| El
sol es fuente de vida. Ayuda a absorber vitaminas, como
la D, fundamental para tener huesos sanos, y es un antiestrés
natural que nos hace ver y sentir bien. Así es
que, con la llegada del verano, grandes y chicos quieren
estar bronceados. ¿A cualquier precio? Ahí
comienzan los problemas.
Está demostrado que los rayos ultravioleta A
y B –UVA y UVB– son los responsables del
color tostado y agradable de la piel, pero tomado sin
protección, y en abundancia, también puede
producir daños a corto y a largo plazo: quemaduras,
arrugas e incluso, en el peor de los casos, cáncer
de piel.
En el mundo, en las últimas cuatro décadas,
el cáncer melanoma se triplicó y el no
melanoma –basocelular y espinocelular–,
fue aumentando de un 3% a un 8% anual. En Estados Unidos,
donde el cáncer de piel es uno de los cánceres
que más crece, aparecen un millón de nuevos
casos de no melanoma por año. “En la Argentina
carecemos de estadísticas, pero la experiencia
hospitalaria y las estadísticas de biopsias confirman
que nuestro país no escapa a la tendencia mundial”,
comenta el doctor Fernando Stengel, médico dermatólogo,
director de la Fundación del Cáncer de
Piel, institución que junto a la Sociedad Argentina
de Dermatología –SAD–, ha creado
a partir de 2003, el primer Registro Argentino de Melanoma
Cutáneo, que permitirá tener datos más
específicos sobre el tema.
“El
Sol no esta mas fuerte,
pero si es cierto que han
aumentado las radiaciones,
que llegan a la Tierra”.
Febo
asoma ya sus rayos
“El sol está más fuerte que nunca”,
se escucha decir con la llegada del verano, pero esto
no es 100% cierto en términos científicos.
“El sol como fuente de radiación solar,
al menos en las últimas décadas, no ha
manifestado variación significativa en cuanto
a la radiación solar ultravioleta, que es la
que puede llegar a afectar el cuerpo humano, esencialmente,
piel y ojos. La confirmación de esta información
se basa en mediciones satelitales del espectro solar
–todo el rango de radiaciones electromagnéticas
que envía el sol a la Tierra–”, manifiesta
Rubén Piacentini, doctor en Física, director
del Instituto de Física Rosario dependiente del
CONICET y la Universidad Nacional de Rosario. “El
sol no está más fuerte, pero sí
es cierto, que han aumentado las radiaciones que llegan
a la Tierra, atravesando la atmósfera, y en particular
la capa de ozono. Dado que esta capa se ha reducido
aproximadamente en un 5% desde principios de la década
del ’80 al presente, a latitudes medias donde
se concentra la mayor cantidad de habitantes de la Argentina,
se ha producido un aumento equivalente –de algo
más del 5%– en la radiación ultravioleta
eritémica, que es aquella que puede afectar la
piel humana”, agrega el investigador en temas
de radiación solar y ozono.
Al respecto, desde el Servicio Meteorológico
Nacional, el ingeniero Máximo Ginzburg, jefe
de la División de Vigilancia de la Atmósfera,
explica que “en estos momentos, el agujero de
ozono antártico es apreciablemente menor, tanto
en superficie como en disminución de la cantidad
de ozono, comparado a los eventos de la última
década”.
Volviendo al astro que nos convoca, el sol emite diferentes
radiaciones. Las que llegan a nivel de la Tierra en
alta proporción son: las infrarrojas –que
están asociadas principalmente con la producción
de calor–, las visibles –son las que nos
permiten ver– y las ultravioleta –presentes
entre un 3% y un 5% del total, dependiendo del lugar
geográfico y época del año–.
Piacentini explica que “si bien éstas últimas
son pocas, los fotones –las cantidades discretas
de energía electromagnética– del
rango UV son los más energéticos y tienen
mayor capacidad para producir daño y destruir
el ADN, e inducir a graves problemas de piel”.
Protección
desde la cuna
Aun cuando las consecuencias del daño solar son
muy serias, no hay por qué alarmarse sino simplemente
estar prevenido. Se calcula que en los primeros 18 años,
uno toma el 80% del sol de toda su vida, así
es que si uno enseña a los suyos, especialmente
a los más chicos de la casa, a protegerse, puede
disminuir en un 80% la incidencia del cáncer
de piel en la edad adulta.
¿Qué implica estar prevenido? En principio,
saber que no cualquier horario es bueno para “tomar”
sol. “Al mediodía, los rayos ultravioleta
B son más intensos, especialmente en verano.
Por eso, hay que ponerse protector. Pero esto no nos
salva, porque si nos sobreexponemos, el sol nos hace
mal igual. La gente subestima el daño, sin embargo,
el simple enrojecimiento de la piel, ya implica un daño
solar inicial, que a veces, puede llegar a ser una quemadura
de varios grados con ampollas”, explica la dermatóloga
Rebeca Rubinson, miembro de la Sociedad Argentina de
Dermatología y médica de planta del Hospital
Zubizarreta de Devoto, Buenos Aires.
Si la Sombra
es corta,
el riesgo al sol es alto.
