| El
laberinto que recuerda a Borges está en la estancia
Los Alamos, de San Rafael, Mendoza, y fue elaborado,
con 12 mil arbustos, por el inglés Randall Coate,
autor de famosos parques en Gran Bretaña y amigo
de Borges. Se llama El jardín de los senderos
que se bifurcan, como un cuento borgeano, y en principio,
se iba a construir en Buenos Aires, pero hubo trabas
burocráticas (la ceguera no sólo la sufrió
el escritor) y se eligió la estancia que fuera
propiedad de la poetisa y amiga de Borges, Susana Bombal.
Los artífices del emprendimiento fueron Camilo
Aldao, Gabriel Mortarotti y Mauricio Runno, que trabajaron
denodadamente para que este sueño se hiciera
realidad. Hoy, el parque fue declarado de interés
turístico y cultural de San Rafael. Si se lo
mira desde el cielo, los senderos forman el nombre de
Borges y hay también un signo de interrogación,
símbolo del misterio de la personalidad del escritor,
y de la dificultad que plantea todo laberinto. Es una
obra magnífica, algo más que un simple
ornamento vegetal con una incógnita difícil
de resolver. Hay quien ha estado horas vagando entre
los arbustos, sin poder salir. Dato curioso, los ciegos
pueden guiarse por placas con fragmentos de cuentos
de Borges y seguir así el camino hacia la salida.
Sólo los ciegos y quienes sepan Braille, porque
las ayudas están en ese alfabeto.
Las
obsesiones de Georgie
Borges cultivó varias obsesiones. Una, la del
horror por los espejos, tanto, que hizo decir a uno
de los personajes de sus cuentos: “Odio el amor
y los espejos, porque reproducen los seres humanos”.
Otra, la de los laberintos, que ocuparon en su literatura
mucho más que una frase.
–La primera percepción del laberinto como
un espacio obsesivo –dice la escritora María
Esther Vázquez, quien fue amiga de Borges, e
incluso escribió libros junto con él–
la tuvo en la infancia, cuando vio una lámina
que representaba uno, en cuyo centro había otro
más pequeño, visión que se reproducía
cada vez más diminuta, hasta el infinito.
–Los laberintos están en muchos
de los cuentos de Borges; están en El jardín
de los senderos que se bifurcan, en La biblioteca de
Babel y...
–Sí, una vez me contó que en su
juventud, durante los veranos en Adrogué, descubrió
que el verdadero laberinto estaba en el hotel La Delicia,
un edificio que creció con anarquía y
donde era difícil que cada persona encontrara
su cuarto sin ayuda, e incluso, una vez que estaba en
la habitación, le costaba llegar a la calle.
El hotel fue demolido, claro, pero Borges lo evocó
en La forma de la espada y en La muerte y la brújula.
Admiraba mucho a los constructores de laberintos.
–¿A quiénes?
–A Piranesi, por ejemplo. En su departamento de
la calle Maipú pude ver, colgado en el living,
un grabado de Piranesi, (artista veneciano de 1740,
famoso por sus poéticas imágenes de Roma
y sus interiores). A Borges lo impresionaban las ruinas
fantásticas con escaleras, los corredores sin
salida y los espacios abiertos a la nada. Ya adulto,
cuanto perdió la visión, era capaz de
contar ese grabado con un detallismo extremo.
Historias
absurdas
Aunque Borges gustaba de los tangos sin letra, sólo
música bailable, quizás estuvo de acuerdo
en aquello de que “la vida es una herida absurda”,
frase de La última curda. Porque, entre otras
cosas, los laberintos evocan cuestiones absurdas, sin
solución, y situaciones personales de las cuales
es difícil, y a veces imposible, salir.
–Es probable –dice María Esther–
que ese espíritu de Piranesi estuviera en el
trazado obsesivo de sus laberintos literarios. En La
muerte y la brújula, Borges dice que “el
mundo era un laberinto del cual resultaba imposible
huir”. En El inmortal, que “el laberinto
es atroz; por un caos de sórdidas galerías
llegué a una vasta cámara circular, apenas
visible. Había nueve puertas en aquel sótano;
ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba
en la misma cámara; la novena daba a una segunda
cámara circular, igual a la primera. Ignoro el
número total de cámaras; mi desventura
y mi ansiedad las multiplicaron”.
–Usted ha hablado, María Esther,
de una interpretación que hizo un psicoanalista
de los laberintos borgianos. Una interpretación
desde el punto de vista del psicoanálisis, claro.
