| Acomienzos
de este nuevo milenio, el mundo viene protagonizando
un fenómeno que crece: de Norte a Sur y de Este
a Oeste, el furor por la belleza física es cada
vez más notable. En un escenario global donde
la industria de la cosmética crece de a millones
(de dólares) y donde las cirugías estéticas
escalaron un 226 por ciento en los últimos siete
años, la Argentina no no se queda atrás.
Además, es uno de los países en los cuales
la exigencia de los espejos se hace más visible.
Según un relevamiento de la Sociedad Internacional
de Cirugía Plástica (ISAPS), del total
de intervenciones quirúrgicas con fines estéticos
que se realizan a nivel mundial –7 millones en
2003–, un 6% pertenece a Argentina. Porcentaje
que posiciona al país en el quinto del mundo
en cantidad de intervenciones del estilo.
“En los últimos cinco años hubo
un incremento importante en la cantidad de cirugías
estéticas y acá estamos acompañando
lo que pasa en el resto del mundo. En Argentina la presión
social por tener que verse mejor o la presión
por salir a buscar trabajo, parecer joven y tener buena
presencia, pueden ser algunos de los factores que influyan
en este aumento. Además, la gente se anima más
últimamente y hay mayor difusión por parte
de los medios, aunque la mayoría de veces no
informan sobre los resultados más felices”,
arriesga el Dr. Oscar Zimman, jefe de la División
de Cirugía Plástica del Hospital de Clínicas
y profesor de la Facultad de Medicina de la UBA.
Si de una obsesión por verse mejor se tratase,
entonces ésta, según Zimman, trasciende
los límites del país. Ahora, ¿cómo
hace Argentina para estar en el quinto lugar del mundo
tras la crisis económica y teniendo un poder
adquisitivo menor al de los europeos? “Es que
una cirugía estética en Europa es carísima
y no está al alcance de todos. Acá, en
cambio, se practica en hospitales públicos y
los aranceles son más accesibles”, afirma
el médico.
Para Manuel Sarrabayrouse, jefe del Servicio de Cirugía
Plástica del Hospital Italiano y miembro de la
Sociedad Argentina de Cirugía Plástica,
Estética y Reparadora, estas operaciones tienen
relación con la calidad de vida: “La gente
vive más y busca más calidad de vida.
Con la cirugía estética se intenta lograr
un equilibrio psicofísico. Mientras uno se mire
al espejo y se acepte con alegría, no será
necesaria. Pero siempre es un arma a tener en cuenta
para verse y sentirse bien. Lo importante es saber que
no es la panacea, que es intransferible y para uno”.
Cuando
el bisturí
roza los límites de la salud
Para los antiguos griegos era la distribución
armónica y proporcional de las partes del cuerpo.
En la Edad Media, una rubia palidez. Y en el siglo XX,
la estructura de senos pequeños y panza chata.
Los parámetros del cuerpo perfecto fueron cambiando
con las épocas. En este milenio, todo indicaría
que se perfila como ideal de belleza la figura exótica
y sin raíces reconocibles.
“Belleza es una actitud. La gente se predispone
para estar más linda. Hoy la mujer entró
al mercado de trabajo y la apariencia tiene una importancia
más grande que la que tenía hace 50 años.
Esteé Lauder, la mujer que revolucionó
la cosmética, decía que las novias, el
día de su casamiento, son todas lindas. Y eso
es porque están en la actitud de ser lindas”,
afirma Hugo Turovelzky, el kinesiólogo argentino
residente en Brasil, que hace 13 años preside
el Congreso Internacional de Estética de Río
de Janeiro y que acaba de desembarcar en el país
para presidir, este fin de semana, el Primer Congreso
Científico Internacional de Estética en
Buenos Aires.
Turovelzky afirma que la verdadera belleza “se
revela a los ojos del alma. Pero pasa que muchas veces,
se llega a cosas absurdas y hasta cierto punto, patológicas.
Insisto en que se trata de una cuestión íntima
y subjetiva que tiene que ver con cómo se siente
uno y con el propio estado de salud. Por eso, lo primero
que tiene que saber una persona antes de someterse a
un tratamiento es qué le molesta y si tiene solución,
porque no se puede ir en contra de la propia naturaleza”.
