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La
trillada frase “Ya no hay hombres”, se
ha convertido en un tópico entre muchas mujeres,
que transitan orgullosas la tercera década
de sus vidas. Son mujeres que han luchado a destajo
por satisfacer sus aspiraciones en materia de trabajo,
amistad, vida social, viajes y dominio del cuerpo,
que han invertido gran parte de su existencia en ganar
la libertad y la autonomía en ámbitos
prohibidos para sus abuelas, y de difícil acceso
para sus madres.
Ellas, cuyo estandarte fue y es “querer es poder”,
se encuentran con una barrera casi infranqueable a
la hora de hallar un compañero con quien recorrer
juntos una misma senda. No necesitan un hombre más
fuerte que ellas; se saben capaces de sostenerse a
sí mismas. No quieren un hombre más
bueno que ellas; se saben capaces de contener al otro.
No se conforman con lo que el mercado masculino les
ofrece, lo quieren todo en un mismo envase. Y entonces,
les sucede algo que jamás soñaron: la
soledad no querida.
Triste
paradoja
Es la paradoja de nuestro tiempo: en la era de las
comunicaciones, la soledad reina.
“Hay diferentes tipos de soledad: la soledad
con el otro y la soledad con uno mismo. La más
preocupante es ésta última: la soledad
de no saberse quién es, dónde querer
estar y qué es lo que en verdad, le pasa –explica
Susana Balán, psicóloga argentina radicada
en Nueva York desde 1998, investigadora de las identidades
de género y del lugar del amor en diferentes
culturas–. Vivimos en la era de la acción,
del conquistar, del tener, del hacer, sin tener tiempo
ni metodología para trabajar internamente,
para saber qué es lo que se quiere ser o tener
o dónde se desea estar o llegar. Y esto repercute
en el encuentro con el otro: se exige al otro que
nos dé lo que queremos, sin saber de qué
se trata. La soledad actual empieza con y
hacia uno mismo”.
“La
soledad más
preocupante, es la soledad
de no saberse quién es,
dónde querer estar y qué es lo
que en verdad, pasa”.
Basada en sus prácticas de clínica psicológica
en distintas ciudades del mundo, Balán acaba
de publicar su último libro: Dos para el tango,
nuevas formas para un encuentro amoroso. Allí
relata las andanzas de algunas mujeres de entre 30
y 40 años y sus estrategias para sobrevivir
a las contradicciones afectivas que aprendieron de
sus madres, describe un cambio de rumbo de la navegación
amorosa para finalizar detallando la logística
de esa nueva forma de navegar.
–Soledad, contradicciones afectivas,
inconformismo, sensación de no encajar en ningún
lado, e incomprensión, son algunos de los sentimientos
de muchas mujeres. ¿Por qué tanto conflicto
emocional?
–Quizás la raíz haya que buscarla
en los legados de los diferentes modelos femeninos.
Hubo un modelo de mujeres cuyo mundo era el de su
marido, sin voz ni voto, sin otros deseos que los
de su esposo, mujeres que no eran por sí mismas
sino por el hombre que tenían al lado y su
reino estaba en la intimidad del hogar. Las hijas
de este modelo vivieron un mundo dividido: el masculino
y el femenino y salieron al afuera a conquistar el
mundo que les estaba vedado, entrando al mercado laboral.
Este modelo femenino tuvo acceso a la toma de decisiones
y pregonó la igualdad entre sexos en todos
los igualdad entre sexos en todos los ámbitos.
El resultado: parejas igualitarias instaladas en la
competencia y en las peleas.
–¿Por qué?
–Los dos opinan y deciden en todos los ámbitos.
Lo discuten todo: a qué médico llevar
a los chicos, si le dan o no el chupete, el dinero
y todo tiene que ser decidido de a dos por la igualdad,
por la simetría, etc. ¿Cómo se
llega a un acuerdo, desde dónde?: es la generación
de los divorcios. Las hijas de este modelo de pareja,
mamaron las luchas de poder entre sus padres. Cada
uno quería demostrar que su voz era tan o más
importante. Crecieron con el legado de sus madres
y los consejos grabados a fuego: tenés que
ser independiente, fuerte y autoabastecida para no
necesitar a nadie.