El peligro es bajo,
si la sombra es mas larga
que nuestra figura.
Otra manera muy sencilla de saber
si es o no el momento adecuado para tomar sol, es mirando
la sombra que uno proyecta. Sombra corta, riesgo alto.
El peligro es bajo, si la sombra es más larga
que nuestra figura, e inexistente cuando no
proyectamos sombra.
Para evitar los efectos indeseables del sol, los especialistas
recomiendan utilizar protectores solares de factores
no menores a 15. “Las pieles claras necesitan
mayor protección: factores entre 40, 50 o ultrabloqueantes;
para las más morenas, de 15 a 25, alcanza. De
todas maneras, no hay que olvidar que el color nos lo
va a dar nuestro tipo de piel. A los pigmentos los marca
la genética, por lo que no vamos a estar más
bronceados que lo que nuestros melanocitos –células
de pigmento– nos permitan”, destaca Rubinson
a lo que el doctor Stengel agrega que “no conviene
usar un tipo de protección distinto para las
diferentes partes del cuerpo. La piel es una sola, por
lo tanto no es bueno hacer una especie de cóctel
de protectores. Muchas mujeres tienden a usar un factor
alto en cuello y escote, y utilizar un factor 10 o un
5 en piernas. Sin embargo, el melanoma en las mujeres,
aparece con mayor frecuencia en esa zona del cuerpo”.
Se recomienda aplicar el protector solar media hora
antes de exponerse al sol, aun antes de ponerse el traje
de baño, aplicándolo en todo el cuerpo
–escote, manos, orejas, empeines– sin dejar
olvidada ningún lugar y aunque sea de un factor
alto, no alcanza con ponerlo una sola vez. Hay que renovarlo
cada dos horas durante todo el día porque la
arena y el agua, así como la nieve en invierno,
reflejan un 85% de los rayos solares, y las nubes, salvo
que sean muy densas, dejan pasar el sol
en casi un 80%.
“Cualquier
cancer de piel
detectado a tiempo, se cura en
mas del 90% o 95% de los casos”
Para poder hacerle frente a Febo,
los productos que previenen su daño, en su mayoría,
“tienen componentes físicos, como el óxido
de zinc y el dióxido de titanio, que bloquean
o dispersan las radiaciones solares, y componentes químicos,
como parsol y paba, que las absorben. También
suelen tener un agregado de vitamina C y E, que actúan
como antioxidantes previniendo el cáncer de piel
y el envejecimiento”, afirma la doctora Rubinson,
quien recomienda evitar los aceites. “Se usan
para freír una milanesa o un huevo frito y causan
ese mismo efecto en la piel”, asegura.
Quienes creen que, para evitar los efectos adversos
del sol, es mejor realizar sesiones de cama solar, cometen
un error: dañan la piel igual porque contienen
rayos UVA. Sí resultan inocuas las alternativas
de “bronceado sin sol” –aerosol que
va pintando la piel y brinda un bronceado artificial
que se va perdiendo con los lavados.
Es
preferible prevenir que curar
El sol es, además, responsable de cierto tipo
de degeneración de la piel llamado fotoenvejecimiento.
“Las radiaciones ultravioleta A y B van penetrando
en la piel. Las B penetran la capa superior de la epidermis,
mientras que los A penetran más profundamente
y llegan a la dermis, desorganizando las fibras elásticas.
Por eso están relacionadas con el envejecimiento
y el cáncer de piel”, comenta la doctora
Rubinson. Existen tres tipos: los carcinomas basocelular
–el más frecuente– y espinocelular,
y el melanoma, sobre los cuales, el doctor Stengel,
comenta que “cualquiera, detectado a tiempo, se
cura en más del 90% o 95% de los casos”.
Lo más importante es que para evitar todo tipo
de trastornos post solares y permanecer “a la
sombra” de los riesgos, hay que “hacer foco”
en los cuidados. El doctor Piacentini, recomienda utilizar
ropa de trama compacta –reduce sensiblemente la
llegada de radiaciones a nivel de piel–, anteojos
con filtro UV apropiados –certificados–
y sombreros de ala razonablemente anchas o proyecciones
como viseras. Y si bien se dice que debemos protegernos
del sol, en especial, en los meses que se escriben con
“r”, o sea, de septiembre a abril, la doctora
Rubinson plantea que “a los chicos hay que cuidarlos
todo el año. Hay radiaciones ultravioleta que
permanecen durante todo el año, y actúan
de la misma manera, durante todo el día. Por
eso en pleno invierno, a veces realizamos alguna actividad
a la intemperie y quedamos rojos”. También
conviene protegerse cuando uno se traslada en auto,
colectivo y trenes durante un buen rato. “Los
vidrios de las ventana absorben los rayos ultravioleta
B, pero no los A. Debajo de la sombrilla, ocurre lo
mismo, tenemos que estar protegidos, porque hay telas
que dejan pasar los rayos”, explica la especialista.
En definitiva, la prevención es la clave de una
buena salud y protegerse del sol no escapa a la regla.
Y lo más importante: tener claro que el sol no
es un enemigo sino simplemente un astro del que vale
la pena cuidarse.

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