En este sentido, Sarrabayrouse alerta: “Hay gente
que mira obsesivamente a su cuerpo y llega, en algunos
casos patológicos, a derivar en la dismorfofobia,
una enfermedad que provoca odio hacia el cuerpo y se
traduce en inseguridad. Entonces, quieren encontrar
en las cirugías una curación que alivie
la disconformidad”. Para el cirujano, el paciente
que llega al consultorio con esas inquietudes, “es
mal candidato, dado que seguramente no va a quedar conforme
con nada. Es importante que antes de someterse a una
cirugía, reciba apoyo psicoterapéutico
y que el médico conozca sus verdaderas expectativas”.
Los especialistas consultados por la revista coincidieron
en que, más de una vez, los pacientes llegan
al consultorio con una foto en la mano pidiendo una
nariz o una boca ajena. Sarrabayrouse dice que eso es
irrealizable. Y Zimman lo confirma: “Muchos vienen
con una revista o una fotito y yo los desaliento. En
general, el que llega así viene con una idea
errónea de lo que quiere y las motivaciones que
le llevan a la cirugía no son las mejores. Una
operación de este tipo funciona cuando el deseo
y el cambio son internos. Si se quieren modificar realidades
externas ajenas, como operarse para reconquistar al
marido o convencer a un jefe para lograr un puesto,
entonces, esas operaciones no son lícitas. Las
cirugías no deben pasar los límites de
las mesuras –opina el jefe del Clínicas–.
La cosa es subjetiva y tiene que ver con el buen gusto.
Es igual que la arquitectura: uno puede hacer una obra
maravillosa o hacer un espanto estético que funcionalmente
sirve. O que sea estéticamente muy lindo y que
no sirva para nada”.
Operación
precoz
Se estima que la belleza mueve en el mundo unos 160
millones de dólares anuales. Y dentro de esa
gran industria, uno de los segmentos que se suma cada
vez con más peso es el de los jóvenes.
El mismo informe de la ISAPS asegura que en un año,
la cantidad de cirugías estéticas realizadas
en Argentina a menores de 20 años se duplicó:
en 2002 era del 9,2% mientras que en 2003 alcanzó
el 17,7%. Con respecto a este tema, afirma Turovelzky:
“La gente menor de edad ya está dentro
del mercado. Pero para ellos, hay ciertos límites”.
El kinesiólogo advierte que hay algunos tratamientos
estéticos y cirugías que no se pueden
realizar en adolescentes hasta tanto su cuerpo no termine
de desarrollarse. “Antes, la mujer se hacía
el lifting a los 60. Ahora se lo hace a los 40 –agrega
Zimman–. Y esto es quizás porque ahora
hay técnicas menos agresivas que permiten cirugías
sin tantas cicatrices”.
¿Adictos
a la cirugía?
La Miss Brasil de la edición 2001, tras ganar
el concurso de belleza, reconoció que se había
hecho 19 intervenciones quirúrgicas a lo largo
de su vida (lipoesculturas, silicona en el busto, liposucción
en la cintura y correcciones en la nariz y orejas, entre
otras). Como quería ser Miss Universo, además,
la chica se modificó los glúteos.
“No es muy común ni la regla general que
se genere una adicción a las cirugías”,
afirma Juan Carlos Seiler, cirujano del Servicio de
Cirugía Plástica del Hospital Alemán.
“Con el correr del tiempo, tal vez 7 u 8 años
después de un estiramiento, es normal que el
paciente vuelva a hacerse un retoque. La aplicación
de Botox, en cambio, implica que deba hacerse más
seguido ya que su efecto dura sólo seis meses.
Pero esto no quiere decir que sea adictivo. Si una persona
recurre excesivamente a cirugías, entonces puede
ser que haya problemas psicológicos más
profundos por resolver”, dice Seiler.
Concluye Zimman: “Para mí, la intervención
estética debe ser sinónimo de armonía.
Y el mejor resultado es aquel en el que la operación
no se nota y donde no queda marcado a fuego el estigma
de la cirugía”.

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