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Los
amores de Yrigoyen acaba de llegar a las librerías,
pero la historiadora Araceli Bellota ya está
escribiendo la siguiente biografía, que posiblemente
se llamará Las mujeres de Perón.
–Se refiere, claro, a
las tres esposas, Aurelia Tizón, Eva Duarte
y María Estela Martínez. ¿O hubo
más? ¿Hubo otras con quienes no se casó?
–Me refiero –mejor dicho, me referiré,
porque todavía no lo he concluido al libro–
a las mujeres de Juan Domingo Perón, a todas.
Y no me preguntes más, porque me falta investigar
y escribir muchas cosas. Hablemos de Yrigoyen.
–Hay una anécdota
muy conocida: cuando fue profesor en la Escuela Normal,
en donde tuvo como alumna a Alicia Moreau, Yrigoyen
reprendió a una alumna que defendía
la poligamia y defendió la idea de la familia
tradicional. ¿No es contradictorio, en un hombre
que, no digamos que la practicaba, no, pero que tuvo
por lo menos, cuatro mujeres e ignoró el matrimonio?
¿Por qué hizo eso?
–Era contradictorio, sí. El doble discurso
no es privativo de los políticos actuales.
Por ejemplo, se oponía a desempeñar
cargos públicos, pero hacía todo lo
posible para que se los ofrecieran. Tenía muchas
contradicciones, en defensa de la familia, según
dijo, se opuso a la ley de divorcio vincular, cuando
él, en su vida privada... Pero no soy psicóloga,
no sé por qué incurría en contradicciones,
pero lo real es que sí las practicaba. Tal
vez, no sé... Hay historias familiares... Su
tía Luisa se casó con un cura, y un
buen día el cura la abandonó, con los
dos hijos que tenían y se fue a España
y jamás regresó. Yrigoyen fue un hombre
fascinante. En mi casa paterna, cuando yo era adolescente,
había algunas biografías de él,
de un hombre que se retiró de la actividad
pública durante diez años a meditar,
a pasar sus cuarenta días en el desierto, como
Cristo. Un hombre que conoció el espiritismo...
desierto, como Cristo. Un hombre que conoció
el espiritismo... Bueno, investigué y hallé
documentos inéditos y ahí están,
en el libro.
–¿Cómo fue
eso del espiritismo?
–Hay constancia de que visitó más
de una vez a la Madre María, una mujer que...
Bueno, se decía que tenía el don de
sanación y de adivinación. La Madre
María le vaticinó que sería presidente
de la Nación por segunda vez. Si él
era un espiritista convencido o no, no se sabe. No
dejó nada escrito ni a favor ni en contra.
Pero practicó el espiritismo, sí.
–Bueno... Si el vaticinio
de la Madre María no se hubiera cumplido, nadie
se acordaría de eso.
Matrimonio
e hijos
En su libro lo trata, cómo
podríamos decir... Sin eufemismos: aparece
un hombre, padre de varios hijos que no reconoció,
habidos con mujeres con las cuales no se casó.
¿No le gusta Yrigoyen?
–Sí, me parece un hombre en el cual lo
positivo era más importante que lo negativo.
Era –fue– un hombre raro. Un político
a quien no le gustaban los discursos, al punto de
que, cuando era presidente de la Nación, en
la apertura de las sesiones del Congreso mandó
su discurso y lo hizo leer por el vicepresidente.
Un hombre que tenía hijos y mujeres, a quienes
mantenía y les pagaba una casa, pero que vivía
con su tío Leandro Alem en condiciones muy
humildes. Un hombre torturado por el ahorcamiento
de su abuelo por mazorquero, ahorcado en la plaza
pública, como se hacía entonces. El
no lo vio, pero su tío Alem se lo había
contado.
–¿Y por qué
no quería casarse?
–Realmente, no lo sé. Su sobrina Celia,
una de las personas con quienes hablé para
hacer mi libro, me contó que a Yrigoyen jamás
se lo vio con una mujer por la calle, que no celebraba
su cumpleaños, ni Navidad, ni Año Nuevo,
ni ningún tipo de fiesta. Fijate lo que le
ocurrió con Helena, su hija mayor...
–¿Qué le
pasó?
–Helena era hija de Yrigoyen y de Antonia Pavón,
una chica de 19 años que vivía en su
casa familiar, una criada. Yrigoyen tenía 26
años, por entonces. Y bueno, nunca la reconoció
y no vivió con ellas. Cuando se enteró
de que él tenía otra mujer, Antonia
fue hasta la casa, llamó a la puerta y se fue,
dejando en el umbral a Helenita, que ya tenía
dos años. Nunca más volvió a
verlos, ni a su ex pareja ni a su hija.
–E Yrigoyen la crió.
–No, la criaron las mujeres de su familia. Volvió
a ver al padre, y vivió con él, ya de
adulta. Y a los cuatro hijos que lo sobrevivieron
los condenó a la humillación de tener
que demostrar su filiación luego de su muerte.
–Hablando de hijos, dígame,
Araceli, ¿Perón tuvo hijos con alguna
mujer con la cual no se casó? Anda una señora
por ahí reclamando el reconocimiento...
–Ya te lo dije: el libro no está terminado
aún.
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