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Cuando
era chiquita, Teresa Manera iba a veranear con su
familia a Pehuen-Có, una pequeña villa
balnearia ubicada al sur de Buenos Aires. La nena,
que para esa época no superaba la docena de
años, amaba recorrer la playa de punta a punta
junto a su mamá. Madre e hija salían
a diario a recolectar restos fósiles, porque
a las dos les fascinaba la idea de encontrar indicios
del pasado. Lo que no sabía Teresa era que,
debajo de la arena que pisaba, un tesoro paleontológico
de 120 siglos le cambiaría la vida… En
el futuro. Hoy, aquella nena nacida en Bahía
Blanca ya tiene casi 60 años y, devenida paleontóloga,
acaba de recibir el Premio Rolex por su labor científica
en esas mismas playas.
Pichona
de Darwin
Sin duda, aquellas expediciones infantiles definieron
la vocación de Teresa que, al terminar su escuela
secundaria, decidió estudiar la carrera de
Geología. Logró el doctorado por un
trabajo sobre Minerología y más tarde
se especializó en Paleontología. Teresa
se casó, tuvo tres hijas y se alejó
del puesto que había ocupado en la Universidad
Nacional del Sur durante 13 años. Todo normal
al momento, en la vida de esta descendiente de inmigrantes
italianos, que había elegido dedicarse a su
familia. Hasta la mañana del 26 de octubre
de 1986, en que su marido y una de sus hijas –aficionados
también a la paleontología–, como
era su costumbre luego de una tormenta, salieron a
desandar la orilla. La noche anterior había
soplado un viento muy fuerte en Pehuen-Có y
la familia Bianco-Manera sabía que luego de
un temporal, aparecía por entre la arena algún
que otro restito fósil. Interesante para el
matrimonio, que entre sus proyectos estaba el de fundar
un museo privado para Punta Alta, la ciudad situada
a 30 kilómetros de Bahía Blanca. Pero
esa mañana se encontraron con algo más
que un restito: como el mar seguía agitado,
el movimiento de las olas había “barrido”
la capa arenosa de la costa y dejado al descubierto
una plataforma rocosa de color rojizo. Y lo que ahora
aparecía frente a sus ojos era, sencillamente,
increíble: miles de enormes huellas y rastros
de pisadas de animales prehistóricos recorrían
la orilla a lo largo de tres kilómetros. Recuerda
Teresa: “Roque, mi marido, me fue a buscar corriendo.
Pedimos una cámara de fotos prestada porque
no teníamos y llamamos al canal de cable local”.
En
peligro
Semejante hallazgo hizo que la geóloga retomara
contacto con sus antiguos colegas de la Universidad
y se pusiera a trabajar más duro que nunca.
Fue entonces cuando, junto con su antigua compañera
Silvia Aramayo, se sumergió en la tarea de
investigar los rastros. “Aunque en ese momento,
no teníamos conciencia de que el yacimiento
estaba en peligro”, relata.
Es que, por un lado, las frágiles capas de
arcilla que contienen las huellas son muy frágiles
y se ven cada vez más amenazadas por los cuatriciclos
y camionetas 4 x 4 de los turistas que se mueven entre
Pehuen-Có y Monte Hermoso. La playa, en los
últimos años, se ha convertido en la
ruta de paso entre los dos balnearios. Además,
el otro grave problema es el del cambio climático:
el nivel del mar está aumentado y con éste,
la erosión progresiva que el agua provoca sobre
la roca. “En aquel momento no pensamos que el
turismo en la región iba a crecer tanto. Cuando
nos dimos cuenta, nos empezó a preocupar cómo
proteger el lugar”, explica la científica.
Así, a Manera y al resto del equipo, conformado
por especialistas y voluntarios de la Universidad
Nacional del Sur y del Museo Darwin, pusieron todas
sus energías en la conservación del
lugar. “No me importa cómo, si como Reserva
Provincial o Reserva Paleontológica Nacional,
pero que se proteja”, dice la científica.
Ella y su equipo, cansados de recorrer laberintos
burocráticos y de esperanzarse con proyectos
de ley que morían antes de nacer, presentaron
un proyecto a la firma Rolex.
Sabían que la antigua empresa de relojes premiaba
cada dos años la actividad de científicos
de todo el mundo con importantes sumas de dinero y,
en esta ocasión, se trataba ni más ni
menos que de un apoyo económico de cien mil
dólares. Lo intentaron: “Teníamos
un proyecto de conservación del yacimiento
y lo ajustamos a la suma del premio. Pero inicialmente,
nuestro objetivo siempre fue mucho más ambicioso.
Cuando me inscribí, por recomendación
del director del Museo Darwin de Punta Alta, Ricardo
Caputo, no lo pensé como algo personal sino
como el modo de conseguir dinero para conservar las
huellas”, explica Teresa, quien firmó
la propuesta en nombre de todo el grupo.
“Una de las cosas importantes, más allá
de haber recibido el premio, es que la gente se sensibilice
que puede hacer leyes de protección. Nuestra
idea es concreta: queremos dejar información
meteorológicas se lo permitan, realizarán
un mapa con la ubicación exacta de cada huella
sirviéndose de unidades de posicionamiento
GPS y cámaras fotográficas para registrarlas.
La “loca de las huellas”, como la llaman
a Teresa, en realidad se dedicó durante mucho
tiempo a estudiar la estructura de la cáscara
de huevos de dinosaurios. “Pero con el proyecto
del yacimiento no tengo tiempo de pensar nada más
que en esto”, dice, y cuenta, en broma, que
su mérito en realidad está en no haber
contado nada cuando se enteró que era una de
las cinco laureadas por Rolex. “Me avisaron
en abril, pero no podía difundirlo, salvo a
los más cercanos”, recuerda. Pero el
29 de septiembre, luego de haber sido reconocida frente
a un público de 500 personas en el Conciergerie
de París, Teresa le pudo contar al mundo cuál
es su plan: en el lapso de tres día, la científica
dio 18 entrevistas a periodistas. Igual que una súper
estrella, Manera estuvo rodeada de agentes de prensa
y traductores de la habitación exclusiva que
le dieron para atender a medios belgas, portugueses,
italianos, estadounidenses… “Pero lo más
emocionante de todo –dice– fue encontrarme
de repente en Francia, frente a tanta gente, y que
en una pantalla gigante empezaran a dibujar el contorno
de mi país, y luego del lugar que he pasado
toda mi vida”.
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