Cuenta
Rubén Magnano (50) que cuando jugaba
fútbol en la primera división
de Talleres, hace unos 28 años, ocupaba
siempre el banco de suplentes. “Y cada
vez que el entrenador hacía cambios,
el que salía se sentaba en la punta y
todos nos corríamos. En uno de los partidos,
quedé al lado del técnico y al
hacer el último cambio, me tocó
la pierna y me dijo ¿y ahora a quién
pongo? Fue un claro disparador para que me dedicara
a otra cosa”. Buena elección la
de este
futbolista frustrado, que en 2004, como DT de
la selección de básquet, brilló
en la canchas de Atenas.
El
mensaje
“Los argentinos estamos siendo extremadamente
desesperanzadores en todo lo que decimos o hacemos.
A nuestros niños, sin mentirles, hay
que darles una cuota de esperanza. Soy optimista,
creo que podemos salir adelante, pero eso lo
tenemos que alimentar día a día.
Nos forjamos con esa mentalidad pesimista y
hay que cambiarla”.
Ahora anda desandando la ruta del oro. Camina
y a cada paso se topa con un saludo, una felicitación,
una palmada, o cuanto menos, con una mirada
cómplice. El teléfono celular
chilla y se ilumina en un tono tan fluorescente
que no admite indiferencia. Atiende, planifica
y delimita. Debería ser éste un
período de regocijo, de remanso para
Rubén Magnano, pero está empecinado
en que sean los laureles que el básquetbol
argentino supo conseguir en Grecia.
Instalado por unos días en el Centro
Nacional de Alto Rendimiento Deportivo de Buenos
Aires (Cenard), el entrenador más exitoso
en la historia del básquetbol nacional,
el primero en ganarle al Dream Team, se lanzó
a invertir oro, con planes para escuelas, charlas
y clínicas, mientras supervisa la preparación
del equipo nacional de cadetes.
“La idea es capitalizar la medalla de
oro. Es indudable que todo logro de la magnitud
de una medalla olímpica abre puertas.
Se impulsa la disciplina y es un momento indicado
para tratar de desarrollar el básquetbol.
Ya hay dos programas en marcha a través
del Ministerio de Educación y mucha gente
llega a los clubes”, se entusiasma Magnano.
–¿Es muy marcada la afluencia
de público al básquet?
–Esto ya se visualizó después
del Mundial de Indianápolis 2002 y ahora
se refuerza
con una cantidad de niños y jóvenes,
que se acercan a jugar básquetbol en
los
diferentes lugares.
–¿Busca consolidarlo como
el segundo deporte del país?
–No me cabe duda que es el segundo deporte
del país, incluso lo era antes de los
Juegos Olímpicos. La medalla lo sitúa
terriblemente en la segunda posición,
y es más, en algunos momentos es primero:
a la hora de ver básquetbol o fútbol
en los Juegos Olímpicos, el rating del
básquetbol fue mayor.
–¿Qué cosas extrañas
le pasaron desde que volvió de Atenas?
–Nunca pensé que en la Capital
Federal la gente me iba a parar por la calle
y me iba a saludar; o que no me quisieran cobrar
en los grandes restaurantes o los taxis; o que
me iban a llegar cartas y faxes a mi casa felicitándome
o agradeciéndome. Son cosas que a uno
lo halagan mucho, y que reconfortan, pese a
que no están en el color dorado de la
medalla o en un premio monetario.
–Más allá de eso,
¿se siente reconocido como entrenador?
–Me siento totalmente reconocido. Pero
aparte, no necesito de terceros para reconocer
el trabajo de nuestro equipo. Nosotros sabemos
que damos el máximo. Yo me hago extremadamente
partícipe de cada situación del
equipo. Por fortuna, los resultados han acompañado
bastante, pero no me voy a quedar en esto, voy
a tratar de buscar nuevos desafíos. Mi
mejor medalla es ver a este deporte instalado
en los colegios primarios.
–¿Qué le generaron
las victorias sobre Estados Unidos?
–El triunfo y la derrota son muy efímeros
en un torneo internacional. Después de
la victoria sobre Estados Unidos, la energía
estaba puesta en el día siguiente, que
era nada menos que la final de un Juego Olímpico.
Uno no puede calcular que está representando
a un país pobre y que el otro es rico,
o que ellos tienen millones de habitantes y
millones de jugadores de básquetbol,
o que tienen una liga como la NBA. Después
de la final, sí pude disfrutar, pero
en mi caso, no me preocupé porque la
bandera de Estados Unidos estaba tercera sino
porque la Argentina estaba primera.
Suena el celular. Magnano atiende. Es el preludio
a la parte más tirante del reportaje,
en la que ese bigote, tan prolijamente recortado
que trasunta autoridad, se tensa:
–“Manu” se quejó
por algunas disposiciones suyas, como no haber
podido usar el celular en Atenas. Dijo que un
entrenador no debía ser un dictador.
–Creo que están haciendo un culebrón
con el tema del celular. Las normas han sido
claras, equitativas, cuando ocurrió algún
inconveniente hubo diálogo, o sea que
creo que no hay que darle tanto... (se fastidia)
será que todo salió tan bien,
que están buscando tonterías...
Deben estar contentas las compañías
que venden celulares.
Pasa el instante de
combustión discursiva y un joven, el
único en todo el bar del Cenard que no
lo reconoció, irrumpe y le ofrece medio
limón para la soda, simplemente porque
ya lo había cortado y le daba lástima
tirarlo. Magnano, estupefacto, agradece y se
ríe. Así, en un par de minutos
quedaron a la intemperie dos caras de un mismo
hombre: el volcánico y el simpático.
“Soy una persona apasionada por lo que
hace. Respetuosa de su trabajo. También
soy temperamental, lo asumo, y eso lo trato
de manejar y mejorar a diario”,
se rotula Magnano.
En verdad, este amante de la pesca, la lectura,
el cine y el café –con amigos–
merodeó por distintas actividades antes
de llegar al aro con red. Nació en Villa
María, pero dos meses después
se mudaron a la ciudad de Córdoba. Allí
jugaba al fútbol y, ya más grande,
lavaba copas en el restaurante de su padre.
Su amor por el básquet nació un
poco por genética: jugaban sus padres,
y más tarde él también
en el club de pueblo, Oncativo. Su pasión
por el deporte decantó en el Profesorado
de Educación Física. “Una
vez recibido armé una escuelita de deporte
en el instituto Concepcionista de Córdoba
en la que estaba la de minibásquet y
de ahí pasé a dirigir a los mayores
de Unión Oncativo”, recuerda. Luego
dirigió en Córdoba Capital, fue
asistente en la selección de Córdoba,
siguió como asistente técnico
de Atenas y en la temporada ’90/’91
empezó a dirigir el primer equipo “griego”.
Así, Magnano, poco a poco se iba metiendo
de lleno en la profesión. En los ’90
se hizo grande en Atenas y llegó a la
Selección tras revalidar sus pergaminos
en Boca. Fue ayudante técnico de las
selecciones durante varios años, hasta
que se ungió en entrenador jefe en 2000.
Mucho tiempo pasó de aquella vez en la
que el técnico de Talleres le tocó
la rodilla en un partido de fútbol, con
la seguridad de que era mejor consultarle sobre
una movida de jugadores, que sacarlo a la cancha.
Sabía que no se equivocaba, aquel DT.
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