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La nueva cocina patagónica

Son chefs jóvenes a cargo de restaurantes en
Villa La Angostura. Adaptaron productos tradicionales de la zona, como el cordero, el ciervo, el guanaco, el choique (pequeño avestruz) o los frutos del bosque, a recetas gourmet y así crearon la nueva cocina patagónica.


Se dicen privilegiados. Cocinan –que es lo que más les gusta–, y además lo hacen en Villa La Angostura, muy cerca de los lagos Nahuel Huapi o el Correntoso, paisajes ideales para mirar desde la ventana o gozar cuando les queda tiempo para hacerse una escapadita. Todos tienen chapa de gourmet, un logro que obtuvieron estudiando y sumando experiencia en restaurantes de nivel de distintos lugares del mundo. Son cuatro chefs que decidieron venirse al Sur. Aquí, como una forma de integrarse a la Patagonia andina, fueron sumando innovaron en combinaciones impensadas, hasta hace unos años.
“En definitiva, esto es sólo cocina fusión: mezclar las distintas técnicas del mundo para enriquecer la cocina”, inicia la charla Juan Colombo, chef del Hotel Correntoso. Y Juan tiene tela para hablar de innovar. Estuvo en Isla Bermuda, en Tailandia, formó parte del equipo de Francis Mallman y ahora, en el restó del tradicional hotel, goza con la utilización de los productos locales. “Me gusta la frescura de la trucha patagónica, me gusta el sabor de los frutos rojos frescos recién cosechados, las morillas del ciprés que uno puede salir a recolectar y las hierbas que tenemos en la huerta del hotel”, dice.
Hablan de comida y se entusiasman. Junto a él, otro chef, Diego Oliveros Escola, de la parrilla La Esperanza, coincide con que es fundamental la capacitación –es egresado del Instituto Argentino de Gastronomía y pasó por varios restaurantes del país–, lo más trascendente es meterse en la cocina y crear. “La verdadera experiencia se ve en la cancha”, define. Y el mendocino Flavio Miglierina, que pasó por Bahía Manzano y ahora es el chef de Waldhaus agrega: “me encanta ir probando”, mientras cuenta que nunca falta la carne de choique y el ciervo, porque “tienen mucha fibra y eso me gusta. Y la uso después de haber aprendido cómo cocinarlas a través del ensayo y el error. Así nomás”.
Consideran que la cocina patagónica es ya de por sí una fusión. Pablo Campoy, chef de Las Balsas, con tres años de experiencia en el País Vasco, aclara: “La comida en la Patagonia tiene muchas corrientes. Lo que consumían los aborígenes, por ejemplo, no se comercializa. Pero muchas de las cosas que ellos utilizaban, se usa para enriquecer y sumar toques interesantes a los platos, como el piñón de la araucaria. Después llegaron los pioneros para darle su aporte. Y ellos trajeron ciertos platos como las fondue, los strudel…”.
Diego, por su parte, tomó la ancestral costumbre de salar la carne para conservarla, como uno de sus platos dilectos. “Tiene que estar de 15 a 25 días en sal, se deja secar y después se vuelve a hidratar en aceite”, cuenta, mientras nos hace degustar sabrosos trocitos de charqui de guanaco y ciervo, con una salsa agridulce.
Flavio cuenta, mientras prepara sus escalopines de choique, que los nativos de la zona usaban los tendones de esta ave para hacer boleadoras, los huesos para instrumentos musicales, la cáscara de los huevos para productos medicinales y, desde ya, la carne para alimentarse.
Es cierto que cada uno tiene un sello, pero más allá de los gustos propios, estos cuatro cocineros tienen en cuenta el gusto de quienes los visitan: “La gente viene y quiere comer sí o sí frutos rojos de postre o chocolate. Y eso no puede faltar en la carta de postres”, sostiene Juan.
Y además, tienen en cuenta la importancia de la difusión. “Ahora se cocina en la tele y eso hace que la gente se haya puesto más exquisita. Y debés darle lo que quiere, con una cuota de originalidad y de localismos”, resume Flavio.

Color y practicidad
“Todo entra por los ojos”, resume Pablo mientras decora su trucha al limón, uno de sus platos predilectos, con unas escamas de pescado. “Nunca decoro con algo que después no se pueda comer”, agrega Juan. Y todos coinciden.
Mientras cocinan se concentran, pero a la hora de decorar, se convierten en artistas plásticos. Combinación del amarillo del curry con el colorado de la remolacha en el plato de Juan; la carne dorada con la salsa de frutilla y el bouquet de verde, sólo por dar unos ejemplos.
Vivir en la Villa puede ocasionar ciertos problemas a la hora de pretender continuidad en la obtención de ciertos productos. “Esto es complicado, a veces. La nieve, el paso cortado... Hay cosas que nos traen de otras provincias, otras que podemos conseguir acá…”. Ante aquello que es difícil de encontrar para la temporada, “preferimos no incluirlos en la carta”, dice el chef Flavio.
Y así, probando, hablando con los nativos, con los “paisas”, probando, estos cuatro chefs empezaron a darle un toque distinto a la cocina del Sur. Con la base de los productos autóctonos y el vuelo y el color de todo el mundo.