Entrevista
  Desde Estados Unidos
  Investigación
  Bajo la lupa
  Personaje
  Cocina
El boom del turismo del vino

El “eno-turismo”: degustar el vino en la propia bodega, es un fenómeno que creció un 70% en los últimos años. Hoy, ellas abren sus puertas al turista, deseoso de olfatear sus rincones y catar sus cepas.

Degustar un vino, disfrutar de buena gastronomía, recorrer las bodegas y distenderse, en medio de un paisaje espectacular. Y por qué no, aprender un poco más sobre esta bebida que está tan de moda. De esto se trata el “eno-turismo”, un fenómeno que, en los últimos años, ha crecido cerca del 70%. Hoy, las bodegas abren sus puertas al turista curioso, deseoso de olfatear sus rincones para encontrar nuevos sabores, aromas, sensaciones…
“Esta tendencia está muy relacionada con los cambios de hábito del consumidor: hoy, se informa, quiere conocer distintos vinos, se anima a probar”, cuenta Flavia Rizzuto, la mejor sommelier de la Argentina. María Mendizábal, de la Escuela Argentina de Sommeliers, coincide y agrega: “La gente se volcó a los vinos de calidad y quiere indagar más allá de la botella. El turismo eno-gastronómico resulta una alternativa perfecta”.

Un poco de historia
El turismo ha demostrado ser una opción interesante para esta industria que vive en constante cambio. Hasta hace un tiempo, producía bebidas de baja calidad y destinados casi exclusivamente, al mercado interno. Pero en los ’90 comenzó una etapa de cambios, mejoró la calidad de sus vinos y salió al mundo. Esto le permitió pasar de los 5 millones de dólares de exportación a más de 150 el año pasado. Hoy, nuestros vinos compiten en los mejores mercados del extranjero, ganan premios internacionales, y la crítica especializada le augura un futuro más que prometedor.
“Como sucede en las regiones tradicionales vitivinícolas, en países como Francia, Italia o España, o en los nuevos países como Estados Unidos, Australia o Sudáfrica, el desarrollo del vino ha estado ligado a otro desarrollo: el del turismo del vino. Por año, millones de personas recorren las bodegas de todo el mundo. En el país, este fenómeno comenzó hace un par de años”, cuenta Ignacio Ciancio, de Bodegas de Argentina.
Las empresas invirtieron recursos para acondicionar sus instalaciones y así poder agasajar a sus visitas en un entorno ideal. “Hoy a las bodegas se las considera como un envase del vino. Contribuye a posicionar la imagen de cada compañía. Entonces, importa mucho el diseño, que busca una integración con el paisaje, o por mímesis o por contraposición. Algunas construyen edificios nuevos, otros reciclan alguna obra antigua. El estilo que nosotros usamos es contemporáneo, con mucho material del lugar: mucha piedra, hormigón bruto, hierros oxidados, vidrios negros para controlar el sol, que es tan intenso”, cuenta la arquitecta Eliana Bórmida, que trabajó en las obras de muchas bodegas de Mendoza.
Para abastecer a este incipiente sector, además, los operadores turísticos diseñaron circuitos que recorren las distintas regiones vitivinícolas del país. Expresiones como “La ruta del Vino”, “Wine Tour” o “El camino del Vino” hoy son moneda corriente.
Según datos de Bodegas de Argentina, entidad que para promover el eno-turismo conformó la Comisión Nacional del Turismo del Vino, más de 400 mil personas visitan las bodegas en un año y dejan más de 6 millones de pesos en compras de vino y productos de merchandising. En el último año, el crecimiento ha sido espectacular y todo indica que la tendencia continuará. Ya más de 100 bodegas, desde Cafayate hasta Río Negro, han sumado al turismo dentro de sus prácticas, e incluso muchas ofrecen servicios asociados como gastronomía y alojamiento. No ahorran en lujos. Por ejemplo, en Bodegas Etchart, en Cafayate, están construyendo un hotel con spa en medio de la viña.