–Sí, el psicoanalista francés Didier
Anzieu estudió la obra de Borges, y llegó
a la conclusión de que el tema de los laberintos
surgió de un conflicto de identificación
y de rivalidad con el padre. Dos textos –La biblioteca
de Babel y El inmortal– serían una metáfora
del inconsciente y equivaldrían al cuerpo físico
de Borges. Laberintos y espacios corresponderían
a la memoria prenatal del vientre de su madre.
–¿Es posible eso? No digo en la
literatura sino en la realidad.
–Los psicoanalistas dicen que sí. Cuando
Borges, en El inmortal, habla de la vasta cámara
circular, dice que tiene nueve puertas y que sólo
la novena accede a otra cámara. Y bien, según
el psicoanalista francés, el esquema indica claramente
el seno materno y los nueve meses de gestación.
–¿Y usted está de acuerdo
con esa interpretación?
–Hay un pequeño detalle que la destruye:
Borges nació en el octavo mes de ser concebido,
y desde la adolescencia, antes de escribir ese cuento,
conocía esa circunstancia tan poco frecuente.
Su madre, Leonor, se vanagloriaba de la frase del médico
que la atendió en el parto, y repetía:
“Las criaturas ochomesinas suelen ser muy inteligentes
y talentosas”.
¿Supersticioso
yo?
Borges, es sabido, tenía una superstición
acerca de lo beneficioso del número tres y sus
múltiplos. Cuando viajaba en avión, cosa
que no lo llenaba de alegría, más bien
tenía cierto temor a volar (García Márquez
compartió esos miedos) en el momento del despegue
o del aterrizaje, para conjurar la mala suerte, daba
tres golpes con los nudillos en el brazo del asiento.
Cuando alguien le preguntaba el por qué de esos
golpes, no contestaba.
–O decía –apunta María Esther
Vázquez– que Adán nació a
los 33 años, y que Cristo murió a esa
edad. Y con respecto al nueve, los versos del último
poema de su libro El oro de los tigres dicen: “...El
anillo que cada nueve noches/ engendra nueve anillos
y estos, nueve...”.
–¿Y en La biblioteca de Babel?
–Bueno, el arquetipo del laberinto de ese cuento
alude a una de las formas de la sabiduría: “El
universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone
de un número indefinido, y tal vez infinito,
de galerías hexagonales(...) Una de las caras
libres da a un angosto zaguán, que desemboca
en otra galería, idéntica a la primera
y a todas. En el zaguán hay un espejo, que fielmente
duplica las apariencias”.
Nuestros
propios laberintos
Cada ser humano tiene su propio laberinto. Un hombre
de campo que visita por primera vez una gran ciudad,
tal vez sienta que se pierde en el trazado a veces anárquico,
de las calles. En Parque Chas, por ejemplo, existe una
calle que es un círculo perfecto, que creo recordar
que se llama Berlín, de modo que si se avanza
por ella se termina siempre en el sitio de donde se
partió. El amor puede ser también un laberinto
indescifrable. En Los dos laberintos, Borges cuenta
de un soberano que invitó a otro rey a sus dominios,
y lo llevó y lo dejó solo en un laberinto
vegetal, como el de Mendoza, del cual el coronado no
pudo salir. Cuando lo rescataron estaba furioso y avergonzado,
pero nada dijo. Invitó a su vez al burlador a
su reino, y lo llevó a un desierto inmenso (tal
vez el Sahara, un arenal tan extenso que no tiene nombre,
porque en árabe Sahara quiere decir desierto),
en donde lo dejó abandonado a su suerte.
–Hay algo que no entiendo en ese cuento.
Salir de un desierto enorme es difícil por las
distancias y el calor del día y el frío
de la noche, pero no porque alguien esté perdido,
como en un laberinto. Es cuestión de caminar,
por ejemplo, hacia el Oeste, en donde se pone el sol,
y listo.
–Borges era un hombre urbano. Le fascinaba el
campo, pero él lo consideraba “una llanura
desaforada”; quizá nunca fue capaz de orientarse
con el sol. Por lo demás, cuando escribía
hacía literatura, pero la diferenciaba de la
realidad. Por supuesto que autores que él leía,
como Kafka o Meyrink, encontraban al mundo absurdo,
y por lo tanto pesadillesco y por lo tanto laberíntico,
“sueños soñados por otros sueños,
pesadillas perdidas en el centro de otras pesadillas”.

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