concentración
de computadoras en empresas y hogares de la que existe
en las provincias”, apunta Enrique Carrier.
Para él, el empleo de estos mensajeros es de
carácter social: “Se da generalmente
en un círculo de pares donde se intercambian
referencias y afinidades. Otras veces, es aprovechado
para trabajar”.
Considerados menos invasivos que un llamado telefónico
y más inmediatos que un mail, cuando aparecieron,
los mensajes instantáneos enviados por Internet
sumaron más usuarios que los que se cargó
el correo electrónico cuando hizo su primera
aparición en la realidad virtual. Miguel, un
argentino de 20 años que estudia en Chile desde
hace dos, explica la tendencia de esta manera: “El
Messenger es un medio que facilita la comunicación
con la Madre Patria. Sería imposible mantener
esta conversación por otro medio que no fuese
el éter. Es rápido, barato y permite
una charla en tiempo real, sin necesidad del teléfono.
Siempre que cuente con la tecnología suficiente,
uno puede usarlo mientras hace otras cosas. Con lo
cual, tampoco es excluyente el momento. Simplemente,
con que dos personas coincidan en el mismo tiempo,
se puede entablar una conversación personal”.
La
distancia
Isabel (48) es la madre de Miguel. Ella, desde su
oficina en Buenos Aires, espera todos los días
que en la pantalla de su PC aparezca el cartelito
anunciando “Miguel acaba de iniciar sesión”
(tal el aviso que da el programa cuando alguno de
los contactos personales se conecta a Internet). Ella
dice del Messenger: “Me da la posibilidad de
tener un contacto diario con mi hijo a pesar de la
distancia, de detectar sus estados de ánimo
por cómo escribe, como si estuviera viéndolo
o hablando por teléfono. Es ese el contacto
cotidiano que el MSN recupera... Pero para eso hay
que aprender ciertos códigos”.
Mamá Isabel también aprovecha el mensajero
instantáneo para mantener un intercambio a
lo largo del día con sus otras dos hijas, que
están en Buenos Aires, y con su marido: “Esto
no ocurriría sin MSN, tampoco esa cosa de acompañamiento
que se genera, incluida la posibilidad de pelearse”.
Para Carlos Nemirovsky, psicoanalista de la Asociación
Psicoanalítica de Buenos Aires, tanto el Messenger
como el mail o los mensajes de texto implican formas
de comunicación que, de alguna manera, intentan
reemplazar el contacto personal. “Uno puede
mandar correos desde cualquier lugar, pero en aras
de la rapidez y la fluidez, los valores de presencia
e intimidad se pierden”. El e-mail, dice, es
una forma aparentemente veraz de entablar contacto
que no logra reemplazar a la presencia real: “No
incluye emoción y así distorsiona la
información. Carece de elementos tan sutiles
como un par de ojos llenos de lágrimas para
reconocer, por ejemplo, que la otra persona se acaba
de quebrar emocionalmente. Son calidades muy diferentes
de contacto –sostiene Nemirovsky–. El
enriquecimiento va decreciendo de la presencia física
a la carta escrita a mano hasta llegar al e-mail,
en donde la información es plana y despojada.
Decir “te quiero” o “te odio”
en presencia real y no virtual implica una riqueza
brutal”. Estas herramientas de la comunicación,
concluye el especialista, deshumanizan si el uso de
ellas se hace adictivo. En cambio, “suman”
en la medida que puedan ser alimentadas con un buen
encuentro.
Tres consonantes, hoy en día,
dicen tanto como tres palabras. Así, “TQM”,
entre los usuarios de celulares con SMS, es lo mismo,
pero más corto, que decir “Te quiero
mucho”. “A pesar de que el mail y los
mensajeros son actualmente los medios más usados,
la mensajería de texto a través del
celular está creciendo enormemente. Actualmente
se cursan en Argentina más de cuatro millones
de mensajes diarios peer-to-peer (de persona a persona)
por su bajo costo y su simpleza”, afirma Marcela
Carbajo, gerente de Movilgate, empresa de desarrollo
de aplicaciones y soluciones móviles. Aunque
el grueso del flujo de “mensajitos de texto”
se da en la franja de los que tienen entre 14 y 30
años, “esta tendencia está cambiando”,
agrega Carbajo.
Actualmente, en la Argentina están en circulación
unos 9,3 millones de teléfonos móviles.
Con la posibilidad de hablar, enviar mensajes de texto,
jugar en red, ver televisión, enterarse del
clima o bajar mails (por nombrar sólo algunas
de sus funciones) estos aparatitos ya “dejaron
de ser teléfonos para convertirse en dispositivos
de comunicación moviles”, como los define
Carrier.
Con un estallido que comenzó a fines de 2003,
la onda expansiva de los mensajes de texto se hizo
sentir aún más en abril de este año:
“De los más de 9 millones de argentinos
que tienen celular, hay tres millones que usan los
SMS”, arriesga Paulo Camiletti, desde el sector
de Desarrollo de Productos y Nuevos Negocios de Unifón.
Cifra que no contempla al millón de “heavy
users” o usuarios más asiduos, que son
los adolescentes y los jóvenes.
Quiebre
generacional
Así las cosas, inevitablemente, se vuelve a
la pregunta de si es posible efectuar una comunicación
efectiva usando esta tecnología, inmediata
y barata, pero mediada al fin por un aparato, que
tiene limitaciones (cuántas veces se generan
confusiones) y puede fallar. “Hay que entender
que estamos frente a un quiebre generacional. Los
pibes están construyendo su propia lógica,
que no sólo les es propia sino que además
está por fuera de la del adulto, que queda
afuera como un discapacitado funcional. Hoy los adolescentes
eligen cómo comunicarse y, que los adultos
no los entandamos, no quiere decir que no se estén
comunicando. Están mucho más comunicados
que nosotros. Esa es su forma de estar cerca”,
afirma Fernando Moiguer, especialista en marketing
y director de un equipo multidisciplinario de sociólogos,
antropólogos, psicólogos, economistas
y otros especialistas. Para Moiguer, el celular es
un elemento de culto entre los jóvenes y un
atributo que define posición. “Se trata
de una construcción simbólica: mientras
que los padres lo ven como algo que da seguridad,
en los chicos es un modo de experimentar y de vincularse”.
Ni totalmente a favor ni absolutamente en contra de
estas formas de comunicarse, Adrián Dall’Asta,
licenciado en Humanidades y Ciencias sociales y director
de la Fundación Proyecto Padres, propone: “No
se trata de comunicarse más o menos sino de
ver en estos nuevos desafíos la necesidad de
recuperar los valores de siempre, de darles una utilidad
razonable y libre. A los padres les toca otorgarle
a estas herramientas una utilidad educativa”.
Así, sostiene, adultos y chicos, podrán
comunicarse sanamente.
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