A puertas adentro
Historia y tradición, más la última tecnología en los procesos de elaboración, se fusionan en las visitas guiadas a las bodegas. En general, todas comienzan con una breve presentación de la casa y de la historia de los antepasados, inmigrantes, que fundaron estas bodegas como empresas familiares, y que hoy salen a conquistar mercados.
Luego se recorre el mismo camino que sigue la uva, desde la viña, hasta que llega a la botella. Y al final, ¡a brindar! Ningún turista se queda con las ganas de probar los más variados vinos en el propio lugar donde los producen. La oferta de idiomas, como inglés, francés, e incluso alemán, en que realizan las recorridas, son una clara prueba de que el eno-turismo local, luego de la devaluación, está fuertemente alimentado por extranjeros de todo el mundo.

Una recorrida
En la zona de Agrelo, frente del Cordón del Plata, el moderno edificio de la Bodega Catena Zapata, obra de Pablo Sánchez Elía, representa una grandiosa construcción piramidal, que evoca el esplendor de la cultura Maya. “Nicolás Catena, el dueño, pensó que la cultura Maya representaba a la civilización más avanzada de las Precolombinas en las Américas, y por eso le pareció apropiado utilizar este estilo para su bodega”, cuenta Jeff Mausbach, director de Relaciones Públicas.
La bodega Terrazas de los Andes, de Chandon, en cambio, eligió preservar elementos originales de la construcción de Pedriel, y reacondicionarlos. En el diseño, utilizaron arcadas para conseguir espacios amplios, tal como se hacía en el sur de España. El resultado: un hermoso edificio de ladrillo, con seis naves. Hoy, remodelado, alberga un moderno equipamiento. Los imponentes tanques de acero inoxidable contrastan con la austeridad de las paredes con arcadas y la calidez de las más de 3.000 barricas en roble, donde se realiza la crianza de los vinos.
En el Alto Valle de Uco, custodiada por la Cordillera de los Andes y su imponente paisaje, la construcción de Bodegas Salentein es única en su tipo: tiene forma de cruz y en cada una de sus alas, funciona una pequeña bodega con dos secciones: la primera, al nivel del suelo, alberga tanques de acero y cubas de roble para la fermentación y el almacenamiento, y la segunda, subterránea, se usa para la crianza del vino en bordeles de roble. Para quienes buscan descansar en la quietud de los Valles Calchaquíes, en la Bodega Colomé, en Cafayate, funciona una estancia, con restaurante gourmet, y sala de masajes. Además, claro, de las visitas guiadas al sector de la bodega.
La de la tradicional familia Arizu todavía está en obra, adaptando su bodega Luigi Bosca, en el corazón de Luján, para recibir más y más turistas. Calculan que en un par de meses, su nueva cava estará lista, pero mientras, el visitante puede seguir el original “El Vía Crucis del Vino”. En la viña, armaron un camino, con 12 estaciones, con el mismo formato que el Vía Crucis cristiano. Cada parada está marcada por una escultura tallada en hormigón, con retratos, paisajes e historias de cómo hacían el vino los primeros inmigrantes.
No hace falta viajar al Viejo Continente para conocer sus imponentes construcciones de la Antigüedad. La Bodega Trapiche es de marcada influencia francesa. Su diseño, armónico, sobrio, y con mucha iluminación natural, recuerda a los místicos Chateau Bordeaux. En un proyecto integral, crearon alrededor un viñedo de claro estilo francés. En cambio, en honor al origen italiano de la familia, la Bodega Bianchi está rodeada por fuentes y lagos que imitan el estilo de una “villa romana”. Adentro, más sorpresas aguardan al “eno-turista”: armaron una exposición de herramientas y maquinarias de elaboración antiguas en un pequeño anfiteatro, en su Finca Las Paredes.
Cada bodega, en los distintos puntos cardinales del país, tiene lo suyo. Ansiosa, le abre sus puertas al turista, curioso, que se anime a intentar nuevas experiencias y a explorar los rincones del mundo del vino.