Elamá
María Fux y papá Juan Aschero, reconocieron
la vocación musical del pequeño Sergio.
No podía ser menos para el hijo de la bailarina,
que a los 80 años, sigue danzando con la levedad
del no-tiempo y de un artista plástico y músico
de la vanguardia de los años ’50. A los
6 años entró al Collegium Musicum. A los
20, ya era un profesional experimentado: docente, director
y compositor. Una beca otorgada por el Fondo Nacional
de las Artes lo llevó hasta Jujuy para compartir
15 días con la comunidad de los chahuancos, un
pueblo perdido en la selva que ejecutaba su música
con instrumentos simples. El joven maestro vio jaqueado
su supuesto bagaje de erudición, al no poder
transcribir esos sonidos. Corría el año
1965 y para Aschero se terminaba el mundo tal como lo
conocía. Vive una crisis, un terremoto que no
deja parámetro en pie. “¿Por qué
tengo que recurrir a tal cantidad de signos imprecisos
para representar algo tan sencillo?” se decía,
mientras comprobaba la contradicción entre lo
escrito y lo sonoro.
Tras cuatro décadas de investigación,
y a punto de cumplir 60 años, Sergio pudo resolver
el enigma con total precisión y claridad. El
resultado es una escritura tan simple como la música
(ver recuadro). Aún ignorado en nuestro país,
el sistema de Numerofonía se enseña en
las escuelas de España e Italia y es reconocido
por científicos del mundo entero.
Pero para Aschero no pararon de estallar supernovas.
La última (y para él, la definitiva),
fue el encuentro con el Amor, así, con mayúscula.
Mirta Karp, su compañera desde hace 5 años
trajo a su vida, la energía que lo ordena todo.
Con ella comparte la pasión por el sistema y
los viajes a la comunidad de los wichis, en el monte
formoseño, que a través de la Numerofonía,
están recuperando su cancionero tradicional perdido
tras la evangelización.
–Como bien se dice,
la crisis es cambio.
–Mi encuentro con los chahuancos fue el gran sentido
de mi existencia. Al no poder escribir exactamente su
música, estuve a punto de abandonar la música.
Fue uno de los momentos de soledad e incomprensión
más terribles de mi vida. Comprobé que
muchas veces la formación actúa más
como corset o limitación, que como elemento de
libertad.
–¿Qué tuvo que des-aprender?
–Un poeta sabe escribir, un pintor sabe pintar,
pero hay muchísimos músicos que no saben
escribir partituras. Si todos amamos la música,
pero la leen solamente el 5% de la población,
algo pasa. La música occidental se basa en el
piano y todo lo que no se puede normativizar sobre esa
base, es considerado exótico. Sin embargo, el
mundo está lleno de culturas diversas con su
música propia.
–¿Cómo llegó el sistema
a los wichis?
–Nos invitaron a trabajar los maestros y educadores
de la Fundación Miwok, que significa en idioma
wichi Red de pescar colectiva que están desarrollando
la primera escuela bilingüe wichi-castellano para
docentes y otras especialidades, en el departamento
de El Potrillo en la punta de la provincia de Formosa
que limita con la provincia de Salta y con Paraguay.
En medio del monte. Allá llevamos el curso para
formadores, hicimos demostraciones del sistema con niños
y la recepción ha sido maravillosa.
–¿Por qué es tan importante
su aprendizaje y aplicación?
–Porque los wichis han perdido su tradición
musical tras la evangelización de los anglicanos
que llegaron a la zona de Formosa en 1920, estableciendo
un corte con su pasado. Los jóvenes wichis, con
el sistema de Numerofonía, están haciendo
el primer cancionero de su historia hablando de su realidad
cotidiana. Así se dieron cuentan que podían
cantar a la naturaleza, al río, a los frutos.
También han creado sus instrumentos y se reunieron
para darles nombre. Algo impensado en un mundo donde
parece que todo ya está nombrado.
El sistema es trascendental por donde se vea. Por su
creación, por su aplicación y por lo que
está permitiendo que ocurra.
–Por la barba ¿se está preparando
para el bronce?
–(Lanza una carcajada policromática) Me
estoy preparando para seguir caminando. No importa lo
que uno hace sino lo que uno va abriendo. En la Argentina
hay muchos que lo están aplicando, pero falta
una decisión política que acepte hacer
una experiencia piloto en las escuelas,
como en España o en Italia.
Estuvo treinta años casado
en España con la madre de su hija Irene, que
es cantante. Una vez separado, se marchó a Brasil,
donde estalló el enigma final: “sentía
que la vida me debía algo: me había equivocado
de prioridades.” Ya en Buenos Aires en el estudio
de mamá María, conoce a Mirta Karp. “Con
el amor todo se ordena, se dulcifican los contornos
y uno comienza a sentirse vivo”, dice mientras
se miran, entablando un diálogo inaudible.

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