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Por
la puerta del estudio fotográfico asoma una cabeza
y se escucha “permiso”..., recién ahí
aparece el cuerpo. El entrevistado llega todo vestido de
negro y su figura contrasta con el blanco inmaculado del
salón. Mientras el fotógrafo acomoda las luces,
aprovechamos para entrar en confianza. Cristian Dzwonik,
más conocido como Nik, es un tipo tímido,
pero con toda la intención de hacernos reír,
y lo consigue gracias a sus poses muy cómicas durante
la sesión. Como las fotos irán con fotomontaje,
él en cada toma imagina que Gaturro está presente
y logra que todos le creamos... Para cuando termina la sesión
fotográfica, la presencia del minino amarillo y cachetón
es casi real.
“Yo soy feliz cuando veo a Gaturro en las páginas
de las revistas y siento que él se hace famoso. Debe
ser un proceso psicológico de sublimación,
supongo, uno deposita todo lo propio en el otro. Quiero
que él sea el protagonista, pero soy consciente de
que tengo que aparecer yo, porque él es un dibujito
y no puede venir a dar la nota, yo hablo por él y
a través de él, ya que muchas cosas que le
suceden a Gaturro son mías”, comenta como excusándose
por ser introvertido, mientras caminamos hasta el café
para hacer la nota.
–¿Cómo y por qué empezaste
a dibujar?
–No tengo un por qué… Ni recuerdo cuándo
comencé porque siempre lo hice. No es que hubo un
momento en que dije: “voy a dibujar”. En realidad,
no recuerdo haber hecho otra cosa que no sea dibujar. Cuando
era muy chiquito, como mis papás trabajaban todo
el día afuera, yo me quedaba con mi abuelo, y él
para entretenerme me había armado un gran pizarrón
donde me enseñaba las nociones básicas del
dibujo. Aún antes de ir al colegio primario, yo sabía
todas las letras del abecedario, a lo mejor no entendía
su significado, pero conocía sus formas. Cuando aprendí
a escribir, empecé a redactar cuentos cortos, siempre
me gustó lo breve, y creo que en ese momento, relacioné
la vocación por escribir con mi gusto por el dibujo
y empecé a hacer humor gráfico: chistes que
tenían imagen y texto.
“Despertar
en el otro una reacción
como la risa, para mi era mágico,
porque de ninguna otra forma
lo podía lograr, y sí lo conseguía,
a través del dibujo.”
–¿Qué sentías al hacer
esto?
–De chico era muy, pero muy tímido e introvertido
(y todavía lo soy) y ésa era la forma que
encontraba para conectarme con mi familia, con mis amigos
y con el mundo en general. Uno de chico siempre quiere ser
el que juega mejor a la pelota, el que salta mejor, o el
líder de la pandilla, y como a mí no me salía
nada de eso, trataba de impresionarlos con el mejor chiste,
porque era lo que yo mejor sabía hacer.
–¿Contabas chistes entre tus amigos?
–No, no. No sé contar chistes, no soy una persona
graciosa, no tengo esa capacidad oral, de hecho me cuesta
mucho sociabilizar. Es una característica común
en los humoristas gráficos, justamente nos dedicamos
a esto por esa limitación: sociabilizamos a través
de la gráfica. Despertar en el otro una reacción
como la risa, para mí era mágico, porque yo
de ninguna otra forma lo podía lograr, y sí
lo conseguía, a través del dibujo. Es y fue
siempre así.
–¿En qué momento decidiste mostrar
lo que hacías?
–En la primaria. Hacía chistes, los encuadernaba
y les ponía título.
compañeros de colegio para tratar de engancharlos,
y aunque contagié a varios para que se pusieran a
hacer historietas, ninguno lo continuó, yo fui el
único. Todavía tengo de esa época toneladas
de libros, era bastante prolijo en ese sentido, los ordenaba
por título y fecha. Creo que ahí desarrollé
el tema de la firma.
–¿Y cómo los firmabas?
–Al principio firmaba Crist, como un diminutivo de
Cristian, pero ya había un humorista con ese nombre
y entonces se me ocurrió usar la última parte
de mi apellido: Nik. Me acuerdo que yo tenía 10,
11 años y pensé “voy a tener que firmar
así, porque si firmo con mi verdadero apellido, no
se va a acordar nadie”. Esa fue mi primera acción
marketinera –dice entre risas–. Yo tenía
esta necesidad comunicacional, y la limitación de
no poder llevarla a cabo, me llevó a buscar todos
los factores para que la comunicación llegue más
clara y mejor, inclusive con la firma para despertar una
reacción positiva en el otro.
Un placer
que se
convirtió en profesión
Cuando Nik terminó el colegio secundario, decidió
estudiar diseño gráfico en la UBA (Universidad
de Buenos Aires): “Siempre me gustó todo lo
relacionado con la gráfica, las artes visuales, el
cine, la publicidad y el diseño. Además, yo
venía de un colegio –el Nacional Buenos Aires–,
donde todos mis amigos iban a ser universitarios, y yo no
podía no serlo, era como un mandato implícito”.
Con la carrera recién iniciada, Cristian empezó
a recorrer editoriales ofreciendo sus trabajos con la ilusión
y el objetivo de publicar su humor. Finalmente, y con sólo
17 años, la revista Muy Interesante editada por García
Ferré, le abrió sus puertas dándole
una oportunidad para dar sus primeros pasos en la profesión.
