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El lugar
en el mundo
Para armonizar la casa
conviene empezar por la arquitectura, de eso se ocupa la geobiología. El investigador Claudio Ardohain
nos cuenta los secretos
de esta disciplina.

Si al cruzar una puerta siente que es atravesado por una sensación de dolor de cabeza o una intranquilidad, no manifestada por causa aparente, sin explicaciones, huya de ese lugar y del fantasma. A veces, eso ocurre en nuestra propia casa o en el lugar de trabajo. Lo que se siente y no se ve, puede estar relacionado con radiaciones provenientes del cielo, de la tierra o del entorno construido. La geobiología, combinada con la bioconstrucción y el feng shui, forman áreas de la bioarquitectura que detectan las influencias negativas para reemplazarlas, y las positivas para potenciarlas.
Claudio Ardohain, nativo de Bahía Blanca de 43 años, es investigador y conferencista en geobiología desde hace doce años. Se formó en España, Francia, Brasil, Perú y codirige junto a la arquitecta Lilia Garcen, GEA-Argentina (Asociación de Estudios Geobiológicos, filial de GEA Internacional con sede central en España) y CEIBA (Centro de Estudio e Investigación en Bioarquitectura).
Se acercó a esta disciplina en la década del ’80, durante unas expediciones de antropología y arqueología amateur que estaba realizando en la Puna. Allí notó que los pueblos indígenas tenían pautas de construcción que respondían al sentido común, la intuición y una cosmovisión estrechamente enlazada con la naturaleza. Entonces se preguntó “¿existe separación entre el adentro y el afuera?”. Así su búsqueda apuntó a la ciencia, pero también a la mirada profunda del ser proyectado en el espacio.
Hoy, como geobiólogo, estudia y enseña –junto con la arquitecta Lilia Garcén– los secretos de una arquitectura amigable con la vida y nos recuerda lo que olvidamos: la sabiduría de nuestros ancestros para generar espacios armónicos y ya llevan más de 1.500 casos estudiados.

El cansancio del caracol
Nuestras madrigueras son muy distintas a las de las demás especies: las ciudades son ecosistemas artificiales. Los seres humanos nos empeñamos en llevar a cuestas nuestro hábitat a todos los ambientes y climas posibles, a un costo energético demasiado elevado para nosotros y para el planeta.
Entonces, aparece la geobiología que se encarga de mejorar la vida en ese lugar.
–¿Cuál es tu actitud al analizar un espacio?
–Siento que me introduzco en la persona que lo habita, con toda la responsabilidad que eso implica. Cada persona es un mundo complejo que se refleja en su hábitat. Luego analizo el paisaje, la ubicación en el terreno, las orientaciones y la presencia de componentes naturales que afecten la salud. Verifico la contaminación humana, tanto la natural como la contaminación electromagnética. Por ejemplo, aguas contaminadas por arsénico de origen natural, exposiciones a vientos desfavorables, suelos que son más radiactivos que otros, ya sea por radiaciones telúricas o por radiaciones cósmicas.
–Suena a alto riesgo: ¿son lugares inhabitables?

–Hay distintas escalas que pueden resultar nocivas para el ser humano si se permanece por largo tiempo. Los datos de la medición se vuelcan a planos donde se grafican, por ejemplo, los mejores sectores donde una empresa debe ubicar los lugares de trabajo, ya que allí las personas a veces están 10 o 12 horas.

La bioconstrucción
Elegir cada material para que la construcción no dañe a la salud de las personas ni al medio ambiente, requiere de un estudio. La bioconstrucción se centra en eso.
–¿Hay materiales libres de contaminación?
–Hay ideales, como el adobe, un material noble, barato y que se fabrica en el lugar. Son ladrillos de barro sin cocer que hacen respirar a las paredes y es un aislante térmico. Al adobe se lo ataca por ser endeble a los terremotos, porque trae vinchucas y por su apariencia pobre. Pero se puede hacer una casa lujosa, sin recovecos para evitar que se críen los insectos y antisísmica, como las que se están construyendo en California. En materia de pinturas, la ideal es a la cal estabilizada con jugo de tuna, para que no se desprenda. Pero somos realistas, por eso también indicamos qué es lo menos malo a lo que podemos acceder dentro de lo que dispone el mercado. Así que si se quiere hacer un revoque sano y duradero en color, se puede hacer suelo-cemento, que es barro con un 10% de cemento y darle color con óxido de hierro, que somos productores nacionales. En tanto en pinturas, son más amigables para el medio ambiente las de base al agua.
–¿Qué hay de los productos químicos que se utilizan en las casas?
–Cuando éramos chicos los casos de alergias eran contados, ahora hasta el 80% de la población sufre de alguna. Los principales contaminantes son los interiores: productos de limpieza, perfumes, ropa lavada en lavaderos automáticos. La casa antialérgica es posible si se vuelve a usar bicarbonato, limón, cera de abejas para el piso o bórax, que nuestro país es productor.
Como es casi imposible evitar tener componentes tóxicos fuera o dentro de la casa, se puede recurrir a la fitorremediación: hay plantas que tienen la capacidad de modificar componentes tóxicos. Entre otras, la caña tacuara y el coihue que crece en el sur, que procesan los metales pesados y pueden minimizar el efecto. Hay plantas de interior como el palo de agua y la areca, que corrigen los químicos con bacterias que tienen en sus raíces.
Reconciliarse con el lugar que cada uno tiene en el mundo, con la armonía perdida es recuperar la armonía perdida.

 

 

 

 

 

 

 

Volver
a la tribu

La bioarquitectura tiene total acercamiento con la cosmovisión de los pueblos originarios que están en mayor contacto con la naturaleza. Por eso prefiere materiales locales o su reutilización.
Las poblaciones indígenas resistieron milenios, gracias a la capacidad intuitiva de leer el paisaje y de la radiestesia, que es una ciencia perdida que se está recuperando. Esta detecta el enlace energético del lugar y la persona, ya que ellos dan valor simbólico a cada elemento del paisaje, punto cardinal y especie de planta autóctona. De ahí vienen sus pautas de orientación y construcción. El indígena respetaba las formas del terreno, por eso construía con líneas orgánicas o curvas, algo que está tratando de retomar la arquitectura.