–Ni siquiera para tener un hijo.
–Exacto, gracias a la inseminación artificial
hoy pueden ser madres sin el contacto con un hombre.
No necesitan un complemento porque pueden todo, son
eficientes en varios aspectos, son más completas
que las mujeres que las precedieron. Pero quedaron
atrapadas en un círculo calesita: aprendieron
que querer es poder, que hay que tener y llegar, pero
no saben qué quieren, ni a dónde hay
que llegar ni quiénes son, en realidad. Este
es el laberinto en el que se encuentran.
–¿Si no necesitan quien las complemente,
qué buscan en un hombre?
–Necesitan al otro para que las ayude a traducirse
a sí mismas. En algún lugar se sienten
seres raros que no terminan de explicarse a sí
mismas ni al otro la complejidad de su ser, de sus
múltiples yos. Es como cuando uno escribe un
texto, te falta una palabra solamente, pero ésa
es la que le da el tono al texto. Necesito al compañero
que me ayude a comprender esa palabra precisa, ya
no desde el juicio sino desde el diálogo y
la comprensión. Los miembros que forman cada
una de estas partes de la pareja son igualmente complejas,
difíciles de entenderse a sí mismas,
entienden esta necesidad de entenderse muy profundamente.
–Es lo que usted llama el abrazo preciso.
–Exacto: necesitan un abrazo que sacie su hambre
de afecto. Es el abrazo que calma las angustias existenciales
de cada persona en particular; el que hace sentir
acompañado a quien sabe, inequívocamente,
que todos somos solos. Y, por sobre todo, es el que
no teme a los sentimientos paradójicos, los
personajes multifacéticos o los complejos deseos
que componen el mundo de estas mujeres fuertes y buenas
que están aprendiendo a traducir sus lenguajes
a los del mundo exterior. El abrazo preciso es aquel
que, al saber de la belleza encerrada en ellos, las
ayuda a desenredar, entender y conjugar en forma inteligible
sus crípticos deseos.
–Según su experiencia, ¿existen
mujeres que encontraron ese abrazo preciso?
–Algunas lo encontraron, otras todavía
no. Pero te aseguro que hoy existen hombres y mujeres
que están dispuestos a mezclar y dar de nuevo.
Porque las cartas, como venían marcadas, llegan
a un espacio sin salida. El libro trata de los poquitos
hombres y mujeres que descubren que este camino los
llevó al círculo vicioso de la competencia,
la pelea, la independencia, la no necesidad del otro.
Saben que la salida es empezar de otro lugar.
Dos
para el tango
En una entrevista, la actriz Diane Lane se asombró
por la combinación de intensidad y naturalidad
en el tango, tal como lo vio bailar en Buenos Aires.
“El tango es tan dramático, y los bailarines
se sienten tan cómodos. No hay esfuerzo. Es
extraordinario. Es como mirar una corrida de toros,
sin que al final muera el animal.”
“El
modelo de amor compartido,
que desean muchas mujeres,
es como la coreografia del tango”.
Para Susana Balán el modelo
de amor compartido, que desean muchas mujeres, es
comparable con la coreografía del tango: “Bien
danzada, la coreografía amorosa termina bien:
los bailarines no se matan entre sí. Al contrario:
los miembros de una buena pareja, cada uno de ellos
toro y torero, se miran, se acarician y se calman
mutuamente allí donde más les duele,
donde fueron lastimados por toreros o toros anteriores,
demasiado torpes o demasiado sanguinarios en sus afanes
amorosos.”
–¿Qué consejo les daría
a las mujeres que quieren danzar esa coreografía
amorosa?
–Que vivan más conectadas en cada momento
con el placer del día a día. Cada día
tiene que ser una construcción de un mundo
mejor. Si uno se sacrifica para algo, cuando alcanza
la meta, la vida se le fue. La clave de la coreografía
amorosa está en el encuentro estéticamente
bello con uno mismo y con el otro, en cada momento.
Está bien preguntarse hacia dónde vamos,
pero lo verdaderamente importante no es la meta en
sí sino el cómo estamos caminando hacia
ella.
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