De ahí en adelante Nik pasó por la Editorial
Kapelusz, el Diario El Cronista y la revista de CableVisión
hasta que hace trece años desembarcó en el
diario La Nación, donde aún hoy trabaja.
“Si el lector
esta avisado,
no le causa gracia lo que haces.”
–¿Es difícil hacer humor político
en un país como la Argentina donde la gente es tan
susceptible?
–Sí, a veces uno tiene miedo de hacer simpáticos
a personajes que no tendrían que serlo, como sucedía
en una época con Carlos Menem. Yo no trabajo para
mí, porque el chiste político no me hace reír,
es más, a veces lo sufro, porque no me sale, no me
llega la inspiración y el ABC del humor es sorprenderse.
En definitiva, es el lector a quien va dirigido todo y depende
mucho de su estado de ánimo y del humor de la sociedad,
en ese momento.
–¿En qué te inspirás
para crear los chistes?
–Para el chiste de actualidad es fundamental oler
qué es lo que está flotando en el ambiente,
que no sale en la tapa de los diarios, lo que la gente habla
en los bares. Vos tenés que tomar la información
básica, pero también tenés que salir,
escuchar radio, intuir lo que le está pasando por
la cabeza a la gente en ese momento. Si vos no sorprendés
al lector, es muy difícil que lo hagas reír,
por eso siempre trato de cambiar la estructura del cuadro.
A veces hago afiches de película, otras chistes tradicionales
con globos o fotomontaje. Me gusta manejar un abanico de
posibilidades y no hacer siempre lo mismo. Cuando el lector
ya está avisado, no le causa gracia lo que hacés.
–¿Cómo es un día de trabajo
en la vida de Nik?
–Empezamos con mi mujer, Laura, teniendo un pantallazo
de las noticias, sobre todo de Internet, somos chicos muy
cibernéticos. Una vez que detectamos la información,
empezamos con un ping-pong de ideas: frases, palabras, a
mí me gustan mucho los juegos de palabras. Cuando
ya tenemos detectados los temas empezamos a hacer asociación
libre de ideas, lo que en publicidad se llama “brain
storming” y ahí va saliendo.
–¿Y qué pasa si no te sale?
–Siempre sale, y si no, lo sacamos a la fuerza (se
ríe como sí recordara una situación
real). Es como cualquier profesión, después
de tantos años, tenés un oficio y el día
que la inspiración no llega, recurrís al oficio.
El hijo
único
Empezó a hacerse conocido por sus chistes de actualidad
y de a poco, fue ganándose el cariño de la
gente, pero hay un personaje que es sinónimo de Nik
y ese es Gaturro. Podría decirse que su nacimiento
fue casual y su permanencia en las páginas del diario,
inesperada. “Había una época en la que
Menem se había hecho un entretejido capilar, y todo
el mundo se reía mucho de eso. En un programa de
televisión apareció una vez con todo el “gato”
torcido y yo dibujé una caricatura del ex presidente
con un gato arañándole la cabeza, como cayéndose.
Ese fue un poco el inicio. Gustó tanto ese “gag”
y ese gato (que en realidad, era más flaco que el
Gaturro de ahora) que la gente empezó a pedirlo”,
recuerda Nik haciendo un poco de memoria. Así fue
como del cuadro de humor político, el minino amarillo
pasó en 1996 a tener su propio espacio dentro del
diario, y del corazón de los lectores. Tan famoso
se hizo que ahora sale en publicaciones internacionales:
está en México, Ecuador, Venezuela, Colombia,
España y en Estados Unidos en diarios de habla hispana,
en Chicago, Miami y Texas. También está por
entrar en Brasil.
–¿Gaturro es tu personaje más
querido?
–Es el que más queremos porque es propio, gracioso
y carismático. Para nosotros que no tenemos hijos,
es como nuestro hijito al que vemos crecer. La verdad es
que nos encariñamos mucho con él. Además,
a mí me ocurre una cosa extraña, que también
me pasaba de chico con Mafalda (la creación de Quino).
Miro libros viejos de Gaturro, como si fuera un lector y
empiezo a sentir cómo el personaje tiene vida propia.
Existe por sí solo, a veces, sueño que me
guiña un ojo, o que me está dibujando, y empiezo
a creer que el tipo existe. Cuando sucede eso, es porque
conseguiste darle un tinte y un cariz muy propio al personaje.
Pero, lo que más nos emociona es la llegada de mails
que dicen “la verdad es que nos alegrás la
vida todos los días”, “lo seguimos como
si fuera parte de la familia”, o “lo sentimos
como nuestra mascota”. Eso a mí me encanta,
porque ¡qué otra cosa busca uno al hacer humor!
De algún modo, siento que en parte, logré
lo que perseguía cuando era chico: conseguí
transmitir un poco de alegría, que de otra forma,
no hubiera podido.
–¿Qué te falta conseguir entonces?
–Soy una persona muy feliz: porque trabajo en lo que
me gusta y vivo de eso, también doy alegría
a los demás, que es lo máximo para mí.
Comparto la vida con la persona que quiero, trabajar juntos
todos los días y despertarme rodeado de las cosas
que me apasionan, bueno… ¿Qué más
puedo pedir?

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